Vittorio
MESSORI
escritor
y
periodista
LA RAZON
Para
otros
periodos
históricos
se han
hecho
recuentos
precisos:
un sólo
año de
Revolución
Francesa,
el 1793
del Gran
Terror,
causó
muchas
más
víctimas
que
todos
los
siglos
de todas
las
inquisiciones
unidas
(los
protestantes,
de
hecho,
no
bromearon:
la
Ginebra
de
Calvino
se
iluminó
con las
hogueras,
la
Alemania
luterana
se dio a
la caza
de
brujas
casi
como un
deporte
nacional;
la
última
masacre
alentada
por los
pastores
puritanos
de Salem,
Massachusetts,
raya el
umbral
de
1800).
En
cuanto
al
comunismo,
sigue
aumentando
el
número
–¿cien
millones
de
muertos?–
pero
quizá no
se sepan
nunca
las
cifras
precisas
de una
masacre
que duró
setenta
años, en
nombre
de la
exigencia
de
imponer
«la
ortodoxia»
contra
las
«desviaciones».
Que es
justo lo
que se
denuncia
en el
fenómeno
inquisitorial
cristiano.
Resulta
difícil,
por
tanto,
tomarse
en serio
las
prédicas
que
llegan
desde
ciertos
púlpitos.
Propaganda
antiespañola.
Sea como
sea, el
colaborador
de «Il
Manifesto»
termina
su
arenga
contra
la
Inquisición
que le
indigna,
la
religiosa,
con un
vigoroso
«¡Basta
ya de
vanas
tentativas
de
revisionismo!».
Es
curioso:
un
estudioso
de la
Historia
que
pretende
congelar
un
esquema
previo
de
condena,
rechazando
someter
la
vulgata
del
panfleto
decimonónico
a la
verificación
de los
hechos.
En
realidad,
todo
aquel
que
frecuenta
la
bibliografía
actualizada,
sabe que
el
juicio
sobre
las
Inquisiciones
(incluso
sobre la
española,
la más
difamada
de
todas)
está hoy
mucho
más
articulado.
Existe
todavía
quien,
como
Luigi
Firpo,
insospechado
maestro
del
laicismo
y de
anticlericalismo,
ya hace
veinte
años
auspiciaba
la
apertura
de los
archivos,
llevada
a cabo
más
tarde
por el
cardenal
Ratzinger:
«El
examen
de los
dossieres
beneficiaría
mucho a
la
Iglesia.
Caerían
muchos
pedazos
de la
Leyenda
Negra,
descubriendo
que los
procesos
se
caracterizaban
por una
gran
corrección
formal y
una red
de
garantías
inimaginable
para los
tribunales
laicos
de la
época.
Las
condenas
a muerte
y las
torturas
fueron
la
excepción:
las
imágenes
que
todos
tenemos
de los
tormentos
y que
hemos
visto en
los
libros
del
colegio
fueron
impresas
en
Amsterdam
y
Londres,
alentadas
por la
propaganda
protestante
en el
marco de
la lucha
contra
España
por la
hegemonía
en el
Atlántico.
El
pecado
del
anacronismo.
No
se
trata,
naturalmente,
de pasar
de la
execración
a la
admiración:
es
cierto
que, más
allá de
la
redimensión
(necesaria)
de los
horrores,
el
historiador
auténtico
debe
evitar
aquí,
como en
cualquier
otro
lugar,
el
pecado
mortal
del
anacronismo.
El
pasado
hay que
valorarlo
según
sus
categorías,
no según
las
nuestras:
la
actividad
de
aquellos
tribunales
se
inspiraba
en la
necesidad
de
proteger
la vida
social,
cuya
tranquilidad
se
basaba
en una
fe
común; y
estaba
movida
por el
ansia
sincera
de
practicar
la más
alta de
las
caridades:
la
espiritual.
Así
como las
autoridades
de hoy
en día
consideran
su
obligación
la
tutela
de la
salud de
los
ciudadanos,
la
Iglesia
católica
estaba
convencida
de tener
que
responder
ante
Dios de
la
salvación
eterna
de sus
hijos.
Salvación
que
corría
peligro
a causa
del más
tóxico
de los
venenos:
la
herejía.
Burda
propaganda.
Discursos
complejos,
se
entiende,
que
exigirían
otro
artículo.
Aquí,
basta
poner
sobre
aviso y
señalar
que
pertenece
a una
burda
propaganda
y no a
una
historiografía
presentable
el
sumario
del
artículo
de «Il
Manifesto»:
«Un
programa
de la
RAI se
hace
cómplice
del
Vaticano
para
reescribir
la
Historia
y
rehabilitar
a la
Inquisición,
madre de
todas
las
torturas
y
masacres
de
inocentes».
Los
lectores
merecen
algo
mejor.
Ver:
sección
LA
INQUISICIÓN