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III. RAÍCES ÉTICAS DE LAS OPCIONES INTELECTUALES (Antonio Orozco-Delclós)

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III. Raíces éticas de las opciones intelectuales

III. RAÍCES ÉTICAS DE LAS OPCIONES INTELECTUALES
Tercera parte del libro
SOBRE LA VERDAD Y EL ERROR

Por Antonio Orozco-Delclós


Se han analizado las actitudes filosóficas más radicales, negadoras de evidencias inmediatas, que chocan frontalmente con el sentido común y, pudiera decirse, contra la vida misma. Algunas de estas posiciones han sido adoptadas por hombres de notorio poder intelectual. Sin embargo, en sus formulaciones elementales, un niño podría refutarlas. ¿Cómo entender que se pueda llegar a afirmar, por ejemplo, que lo único que existe soy yo, o que las cosas pueden ser y no ser al mismo tiempo, etcétera?

Es el momento de rastrear las raíces subjetivas extrarracionales que pueden originar tales errores. Si el entendimiento está por naturaleza ordenado y abierto a la verdad, sus errores fundamentales no pueden ser debidos sólo a la limitación del entendimiento. Es preciso averiguar qué elementos distorsionantes se hallan en el sujeto humano, capaces de cegar la mente y mover al hombre a abrazar errores de tanto calibre. Es ésta una tarea importante, pues un error no se elimina del todo hasta tanto no se comprenden las causas que lo han ocasionado.

RELACIONES ENTRE ENTENDIMIENTO Y VOLUNTAD

Sucede que las facultades del hombre no son compartimentos estancos; se hallan -sin confundirse- como una en la otra, debido a la (relativa) simplicidad del alma humana. No se olvide que es el hombre el que entiende por su entendimiento y quiere por la voluntad, el mismo, idéntico hombre. "A las potencias del alma, por lo mismo que son inmateriales, compete reflexionar sobre sí mismas; por ello, tanto el intelecto como la voluntad vuelven sobre sí, y cada una de estas potencias sobre la otra, y sobre la esencia del alma, y sobre las demás potencias. De tal manera que el intelecto se entiende a si mismo, entiende a la voluntad, a la esencia del alma y a todas las demás potencias. De modo semejante la voluntad quiere querer, y que el intelecto entienda, y quiere la esencia del alma, y lo mismo acerca de las demás cosas. Así, pues, al referirse una potencia a la otra, se compara con ella como si fuera propiedad suya. El intelecto, cuando entiende el querer de la voluntad, adquiere la razón de volente ; y la voluntad, cuando incide sobre las potencias del alma, lo hace en cuanto cosas a las cuales conviene el movimiento y la operación, e inclina a cada cual a su propia operación. Y as:, la voluntad no sólo mueve al modo de causa agente lo exterior, sino también las mismas potencias del alma" (62). De modo que la razón mueve a la voluntad mostrándole el objeto (que es su fin), pero la voluntad mueve a la razón imperando su acto (63). "Estas dos potencias, intelecto y voluntad, se implican mutuamente" (64) y en sus operaciones "hay una cierta similitud con el movimiento circular, en el cual el último movimiento viene a ser el primero (...). Así, aunque el intelecto sea simpliciter anterior a la voluntad, sin embargo, por la reflexión viene a ser posterior y de este modo la voluntad mueve al intelecto" (65).

Ahora bien, no se trata de un movimiento circular sin origen identificable. Todo comienza con un acto del entendimiento, movido por su apetito natural de conocer, que le inclina al acto que le es propio (66). Pero una vez consumado ese primer acto del entendimiento, hace ya su aparición en escena la voluntad, cuya estimación será decisiva para las sucesivas operaciones del intelecto. El conocimiento pertenece única y exclusivamente al entendimiento (momento especificativo del acto de conocer, en cuanto conoce esto o aquello). Pero en el ejercicio de la operación concurre la voluntad consintiendo o imperando. Y esto por la misma naturaleza de las facultades.

La voluntad no conoce la verdad (verum), pero la capta como conveniente o disconveniente al sujeto. En el primer caso, la voluntad se complacerá en el conocimiento, y podrá aplicar más perfectamente la potencia cognoscitiva a su objeto, intensificar el acto, mover a una meditación más profunda olvidando otras cosas (la meditación intensa de una cosa deja en olvido las otras) (67) ; presentar nuevos motivos que atraigan y concentren la atención e inhiban otras funciones divergentes o distractivas del objeto. Por eso "se ha dicho que los grandes pensamientos nacen del corazón; y pudiera haberse añadido que del corazón nacen también los grandes errores. Si la experiencia no lo hiciese palpable, la razón bastaría a demostrarlo. El corazón no piensa ni juzga, no hace más que sentir; pero el sentimiento es un poderoso resorte que mueve el alma, y despliega y multiplica sus facultades. Cuando el entendimiento va por el camino de la verdad y del bien, los sentimientos nobles y puros contribuyen a darle fuerza y brío; pero los sentimientos innobles, o depravados, pueden extraviar el entendimiento más recto" (68).

Así pues, la voluntad puede mover al entendimiento de modo que éste insista en el conocimiento de alguna verdad -para conocerla mejor y obtener nuevas verdades-, pero puede también lograr que el entendimiento desista del empeño, cuando le repugne alguna verdad, apartando la mente de su consideración, ocupándola en otras cosas que le alejen de las evidencias que le resulten odiosas, etcétera. Por eso dice Tomás que "entendemos porque queremos, imaginamos porque queremos, y usamos de todas las demás potencias y hábitos porque queremos" (69).

