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Capítulo II de libro Madre de
Dios y Madre Nuestra
Introducción a la Mariología
Autor: Antonio Orozco Delclós
Ed. Rialp. 1ª ed. 1996, 7ª ed. 2003.
Entre
los privilegios que Dios ha otorgado
a la Virgen María en atención a su
excelsa dignidad de Madre de Dios y
en virtud de los méritos de su Hijo,
es de destacar, el de su Inmaculada
Concepción, reconocido por la
Iglesia, desde sus comienzos, y
definido como dogma de fe el 8 de
diciembre de 1854 por el Papa Pío IX
en la Bula Ineffabilis Deus.
En esta Carta Apostólica, el Romano
Pontífice, «no hizo sino recoger con
diligencia y sancionar con su
autoridad la voz de los Santos
Padres y de toda la Iglesia, que
siempre se había dejado oír desde
los tiempos antiguos hasta nuestros
días» [1]. El análisis del texto de
la definición nos será útil para
conocer el significado de los
términos y el perfil del dogma: «Declaramos,
pronunciamos y definimos que la
doctrina que sostiene que la
Santísima Virgen María, en el primer
instante de su Concepción fue, por
singular gracia y privilegio del
Dios omnipotente, en previsión de
los méritos de Cristo Jesús,
Salvador del género humano,
preservada inmune de toda mancha de
culpa original, ha sido revelada por
Dios y, por tanto, debe ser firme y
constantemente creída por todos los
fieles» ([2])
1. Significado de los
términos.
Es claro que el dogma se refiere no
a la concepción virginal de Cristo
realizada en María por obra del
Espíritu Santo, sino a la concepción
por la cual María fue engendrada en
el seno de su madre. También es de
advertir que el dogma se refiere no
a la concepción «activa», obra de
los padres de María, sino al
«término» de esa acción, es decir a
la concepción que podemos llamar
«pasiva»: el resultado de la
concepción activa, que es
precisamente el «ser concebido» de
María. Ella, María, es la concebida
sin el pecado original.
La definición dogmática excluye la
teoría de quienes afirmaron en los
siglos XIII y XIV, que la Virgen,
habiendo contraído de hecho el
pecado original, estuvo sometida a
él por un instante (per parvam
morulam), para ser enseguida
santificada por Dios en el seno de
su madre.
2. Inmunidad de toda mancha de
culpa original.
Con la expresión “inmune de toda
mancha de culpa original”, la
Iglesia confiesa que María en ningún
momento y en modo alguno fue
alcanzada por la culpa original que
se transmite por generación a la
humanidad desde nuestros primeros
padres. No se contemplan, sin
embargo, en la definición dogmática,
los defectos que proceden del pecado
original, como son la
concupiscencia, la ignorancia y la
sujeción a la muerte. Tampoco se
pronuncia sobre si “debía” o no, la
Virgen contraer el pecado original
por el hecho de proceder de Adán,
aunque afirmaban sin lugar a dudas
que de hecho no lo contrajo, ni
siquiera “en el primer instante” de
la existencia de María. Pero Pío XII,
en Refulgens corona,
explicita que cuando se habla de
María ni siquiera “cabe plantearse
la cuestión” de si tuvo o no algún
pecado, por exiguo que pudiera
pensarse, «puesto que lleva consigo
la dignidad y santidad más grandes
después de la de Cristo (...) es tan
pura y tan santa que no puede
concebirse pureza mayor después de
la de Dios» [3]
3. Plenitud de gracia.
En la Bula Ineffabilis, en efecto,
se afirma la plenitud de gracia en
María desde el comienzo de su
existencia. Toda la argumentación de
la Bula Ineffabilis implica esta
verdad y expresamente declara que
“la Virgen fue la sede de todas las
gracias divinas, adornada con todos
los dones del Espíritu Santo, y más
aún, tesoro casi infinito y abismo
inagotable de esos mismos dones, de
tal modo que nunca ha sido sometida
a la maldición” ([4]). Pío XII, en
Fulgens corona, se recrea en la
explanación de este punto.
