Por Antonio Orozco-Delclós
"Sólo unos pocos piensan la verdad depositada en el ser de
las cosas."
(ANSELMO DE CANTERBURY, Diálogo sobre la verdad, cap.
9)
"La verdad... no cambia una vez que ha sido encontrada, pero
todo cambia a su alrededor, y si no se hace un esfuerzo por
mantener con vida el sentimiento de su presencia, será olvidada
sin que tenga que pasar tiempo (...) Una de las principales
funciones de la sabiduría es precisamente mantener la verdad
presente a la mirada de los hombres." (E. GILSON, El filósofo
y la teología, Madrid, 1962, p. 180)
LA FUERZA DE LA VERDAD
La pregunta de Agustín, en su tratado sobre el Evangelio de
San Juan -" ¿hay algo que desee el alma con más vehemencia
que la verdad?"-, contiene en sí su propia respuesta (1).
¿Qué podría ser más fuerte que el deseo de la verdad? ¿Qué
podría ser más conmovente? Unos jóvenes alumnos propusieron
a Tomás de Aquino una curiosa cuestión, que dejó resuelto
en el artículo l° de la Cuestión XIV de sus Quodlibetales:
"Si la verdad es más poderosa que el vino, que el rey y que
la mujer". Como es habitual en el de Aquino, antes de ofrecer
cabal respuesta, recoge unas objeciones que agudizan aún más
la dificultad: "Parece -dice- que el vino es lo que inmuta
máximamente al hombre", pues puede incluso hacerle perder
el sentido. Por otra parte, continúa, el rey es capaz de impeler
al hombre hacia cosas dificilísimas, hasta el punto de lograr
que el súbdito se exponga al peligro de muerte. Pero la mujer,
por su parte, domina al mismísimo rey. Parece pues que la
fuerza de la verdad, como la del vino y la del rey, palidecen
ante el poder fenomenal de la mujer. Tomás, con todo rigor
y, según creo, pasando un buen rato, va a resolver la dificultad.
Ante todo se cuida de declarar que verdad, vino, rey y mujer,
son entidades heterogéneas si se consideran en sí mismas y
por ello no son comparables, a no ser por la semejanza que
pueda haber entre algunos de sus efectos. Y encuentra
que verdad, vino, rey y mujer, convienen en inmutar –o
sea, conmover- el corazón del varón, por lo cual pueden
compararse y jerarquizarse según la cualidad de la inmutación
que causan.
El hombre -sigue el Doctor de Aquino- puede ser inmutado,
conmovido, en tanto que animal, en el cuerpo o en los sentidos;
y en el entendimiento práctico o en el especulativo, en tanto
que racional. "Pues bien, entre aquellas cosas que inmutan
naturalmente al hombre según la disposición del cuerpo, la
excelencia pertenece al vino, que hace hablar por los codos
(quod facit per temulentiam loqui). Entre las cosas
que inmutan la tendencia de los sentidos, la delectación es
la más irresistible y, en este campo, la mujer es más poderosa.
Por otra parte, en el orden del hacer, que rige el entendimiento
práctico, la máxima potestad pertenece al rey. En cambio,
en el ámbito especulativo, lo sumo y potentísimo es la verdad.
Y -concluye Tomás- como las potencias corporales se someten
a las animales, y las animales a las intelectuales, y las
intelectuales prácticas a las especulativas, tenemos que,
absolutamente hablando, la verdad es lo más digno, lo más
excelente y lo más fuerte" (2).
