Cristo, a
pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la
muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla
se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios
Padre.
1. En toda celebración dominical de las
Vísperas, la liturgia nos propone el breve
pero denso himno cristológico de la Carta a
los Filipenses (Cf. 2, 6-11). Es el himno,
recién escuchado, que consideramos en su
primera parte (Cf. versículos 6-8), en la
que se delinea el paradójico «despojo» del
Verbo divino, que deja la gloria divina y
asume la condición humana.
Cristo, encarnado y humillado en la muerte
más infame, la de la crucifixión, es
propuesto como un modelo de vida para el
cristiano. Éste, como se afirma en el
contexto, debe tener «los mismos
sentimientos que Cristo» (versículo 5),
sentimientos de humildad, de entrega, de
desapego y de generosidad.
2. Ciertamente él posee la naturaleza divina
con todas sus prerrogativas. Pero esta
realidad trascendente no la interpreta o
vive en clave de poder, de grandeza, de
dominio. Cristo no utiliza su ser igual a
Dios, su dignidad gloriosa y su potencia
como instrumento de triunfo, signo de
distancia, expresión de aplastante
supremacía (Cf. versículo 6). Por el
contrario, se «despojó», se vació a sí
mismo, sumergiéndose sin reservas en la
mísera y débil condición humana. La «forma»
(«morphe») divina se esconde en Cristo bajo
la «forma» («morphe») humana, es decir, bajo
nuestra realidad marcada por el sufrimiento,
la pobreza, la limitación y la muerte (Cf.
versículo 7).
No se trata, por tanto, de un simple
revestimiento, de una apariencia que cambia,
como se creía que sucedía con las
divinidades de la cultura grecorromana: es
la realidad divina de Cristo en una
experiencia auténticamente humana. Dios no
se presenta sólo como hombre, sino que se
hace hombre y se convierte realmente en uno
de nosotros, se convierte realmente en
«Dios-con-nosotros», no se contenta con
mirarnos con una mirada benigna desde el
trono de su gloria, sino que entra
personalmente en la historia humana,
convirtiéndose en «carne», es decir, en
realidad frágil, condicionada por el tiempo
y el espacio (Cf. Juan 1, 14).
3. El hecho de compartir verdadera y
radicalmente la condición humana, a
excepción del pecado (Cf. Hebreos 4,15),
lleva a Jesús a esa frontera que es el signo
de nuestra finitud y caducidad, la muerte.
Ahora bien, no tiene lugar como fruto de un
mecanismo oscuro o de una ciega fatalidad:
nace de su libre elección de obediencia al
designio de salvación del Padre (Cf.
Filipenses 2, 8).
El apóstol añade que la muerte que afronta
Jesús es la de la cruz, es decir, la más
degradante, queriendo de este modo ser
realmente hermano de todo hombre y mujer,
incluso de aquellos que son obligados a un
final atroz e ignominioso.
Pero precisamente en la pasión y muerte,
Cristo testimonia su adhesión libre y
consciente a la voluntad del Padre, como se
lee en la Carta a los Hebreos: «aun siendo
Hijo, con lo que padeció experimentó la
obediencia» (Hebreos 5, 8).
Detengamos aquí nuestra reflexión sobre la
primera parte del himno cristológico,
concentrado en la encarnación y en la pasión
redentora. Tendremos la ocasión más adelante
de profundizar en el itinerario sucesivo, el
pascual, que lleva de la cruz a la gloria.
El elemento fundamental de esta primera
parte del himno me parece ser la invitación
a penetrar en los sentimientos de Jesús.
Penetrar en los sentimientos de Jesús quiere
decir no considerar el poder, la riqueza, el
prestigio como los valores supremos de
nuestra vida, pues en el fondo no responden
a la sed más profunda de nuestro espíritu,
sino abrir nuestro corazón al Otro, llevar
con el Otro el peso de nuestra vida y
abrirnos al Padre de los Cielos con sentido
de obediencia y confianza, sabiendo que
precisamente, si somos obedientes al Padre,
seremos libres. Penetrar en los sentimientos
de Jesús: éste debería ser el ejercicio
cotidiano de la vida como cristianos.
4. Concluyamos nuestra reflexión como un
gran testigo de la tradición oriental,
Teodoreto, obispo de Ciro, en Siria, en el
siglo V: «La encarnación de nuestro Salvador
representa el cumplimiento más elevado de la
solicitud divina por los hombres. De hecho,
ni el cielo, ni la tierra, ni el mar, ni el
aire, ni el sol, ni la luna, ni los astros,
ni todo el universo visible e invisible,
creado únicamente con su palabra o más bien
traído a la luz por su palabra, según su
voluntad, indican su inconmensurable bondad
como el hecho de que el Hijo unigénito de
Dios, el que subsistía en la naturaleza de
Dios (Cf. Filipenses 2, 6), resplandor de su
gloria, impronta de su sustancia (Cf.
Hebreos 1, 3), que existía en el principio,
que estaba con Dios y que era Dios, por el
que todo se hizo (Cf. Juan 1, 1-3), tras
haber asumido la naturaleza de siervo,
apareció en forma de hombre, por su figura
humana fue considerado como un hombre, se le
vio en la tierra, mantuvo relación con los
hombres, cargó con nuestros padecimientos y
enfermedades» («Discursos sobre la
providencia divina» --«Discorsi sulla
provvidenza divina», 10: «Collana di testi
patristici», LXXV, Roma 1988, pp. 250-251).
Teodoreto de Ciro continúa su reflexión
subrayando precisamente la íntima relación
subrayada por el himno de la Carta a los
Filipenses entre la encarnación de Jesús y
la redención de los hombres. «El Creador con
sabiduría y justicia actuó por nuestra
salvación. Dado que no quiso servirse sólo
de su potencia para ofrecernos el don de la
libertad, ni utilizar sólo la misericordia
contra quien ha sometido al género humano,
para que éste no acusara a la misericordia
de injusticia, concibió un camino lleno de
amor para los hombres y al mismo tiempo de
justicia. De hecho, después de haber asumido
la naturaleza vencida del hombre, la lleva a
la lucha y la dispone a reparar la derrota,
a dispersar a aquel que anteriormente había
logrado la victoria, a liberarse de la
tiranía de quien había impuesto la
esclavitud y a recuperar la primitiva
libertad» (ibídem, páginas 251-252)
[Traducción
del original italiano realizada por Zenit]