4. Privilegio singular
La inmunidad otorgada a María es una
gracia del Dios todopoderoso que
constituye un «privilegio singular»;
en otras palabras, se trata de una
excepción frente a la ley según la
cual, la concepción dentro de la
familia humana conlleva incurrir en
el pecado de origen. Se trata en
efecto, de una excepción no «según»
la ley ni «de» la ley: es una
excepción «contra la ley» común
indicada. Se diría que Dios se
interpone entre María y la ley del
pecado, para que éste ni siquiera le
roce por un instante. Es, por lo
tanto un privilegio extraordinario
concedido a la que habría de ser
Madre de Dios.
¿Podría haber alguna otra excepción
a esa ley común? No consta que la
voluntad del Papa al definir el
dogma de la Inmaculada Concepción de
María fuera excluir absolutamente
cualquier otra excepción, ni, por
supuesto, consta en parte alguna que
la haya. Lo que queda definido es
que se trata de “singular privilegio
y gracia del Dios omnipotente”. No
obstante, Pío XII, en Fulgens corona
dice que “este singular privilegio”
es “a nadie concedido” sino a la que
fue elevada a la dignidad de Madre
de Dios [5]
5. Revelación formal.
Concluyamos esta breve exposición
del significado de los términos del
dogma de la Inmaculada señalando que
la verdad expresada no se ha
obtenido como una conclusión
deducida a partir de la Revelación,
o por su conexión con alguna otra
verdad revelada, sino que se trata
de una verdad formalmente revelada
por Dios.
La cuestión ahora es: ¿cómo y dónde
ha sido revelado por Dios la verdad
de la Inmaculada Concepción de
María?
LA REVELACIÓN DIVINA
En la misma Bula Ineffabilis, Pío IX
indica brevemente que la Iglesia
católica, iluminada siempre por el
Espíritu Santo, «no ha cesado de
explicar más y más cada día, de
proponer y de fomentar esta original
inocencia de la Virgen excelsa,
coherente en grado sumo con su
admirable santidad y dignidad
sublime de Madre de Dios» ([6])
Ha habido progreso en el
conocimiento y explicación, pero la
verdad era conocida desde los
comienzos de la Iglesia como
divinamente revelada [7].
LA TRADICIÓN APOSTÓLICA Y EL
MAGISTERIO
La liturgia, desde los primeros
siglos, recogió esta verdad,
patrimonio común del pueblo
cristiano, y comenzó a celebrar la
fiesta de la Concepción Inmaculada
de María. Los Santos Padres llaman a
la Madre de Dios inmune de toda
mancha de pecado y como plasmada por
el Espíritu Santo, hecha una nueva
criatura. La Tradición es muy
explícita en este punto. Así, por
ejemplo, San Juan Damasceno escribe
que María “escapó de los dardos del
maligno” [8]; y san Proclo dice que
María fue “formada de barro puro”,
es decir, de nuestra misma materia,
pero absolutamente incontaminada.
Sólo en la época escolástica
comenzaron los teólogos a discutir
sobre este asunto, hasta que el Papa
Sixto IV intervino para aprobar la
celebración solemne y pública de la
festividad ([9]). Poco después, de
nuevo levantó su voz contra quienes
tachaban de herejes y pecadores a
los que celebraban el oficio de la
Inmaculada Concepción y a los
asistentes a los sermones de quienes
afirmaban que Ella fue concebida sin
tal mancha ([10]). Un siglo más
tarde, el Concilio de Trento,
exponiendo la doctrina católica
sobre el pecado original, afirmó:
este Santo Sínodo declara que no es
intención suya incluir en este
decreto, en que se trata del pecado
original, a la bienaventurada e
inmaculada Virgen María, Madre de
Dios ([11]). Después, el Magisterio
supremo de la Iglesia siguió
favoreciendo la celebración solemne
de la festividad de María
Inmaculada, y prohibió atacar, ya en
público, ya en privado, esta
doctrina ([12]).
En resumen, cabe destacar, a partir
de ese momento los siguientes hitos
en el Magisterio de la Iglesia sobre
la Inmaculada:
-Sixto IV, en los años 1476 y 1483
aprueba la Fiesta y el oficio de la
Concepción Inmaculada, prohibiendo
calificar como herética la sentencia
inmaculista.
-Inocencio Vlll, en el año 1489
aprueba la invocación de la
Concepción Inmaculada de la
Santísima Virgen.
