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EN TORNO A «LA PASIÓN», DE MEL (Varios autores)

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EN TORNO A «LA PASIÓN», DE MEL GIBSON

AA. VV. . De Prada , los sambenitos arrojados sobre la Pasión de Cristo. V. Messori , narra la visualización del film. Santiago Varo , "La Sangre de Jesús".

«LA PASIÓN» DE MEL GIBSON

Por Juan Manuel DE PRADA
ABC, 28.02.2004

DOS sambenitos se han arrojado sobre La Pasión de Cristo, la película de Mel Gibson, antes incluso de que fuera estrenada: su presunto antisemitismo y su regodeo en la crueldad. Ambos reproches, por supuesto, se han aderezado de muy virulentas invectivas contra el realizador, en las que se caricaturizan sus creencias religiosas. Cuando para denostar una obra artística se recurre a argumentos tan cochambrosos, debemos desconfiar de las intenciones del denostador. La animadversión o simpatía que puedan suscitarnos un creador no deben contaminar el juicio que nos merece su obra; quien recurre a una mistificación tan tosca, no consigue sino descalificarse a sí mismo. Por lo demás, estoy completamente seguro de que si Mel Gibson mostrara a Cristo amancebado con María Magdalena, o renegando de su misión redentora, quienes lo han tachado de antisemita y tremendista aplaudirían con fruición su película. Pues lo que solivianta a estos nuevos inquisidores disfrazados con los ropajes de la beatería laica es que un artista emplee su dinero y su talento en la proclamación de su fe; lo que fastidia es que esta película, condenada al éxito, vaya a fortificar a muchos en sus convicciones, y seguramente también a remover el escepticismo de otros tantos. ¡Con lo que nos ha costado -bramarán los inquisidores- que la gente se olvide de Cristo, para que ahora llegue este sujeto y nos desmonte el quiosco!

La película de Gibson jode mogollón; así que habrá que arremeter contra ella, empleando las coartadas más burdas y torticeras. La acusación de antisemitismo proferida contra Gibson, por ejemplo, no se sostiene en pie. Un deber de verosimilitud histórica obliga al director australiano a mostrar, en efecto, a Jesús ajusticiado por la autoridad romana, con la anuencia del pueblo judío, que vocifera: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Pero en el mismo Evangelio de San Mateo en el que se recogen estas palabras hemos leído antes que Jesús derramará su sangre «por todos los hombres para remisión de sus pecados». El pueblo judío, sin saberlo, ratifica con sus palabras el misterio de la Redención: la sangre que cae sobre ellos y sobre sus hijos (sobre la humanidad entera, sin distinción de credos o razas) no clama venganza, sino que salva y purifica. Comprendo que este misterio resulte impenetrable para quienes no profesen la fe cristiana; pero al menos podrían abstenerse de interpretarlo de forma reduccionista. El sacrificio de Jesús, voluntariamente asumido, es de naturaleza expiatoria.

El otro reproche lanzado contra Gibson resulta de una mentecatez aplastante. Las imágenes de su película muestran sin tapujos las sevicias que Jesucristo padeció durante su suplicio; son, al parecer, imágenes de extrema explicitud. Paradójicamente, su contemplación provoca incomodidades en una época que ha encumbrado la exhibición gratuita de violencia a un rango artístico. Dudo mucho que Gibson exceda en truculencias a Tarantino o Kitano, tan idolatrados por el gusto contemporáneo. ¿Por qué la violencia enfática, hiperbólica, de esos cineastas fascina, mientras que la de Gibson provoca rasgamientos de vestiduras? Por una razón evidente: porque no es gratuita, porque interpela al espectador, porque lo obliga a enfrentarse al dolor en estado puro. Nos hemos acostumbrado a una violencia banal, coreográfica, meramente esteticista, que hace del hiperrealismo una forma sublimada de irrealidad; no podemos soportar, en cambio, la violencia catártica que estimula nuestro horror y nuestra piedad, que nos hace partícipes de un sufrimiento sobrehumano y nos ayuda a entender en toda su magnitud un sacrificio que remueve nuestra capacidad de comprensión.

