|
LA CASCADA DEL LOGOS
o
LA VERDAD EN CASCADAS

«Me arrebata el amor por la indagación de la verdad»
(San Agustin).
En la simpatiquísima novela de Alvaro Pombo "La aparición del eterno femenino", un pequeño personaje llamado por su colegas “el rey” afirma muy serio: «lo malo de pensar es que de lo que no sales es de dudas». Hombre, no siempre es así. Basta poner una premisas como las siguientes:
1ª premisa: A es B
2ª premisa: B es C
para poder decir: "luego..."; y concluir afirmando sin lugar a dudas:
¡¡¡A es C!!!
Y realmente es así: A es C. No es pequeña maravilla.
Despliegue de la verdad
Hay más. De de una pequeñísima verdad, cualquiera que sea, brotan cascadas ingentes de verdades, cada una de las cuales puede convertirse en premisa de constelaciones de innumerables verdades. Cuando sabemos que uno y uno son dos, ya estamos intuyendo que dos y dos son cuatro y que dos mil y dos mil son cuatro mil y que cuatro y cuatro mil... Decía Rabindranath Tagore que "cuando llega la verdad parece última su palabra; pero su última palabra da siempre luz a otra palabra". R. M. Rilke en su Cuarta elegía asegura que "cuando pensamos una cosa, enteramente, estamos ya sintiendo el despliegue de la otra"
Tener una verdad como tal, aunque no se tenga a la vista todo el despliegue de la verdad, es tenerla "toda" en cierta manera y para siempre.
Cuántas veces nos ha sucedido que tratábamos de adquirir en plenitud cierta verdad vislumbrada. Con “ésa” nos daríamos por satisfechos. Pero al tenerla ya, esa verdad nos ha abierto la ventana a un campo insospechado de verdades inauditas, que nos reclaman la atención y nos invitan a proseguir las pesquisas. Aunque ahora quizá no sepamos por donde tirar, son tantas las posibilidades que su cúmulo puede incluso aturdirnos. Las maravillas de la verdad y el incontable número de verdades que están esparcidas por todas partes puede desorientar al poco avisado, como el que sale a la luz del día después haber habitado largo tiempo en la oscuridad. Pero si va acomodando con paciencia su retina, va viendo paisajes asombrosos en el campo de la verdad y difícilmente podrá abandonarlo.
Desde el momento en que el intelecto comienza su operación específica - inteligir - ya no se puede parar. No para de desvelar y descubrir nuevas verdades. No es que no sucedan noches oscuras del pensamiento, inquietudes y crisis dolorosas, pero uno presiente y al fin conoce que todo vale la pena.
Leonardo Polo nos hacía notar, a comienzos de los 60, que no solamente es verdad que A es C, sino que incluso el "luego" es verdad. El modo de proceder, la génesis del pensamiento también es verdad. El "luego" del silogismo también es verdad. Por eso decía, parafraseando otra sentencia filosófica, "la verdad verdadea siendo verdad".
Razonar es participar en el despliegue de la verdad, que no es temporal, porque cuando nosotros descubrimos la verdad, la verdad ya era.
Para Marx la verdad no es más que el éxito del saber operativo, de la práxis. No entendía la verdad más que como resultado y había de comprobarse en la práxis. Algunas veces es así, se requiere comprobar en la práctica si mis argumentos han sido correctos. Pero la verdad no se hace, se descubre. Está ahí, en el Logos eterno, en la Lógica divina de la que participa el logos que contiene el ser de las cosas, sin el cual no serían en absoluto.
Dos y dos son cuatro no es el resultado de una operación de Carlos Marx, ni de ninguno de nosotros. Es una verdad matemática que ha existido siempre. Es anterior a todo lo temporal. Y es lógico, porque toda verdad en tanto que verdad es "siempre". Claro que se nos ocurren muchas cosas que han empezado a ser en el tiempo, de modo que no podemos decir que su verdad haya sido siempre en el sentido físico: Napoleón fue derrotado en la batalla de Waterloo. Hasta que no sucedió no hubiera sido verdad decirlo. Nadie lo dijo. En cambio, cuando yo digo "Napoleón fue..." estoy diciendo algo que fue y que ya será verdad siempre. La verdad nos sitúa en el "siempre", nos transporta más allá del tiempo, la conocemos intemporalmente.
Todo esto no excluye el error, por supuesto, porque puedo hacer un uso inadecuado del «nous», del intelecto, como puedo hacer un uso inadecuado de una taladradora utilizándola para pulir el suelo. No podré sorprenderme si en lugar de pulirlo lo he machacado. Se debe utilizar el intelecto, pero no de cualquier manera, sino de acuerdo con las reglas de su uso, que son las leyes de la Lógica (una de las partes importantes de la Filosofía). Cada instrumento debe utilizarse según la naturaleza de su ser y de su finalidad. El intelecto es una herramienta magnífica, casi increíble, que encierra no pocos enigmas y misterios, nos permite vivir con una intensidad y una calidad infinitamente superiores a los demás seres de nuestro universo.
El mono con pantalones
El que ve la inmensidad trascendente de la Verdad, se sabe mucho más cercano a ella que el "mono con pantalones" de que habla C.S. Lewis. "Mono con pantalones" es según Lewis el que "es incapaz de concebir el Atlántico como algo más que un montón de toneladas de fría agua salada" (en La abolición del hombre, I, Ed. Encuentro, p. 14). Un premio Nobel de Biología (Severo Ochoa), ya fallecido, solía decir: «no somos más que pura química"». Extraña alquimia esa que puede afirmar de sí misma que es pura química. El filósofo tal como aquí se entiende, no se conforma con ver el mundo con los ojos ni siquiera con los ojos ayudados por el microscopio electrónico. Aspira a verlo con el intellectus, capaz de intus-legere, de leer dentro, en la intimidad del ser y "desvelarlo" progresiva e indefinidamente. En la mínima gota de agua ya ve el Niágara y el océano. No se limita a ver los fenómenos de las cosas, lo que aparece a los sentidos, el dato, el hecho positivo, observable y verificable por métodos empíricos. En la más pequeña verdad descubre el resplandor del Absoluto.
Por esos derroteros anda la vida del «nous», la vida del filósofo que utiliza el intelecto para lo que está: para pensar la verdad. No escatimará ningún esfuerzo intelectual que sea menester para dar razón de cada una de la verdades que afirma y sostiene. Y no bastará que diga cosas coherentes. No bastará que nos muestre premisas que a su vez exigen otras premisas para ser probadas. El filósofo habrá de mostrarnos que "todo" su argumento se sostiene sobre roca firme, sobre certezas indubitables. Una cosa es que se abra un mar de dudas ante nosotros, cuando ponemos proa a la verdad; y, otra distinta, sostener un montón de certezas sobre una duda.
RELACIONADOS:
El Pensador de Rodin, http://arvo.net/sobre-la-verdad-y-el-error/el-pensador/gmx-niv581-con16982.htm
|