Cabe preguntarse cómo estando la voluntad ordenada esencialmente al bien, y siendo la verdad un bien, puede rechazar u odiar alguna verdad. Sucede que lo verdadero, en general, universalmente considerado, es siempre un bien; pero en particular -esta o aquella verdad- puede presentarse como algo contrario o repugnante: "Conocer la verdad es en sí mismo amable; por lo cual dice Agustín que los hombres aman la verdad que les ilumina. Mas su conocimiento puede resultar incidentalmente odioso, por cuanto impide gozar de algo que se desea" (70) o "en cuanto es un estorbo para otras cosas que más ama" (71), "como sucedió a aquel del que dice el Salmo: no quiso entender para no obrar bien" (72). "Así, algunos no quieren conocer la verdadera fe para pecar sin trabas; a éstos se refiere la Escritura cuando dice: No queremos la ciencia de tus caminos", (73). "Así el hombre odia a veces una verdad porque quiere que no sea verdadero lo que lo es" (74).

Cabe perfectamente un olvido voluntario, la no-consideración o des-consideración voluntaria de verdades conocidas. Tomás pone en esa voluntaria omisión la explicación del pecado de los ángeles: ellos sabían que su propio bien había de ser subordinado al bien superior (Dios); sin embargo eligieron incondicionalmente el suyo propio (75).

Se va atisbando el primer requisito del conocimiento verdadero: una voluntad recta; esto es, rectamente, derechamente ordenada al bien en sí: es lo que llamamos rectitud de la voluntad.

LA LIBERTAD EN LA NEGACIÓN DE LA VERDAD

Es claro que todo acto humano que no venga determinado por la fuerza de la naturaleza cae bajo el libre imperio de la voluntad, es decir, que puede ser imperado o, por el contrario, impedido por ella. Por lo que afecta al conocimiento, tanto más fácilmente podrá ser impedido cuanto menos espontánea y más compleja sea la operación por la cual ha de alcanzarse la verdad. Y no -bien lo sabemos ya- porque la voluntad sea competente para decidir sobre la verdad de las cosas, sino sencillamente porque ha de intervenir y puede interferir en las operaciones de la mente que caen bajo su imperio: impidiendo el ejercicio de la facultad intelectiva o bien aplicándole a otro objeto que estime más conveniente para el sujeto.

La negación de la verdad no suele comenzar con las evidencias inmediatas. Es demasiado obvio, por ejemplo, que las cosas que percibimos del mundo material, son; que la mesa que tengo delante, es, y que es cuadrada y no redonda, etcétera. Tampoco es posible negar de entrada los primeros principios del entendimiento especulativo: el ser es y el no ser no es; una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo; todo lo que llega a ser tiene una causa; etcétera; así como el primer juicio del entendimiento práctico: "hay que hacer el bien y evitar el mal". "A los primeros principios el entendimiento asiente por necesidad" (76) ; no hay un solo hombre, ni puede haberlo, que no haya percibido como evidentes, de modo primario e inmediato, tales principios, como elemental condición de todo subsiguiente conocer. En esto el conocimiento humano es infalible, no tiene posibilidad de errar (77). La posibilidad de yerro comienza con el discurso de la razón. (Lla necesidad de razonar deriva de la imperfección del entendimiento humano, que no intuye de un sólo golpe toda la verdad - Dios no razona, tampoco los ángeles - y ha de proceder por discurso.

Pues bien, al razonar y volver sobre esas evidencias que no admiten demostración directa (precisamente porque constituyen la apoyatura básica de toda demostración), si prevalece en el sujeto el afán racionalista, puede querer una demostración, o lo que es lo mismo, puede rechazarlas -oponiéndose voluntariamente a la evidencia- ante la imposibilidad de la demostración. Es decir, cabe "la posibilidad libre de descalificar aquella aprehensión inmediata, directa y evidente, en cuanto no refleja, no científica, etcétera, declarando así aquellos principios válidos sólo en un orden vulgar o común, pero no en el filosófico, que empieza después y desde cero" (78). Esta es la consecuencia de exaltar la función menor del entendimiento -la razón (ratio)-, por encima de lo que es su función más alta -el intellectus-, mediante la cual, sin discurso, puede hacerse con la verdad que le es proporcionada e inmediatamente propuesta. Esto es el racionalismo, cuya consecuencia paradójica, es la negación de los primeros y más elementales principios de la razón, como el de no contradicción (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo respecto), que viene negado tanto en la pura dialéctica hegeliana, como en la versión del materialismo dialéctico (marxismo). Lo cual sucede también, de modo extraordinariamente pintoresco, en la obra de Mao Tse-tung, Acerca de la contradicción, en la cual se pretende demostrar que todo es todo y que cualquier cosa puede llegar a ser cualquier otra. Atinadamente se ha dicho que el racionalismo es el más irracional de los sistemas (J. Maritain).

Cabe decir también que el racionalismo -otra paradoja- es, en rigor, un voluntarismo, puesto que sólo queriendo -por un acto libre de la voluntad- se puede llegar a la negación de evidencias tan palmarias. Lo cual constituye también una manifestación clamorosa de hasta qué punto la voluntad dirige toda la marcha del quehacer intelectual.