Quizá la película de Gibson sea, a la postre, un bodrio. Pero los argumentos hasta ahora empleados en su demolición dan grima.

RELATO DE LA VISUALIZACIÓN DE «LA PASIÓN» DE GIBSON

Por Vittorio Messori

En la salita insonorizada, la luz se vuelve a encender después de dos horas y seis minutos. Somos apenas una docena, de muchos países, conscientes de nuestro privilegio: por invitación de Mel Gibson y del productor Steve Mc Eveety, somos los primeros en Europa en ver la cinta recién llegada de Los Ángeles. La misma que el próximo miércoles se estrenará en dos mil salas americanas, en quinientas inglesas, en otras tantas australianas, la misma que ha llevado al colapso a todos los sitios de Internet y que en la primera semana recuperará los 30 millones de dólares de coste de la producción. Ni siquiera el Papa ha visto más que una versión provisional, a la que le faltaba, entre otras cosas, parte de la banda sonora. Pero sí, esta tarde somos los primeros (los españoles la verán el 2 de abril y los italianos tendrán que esperar hasta el día 7, Viernes de Dolores).

Llorando en silencio

Cuando terminan de pasar los títulos de crédito, donde los nombres americanos se alternan con los italianos, donde los agradecimientos al ayuntamiento de Matera se alienan junto al nombre de teólogos y especialistas en lenguas antiguas; cuando el técnico le da al interruptor que enciende las luces, la salita sigue en silencio. Dos mujeres lloran, silenciosamente; el monseñor en clergyman que tengo a mi lado está palidísimo, con los ojos cerrados; el joven secretario atormenta nervioso un rosario; un tímido, solitario comienzo de aplauso se apaga enseguida, avergonzado. Durante larguísimos minutos nadie se levanta, nadie se mueve, nadie habla. Así que lo que nos anunciaban era cierto: «The Passion of The Christ» nos ha golpeado; el efecto que Gibson pretendía se ha realizado en nosotros, primeros cobayas. Yo sigo desconcertado y mudo: durante años he pasado por la criba, una por una, las palabras del griego con las que los evangelistas narran aquellos hechos; ninguna minucia histórica de aquellas horas en Jerusalén me es desconocida, he estudiado un libro de cuatrocientas páginas que tampoco Gibson ha ignorado. Lo sé todo. O mejor, ahora descubro que creía que sabía: todo cambia si aquellas palabras se traducen en imágenes que logran transformarlas en carne y sangre, en arañazos de amor y de odio.

Mel lo ha dicho con orgullo y humildad a la vez, con un pragmatismo mezclado con misticismo que hace de él una mixtura singular: «Si esta obra falla, durante cincuenta años no habrá futuro para el cine religioso. En esta película hemos echado el resto: todo el dinero que hacía falta, prestigio, tiempo, rigor, el carisma de grandes actores, la ciencia de los eruditos, la inspiración de los místicos, experiencia, técnica de vanguardia y, sobre todo, nuestra certeza de que valía la pena, de que lo que ocurrió en aquellas horas incumbe a cada hombre. Con este Hebreo tendremos que vérnoslas todos después de la muerte. Si no lo logramos nosotros, ¿quién podrá hacerlo? Pero lo conseguiremos, estoy seguro: nuestro trabajo ha estado acompañado de demasiados signos que me lo confirman».

En efecto, en el set ha ocurrido más de lo que se sabe, y muchas cosas quedarán en el secreto de las conciencias: conversiones, liberaciones de las drogas, reconciliaciones entre enemigos, abandono de lazos adúlteros, apariciones de personajes misteriosos, explosiones de energía extraordinarias, extras que se arrodillaban al paso del extraordinario Caviezel-Jesús, hasta dos relámpagos, uno de los cuales alcanzó la cruz, y que no han herido a nadie. Y después, casualidades leídas como signos: la Virgen con el rostro de la actriz judía de nombre Morgenstern, que --se dieron cuenta después-- es, en alemán, la «Estrella de la mañana» de la letanía del Rosario.

