| Ramón Pi
08/04/04
Primera, porque cuenta una historia verdadera y terrible y la expone sin edulcorantes ni conservantes, con voluntad de presentarla tal como fue, y eso, para algunos, parece ser insoportable. La acusación de violencia extrema hace reír, a la vista de las películas violentas que se han hecho, se hacen y se harán.
Segunda, porque es una buena película, mucho mejor, pongamos por caso, que cualquiera del mamarracho manchego de los Óscar, tan celebrado por los mismos que no soportan ver "La Pasión".
Tercera, porque se veía desde el principio que iba a batir récords de taquilla, cosa doblemente insoportable para los que querrían que jamás se hubiera realizado una película así.
A la vista de estas características, las críticas han ido o por la vía de negar aspectos históricos bien conocidos (como que los clavos de las manos fueron aplicados a las muñecas de Jesús, o que el condenado a la crucifixión sólo transportaba el travesaño de la cruz, y no la cruz entera), o por argumentos "ad hominem", como que Gibson, católico, es un "carca reaccionario". La acusación de antisemitismo ha sido sólo un expediente para enfrentar la película al "lobby" judío que controla la industria americana del cine; pero esta acusación se cae sola en cuanto se lee la Escritura, en cuanto se ve la película, en cuanto se cae en la cuenta de que, como dijo el propio Mel Gibson, "en la Palestina de aquel tiempo había romanos y judíos: noruegos no había".
Esta película marca un hito en la historia universal del cine religioso. A quien le guste el género me permito decirle que no se la puede perder.
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Arvo Net, 11.4.2004
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