-Los padres del Concilio Tridentino,
en 1546, expresamente dicen, al
tratar de la universalidad del
pecado original, que no es su mente
incluir a la Santísima Virgen.
-Un poco más tarde, S. Pío V condena
la famosa proposición de Bayo (19) e
incluye en el Breviario Romano el
oficio de la Inmaculada.
-Paulo V, el año 1616, prohibe
enseñar públicamente la sentencia
antiinmaculista.
-Gregorio XV, en el 1622, prohibe
tal enseñanza incluso privadamente.
-Alejandro Vll declara que el objeto
del culto es concretamente la
concepción misma de la Virgen en la
Constitución Sollicitudo, de 8
diciembre 1661, donde casi están ya
al pie de la letra las palabras que
luego usará Pío IX en la definición
dogmática.
-Clemente Xl, el año 1708, extiende
la fiesta de la Inmaculada como
fiesta de precepto a toda la Iglesia
Universal [13].
SOLUCIÓN DE LAS DIFICULTADES
TEOLÓGICAS
La dificultad que algunos teólogos
tuvieron antes de la declaración
dogmática para reconocer sin lugar a
dudas la Inmaculada Concepción de
María, era la universalidad de la
Redención operada por Cristo. ¿Cómo
explicar la excepción en la herencia
del pecado original que todos
recibimos y en la necesidad que
todos tenemos de ser redimidos?
La respuesta del Magisterio es
clara: en este punto no se trata de
una excepción ([14]). María no es
una criatura exenta de redención,
por el contrario: es la primera
redimida por Cristo y lo ha sido de
un modo eminente en atención a los
méritos de Jesucristo Salvador del
género humano ([15]). De ahí le
viene toda esta "resplandeciente
santidad del todo singular" de la
que ella fue "enriquecida desde el
primer instante de su concepción"
([16]).
A la dificultad teológica sobre cómo
podía una persona ser redimida sin
haber contraído al menos un instante
el pecado original, se responde con
la distinción entre “redención
liberativa” y “redención
preventiva”. La primera es la que se
aplica a todos nosotros con «el
lavado de la regeneración» bautismal
([17]). La última es la aconteció en
María ya antes de que pudiera
incurrir en pecado.
EL «SENSUS FIDELIUM»
Es indudable que, en la creciente
toma de conciencia del privilegio de
la Inmaculada Concepción, hasta
llegar a la definición dogmática,
juega un papel importante el sensus
fidelium (podríamos traducir: el
sentido común ilustrado por la fe,
del pueblo cristiano) que intuye que
la Madre de Dios no puede haber
caído en el pecado, que el Hijo de
Dios no sería buen Hijo o no sería
omnipotente si no hubiera adornado a
su Madre de todos los dones y de
todas las gracias admirables que
tenía en su poder y, sobre todo, del
don de no dejarla ni un solo
instante bajo el imperio del
Maligno.
Ayuda eficaz prestaron también los
teólogos, tanto los que defendieron
el privilegio como quienes, con
indudable buena intención, lo
rechazaban. Unos y otros, con sus
estudios y críticas, ayudaron a
decantar las razones que en pro y en
contra aparecían acerca de esta
delicada cuestión.
RAZONES DEL MAGISTERIO
La Iglesia ha entendido que en las
Sagradas Escrituras aparece ya un
sólido fundamento de esta doctrina.
Dios, después de la caída de Adán,
habla a la pérfida serpiente con
palabras que no pocos Santos Padres
y Doctores, lo mismo que muchísimos
autorizados intérpretes, aplican a
la Santísima Virgen: «pondré
enemistad entre ti y la mujer, entre
tu descendencia y la suya..» ([18]).
Es el famoso texto llamado
Protoevangelio (Gen 3, 15), por ser
el primer anuncio - por cierto,
inmediato al pecado - de la Buena
Noticia (=Evangelio) de la Redención
futura. Se interpreta “descendencia”
(“linaje”) no sólo en sentido
colectivo y moral, sino también en
sentido cristológico y mariológico
enseñando que en él se expresa de
modo insigne la enemistad de Cristo
Redentor y de María su Madre contra
el diablo.