Comprender con el corazón

Gibson se ha acordado de la advertencia del Beato Angélico: «Para pintar a Cristo, hace falta vivir con Cristo». El ambiente en la ciudad de Matera y en los estudios de Cinecittà parece haber sido aquel de las sagradas representaciones medievales, de las procesiones de flagelantes en peregrinación. Un carro de Tespis del siglo XIV, para el que, cada tarde, un sacerdote con sotana negra de larga fila de botones celebraba una misa en latín, según el ritual de San Pío V. Aquí está la razón verdadera de la decisión de hacer hablar a los judíos en su propia lengua popular, el arameo, y a los romanos en un latín vulgar, de militares, que nos hiere el oído a los viejos alumnos del Liceo, acostumbrados a los refinamientos ciceronianos.

Gibson, católico, amante de la tradición, es un acérrimo seguidor de la doctrina afirmada en el Concilio de Trento: la Misa es sobre todo sacrificio de Jesús, renovación incruenta de la Pasión. Esto es lo que importa, no el «comprender las palabras», como quieren los nuevos liturgos, de cuya superficialidad se lamenta Mel, porque le parece blasfema. (*) El valor redentor de los actos y de los gestos que tienen su cumbre en el Calvario no necesita de expresiones que todo el mundo pueda comprender. Esta película, para su autor, es una Misa: hágase, por tanto, en una lengua oscura, como lo ha sido durante tantos siglos. Si la mente no comprende, mejor. Lo que importa es que el corazón entienda que todo lo que sucedió nos redime del pecado y nos abre las puertas de la salvación, como recuerda la profecía de Isaías que se presenta como prólogo a toda la película.

El prodigio, por tanto, me parece que se ha realizado: pasado un rato, se abandona la lectura de los subtítulos para entrar, sin distracciones, en las escenas --terribles y maravillosas-- que se bastan a sí mismas.

En el plano técnico, el film es de una altísima calidad. Pasolini, Rossellini, el propio Zeffirelli, quedan reducidos a parientes pobres y arcaicos: en Gibson hay una luz sabia, una fotografía magistral, un vestuario extraordinario, escenografías desoladas y, cuando es necesario, suntuosas; un maquillaje de increíble eficacia, unos grandes profesionales, vigilados por un director que es también un ilustre colega. Y, sobre todo, unos efectos especiales tan apabullantes que, como nos decía Enzo Sisti, el productor ejecutivo, quedarán en secreto, confirmando el enigma de la obra, donde la técnica quiere estar al servicio de la fe. Una fe en su versión más católica --con el beneplácito del Papa y de tantos cardenales, incluido Ratzinger-- de la que «La Pasión» es un manifiesto lleno de símbolos, que sólo un ojo competente es capaz de discernir del todo. Haría falta un libro (dos, de hecho, están en preparación) para ayudar al espectador a comprender.

En síntesis, la «catolicidad» radical de la película reside sobre todo en el rechazo de cualquier desmitificación, en tomar los Evangelios como crónicas precisas: las cosas, se nos dice, fueron así, como las Escrituras lo describen. El catolicismo está en el reconocimiento de la divinidad de Jesús que convive con su plena humanidad. Una divinidad que irrumpe en la sobrehumana capacidad de aquel cuerpo de sufrir una cantidad de dolor como nadie ha sufrido antes ni después, en expiación de todo el pecado del mundo.