Aparece, pues, con claridad un punto de singular importancia: el ejercicio de la facultad intelectiva, la ciencia -ya sea empírica, filosófica o teológica-, cae bajo la responsabilidad moral del hombre, pues está en manos de su libertad (79). Pero también la vida intelectual cotidiana de cada uno está sujeta a esa responsabilidad de no negarse a la verdad, a las evidencias, como tantas veces sugiere la tentación subjetivista. Un no a la verdad, aunque se trate de una verdad pequeña, es como cerrar una ventana a la luz del alma -la verdad es luz-; es una luz que se apaga y que impide ver otras verdades. Y poco a poco uno va amando la oscuridad en lugar de la luz. La ceguera mental no aparece de golpe, sino a fuerza de cerrar pequeñas ventanas, y luego las grandes. Y así, hasta que uno se desconecta enteramente de la realidad y -por fuerza- ha de crearse un mundo de ilusión y de ensueño que siempre tendrá un amargo y quizá trágico despertar. Son los que -dice el Apóstol- "caminan en la vanidad de sus pensamientos; los que tienen el entendimiento oscurecido por las tinieblas" (80).

Es claro, pues, que la primera condición para el progreso en el conocimiento de la verdad es una voluntad recta, que esté derechamente ordenada al bien; al bien real, se entiende, a lo que es bueno en sí y, en consecuencia, al bien del entendimiento -que no es otro que la verdad-, el bien más alto de la criatura inteligente. Sólo con esa rectitud de voluntad somos capaces de sortear los riesgos de errar que abundan tanto en el presente estado de vida. Amar la verdad es la primera condición para conocerla en profundidad. La cosa no es fácil, desde luego; porque no es fácil mantener esa rectitud lineal, firme, entera.

No es fácil porque es fácilmente alterable por las pasiones que gravitan sobre la voluntad, e indirectamente, sobre el entendimiento. No es que la voluntad no pueda alzarse sobre ellas y dominarlas en condiciones normales, pero las sufre y puede abandonarse libremente a su curso (8l).

INFLUJO DE LAS PASIONES EN EL CONOCIMIENTO

Que las pasiones influyen en nuestros juicios sobre las cosas, facilitando o entorpeciendo el conocimiento de la verdad, es hecho de experiencia frecuente. Todos sabemos -al menos si nos hemos acalorado alguna vez en medio de una conversación- que nuestras disposiciones subjetivas influyen en nuestros juicios. Pero no porque ellas nos incapaciten para conocer la verdad, sino sencillamente porque nos dejamos someter por ellas. El apasionamiento nos lleva a decir y a convencernos de cosas que no son tal como decimos, aunque prono advertimos nuestro error en muchas ocasiones. El amor o el odio nos mueven a juzgar injustamente a las personas; la apatía o la ira son a menudo causa de juicios que al poco rato nos parecen enteramente falsos. No se nos oculta que el ánimo sereno es la mejor disposición para juzgar de la verdad de las cosas. El sol sólo se refleja en puridad en las aguas tranquilas de la alta montaña. "Es evidente que las disposiciones del sujeto son inmutadas por las pasiones del apetito; así, bajo la influencia de una pasión juzga el hombre conveniente lo que le repugnaría fuera de esa pasión, como al airado le parece bueno lo que otro sosegado encuentra malo. Y de este modo, por parte del objeto, el apetito sensitivo mueve a la voluntad" (82). Comprendemos perfectamente lo que dice Tomás de Aquino: "Cuanto más libre está el alma de las pasiones, y purificada de afectos desordenados, tanto más asciende en la contemplación de la verdad, hasta poder saborear cuán suave es la Verdad de Dios" (83).

El hecho de que nuestras pasiones distorsionen a veces nuestro conocimiento de la verdad tampoco nos desanima, ni mucho menos nos hunde en el escepticismo; una vez más el hecho de la rectificación nos manifiesta la capacidad y ordenación esencial de nuestra mente al conocimiento de la verdad. Caer en la cuenta de que somos capaces de ofuscarnos en momentos de turbación nos invita, eso sí, a estar alerta, a suspender los juicios, por ejemplo, cuando estamos airados, y a indagar aquellos hábitos, más peligrosos, por permanentes, que nos pueden cerrar el paso a lo verdadero. Si un momento de ira ofusca el entendimiento mientras dura la pasión, se comprende que un estado habitual de ira, nos ciegue también de modo habitual. El hábito es como una segunda naturaleza que construimos libremente sobre la propia original; que nos perfecciona las facultades, si es un hábito bueno, o las envilece, si se trata de un hábito malo. Es importante, pues, entretenernos a considerar aquellos hábitos malos (y los actos que los determinan) que pueden afectar más directamente a la voluntad, y, en consecuencia, al entendimiento.