Se trata de la batalla contra el
Maligno, con triunfo total por parte
de Cristo y, con El y en El, también
por parte de María, nueva Eva. Así
como de la primera Eva partió la
ruina del género humano, la nueva
Eva, María, asociada a Cristo
Redentor, consigue una victoria
absoluta, sin excepción alguna,
contra el mal que es el pecado. La
idea que destaca lneffabilis Deus
será recogida más tarde por otros
Papas, como León Xlll y Pío Xll
([19]). Es evidente que la
interpretación que hizo suya Pío IX
no es una mera interpretación
acomodaticia del texto, sino literal
o típica.
El triunfo tan singular de María, su
eximia santidad, inocencia e
inmunidad de toda mancha de pecado,
esta abundancia de celestiales
gracias y privilegios, la exaltaron
también los Padres y Escritores
eclesiásticos al comparar a María
con el Arca de Noé, que se salva
milagrosamente del naufragio
general; con la escala de Jacob, que
subía de la tierra al cielo, con la
zarza que Moisés vio arder sin
consumirse, más aún refloreciendo
fresca y bellísima; etc., acumulando
sobre María toda clase de alabanzas,
siviéndose de muy diversos símbolos
e imágenes.
Para esto mismo toman base los
Padres y Escritores eclesiásticos de
aquellas palabras en que el ángel
Gabriel, en la Anunciación, llama a
María «en nombre y por orden de
Dios» llena de gracia ([20]). En tan
singular y solemne salutación, nunca
hasta entonces oída, dicen los
padres que «se da a entender que la
Madre de Dios fue la sede de todas
las gracias divinas y que fue
adornada con todos los carismas del
Espíritu Santo, hasta el punto de no
haber estado nunca bajo el poder del
mal y de merecer oír, participando a
una con su Hijo de una bendición
perpetua, aquellas palabras que
Isabel pronunció movida por el
Espíritu Santo: Bendita tú entre las
mujeres y bendito el fruto de tu
vientre» ([21]).
RAZONES DIVINAS
Cuando el Magisterio de la Iglesia
define un dogma no obedece a un
“capricho dogmaticista” ni a una
razón puramente estética. Nos basta
su autoridad, pero la Iglesia la
ejerce siempre fundada en razones.
Indaga en la Sagrada Escritura, en
la Tradición apostólica, en el
sentido de los fieles y también se
pregunta por las razones que ha
podido tener nuestro Padre Dios para
hacer las cosas de un modo que a
veces no era de unívoca necesidad.
Las razones más claras que la
Iglesia ha encontrado para explicar
el designio de Dios sobre el
misterio que tratamos son las
siguientes:
1. La maternidad divina de
María.
Enseña el Concilio Vaticano II que
para preparar una digna morada a su
Hijo, quiso Dios que su Madre fuera
santísima, libre de toda culpa y
pecado, es decir, rigurosa y
estrictamente hablando, inmaculada,
sin mancha alguna de pecado, como ya
hemos considerado. Para ser la Madre
del Salvador, María fue "dotada por
Dios con dones a la medida de una
misión tan importante" ([22]). María
obtuvo de Dios este singular
privilegio, a nadie concedido,
precisamente por haber sido elevada
a la dignidad de Madre suya. Pues
esta excelsa prerrogativa (...)
mayor que la cual ninguna otra
parece que pueda existir, exige
plenitud de gracia divina e
inmunidad de cualquier pecado en el
alma, puesto que lleva consigo la
dignidad y santidad más grandes,
después de la de Cristo ([23])
2. La íntima unión espiritual
de Cristo y María.
En la actual economía de la
Redención, la ausencia de pecado va
siempre acompañada de la gracia. No
hay una naturaleza humana
"químicamente pura", es decir sin
pecado y sin Gracia. O está en
gracia o está en pecado. Si no hay
pecado, hay Gracia; si hay Gracia,
no hay pecado, al menos no hay
pecado mortal. La Virgen María, por
lo mismo que es preservada de todo
pecado, es concebida en Gracia de
Dios. Además, como su pureza
inmaculada es una gracia que recibe
para ser la Madre de Dios, recibe la
gracia santificante en plenitud
([24]).
