Por Sunsi Estil-les Farré
*
Arvo Net, 24.04.2006
Mientras leía el Anteproyecto de
Ley de Autonomía personal y
Dependencia, que garantiza y regula
los derechos básicos, las
necesidades y la atención a las
personas en situación de
dependencia, imaginaba a mi abuela
paterna interrogando a los señores
que han escrito esos párrafos
bienintencionados y bastante
complicados. Mi abuela María, una
mujer de rompe y rasga que falleció
a los 98 años, seguramente hubiera
puesto una condición: “Que no me
lleven y me traigan como si fuera un
fardo” . “Los viejos, ¡ay los
viejos!. ¡Cómo estorbamos!”. Con
una mente clarísima, una vida muy
vivida... pero prácticamente ciega.
Murió en su casa, un 25 de Febrero,
hace casi tres años. Jamás aceptó
que la despegaran de su entorno ni
consintió otros cuidados que no
fueran los que ella eligió.
Mi
abuela María me ha devuelto
el recuerdo de esta breve historia.
Un conferenciante muestra al
auditorio un billete “potente”.
“¿Quién lo quiere?”, pregunta. Todos
levantan la mano. El conferenciante
arruga el billete y vuelve a
preguntar: “¿y ahora?, ¿quién lo
quiere?”. Las mismas manos se
vuelven a levantar. Esta vez tira el
billete al suelo y lo pisotea. Así,
sucio y hecho un guiñapo lo muestra
a la concurrencia. “¿Quién quiere
todavía el billete?”. Las manos
siguen levantadas. Magnífica
demostración la del conferenciante.
Todos quieren el billete; da igual
que esté manoseado, arrugado. El
billete sigue conservando intacto
su valor. Lo mismo sucede con
nuestras vidas. Jamás perdemos
nuestro valor. Ajados, enfermos, sin
apenas movilidad porque la artrosis
y la artritis nos ha dejado molidos,
un poco –o un mucho- sordos, con
dificultad para caminar. El
conferenciante concluye: “Nada de
eso altera la importancia que
tenemos. El precio de la vida no
radica en lo que aparentamos ser,
sino en lo que hacemos y sabemos.”
Pero
las cosas como son; la vejez nunca
ha sido plato de gusto. Ya en el
siglo II, Cicerón desarrolló
en su tratado De Senectute
cada una de las causas que hacen
aborrecer la vejez. No obstante,
encontró todo aquello que compensa
lo que se ha perdido. Aunque la
vejez nos vuelve inactivos y el
cuerpo se debilita, la actividad
intelectual no decrece. El viejo
-¡qué mal suena esta palabra!- puede
poner al servicio de la sociedad
toda su experiencia, el cultivo del
espíritu. Si los placeres propios de
la juventud disminuyen para el
anciano, existen otros, como la
amistad y la buena conversación.
“Debéis retener que yo alabo aquella
vejez que descansa en los
fundamentos que se han puesto en la
juventud (…). Ni el cabello blanco,
ni las arrugas pueden, de repente,
destruir el prestigio, sino que, si
se ha vivido honradamente en la
etapa anterior, la última etapa
recoge los frutos”.
Si esto
es cierto, ¿por qué, como dijo con
fina ironía el autor de Los
viajes de Gulliver, Johnatan
Swift, “todo el mundo quiere
vivir muchos años, pero nadie quiere
llegar a viejo”?. ¿Hay motivos? .
Hay motivos. La catedrática de Ética
de la Universidad Pompeu Fabra,
Victoria Camps, cita dos: el
abandono y la hiperprotección. El
abandono del cuidado de los seres
más cercanos, “substituido por otro
excesivamente profesional y
distante” y el temor a “ser tratado
más como un objeto de la técnica que
como una persona”. “Los mayores no
sólo necesitan justicia, sino
también solidaridad y afecto. Si
queremos evitar que se sientan
excluidos porque se les expulsa del
mundo activo y queremos superar el
paradigma de una medicina
estrictamente curativa propiciando
el cuidado, habrá que apelar a las
actitudes de las personas y no sólo
a una gestión de las
administraciones públicas” .
Ojo
con de la Ley de Dependencia.
Contiene párrafos inquietantes. No
sé qué les parecerá a algunos
dependientes que la ayuda económica
a su familia, si su familia tiene a
bien cuidarlo, reciba el
calificativo de “excepcional”. “El
beneficiario podrá,
excepcionalmente, recibir una
prestación económica para ser
atendido por cuidadores familiares,
siempre que se den las condiciones
adecuadas de convivencia y de
habitabilidad de la vivienda y así
lo establezca su Programa Individual
de Atención” (Artículo 12.3). En el
artículo 17.1 queda más que claro:
“Excepcionalmente, cuando el
beneficiario pueda ser atendido en
su domicilio por su entorno
familiar y se reúnan las
condiciones establecidas en el
artículo 12.3, se establecerá una
prestación económica para cuidados
familiares”.
Poderes
públicos y persona podrían entrar en
un peligroso conflicto. Porque se
contempla como primera opción la
inversión en centros, públicos o
privados, para mejorar la calidad de
vida de los seres dependientes,
relegando el refuerzo de “las
condiciones” y “la habitabilidad” de
su entorno natural- su casa y su
familia- a la cola de las
prioridades. Los “dependientes”
necesitan, además de salud y dinero,
una tercera “prestación”: el amor.
¿También de eso se encargará el
Estado?.
*Sunsi
Estil.les Farré
Diari de Tarragona