ACCIÓN CEGADORA DE LA SOBERBIA

Dice Tomás de Aquino que omnis error ex superbia causatur (todo error tiene por causa la soberbia) (84). Quizá a primera vista puede parecernos una afirmación con demasiadas pretensiones; pero vayamos por partes. La soberbia es el "apetito desordenado de la propia excelencia" (85). "Se llaman soberbios aquellos que andan como por encima de sí mismos por el desordenado apetito de la propia excelencia; quieren estar por encima de todo, sin someterse a ninguna norma, y por ello omiten los preceptos" (86). El soberbio, en la medida en que lo es, siente repugnancia por todo aquello que supone subordinación y pone de manifiesto los propios límites. De ahí que tiende a rechazar -a eliminar, si puede- todo aquello que no es capaz de dominar. Dios es el máximo obstáculo del soberbio, por cuanto su infinitud y dominio absoluto pone de relieve la pequeñez de la criatura. "Dios resiste a los soberbios", dice la Escritura (87), aunque el sentido es bien claro: el soberbio resiste a Dios, no soporta su Ley, aunque ésta sea la única que puede conducir al hombre a la plenitud de sus posibilidades, a su perfección humana, y aun -por don puramente gratuito- a la perfección sobrenatural, a una íntima participación en la vida divina. El soberbio no quiere ser enseñado por Dios; quiere conocer las cosas todas por sí mismo, y así se cierra a la Revelación divina, que, en cambio, reciben con gozo los humildes, según la palabra de Cristo: "lo escondiste a los sabios y prudentes", esto es -comenta Santo Tomás-, a los soberbios que se juzgan a sí mismos sabios y prudentes; "y lo revelaste a los pequeños", es decir, a los humildes. Pero el soberbio tampoco quiere ser enseñado por los demás hombres; se juzga o pretende ser autosuficiente ; y así se cierra a tantas posibilidades de rectificar, y se empecina en sus errores (88). Pero ocurre algo todavía más ridículo: incluso la verdad de las cosas más patentes e inmediatas enerva al soberbio, porque la verdad está ahí, independiente de él, imponiendo sus exigencias intelectuales y morales. Las cosas "se imponen" ; son -podría decirse" duras" las cosas. .El triángulo es "duro", porque no se deja manipular por el pensamiento; no tolera que se le piense con cuatro lados o cinco ángulos. Las cosas son como son. Las leyes de la naturaleza son cognoscibles, utilizables por el hombre; se pueden "descubrir", pero no "inventar", ni "crear"; no hay modo de escapar a su vigor. Todo eso resulta odioso al soberbio. La soberbia impide directamente lo que Santo Tomás llama "conocimiento afectivo", esto es, el que procede del amor a la verdad, a la excelencia de esa verdad que yo no "creo", que no "pongo", sino que -afortunadamente, para el sensato- ha creado Dios. "Los soberbios, deleitándose en la propia excelencia, acaban por sentir fastidio de la excelencia de la verdad" (89). "Hay un problema ético en la raíz de nuestras dificultades filosóficas -dice Gilson-; los hombres somos muy aficionados a buscar la verdad, pero muy reacios a aceptarla. No nos gusta que la evidencia racional nos acorrale, e incluso cuando la verdad está ahí, en su impersonal e imperiosa objetividad, sigue en pie nuestra mayor dificultad: para mí, el someterme a ella a pesar de no ser exclusivamente mía; para usted, el aceptarla aunque no sea exclusivamente suya" (90).

En último análisis, la gran dificultad para aceptar una metafísica realista, que continúe sin solución de continuidad el conocimiento experimental que da lugar al sentido común, es la indebita magnificatio hominis, la injusta exaltación del hombre, que tiende a la creación de una verdad subjetiva -ilusoria-, que me sirva, que me permita disponer de mí y de las cosas a mi antojo.

La opción racionalista, por ejemplo, con su afán de eliminar el misterio -sea natural o sobrenatural-, para racionalizarlo todo y aferrarlo en conceptos humanos, eliminando los datos de la experiencia inmediata, es una muestra clara del punto al que puede llegar la influencia de la voluntad en el entendimiento. El subjetivismo, que va enclaustrando al sujeto en sí mismo, cerrándole la posibilidad de contemplar la realidad -multiforme y maravillosa- de las cosas, declarando, vanamente, que lo más interesante del universo es la propia subjetividad y sus productos, no advierte la angostura (voluntaria) de su horizonte. Y, en fin, el materialismo dialéctico, negando los primeros principios de la razón especulativa o práctica: nada de esto se explica simplemente por el defecto del entendimiento humano -aunque sin ese defecto tampoco se explicaría-; hace falta recurrir a un elemento más, un elemento extraño a la inteligencia, que sólo puede hallarse en la libre voluntad, en el querer, contra toda evidencia, que las cosas sean tal como uno quiere. También la experiencia nos enseña que a fuerza de querer, nos convencemos de cosas que no son verdad. Hace falta, como dije, una vigilancia continua para mantener o volver a lograr, ante todo, la rectitud de la voluntad. No sea que -como Agustín en su juventud- hagamos "un dios" de nuestro propio error: et error meus erat Deus meus (mi error era mi Dios) (91).

Ciertamente se puede errar, sin soberbia, por la deficiencia de nuestro entendimiento. Pero, en cualquier caso, cabe pensar en esa habitual raíz de nuestros errores, que nos lleva con demasiada frecuencia a juzgar más allá de nuestras posibilidades: lo que Sciacca denomina ultra cogitare ("pensar más allá..."), que define como "estupidez" (91 bis). Es el caso del ignorante que pretende saber sin estudio, sin esfuerzo, y declarar cómo son las cosas sin antes haberlas indagado. Es lamentable ver a menudo hombres competentes en determinadas materias -galardonados quizá con el premio Nobel- cómo se lanzan a pontificar sobre temas que desconocen por completo, con ausencia absoluta de rigor, con sorprendente frivolidad; ¡y no se puede atribuir a defecto de inteligencia!, sino a pura vanidad, afán de brillar, o de cohonestar una conducta insostenible por el buen sentido.