3. El amor de Dios a su Madre
¿Cómo podía concebir la mente
divina, en su designio eterno de
redención, a la que iba a ser Hija,
Madre y Esposa de Dios? El Beato
Josemaría Escrivá expresa así la
cuestión: «¿Cómo nos habríamos
comportado, si hubiésemos podido
escoger la madre nuestra? Pienso que
hubiésemos elegido a la que tenemos,
llenándola de todas las gracias. Eso
hizo Cristo: siendo omnipotente,
sapientísimo y el mismo Amor, su
poder realizó todo su querer (...).
Los teólogos han formulado con
frecuencia un argumento semejante,
destinado a comprender de algún modo
el sentido de ese cúmulo de gracias
de que se encuentra revestida María
y que culmina con la Asunción a los
cielos. Dicen: convenía, Dios podía
hacerlo, luego lo hizo [25]. Es la
explicación más clara de por qué el
Señor concedió a su Madre, desde el
primer instante de su inmaculada
concepción, todos los privilegios.
Estuvo libre del poder de Satanás;
es hermosa - tota pulchra! -,
limpia, pura en alma y cuerpo»
([26]).
El actual Catecismo de la Iglesia
Católica enseña también que
«convenía que fuese "llena de
gracia" la madre de Aquél en quien
"reside toda la Plenitud de la
Divinidad corporalmente"» ([27]).
Ella fue concebida sin pecado, por
pura gracia, como la más humilde de
todas las criaturas, la más capaz de
acoger el don inefable del
Omnipotente. Con justa razón, el
ángel Gabriel la saluda como la
"Hija de Sión": "Alégrate" ([28]). Y
enseguida añade "llena de gracia"
([29]).
4. La necesidad de disponer de
una libertad perfecta.
El mismo Catecismo indica otra
poderosa razón de la gran
conveniencia de la plenitud de
gracia de María desde el primer
instante de su concepción: para
poder dar el asentimiento libre de
su fe al anuncio de su vocación era
preciso que ella estuviese
totalmente poseída por la gracia de
Dios ([30]). La respuesta de María
al mensaje divino del Ángel requería
toda la fuerza de una libertad
purísima, abierta al don más grande
que pueda imaginarse y también a la
cruz más pesada que jamás se haya
puesto sobre el corazón de madre
alguna (la “espada” de que le habló
Simeón en el Templo ([31])). Aceptar
la Voluntad de Dios conllevaba para
la Virgen cargar con un dolor
inmenso en su alma llena del más
exquisito amor. Saber, como hubo de
saber María - al menos por la
instrucción que recibió de la
Sagrada Escritura, como todos los
israelitas y su singular agudeza
intelectual - que Dios le proponía
ser madre de quien estaba escrito:
«No hay en él parecer, no hay
hermosura que atraiga las miradas,
ni belleza que agrade. Despreciado,
desecho de los hombres, varón de
dolores, conocedor de todos los
quebrantos, ante quien se vuelve el
rostro, menospreciado, estimado en
nada» ([32]). Era muy duro aceptar
tal suerte para quien había de
querer mucho más que a Ella misma.
La Virgen María necesitó toda la
fuerza de su voluntad humana, las
virtudes infusas y los dones del
Espíritu Santo en plenitud para
poder decir - con toda consciencia y
libertad - su rotundo fiat al
designio divino. Esta enorme riqueza
espiritual no rebaja un punto su
mérito: sencilla y grandiosamente
hace posible lo que sería
humanamente imposible: da a María la
capacidad del fiat. Pero Ella puso
su entera y libérrima voluntad. Para
entendernos: Dios me ha dado a mí la
gracia de responder afirmativamente
a mi vocación divina. Sin esa gracia
no habría podido decir que sí; pero
con ella no quedé forzado a decirlo.
Podía haber dicho que no sin
ofenderle, pues, en principio, la
vocación divina no es un mandato
inesquivable, sino una invitación:
“si quieres, ven y sígueme” ([33]).
PRIVILEGIOS INCLUIDOS EN LA
PLENITUD DE GRACIA
1. Inmune de toda imperfección
voluntaria
Como ya quedó dicho, la Virgen
María, por especial privilegio de
Dios, estuvo inmune de todo pecado,
aun venial, durante toda su vida.