La argumentación que acabamos de seguir revela una salud mental
maravillosa, y permite sospechar que la obra de Tomás de Aquino
ha de ser altamente saludable para quien la aborde en nuestros
días, en los que tan escasos de humor andamos, así como ayunos
de verdadera sabiduría. Tomás viene a decirnos que no se puede
mutilar al hombre, como hacen ciertos sociólogos, psicólogos,
antropólogos, ignorantes de sus respectivas ciencias. El hombre
es un ente complejo: una complejidad que es, valga la redundancia,
una, es decir, que forma un todo animado por el espíritu
racional, que es lo más alto y vigoroso que hay en él. Y ese
espíritu -inteligente- se halla ordenado por naturaleza a
la verdad; su fin es la verdad. Y la verdad -esa orientación
a la verdad- es lo que le hace ser hombre; lo que le hace
ser más, infinitamente más que animal. Por ello -y
porque lo vive y siente dentro- Tomás entiende bien que el
primero, en la jerarquía de los grandes deseos humanos, es
el deseo de la verdad (3); deseo más fuerte aún que
el de continuar en la existencia, que éste es común con el
de los seres irracionales. El hombre es más, y ese
más -por lo que es hombre- engendra el deseo, la mayor
sed del hombre, sed de verdad. Y como la verdad es
inagotable, su sed es insaciable. Y si la sed se agotara o
saturara, entonces asistiríamos a la agonía del espíritu humano.
Si hoy contemplamos una considerable masa de gente que no
tienen sed de verdad, que le vuelve las espaldas, desinteresándose
de ella, incluso huyendo, entonces habremos de admitir que
aqueja a una gran parte del mundo la más grave enfermedad
que pueda pensarse. Una dolencia, por lo demás, que tiende
a la deshumanización del hombre, al anular el ejercicio de
la más específica de sus facultades: el entendimiento, creado,
justamente, con vistas a la verdad. Es el amor a la peor de
las esclavitudes: la ignorancia (vencible); la búsqueda de
liberaciones que encadenan la libertad.
Verdad y libertad son, ciertamente, categorías distintas,
pero íntima e indisolublemente relacionadas. Es curioso advertir
que según los Upanishads, la auténtica liberación del
hombre consiste en salir del avidyá, que es la ignorancia,
entenebrecedora de la conciencia, que la enclaustra en los
límites tan angostos del ego y la sumerge en una especie
de letargo del espíritu, reduciéndolo a una vida ilusoria
de ensueño. "La verdad os hará libres" (4), dice, más positivamente,
el Evangelio. ¿Puede haber señorío –dominio- sobre uno mismo,
sobre los propios actos y sobre las cosas -eso es libertad-
donde no se sabe qué son las cosas y qué es uno mismo?
Para poder actuar en libertad, lo primero que se requiere
es conocer el para qué de la libertad, es decir, su
finalidad, su sentido. Porque la libertad -como facultad de
escoger- no tiene su razón de ser en sí misma, no es un valor
absoluto. Como absoluto, la libertad no interesa a nadie.
La libertad interesa por lo que ella nos permite hacer o conseguir:
por su sentido y nervio teleológico. La libertad interesa
porque hay algo "más allá" de la libertad que la supera y
marca su sentido. Y esto no es otra cosa que lo bueno, el
bien. La libertad es un bien porque me permite conseguir bienes
enriquecedores, plenificantes.
Se entiende que ser libre no es sólo gozar de libre albedrío,
desde el momento en que se observa que con el libre albedrío
podemos convertirnos en esclavos (¿será menester acudir al
ejemplo de la drogadicción?). Nuestra libertad puede frustrarse
a sí misma, encadenarse, eligiendo lo que merma a la persona;
así sucede, por ejemplo, cuando se engolfa en bienes inadecuados
que embotan la mente e impiden la consecución de los bienes
más altos del espíritu. Hay elecciones que pueden cerrar posibilidades
en un determinado orden de cosas, pero que abren otras de
orden superior: son elecciones liberadoras, que enriquecen
a la persona y a su libertad. En cambio, elegir lo que introduce
el desorden en la naturaleza cierra el horizonte de los bienes
típicamente personales. En tal caso, se podrá tener "sensación"
de libertad –por un momento-, pero, si no se rectifica, el
ámbito de la existencia se va reduciendo, se hace cada vez
más angosto, hasta sumergir en un nivel que bien podría calificarse
de infrahumano. Quizá se viva entonces con cierta ilusión
de estar siendo libre, pero en realidad se está atrapado,
lejos de la verdadera libertad.