La soberbia lleva a entrometerse en cosas inasequibles, y así el error se hace inevitable. Explica Tomás por qué se dice que la soberbia es la raíz del error: "primero, porque los soberbios se quieren alzar hasta lo que no son capaces de alcanzar, y así es necesario que se equivoquen y fracasen (...). En segundo lugar, porque no quieren someterse a la inteligencia de otros, sino que se apoyan en su sola prudencia, y así se niegan a obedecer..." (92). Lo más grave es que suelen negarse a obedecer a Dios, que es la fuente de toda verdad, y rechazar la Revelación que Dios ha querido hacernos, entre otras razones, también para remedio de nuestra soberbia. "Hay algunos que presumen tanto de su ingenio, que piensan que con su inteligencia alcanzan a medir la totalidad de lo divino, estimando que sólo es verdad lo que a ellos les parece y falso lo que juzgan serlo. Y a fin de que el ingenio de los hombres se librara de esta presunción, accediendo así a la búsqueda modesta pero real de la verdad, fue conveniente que se propusiera a los hombres algunas verdades divinas que excedieran totalmente a su inteligencia" (93). Los hombres sabios (y por sabios, humildes) han sabido comprender y agradecer siempre esa gran misericordia de Dios manifestada en la revelación de los misterios del mundo sobrenatural y de la intimidad divina. No lo han considerado humillación, sino don inapreciable, elevación del entendimiento humano, luz potentísima que les ha permitido comprender con mayor hondura las realidades humanas. Han aplicado todas las fuerzas de su razón para conocer siempre más y mejor la verdad revelada, y al mismo tiempo han evitado la tentación del ultra cogitare ; han sabido detenerse con todo respeto ante lo que a todas luces se halla más allá de la medida humana de comprensión; han cumplido el consejo del Apóstol: non plus separe, quam oportet separe, sed separe ad sobrietatem: et uniquique sicut Deus divisit mensuram fidei: no pretendáis saber más allá de lo que conviene saber, sino saber -sobriamente- lo razonable; cada uno según Dios le repartió la medida de la fe (94).

Sucede que "cuando se descuida la humildad, el hombre pretende apropiarse de Dios, pero no de esa manera divina que el mismo Cristo ha hecho posible... sino intentando reducir la grandeza divina a los límites humanos. La razón, esa razón fría y ciega que no es la inteligencia que procede de la fe, ni tampoco la inteligencia recta de la criatura capaz de gustar y amar las cosas, se convierte en la sinrazón de quien lo somete todo a sus pobres experiencias habituales, que empequeñecen la verdad sobrehumana, que recubren el corazón del hombre con una costra insensible a las nociones del Espíritu Santo" (95).

Cierto que aun los más soberbios -no es preciso aclarar que todos sufrimos en cierta medida de este mal- pueden alcanzar verdades; es más, ningún hombre está absolutamente fuera de la verdad. Incluso una buena dosis de soberbia es compatible con la fe sobrenatural: "los soberbios -dice San Gregorio- perciben con su entendimiento algunos misterios, pero sin poder experimentar su dulcedumbre; y si llegan a conocer cómo son, ignoran cuál es su sabor" (96). En otros términos, la soberbia, si no siempre impide conocer la verdad, sí impide saborearla, gozarse en ella con la plenitud del hombre humilde, que es, justamente (al decir de Teresa de Jesús, la santa de Ávila), el que "anda en verdad". Si "sabio es aquel a quien todas las cosas saben como realmente son" (97), sólo puede ser sabio el que ama las cosas, "las cosas que son tal como son"; el que tiene la voluntad, el corazón recto.

LA CEGUERA DE LA MENTE Y EL EMBOTAMIENTO DEL SENTIDO

Aunque la soberbia sea el mal hábito que más directamente afecta al conocimiento especulativo y especialmente al sapiencial (filosófico y teológico), otros hábitos son también causa de ofuscamiento al crear disposiciones estables que van inclinando a la voluntad hacia los bienes inferiores y apartándola de los superiores, por lo cual el entendimiento se ve impedido en gran manera para alcanzar a éstos y gobernar rectamente la conducta. "Así, el hombre entregado a los sentidos difícilmente puede entender lo que está por encima de ellos, porque el apetito carnal no entiende que sea bueno más que lo que deleita a la carne. Y esto es lo que continúa diciendo la Escritura: y no es capaz de entender" (98). El que se entrega incondicionalmente a los apetitos sensibles llega incluso a notorias aberraciones: "El hombre que tiene estragado el gusto es incapaz de enjuiciar rectamente los sabores, de modo que a veces abomina de los gustos agradables y apetece los que son aborrecibles; en cambio, quien lo tiene sano, sabe juzgar acertadamente de los sabores. De modo semejante, el hombre que tiene corrompido el afecto, como conformado a las cosas mundanas, carece de recto juicio sobre el bien" (99). Ya hemos visto que "cada uno juzga de acuerdo con su disposición cuando hay una pasión, y de otro modo cuando cesa la pasión: y así, el incontinente, durante la pasión juzga que algo es bueno, y juzga de otro modo después. Por eso dice el Filósofo que a cada uno le parece el fin, según como es él mismo" (100). Ya se comprende que la pasión habitualmente consentida estabiliza el juicio erróneo y "lo mismo que un hombre de débil complexión, por cualquier cosa enferma, así la inteligencia del hombre que no está asentada en la verdad tampoco tiene poder para juzgar lo verdadero, y a la mínima dificultad que le surge, incide en el error" (101). Es manifiesto que la delectación aplica con mayor intensidad la intención en aquello que deleita; por eso, en las cosas que deleitan se trabaja u obra óptimamente y, en cambio, no se trabaja, o se obra débilmente, en las que contrarían. Pues bien, aquel que se somete y aplica sobre todo su atención a las cosas corporales, debilita las operaciones de su espíritu y se excluye así cada vez más de los bienes espirituales. El abandono a la lujuria, que produce las delectaciones más vehementes es, desde luego, lo que embota máximamente el espíritu y debilita el conocimiento de lo inteligible (102)."La sensibilidad del hombre se sumerge en lo terreno máximamente por la lujuria, que lanza a los placeres máximos, los cuales absorben máximamente al alma" (103), y son causa de necedad. Al apartar de la consideración de lo espiritual, "poco a poco van engolfando el espíritu en lo material, con lo cual se le vuelve inepto para captar lo divino, en conformidad con aquello: el hombre animal no percibe la del Espíritu de Dios" (104); lo mismo que "cuando se tiene el gusto estragado con mal humor, que no se saborea lo dulce. Esta necedad es pecado"(105). Al engolfarse en lo material, se va perdiendo de vista a Dios; no es de extrañar que, en consecuencia, se caiga en el ateísmo. Es evidente que en los ambientes donde prevalece el erotismo y la pornografía -el pudor ausente- el ateísmo tiene campo abonado y, si no se remedia aquello, llega a ser dominante: la estulticia será un hecho general; y la soberbia campeará por doquier, pues no hay otra manera de persistir en lo que contradice a la naturaleza, de modo evidente, que tenerse por más sabio que el Autor de la naturaleza misma.