Los Santos Padres descartan incluso
toda imperfección voluntaria en la
Madre de Dios, hasta el punto de
negar en Ella cualquier acto
imperfecto o remiso de caridad. La
entienden siempre dispuesta a
responder de inmediato a cualquier
inspiración o sugerencia divina
([34]), en modo alguno inclinada al
mal. Esto es teológicamente cierto.
2. Libérrima, en todo momento.
La Virgen María fue libérrima en
todo momento. La libertad no
consiste en la posibilidad de hacer
el mal (esa posibilidad es en
nosotros un signo, pero también una
imperfección de la libertad y, si
caemos en ella, un detrimento de
nuestra capacidad de elegir el
bien). La perfección de la libertad
estriba en la capacidad de elegir
por y desde sí mismo entre los
bienes perfectivos que se ofrezcan a
la persona. La Virgen eligió
siempre, no ya “cosas buenas”, sino
siempre, con amor indecible,
aquellas cosas buenas que Dios le
proponía. Podía, a veces, haber
dicho que no sin ofenderle. Pero su
fiat radicado en un amor sin sombra
de egoísmo, fue entero y constante a
los requerimientos divinos.
«Con razón piensan los Santos Padres
que María no fue un instrumento
puramente pasivo en las manos de
Dios, sino que cooperó a la
salvación de los hombres con fe y
obediencia libres» ([35])
3. Sujeta al dolor
Estuvo sujeta al dolor. En nosotros
el dolor es consecuencia del pecado
original, pero en María no; fue
consecuencia de su propia naturaleza
humana, que de por sí está sujeta al
dolor y a la muerte corporal. La
impasibilidad fue un privilegio
especial concedido a nuestros
primeros padres y no una propiedad
de la naturaleza. Lo perdieron por
el pecado y el mismo Verbo cuando
asume una naturaleza humana
absolutamente santa, la asume
pasible y mortal. Del mismo modo
quiso que así fuera la de María:
santísima, sin sombra de pecado pero
pasible y mortal. Es seguro que
María padeció al corredimir con
Cristo. No obstante, como veremos al
tratar de la Asunción, no es seguro
que María muriera en el mismo
sentido que los demás seres humanos.
Lo cierto es que el privilegio de la
Inmaculada Concepción, lejos de
sustraer el dolor de María, aumentó
en Ella su capacidad de sufrimiento,
y la dispuso de tal modo que no
desaprovechó ninguno de esos dolores
y sufrimientos dispuestos o
permitidos por el Padre,
ofreciéndolos con los de su Hijo por
nuestra salvación.
4. Plenitud de Gracia inicial.
Ya hemos hablado de ello. Como
consecuencia de la plena unión con
Dios, la Virgen está llena de
Gracia, así como de las virtudes
infusas y los dones del Espíritu
Santo. Y puesto que la maternidad es
tan superior a la filiación que los
demás tenemos respecto a Dios, Ella
gozó de la gracia en medida muy
superior a la de todos los demás que
somos “solamente” hijos. María se
encuentra situada desde el principio
en un orden superior al de todas las
demás criaturas. Superior en Gracia
incluso a los ángeles, (superiores a
Ella por naturaleza, pero inferiores
en Gracia).
5. Plenitud creciente de
Gracia en el transcurso de su vida.
La plenitud de Gracia inicial de
María no fue absoluta, infinita,
como la de Jesucristo Hombre (unido
hipostáticamente al Verbo), sino
relativa. Era plena y perfecta, pero
no infinita. Podía crecer y de
hecho, al corresponder en todo
momento a las mociones de Dios,
creció a lo largo de su vida. Es
sentencia común de los teólogos, que
en el momento de la Encarnación,
como consecuencia del “fiat”,
recibió un aumento de Gracia que
sería notabilísimo. Es lógico si
pensamos que Cristo es Causa
(subordinada a la Causa primera, que
es Dios) de la Gracia. Por lo demás,
el amor recíproco entre el Hijo y la
Madre sería una causa ininterrumpida
de incremento de Gracia para Ella.
Finalmente, Santa María goza en el
Cielo de la más perfecta
bienaventuranza de la que pueda ser
capaz una persona creada,
manifestada tanto en su Asunción
corporal al Cielo como en su
Mediación universal. Allá se
encuentra - dice el Beato Josemaría
Escrivá - «elevada a dignidad tan
grande, hasta ser el centro amoroso
en el que convergen las
complacencias de la Trinidad.
