Por
Cristina
López
Schlichting
La Razón, 18
de junio
2004
«Acabo de
enterrar a
un pueblo
entero en
las ciénagas
y los
bosques de
Savenay»,
así relataba
el general
jacobino
Westermann
al Comité de
Salud
Pública de
París el
resultado de
la gran
batalla en
La Vendée,
donde fueron
masacrados
los
opositores a
la
Revolución
Francesa.
«Ejecutando
las órdenes
que me
habéis dado
-confirmaba-,
he aplastado
a los niños
bajo los
cascos de
los caballos
y masacrado
a las
mujeres, que
así no
parirán más
bandoleros.
No tengo un
solo
prisionero
que
lamentar.
Los he
exterminado
a todos». En
La Vendée
los
campesinos
católicos se
enfrentaron
a las
tropas, como
harían
después los
«cristeros»
contra los
masones de
la
revolución
mexicana. El
resultado
fue de entre
150.000 y
300.000
muertos,
según se
sigan los
datos de
Vittorio
Messori o de
Javier
Tusell. Para
quienes se
habían
escondido o
escapado, el
plan B fue
la muerte
por hambre:
como ha
probado el
historiador
Reynald
Secher los
geómetras
estatales
destruyeron
10.050
casas. Sin
contar los
miles de
muertos en
la
guillotina,
es claro que
la
Revolución
Francesa fue
un
genocidio.
¿Por qué,
entonces,
está
idealizada?
Supongo que
la
propaganda
no es ajena
a ello. En
palabras de
Tusell: «La
interpretación
revisionista
(de la
Revolución)
no sólo es
cierta, sino
que quizá
pueda ser
aplicada a
otros
sucesos
revolucionarios.
Es más que
probable que
Rusia
hubiera
podido
avanzar
mucho más
rápidamente
en el camino
de la
libertad y
del
desarrollo
económico
librándose
de los 50
millones de
muertos del
estalinismo».
Todo lo que
de bueno
tiene 1789
en la
opinión
común de la
gente lo
tiene de
malo la
Inquisición.
Hasta el
extremo de
que José
Borrell
justificaba
recientemente
su negativa
a incluir
una alusión
a los
orígenes
cristianos
de Europa en
el preámbulo
de la
Constitución
de la UE
porque, a su
juicio,
«hablar de
cristianismo
obligaría a
mencionar
también la
Inquisición,
las cruzadas
y las
hogueras».
Cristianismo,
o por lo
menos
Iglesia, es
para muchos
Inquisición.
Revolución
Francesa es,
en la misma
medida,
libertad.
Esta semana
hemos
conocido los
resultados
del simposio
celebrado
hace cinco
años sobre
la
Inquisición.
En 800
páginas el
profesor
Agostino
Borromeo ha
recopilado
las
intervenciones
de los
expertos. El
resultado es
terrible.
Entre 1540 y
1700 los
tribunales
españoles
celebraron
44.674
juicios por
herejía,
condenaron
al 3,5 por
100 de los
acusados y
llegaron a
ejecutar al
1,8. En
relación a
la brujería,
en aquellos
160 años se
quemaron 59
brujas en
España, 36
en Portugal
y 25.000 en
Alemania,
donde
también
juzgaban por
este
concepto los
tribunales
civiles.
Nada induce
a sentirse
orgullosos
de la
Inquisición,
sin embargo
es la
segunda vez
al menos que
oigo a Juan
Pablo II
pedir perdón
por ella.
Estoy a la
espera de
que la
presidencia
de la
República
Francesa
pida perdón
por los
muertos de
la
revolución,
aquellos a
los que se
dio a elegir
entre
«Libertad,
igualdad,
fraternidad»
o muerte. O
que los
presidentes
ruso o
mexicano
hagan lo
propio
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