Cierto -aclara Santo Tomás- que algunos que están dominados por los vicios carnales pueden tratar a veces sutilmente de lo inteligible, por la bondad de su ingenio natural o de algún hábito sobreañadido; pero, forzosamente, a causa de las delectaciones corporales, su intención se verá retraída de aquella sutil contemplación de lo inteligible. Los impuros pueden conocer algunas cosas verdaderas, pero en ello son impedidos en gran medida (106). Los pecados de la carne no alteran las facultades intelectuales, lo que acontece es que estorban su operación del modo dicho (107) ; y cuanto más remotos son -los vicios- respecto a lo espiritual, tanto más atraen la atención a cosas más lejanas y más impiden la contemplación de la verdad (108). Y así se llega al estado aquel del "hombre animal" que refiere San Pablo (109), abocado a la sensualidad, que es incapaz de entender las cosas espirituales, porque "el hombre abocado a los sentidos no puede entender las cosas que están por encima de ellos, y el hombre aficionado a las cosas carnales no entiende que sea bueno nada más une lo deleitable para la carne. Y por eso dice: no puede entender; no saben, ni entienden, caminan en tinieblas (Ps. LXXXI, 5). No saben ni entienden, porque las cosas espirituales han de ser examinadas con el espíritu..." (110). Se cumple a la letra la Palabra evangélica: videntes non vident, et audientes non audiunt, neque intelligunt, viendo no ven, oyendo no oyen, ni entienden (111).

Así se explica cómo se puede llegar a oscurecer el entendimiento, hasta el punto de que "algunos estiman que son principalmente lo que constituye su naturaleza corporal y sensitiva. Y por ello se aman según lo que creen que son y odian lo que verdaderamente son, queriendo cosas contrarias a la razón" (112). De tal ceguera proviene la aceptación de teorías tales como el freudismo, negadoras de la espiritualidad del alma humana, que reducen al hombre a un manojo de instintos en los que forzosamente ha de naufragar la libertad; niegan la evidencia de la libertad humana y sólo saben hablar ambiguamente de "liberaciones" contrarias a las más elementales normas de moralidad.

"Por el contrario, las virtudes opuestas, como la continencia y la castidad, disponen óptimamente para la perfección de la operación intelectual. Y por ello dice el libro de Daniel, 1,17, que a ciertos jóvenes, abstinentes y continentes, les dio Dios la ciencia y la disciplina para comprender todo libro y sabiduría" (113). La razón está en que "el alma, cuando deja de ocuparse del propio cuerpo, se convierte en más hábil para entender lo más alto; por esto la virtud de la templanza, que distrae al alma de las delectaciones corporales, convierte principalmente a los hombres en más aptos para entender" (114).

Creo que las consideraciones precedentes han puesto de relieve y con suficiente claridad, la gravitación de la conducta sobre el entendimiento: condiciona sus juicios, favorece o dificulta el conocimiento de la verdad. Se entiende que me refiero, sobre todo a las verdades que podemos llamar fundamentales, las que afectan a las grandes opciones que el hombre debe ineludiblemente tomar en la vida especulativa o práctica: realismo o inmanentismo ; ateísmo o religión; lujuria o castidad; yo o los demás; etcétera. Pero también es obvio que las disposiciones morales subjetivas afectan también a los juicios acerca de cualquier cosa. Si bien es prácticamente imposible errar en todo, sí que es posible negar cualquier verdad evidente cuando la voluntad no ama el bien en sí, sino únicamente el bien que estima conveniente desde esa "segunda naturaleza" que crean los hábitos malos. Los hábitos no destruyen la libertad -a no ser que se alcance un estado patológico-, pero la decantan hacia el lado de los hábitos, y, en consecuencia, fácilmente determinará o impedirá el asentimiento frente a la verdad, o incluso la búsqueda misma de la verdad.

Es explicable que así sucedan las cosas, porque la verdad y la bondad (objetos respectivamente del entendimiento y de la voluntad) son lo mismo en la cosa: sólo se distinguen por la respectiva referencia a las diversas facultades. Es natural que cuando el sujeto estime una cosa disconveniente (es decir, mala) para él, aunque sea verdadera objetivamente, la considere falsa, o simplemente huya del conocimiento de su verdad.

Hay un texto luminoso de Tomás de Aquino, que vale la pena transcribir: "a quien le falta rectitud interior, le falta también rectitud en el juicio: el que vigila, juzga rectamente de su propia vigilia y de que otros duermen; el que duerme, por el contrario, no tiene juicio recto ni de sí ni del que vigila. De donde las cosas no son como le parecen, sino como las ve el que está despierto. Y lo mismo se aplica al sano y al enfermo respecto al juicio de los saberes; y al débil y al fuerte para juzgar las cargas, y al virtuoso y al vicioso para determinar lo que conviene hacer. Por eso dice el Filósofo (In V Ethic.) que el hombre virtuoso es regla y medida de todas las cosas humanas, porque son tales en concreto como él las juzga. En este sentido dice el Apóstol que el hombre espiritual juzga todas las cosas, porque quien tiene la inteligencia ilustrada y el afecto ordenado por el Espíritu Santo, tiene un juicio certero de lo que se refiere a la salvación, Contrariamente, el que no es espiritual tiene la inteligencia oscurecida y el afecto desordenado respecto a los bienes espirituales; y por tanto, el hombre carnal no puede juzgar al espiritual, como el que está despierto no puede ser juzgado por el que duerme" (115).