Sabemos que es un divino secreto.
Pero, tratándose de Nuestra Madre,
nos sentimos inclinados a entender
más - si es posible hablar así - que
en otras verdades de fe» ([36])
6. Muy próxima a sus hijos.
La criatura que está en lo más alto,
no es sin embargo, la más lejana a
nuestra poquedad. La Iglesia ha
salido al paso de errores, también
recientes, sobre este particular, y
ha proclamado en el Concilio
Vaticano II que María es «Aquélla,
que en la Santa Iglesia ocupa
después de Cristo el lugar más alto
y el más cercano a nosotros»( [37]).
“El más cercano”. Esto es
verdaderamente consolador y
estimulante.
El Verbo de Dios se hizo hombre para
compartir todas nuestras miserias y
angustias, hecho semejante a
nosotros en todo, excepto en el
pecado. Y esta realidad de ser
Persona divina con doble naturaleza,
divina y humana, es la más profunda
proximidad que Dios ha podido
alcanzar con el hombre, la cercanía
más íntima y cordial. Lo mismo
sucede, salvadas las diferencias,
con María. Cuanto más próxima a Dios
está una persona más participa de su
grandeza y de su condescendencia e
intimidad con el hombre. Una
condescendencia e intimidad que
bajan hasta el corazón humano para
elevarlo a horizontes nuevos de amor
y grandeza divina. Dios hizo a la
Virgen Inmaculada no sólo para que
fuera su Madre, sino también para
que pudiera estar íntimamente unida
a El en toda la obra de la
Redención, lo mismo cuando ésta se
lleva a cabo en el Calvario que
cuando se aplica en los distintos
momentos de la vida de cada hombre.
Quiso Dios reunir en ella todos los
privilegios y dones de la gracia
para que fuera también nuestra
Madre, nuestra Abogada y
Auxiliadora. Para que fuera, como
dice Pablo Vl, la Mujer «toda ideal
y toda real», que presenta a su Hijo
nuestras lágrimas y nuestras
alegrías, para que Dios las bendiga.
Quizá nunca como hoy ha estado el
mundo más necesitado de los cariños
de una Madre espiritual, porque
acaso nunca se ha creído más
autosuficiente y, por contraste, más
frío en su yerta soledad interior.
¡Cómo necesitamos hacernos niños
para empezar a sentir en nuestra
alma los desvelos maternales de
María, Madre de todos los hombres,
especialmente de aquellos que hemos
tenido la dicha de recibir el santo
bautismo. Cuánta falta nos está
haciendo la humildad, la
sencillez... para tener la valentía
de pedirle a Dios, por intercesión
de María, limpieza de vida,
autenticidad para con Dios, amor
verdadero hacia los hermanos, sin
distinción de raza, lengua, sexo,
religión..., afán por acercarnos a
los sacramentos de la confesión y
comunión frecuentemente... !
En María «el género humano reaparece
en su primitivo y regenerado
esplendor. En ella tenemos el
prototipo, el modelo de la
perfección humana. Tenemos a la
‘llena de gracia’, es decir, a la
Mujer bendita entre todas,
reflejando en sí misma el
pensamiento íntegro y espléndido de
Dios, que ha querido hacer del
hombre, con anterioridad a la ruina
del pecado original, su imagen
propia, y que, en previsión de los
méritos infinitos de Cristo
Redentor, ha remodelado en María a
la excepcional criatura que irradia
su fascinante semejanza. Esta es una
estrella que no se extingue; esta es
una flor que emerge en el cenagal de
la miseria humana; que no se
marchita, sino que permanece virgen
y pura, toda candor, toda bondad,
para gloria de Dios y para consuelo
de nosotros, mortales, como una
invitación maternal, como una
hermana feliz, ejemplar amiga, toda
ideal y toda real, y toda para
nosotros, recordando las palabras
bíblicas, nuestra esperanza, que
‘donde abundó el delito, sobreabundó
la gracia’ ([38])» ([39]).