Escoger la verdad -bien del entendimiento, que redunda en
todo el hombre- no es siempre fácil. Todos, en la actual forma
de existencia, arrastramos cierto desorden en nuestros apetitos,
que se inclinan al mal: se hallan desmesuradamente proclives
a bienes inferiores. Elegir el sendero de la verdad implica
plantear una batalla íntima, la renuncia a una existencia
inauténtica que, sin embargo, tienta. Pero decidirse
por la verdad es la única opción que libera, que permite el
desarrollo de la persona y la perfección de su libertad; es
enfilar el camino del bien, hacia la plenitud; es la condición
necesaria para que "el hombre" se haga digno de ser "un hombre",
y lo sea plenamente (5).
"Existir en la verdad, por tanto, penetrar en la propia existencia
con la conciencia -escribió Kierkegaard-: esto sí que es algo
verdaderamente arduo y difícil”. Pero es una tarea que el
hombre no puede eludir si quiere cumplir su esencia. En el
fondo, como hemos de ver aquí, el problema de las verdades
fundamentales es un problema de quererlas o no quererlas.
El encuentro con la verdad, pese al humo que sobre ella se
está echando, es hacedero. Esto es lo que trataremos de esclarecer
en la primera parte de este trabajo. Luego, despejaremos algunos
errores acerca de la naturaleza de la verdad, y finalmente
descubriremos a la libre voluntad ejerciendo un papel sustantivo
en las diversas opciones intelectuales, lo cual nos ilustrará,
en consecuencia, las condiciones requeridas por el recto saber.
Antes, sin embargo, permítasenos una digresión.
BUSCADORES "EN" LA VERDAD
No es infrecuente toparse con cierto tipo de «intelectuales»
que se definen a sí mismos como «buscadores de la verdad».
Estiman que es éste un noble título, digno del hombre, aureola
del pensador profundo. Y, en efecto, buscar la verdad es tarea
específica humana, y apasionante, por ardua que resulte algunas
veces. Entenderse como «buscador de la verdad» ya es reconocer
el orden esencial del entendimiento a la verdad. Pero cuando
se hurga en el espíritu de los que se definen de tal modo,
a menudo se descubre una actitud escéptica, una inteligencia
prematuramente cansada, una inquietud superficial, frívola;
una búsqueda que, en el fondo, no desea hallar, porque
se temen las exigencias de la verdad. El encuentro con la
verdad reclama una conducta noble, el abandono o lucha con
bajas pasiones, el esfuerzo por obrar el bien, y esto no siempre
resulta cómodo, aunque, como hemos visto, sea el único camino
hacia la perfección de la libertad y de la plenitud humana.
El aperturista
El «buscador incesante de la verdad» suele ser «aperturista»,
pero en un sentido equívoco: sostiene que hay que estar siempre
«abierto», pero no al descubrimiento de una nueva verdad,
sino a cualesquiera nuevas corrientes de opinión que nos traen
los tiempos nuevos, a toda ideología, a todo género de costumbres.
Si alguien se atreve a manifestar una convicción íntima, la
realidad de una determinada verdad, una certeza absoluta e
inamovible, el «aperturista» -el buscador incesante-
opondrá argumentos como éstos: "¡ No sea usted tan cerrado!",
o bien: " ¡Hombre, sea usted un poco más abierto!" ¿Quién
no ha sentido cómo el calorcillo, con el rubor, asciende hasta
la punta de las orejas ante objeción tan radical, tan contundente?
Si usted se atreve a replicar: "Es que yo sé que esto es así,
es que yo sé que esto es verdad", el aperturista goza también
del recurso de Pilato : "Pero, ¿qué es la verdad?" Y el aperturista
quizá deje la pregunta en el aire y se marche sin esperar
respuesta, no sea que la haya.