Naturalmente no quiere decir esto que el hombre virtuoso, el que ha alcanzado un alto grado de santidad en la tierra, no pueda errar nunca. Lo que ocurre es que el hombre que sostiene una lucha habitual con las pasiones que podrían alterar la rectitud de su juicio, conoce la medida de sus posibilidades intelectuales y evita con habitual fortuna entrometerse en cuestiones que escapan a su capacidad de comprensión o inteligencia. No cae en la tentación del ultra cogitare (pensar más allá de sus propios límites), y así evita el error. Como es lógico, la vida práctica le forzará a sostener opiniones que podrán resultar erróneas, pero él sabrá -como por instinto- que tales opiniones no son más que eso, opiniones, y no las tendrá como dogmas infalibles, ni tratará de imponerlas a los demás. Este comportamiento requiere, por supuesto, una inteligencia cultivada desde la humildad. Sólo la soberbia explica las tiranías sociales o domésticas. Sólo sobre el fundamento de la humildad es posible el orden, la convivencia en el seno de la familia o de la sociedad. Porque la humildad no es otra cosa que "andar en verdad", amar la verdad, único supuesto para poder hacer la verdad, es decir, el bien.

CONDICIONES PARA EL RECTO SABER

Se ha visto que en la búsqueda y conocimiento de la verdad intervienen de manera decisiva la voluntad y las demás potencias sometidas a ella. Sostener tal cosa -que, por lo demás, la experiencia comprueba- no es incurrir en alguna suerte de voluntarismo. Voluntarismo sería conceder a la voluntad la aptitud para decidir sobre la verdad de las cosas; que la verdad de las cosas se funda en el querer de la voluntad o en los apetitos. Aquí se ha afirmado justamente lo contrario: las cosas son lo que son, las cosas son como son: independientemente de corno yo las quiera o piense. Lo que se ha pretendido esclarecer es que en la búsqueda y el descubrimiento de la verdad, interviene necesaria y decisivamente la libre voluntad: no decidiendo lo que es verdad, sino conduciendo o impidiendo el conocimiento. Por ello encabeza este breve trabajo, aproximativo al tema, el título "La libertad en el pensamiento", que es cosa muy diversa de una supuesta "libertad de conocimiento", o -con expresión más común- "libertad de pensamiento".

El pensamiento no es libre, por lo mismo que no es cuadrado o verde. La categoría del pensamiento no es la libertad, sino la verdad. Sólo el hombre es libre, porque lo es su voluntad. Y porque es libre, con una libertad deficiente, puede operar en contra de su razón, negar evidencias, elegir el camino del error (lo que, a la postre, es frustración de la libertad).

La tentación subjetivista amenaza a todos, y todos, seguramente, andamos por el mundo con una fuerte -más o menos fuerte- dosis de subjetivismo que -más o menos- nos cierra a una comprensión más profunda de la realidad. Nos cuesta reconocer que la realidad nos mide, y, en ocasiones, nos molesta que nos rectifique. No debiera ser así, puesto que la realidad es creación de Dios: contiene la huella de lo divino y por ello es mucho más admirable y gozosa que los productos de nuestra subjetividad.

¿Cómo librarnos de las tretas del subjetivismo, latente en todos los errores? Sin duda requiere una ascesis : la aplicación de nuestra libertad -fuerza original poderosa de la voluntad- al entendimiento, para que se adhiera, -o recupere- las verdades fundamentales primeras y así prosiga de veritate in veritatem, de la verdad a verdades cada vez más hondas. Todo ello simultáneo al esfuerzo por hacer la verdad en todo momento, es decir realizar la verdad práctica, que no es otra cosa que el bien.

Detengámonos todavía un momento en la consideración de algunos requisitos fundamentales para avanzar en el camino de la sabiduría.

Humildad intelectual

No dudaría en afirmar que la primera condición para el progreso en el conocimiento de las verdades fundamentales es la humildad. Confío en que haya quedado suficientemente claro en el capítulo precedente. No querer descubrir lo que se quiere, sino lo que hay; reconocer la capacidad de error y disposición de rectificar siempre que lo exijan las cosas; mirar las cosas sin intereses egoístas: así se conserva aquel ethos de la objetividad del que habla P. Wust, que "entra en acción espontánea, al que no debe renunciar nuestro espíritu si no quiere perder por ligereza el regalo de la evidencia". Este ethos, que de un modo natural se hace sentir en nosotros, consiste en "aquella infantil y despreocupada actitud ante el ser al que aceptamos tanto tiempo como no estemos bajo el peso de falsas teorías. Es aquella abertura de nuestra alma hacia el ser y hacia la verdad en la que se silencia totalmente todo egoísmo, de tal modo que poseemos todavía una simpatía originaria hacia lo objetivo. En nuestra naturaleza espiritual existe, desde el principio, la misma tendencia de rectitud del ser, de la rectitudo, que podemos apreciar como línea total de objetividad en todos los seres" (116). Para progresar en la sabiduría, como para entrar en el Reino de los Cielos -Reino de la Luz, Reino de la Verdad- es preciso volver a la sencillez de la infancia, sin dobleces, sin repliegues. Así, la luz de las cosas puede penetrar en la transparencia de nuestra subjetividad, nos inunda, nos colma de alegría íntima. ¿Puede caber mayor gozo que el de andar en verdad? Este es siempre el premio a la humildad.