Una «catolicidad» radical (que, preveo, pondrá en dificultades a algunas Iglesias protestantes, ya generosamente movilizadas para alentar la distribución) también en el aspecto «eucarístico», reafirmado en su materialidad: la sangre de la Pasión está siempre unida al vino de la Misa y la carne martirizada, al pan consagrado. Y está también en el tono fuertemente mariano: la Madre y el Diablo (que es mujer, o quizá andrógino) son omnipresentes, la una con su dolor silencioso; el otro --o la otra-- con su complacencia maligna. De Anna Caterina Emmerich, la vidente estigmatizada, Gibson ha tomado intuiciones extraordinarias: Claudia Prócula, la mujer de Pilatos, que ofrece, llorando, a María los paños para recoger la sangre de su Hijo, está entre las escenas de mayor delicadeza del filme, que, más que violento, es brutal. Como brutal fue, recuerdo, la Pasión. Si al martirio se dedican dos horas, dos minutos bastan para recordar que no fue aquella la última palabra: del Viernes Santo, a la Resurrección, que Gibson ha resuelto acogiendo una lectura de las palabras de san Juan, que también yo propuse. Un «vaciamiento» del sudario, dejando un signo suficiente para «ver y creer» que el reo ha triunfado sobre la muerte.

¿Antisemitismo?

¿Antisemitismo o antijudaísmo? No bromeemos con palabras demasiado serias. Vista la película, creo que tienen razón los judíos americanos que amonestan a sus correligionarios a no condenar la película antes de verla. Queda clarísimo que lo que pesa sobre Cristo y lo reduce a aquel estado no es la culpa de éste o de aquél, sino el pecado de todos los hombres, sin excluir a ninguno. A la obstinación de Caifás en pedir la crucifixión (aquel saduceo colaboracionista que no representaba al pueblo judío: el Talmud tiene para él y su suegro palabras terribles) hace abundante contrapeso el sadismo inaudito de los verdugos romanos; a las vilezas políticas de Pilatos, se opone el coraje del miembro del Sanedrín --episodio añadido por el director-- que se enfrenta al Sumo Sacerdote gritándole que aquél proceso es ilegal. ¿Y no es acaso judío el Juan que sostiene a la Madre, no es judía la piadosa Verónica, no es judío el impetuoso Simón de Cirene, no son judías las mujeres de Jerusalén que gritan su desesperación, no es judío Pedro, que, perdonado, morirá por el Maestro? Al comienzo de la película, antes de que el drama se desencadene, la Magdalena pregunta, angustiada, a la Virgen: «¿Por qué esta noche es tan diferente a cualquier otra?». «Porque --responde María-- todos los hombres son esclavos, y ahora ya no lo serán más». Todos, pero absolutamente todos. Sean «judíos o gentiles». Esta obra, dice Gibson, amargado por agresiones preventivas, quiere reproponer el mensaje de un Dios que es Amor. ¿Y qué Amor sería este si excluyese a alguien?

Vittorio MESSORI

(*) Conviene no confundir a los "nuevos liturgos" de que habla Messori, entre los que puede haber blasfemos, con la nueva Liturgia de la Iglesia católica, que es siempre fiel, aunque siempre deficiente y mejorable, por la infinitud del misterio que actualiza, al Evangelio de Jesucristo. (Nota de Arvo Net)


La noticia, dada hace algún tiempo

Hace unos años, Roberto Begnini acudió al Vaticano para mostrar en preestreno su película «La vida es bella» a Juan Pablo II, quien la aplaudió y le aseguró que sería un éxito mucho antes de que el cineasta soñara realmente con el Oscar. «La Pasión» es un proyecto mucho más arriesgado, víctima de precipitadas acusaciones automáticas de antisemitismo, que han lamentado ya destacados personajes judíos y numerosos rabinos.

Mel Gibson, director y productor, ha invertido más de 20 millones de dólares de su bolsillo, y está terminando la versión definitiva, que llegará a los cines el próximo mes de febrero en la lengua original de cada protagonista: latín, hebreo y arameo, muy probablemente sin subtítulos, pues las imágenes tienen una fuerza inaudita, como se aprecia en el breve trailer disponible en www. la-pasion.com.

Según Gibson, «es una película que intenta inspirar, sin ofender a nadie. Mi intención es crear una obra de arte duradera y provocar una reflexión seria entre personas de cualquier religión o sin ninguna creencia». El director de «La Pasión», filmada el pasado año en un pueblecito del sur de Italia, asegura que «yo no odio a nadie, y menos a los judíos, entre los que cuento muchos amigos y socios, tanto en mi trabajo como en mi vida social. Ésta es una película de fe, esperanza, amor y perdón, algo extremadamente necesario en estos tiempos turbulentos».