Me pregunto qué sucedería si anduviéramos siempre con la boca
abierta. ¿El "aperturismo bucal" no es un claro síntoma de
deficiencias graves o lastimosas, seguramente mentales? Pienso
-como Chesterton- que si es preciso abrir la boca de vez en
cuando, no es para otra cosa que para cerrarla sobre algo
sólido, consistente, nutricio. También para hablar (para expresar
el logos mental) se requiere abrir la boca, pero no
cabría signo inteligible sin cerrarla a menudo. La mente necesita
también nutrirse con el alimento que le es propio: la verdad.
Ha de abrirse para hallarla, pero también cerrarse para deglutirla
y asimilarla. De lo contrario, la anemia espiritual sería
inminente, y segura la muerte del espíritu por inanición.
Esta es la suerte del aperturista que niega la verdad con
los hechos o, simplemente, nunca la encuentra de su gusto
y renuncia a ella incesantemente, como si la verdad
fuera cosa de gustos.
La mente debe abrirse para hallar la verdad; una vez hallada
-cosa más fácil, en las cuestiones fundamentales, de lo que
supone el aperturista-, se clausura para asimilar bien (no
se puede pasear uno ante la verdad como el paleto en el Museo
del Prado). Y si se debe abrir de nuevo, no es para vomitar
la verdad ya poseída, sino para enriquecerla con nuevas verdades,
que, si son ciertamente verdad, no se opondrán a la primera,
antes bien la iluminarán más todavía.
Pero esa nueva luz más poderosa no surgirá sin antes haber
cerrado la mente con la voluntad, con una voluntad que ame
tanto la verdad nueva como la antigua y que, por ello, determine
el asentimiento de la mente a lo que ha comprendido ser verdad
incuestionable. Sin esa fijeza, sin ese inmutable asentimiento,
el hombre no pasa de ser una cabeza vacía, siempre estupefacta,
de la que cabe esperar cualquier desatino. El "aperturismo"
aquí presentado es un claro síntoma de languidez espiritual,
cuando no un estado patológico de la mente que se instala
morbosa en la duda; la cual, por lo demás, preciso es reconocerlo,
tiene la ventaja de zanjar cualquier compromiso.
La apertura razonable es la del que nunca se niega a reconocer
una verdad, venga de donde venga, de los contemporáneos o
de los más antiguos pensadores, pues una verdad descubierta,
si es verdad -si es afirmación conforme a la realidad-, será
verdad siempre. Pero, vayamos por pasos.
Proclamemos que el hombre ha de ser "buscador incesante".
Ahora bien, nunca somos buscadores sin que conozcamos ya qué
es la verdad en general y un buen puñado de verdades fundamentales.
Desde el instante que nos proponemos buscar, sabemos que la
verdad es lo que es, como asienta la definición clásica,
la de Agustín y de Tomás; y que, siendo verdad, sigue siendo
verdad, aunque se piense al revés, por decirlo al modo
de Machado. Sabemos que las cosas son, y que son de
tal modo que nosotros podemos conocerlas; y que las conocemos
de tal manera, que nuestro conocimiento las deja intactas;
que son como son y que sería vano pretender transformarlas
con el pensamiento, justo porque son como son, con independencia
de que yo las piense o no. Sabemos que nuestro entendimiento
alcanza la verdad de las cosas y su propia verdad, cuando
conoce conforme a la realidad. Todo ello es ya un grueso
caudal de sabiduría que nunca poseerá el animal y, sin embargo,
nosotros la tenemos desde nuestra infancia, desde el momento
en que nos proponemos conocer o averiguar algo. Desde entonces
somos ya virtuales conocedores de toda verdad asequible a
la humana razón. Sabernos que las cosas son, y que nosotros
somos y que podemos ir conociendo las cosas. No somos, por
decirlo gráficamente, buscadores "de" la verdad (como si la
buscáramos antes de conocer, partiendo de cero), sino buscadores
"en" la verdad, que procedemos desde evidencias inmediatas
a verdades más hondas y complejas.
Editado bajo el título LA LIBERTAD EN EL PENSAMIENTO, por
Ed. Rialp, Madrid 1977.
ISBN: 84-321-1921-O.
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