La humildad evita la presunción -ultra cogitare- y favorece la sobriedad que pedía el Apóstol. Defiende de la tentación racionalista de negar el misterio o destriparlo. El misterio -también el natural, como la libertad, por ejemplo- desagrada a la soberbia actitud racionalista. Sin embargo, la humildad se goza en el misterio, porque es luz, ensancha el horizonte y los límites de la comprensión. El sol, la única cosa del mundo que no podemos mirar frente a frente, es aquella a cuya luz vemos todo lo demás. "Como el sol a mediodía -dice Chesterton-, así el misterio ilumina todas las demás cosas con la claridad de su propia y triunfal invisibilidad." La existencia de Dios es también un misterio natural (la razón la alcanza, pero no llega a comprender cómo es Dios Motor Inmóvil, Acto Puro, etcétera): el racionalista lo negará o se formará un concepto a su medida: son dos modos de negar al verdadero Dios. Detenerse en los límites de la razón es, precisamente, asegurar su progreso indefinido. Renunciar a saber más de lo posible es asegurarse la posibilidad de conocer más lo posible. Ultra cogitare es salirse del camino de la verdad. Por eso es bueno para el hombre que se le hayan revelado misterios sobrenaturales: favorece la humildad necesaria para discurrir bien; evita la tentación racionalista. Reconocer el misterio donde lo hay, sin abandonarse a la tentación de negarlo, es dignidad del hombre, valor de su espíritu. El espíritu no puede apresar el misterio en sus conceptos, pero si lo afirma cuando con él se topa- y lo toma como punto de partida; si, por así decir, lo tiene a sus espaldas de tal modo que su luz caiga sobre las cosas que contempla ante sí, entonces éstas muestran su verdadera naturaleza y el hombre puede moverse acertadamente entre ellas.

Por eso, la sobriedad mentada del conocer abre paso a siempre nuevos hallazgos. Las épocas de fe viva coinciden, no por azar, con las épocas creadoras. Goethe se dio cuenta de ello y auguró tiempos prósperos en creación a los pueblos de gran fe. Mientras con humildad se reconozca el misterio, la fuerza creadora de la libertad seguirá fecundando el mundo.

El respeto a la tradición

La humildad dispone al estudioso a aceptar toda verdad que otros hallaron, ya en los tiempos antiguos o modernos. El hombre no nace sabio: debe adquirir la sabiduría con esfuerzo y con empeño, a partir del encuentro con la realidad y el discurso de su razón. Y siendo tan corta la vida del individuo, los conocimientos que cada uno es capaz de conseguir en el tiempo que dura su existencia terrena son muy limitados, sobre todo los que puede obtener por sí mismo. De ahí que el hombre debe acudir a la experiencia de otros más sabios o experimentados en determinado campo. Sin eso sería imposible la ciencia. Por ello advierte Tomás de Aquino que "el oído es necesario para la sabiduría, como se dice en la Sagrada Escritura: si gustas del escuchar, serás sabio (Eccli. 6,34) ; y también es necesario para el sabio, según lo que se lee en el libro de los Proverbios: el sabio que escucha, será aún más sabio (Prov. 1,5). Del mismo modo a todos es necesario escuchar, puesto que nadie se basta a sí mismo para excogitar todo lo que pertenece a la sabiduría; y, por lo tanto, ninguno es tan sabio que no deba ser instruido por otro" (117).

De dos modos -dice Santo Tomás- se ayudan los hombres en el conocimiento de la verdad, directa e indirectamente. Directamente, por aquellos que encontraron ya ciertas verdades en el pasado, y así los que les siguen las recogen -simul in unum collectum- y consiguen una verdad más amplia y honda. Indirectamente, en tanto que los que erraron en el conocimiento de la verdad incitan a un diligente examen de las cuestiones, de modo que son ocasión de que la verdad aparezca de modo más nítido (118). Por ello la poderosa mente de Tomás procuró hacerse con toda la documentación posible acerca de lo que escribieron sus predecesores, sin despreciar ninguno, aunque, por supuesto, seguía la opinión de aquellos que más ciertamente llegaron a la verdad (119). A todos estaba reconocido, pues "es justo -escribía- que estemos agradecidos a aquellos que nos han ayudado a conseguir tan alto bien, a saber, el conocimiento de la verdad (...) también a aquellos que hablaron superficialmente y así investigaron la verdad, pues aunque no sigamos sus opiniones, algún servicio nos prestaron: nos ayudaron a ejercitarnos en la búsqueda de la verdad" (120).

Una gran lección de prudencia ofrece Santo Tomás con su apertura al pasado, tan necesaria al verdadero sabio que, como tal, ama la sabiduría. Hacer tabla rasa del pasado es cosa más bien de pedantes y de necios que de mentes esclarecidas. La originalidad de la que a menudo presumen aquellos no es más que la repetición de errores antiguos, en los que seguramente no incurrirían si hubieran dedicado algún tiempo al estudio del pasado. Cuántos errores de nuestro tiempo se hubieran evitado con el estudio, por ejemplo, de Tomás de Aquino. En estas páginas hemos hallado textos que resuelven de un plumazo cuestiones aún debatidas por falta de esa atención que al pasado debemos. No es que debamos quedar "pren

26/05/2005 ir arriba

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