En fin, para terminar este capítulo,
viene como anillo al dedo lo dicho
por Pío XII: «que no hay en verdad
para los sagrados pastores y para
los fieles todos nada ‘más dulce ni
más grato que honrar, venerar,
invocar y predicar con fervor y
afecto en todas partes a la Virgen
Madre de Dios, concebida sin pecado
original» ([40])
[1] FC I, párr. 2.
[2] InD, DS 2800-2804.
[3] FC, I.
[4] InD, cit por FC I, párr 3.
[5] FC, I, párr. 5.
[6] InD, I. c.
[7] Ver FC, I.
[8] SAN JUAN DAMASCENO, Hom I, 7
[9] Cfr. SIXTO IV, const. Cum
praeexcelsa, 28-II-1476
[10] SIXTO IV, const. Grave nimis,
4l-X-1483
[11] CONCILIO DE TRENTO, sess.V
[12] Cfr. SAN PÍO V, Bula Ex omnibus
aflictionibus, 1-X-I567, n. 73;
Const. Super speculam, 30-XI-1570;
PAULO V, Breve del 12-IX-1617;
GREGORIO XV, Decreto apostólico, año
1622; URBANO VIII, Bula
Imperscrutabilis,12-II-1623;
ALEJANDRO VII, Bula Sollicitudo
omnium, 8-XlI-1661; CLEMENTE XI,
Bula Commissi nobis, 8-XII-1708;
BENEDICTO XIII, Breve Ex quo, 1-IV-1727.
[13] De otra parte, muchas
Universidades del mundo de entonces
no sólo defienden el privilegio de
la Inmaculada Concepción, sino que
incluso exigen juramento de
defenderlo a quienes acceden a los
grados académicos. Tal sucede con la
de París (1497), Colonia (1499),
Maguncia (1500), Viena (1501),
Valencia (1530), Zaragoza, Granada,
Alcalá deHenares, Osuna, Compostela
y Toledo (1617), Baeza, Salamanca y
Valladolid (1618), Barcelona y
Huesca (1619), etc. Hay también
pueblos, que se comprometen a
defender dicho privilegio, el
primero de los cuales es el de
Villalpando (Zamora).
[14] CEC 491
[15] InD, DS 2803; LG 53.
[16] LG 53, 56.
[17] cfr. Tit 3, 15.
[18] Génesis 3, 15.
[19] LEON Xlll, Encycl.
Augustissimae Virginis ASS 30, 129;
PlO Xll, Bula Munificentisslmus Deus,
AAS 32 (1950) 768.
[20] Lc 1,28.
[21] InD, l.c.
[22] LG 56; CEC 490.
[23] FC, l.c.
[24] Cfr. LG 53. Por eso Los Padres
de la tradición oriental llaman a la
Madre de Dios "la Toda Santa" ("Panagia"),
la celebran como inmune de toda
mancha de pecado y como plasmada por
el Espíritu Santo y hecha una nueva
criatura" ([24]). También afirman
que por la gracia de Dios, María ha
permanecido pura de todo pecado
personal a lo largo de toda su vida.
Cfr. CEC 493.
[25] Cfr. JUAN DUNS ESCOTO, In III
Sententiarum, dist. III, q. 1.
[26] SAN JOSEMARÍA ESCRIVA., Es
cristo que pasa, núm 171.
[27] Col 2, 9.
[28] cf. So 3, 14; Za 2, 14; CEC
722.
[29] Lc 1, 28.
[30] CEC 490.
[31] Cfr. Lc 2, 35.
[32] Is 53, 2-3.
[33] Cfr. Lc 10, 21.
[34] Cfr. por ejemplo, SAN AGUSTÍN,
De nat. et gratia, XXXVI.
[35] LG 56.
[36] Es Cristo que pasa, 171, 3.
[37] LG VIII, 54.
[38] Rom. 5, 20.
[39] PABLO Vl, Aloc. Angelus, 5
marzo 1978.
[40] FC, I, párr. 10; InD, l.c.
Edición
en inglés: Mother of God and Our
Mother, Scepter Publishers, USA,
ISBN: 1-889334-00-6.
Edición en portugués: Mae de Deus
e Nossa Mae, Ed. Diel Lda., Sao
Paulo, ISBN: 972-8040-11-3.
Edición Mexicana: ISBN:
968-5447-00-4.
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