Karol Wojtyla, el Papa artista que fue actor de teatro y ha continuado escribiendo poemas hasta el año pasado, contempla cada día la Pasión de Jesús y preside cada año un emocionante «Via Crucis» en el Coliseo romano la noche del Viernes Santo. Aparte de ser el primer Papa que visitó una sinagoga, fue también el primero que volvió a Jerusalén, casi 2.000 años después de que el arresto de Pedro de Betsaida y el comienzo de una fuerte persecución obligase a los primeros apóstoles a abandonar la Ciudad Santa.

Maia Morgenstern, la actriz judía rumana que interpreta a María, precisó que «el sumo sacerdote Caifás aparece como malo, pero representa al régimen judio, no al pueblo. La película no es antisemita, sino que denuncia la locura de la intolerancia y la crueldad». Gibson no ahorra ni rebaja esa violencia, central en el acontecimiento histórico. Pero, según el teólogo vaticano Augustine Di Noia, «el actor Jim Caviezel hace ver muy claramente que Cristo sufre la pasión y muerte por voluntad propia, para reparar la desobediencia del pecado». Monica Bellucci como María Magdalena y Rosalinda Celentano, como el demonio, completan la primera interpretación artísticade la muerte de Jesús en el siglo XXI.

El cardenal colombiano Dario Castrillon Hoyos, prefecto de la Congregacion del Clero, confiesa que «estaría dispuesto a cambiar muchas de mis homilías sobre la Pasión de Cristo por unas pocas escenas de esta película, que captura la sutileza del horror y del pecado, así como el poder del amor y del perdón, sin condenas generalizadas contra ningún grupo».
LA SANGRE DE JESÚS

Por Francisco Varo
Decano de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra
22 de febrero de 2004
ABC (Madrid)

El contencioso legal contra Jesús tuvo lugar ante la autoridad romana. Un maestro galileo que anunciaba el "reino de Dios" era un peligro para Roma.

Pilatos optó de entrada por una coercitio, y decidió que lo flagelasen. Era un suplicio terrible infligido con unos látigos de correas finas y otros de tiras de cuero terminadas en bolitas de plomo y huesecillos que destrozaban el cuerpo del condenado. Con frecuencia, el ajusticiado quedaba totalmente desollado y con tales heridas que se le veían hasta los huesos.

La imagen penosa de Jesús sangrante, destrozado por los azotes, y convertido en un rey de burlas coronado de espinas no le pareció suficiente. De modo que, en una cognitio extra ordinem, condenó al "rey de los judíos", según se hizo constar en el titulus, a morir crucificado. La crucifixión era una pena que los romanos aplicaban a esclavos y sediciosos. El suplicio era tal que Cicerón la calificaba como "la pena de muerte más cruel y terrible". En la Cruz entregó Jesús hasta la última gota de su sangre.

¿Quién tuvo la culpa de que aquella sangre se derramase en abundancia? La respuesta desde la fe es inequívoca: nuestros pecados. Así lo formula la Iglesia al pronunciar con eficacia sacramental las palabras de Cristo sobre el cáliz: "Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados".

Esa sangre salvadora ha sido a lo largo de la historia signo de contradicción. Las palabras del pueblo ante Pilatos -"¡su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27,25)- han sido retorcidas por algunos, interpretándolas como auto-acusación de culpabilidad, para justificar comportamientos antisemitas. Pero la sangre de Jesús derramada en la cruz sólo trae perdón, reconciliación y bendición. Como ha hecho notar el Cardenal Lustiger: "Hay que tener realmente una imaginación sin fe para ver en esa frase una reprobación. Eso sería no entender nada de lo que es la sangre de la Alianza. ¿Cómo podría condenar la sangre de la Alianza, si en realidad salva?". Aurum Producciones, distribuidora de la película “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson en España, anunció el lanzamiento del sitio web oficial del film para ese país en www.lapasiondecristo.aurum.es

 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

16/07/2005 ir arriba
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