27 de octubre
de 2005
"Cualquier trabajo honrado puede ser un
medio para unirnos espiritualmente al
sacrificio de Cristo en la Santa Misa".
La Asamblea del
Sínodo de Obispos que ahora concluye ha
tenido un carácter particular. Fue convocada
por Juan Pablo II, pero ha sido presidida
por su sucesor, Benedicto XVI. Desde el
punto de vista simbólico, representa como un
"enlace" entre dos pontificados. No deja de
resultar significativo que este Sínodo haya
versado precisamente sobre la Eucaristía,
fuente de la unidad de la Iglesia.
Al comenzar las sesiones, Benedicto XVI
pidió a los participantes que estudiáramos
el modo de intensificar la conexión entre la
Santa Misa y el quehacer cotidiano de los
cristianos, de forma que no se desarrollen
como dos ámbitos incomunicados. Como
consecuencia, parte del trabajo de estos
días ha consistido en la búsqueda de
propuestas concretas para ayudar a los
cristianos a comprender cada vez mejor que
la Eucaristía debe informar su vida
ordinaria.
En cuanto acción de culto, el Sacrificio
eucarístico requiere un desarrollo lo más
perfecto posible, pues su destinatario es
Dios mismo. Cualquier acción humana bien
realizada, con amor, con detalle y con
delicadeza, se constituye como algo
agradable a los demás y como muestra de
interés y de respeto. Lógicamente, con mayor
motivo, la ofrenda a Dios ha de tender a ser
perfecta, y en esta dirección se han
orientado muchas de las aportaciones
formuladas en el Sínodo.
Al celebrar o al participar en la Santa
Misa, sacerdotes y laicos han de actuar con
piedad recia, doctrinal, y de forma amorosa,
atenta, santamente apasionada. En la
Eucaristía, donde tiempo y eternidad se
encuentran, Cristo se ofrece al Padre y se
nos entrega de nuevo a nosotros los hombres:
merece evidentemente que correspondamos con
todo el amor de que seamos capaces. Dios no
nos pide solamente la entrega de un acto
externo, sino que ante todo espera nuestro
amor: sólo así la ofrenda puede ser
perfecta, agradable a Dios.
Pero la presencia de la Eucaristía en la
vida del cristiano no se limita al momento
sublime de la Misa. Podemos presentar ante
el altar también nuestras acciones
corrientes; y buscar durante toda la
jornada, en nuestros normales quehaceres,
una continua referencia a Dios Eucaristía.
Cualquier trabajo honrado puede ser un medio
para unirnos espiritualmente al sacrificio
de Cristo en la Santa Misa, si ofrecemos a
Dios nuestras acciones ordinarias: la
Eucaristía se convierte entonces en cumbre y
fuente de toda nuestra existencia. De muchas
formas se ha repetido esta idea en las
sesiones del Sínodo, con la certeza
compartida de que Cristo ha querido unir la
Santa Misa a la salvación de sus hermanos
los hombres.
Estas consideraciones han orientado mis
reflexiones durante el Sínodo, y han dado
forma a tres campos en los que el cristiano
puede contribuir a que en toda la Iglesia
florezca cada vez más la vida eucarística.
El primero nos incumbe a los sacerdotes, que
debemos saber celebrar la Eucaristía con la
mayor delicadeza posible; se trata, con
otras palabras, de promover el ars
celebrandi, a través del cual se
manifiesta la hermosura y la profundidad de
la liturgia, vivida para la gloria de Dios y
para nuestra edificación. En segundo lugar,
es necesario suscitar en todos los fieles
una participación aún más atenta en la Santa
Misa, conscientes de que es un momento
sublime para que el cristiano ejercite el
arte de la oración, el ars orandi,
del que habló Juan Pablo II con motivo del
comienzo del nuevo milenio. Por último,
necesitamos también redescubrir cada día los
fuertes lazos que existen entre la Santa
Misa y la vida diaria, aplicarnos cada vez
más en el ars vivendi, el arte de
gastar los días en unión espiritual con
Jesús Eucaristía, y llegar así a reconocer
en la existencia cotidiana un horizonte
nuevo: la grandeza del encuentro con Dios.
El Santo Padre valorará las propuestas
presentadas por los padres sinodales y
tomará las decisiones que estime oportunas.
Pero ya ahora experimentamos los efectos
positivos del Sínodo: los obispos que hemos
participado en él hemos profundizado en el
infinito tesoro de la Eucaristía, en la que
“se contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, es decir, Cristo en persona,
nuestra Pascua y pan vivo” (Presbyterorum
Ordinis, n. 5). Espero vivamente que esta
toma de conciencia se difunda en círculos
concéntricos, y que sus frutos se noten en
la práctica cristiana de muchos católicos,
especialmente en la participación en la
Santa Misa. Después del trabajo y de la
oración de estos días, deseo que asistamos a
un nuevo momento de gracia para toda la
Iglesia.
+ Javier Echevarría
Prelado del Opus Dei
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