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LA INMACULADA CONCEPCION (2/2)
Viene de La Inmaculada Concepción (1/1)
Antonio Orozco
Arvo.net, 08.12.2009
La primera y perfecta redimida
Hablaba de proporción debida, siempre en la medida de lo posible, entre el ser de la Madre, María, y el Ser del Hijo, Jesucristo. Insisto, como recibe gracia específica para ser la Madre de Dios, la recibe –en lo posible - proporcionada, en plenitud. María fue «dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante» [LG 56; CEC 490]. María obtuvo de Dios este singular privilegio, a nadie concedido, precisamente por haber sido elevada a la dignidad de Madre suya. Pues esta excelsa prerrogativa (...) mayor que la cual ninguna otra parece que pueda existir, exige plenitud de gracia divina e inmunidad de cualquier pecado en el alma, puesto que lleva consigo la dignidad y santidad más grandes, después de la de Cristo [FuC]. No podemos hacernos idea cabal. Se entiende que Santo Tomás no pueda dejar de reconocer que la Madre de Dios goza de una «cierta dignidad infinita [S. Th., I, q. 25., a. 6 ad 4; Cfr. LG 53]; que Cayetano afirme que «alcanza los límites de la divinidad» [In II-II, 103, 4 ad 2]; que san Buenaventura asegure que «Dios puede hacer un mundo mayor, pero no puede hacer una Madre más perfecta» [Speculum, 8]; que Pio XII diga que «la dignidad de la Madre de Dios es singularísima, sublime y casi divina»[Ad Caeli Reginam, 11-X- 1954]
¿Cómo podía concebir la mente divina, en su designio eterno de salvación, a la que iba a ser Hija, Madre y Esposa de Dios? San Josemaría lo expresa así: «¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo omnipotente, sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer [...]. Los teólogos han formulado con frecuencia un argumento semejante, destinado a comprender de algún modo el sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo […]. Es la explicación más clara de por qué el Señor concedió a su Madre, desde el momento de su concepción, todos los privilegios. Estuvo libre del poder de Satanás; es hermosa - tota pulchra! -, limpia, pura en alma y cuerpo» [Es Cristo que pasa, núm 171; cf JPII RM 9).
-Pero, ¿cómo puede una persona ser redimida sin haber contraído al menos por un instante el pecado original? El Antiguo Testamento habla de una especie de contagio del pecado que afecta a "todo nacido de mujer" (Sal 50, 7; Jb 14, 2). En el Nuevo Testamento, san Pablo declara que, como consecuencia de la culpa de Adán, «todos pecaron» y que «el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación» (Rm 5, 12. 18). El Catecismo de la Iglesia católica enseña que el pecado original «afecta a la naturaleza humana», que se encuentra así «en un estado caído». Por eso, el pecado se transmite «por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales"» (n. 404). ¿Cómo explicar la excepción en la herencia del pecado original que todos recibimos y en la necesidad que todos tenemos de ser redimidos?
La respuesta del Magisterio es clara. En este punto no se trata de una excepción [CEC 491]. María no es una criatura exenta de redención, por el contrario. Es la primera redimida por Cristo y lo ha sido de un modo eminente en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano [InD, DS 2803; LG 53, 56]. De ahí le viene toda esa «resplandeciente santidad del todo singular» de la que ella fue «enriquecida desde el primer instante de su concepción» Cuando se sabe, es muy fácil. Parece que lo descubrió Duns Escoto [Cfr. Juan Pablo II, Aud. Gen., 5-VI-1996, 3]. A todos se nos aplica la redención de tal modo que en el bautismo nos libera del pecado original contraído [InD, DS 2803; LG 53; cfr. Tit 3, 15]. En María ya antes de que pudiera incurrir en pecado se le aplica la «redención preventiva», es decir, en previsión de los méritos de su Hijo, por privilegio singular, es preservada inmune del pecado. Juan Pablo II añade que «el paralelismo que san Pablo establece entre Adán y Cristo se completa con el que se establece entre Eva y María: el papel de la mujer, notable en el drama del pecado, lo es también en la redención de la humanidad. «Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán, también María, nueva Eva, no conociera el pecado y fuera así más apta para cooperar en la redención. El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con una diferencia sustancial: Cristo es totalmente santo en virtud de la gracia que en su humanidad brota de la persona divina; y María es totalmente santa en virtud de la gracia recibida por los méritos del Salvador.» [Aud. Gen. 29-V-1996]
La dificultad, pues, se supera al entender que María es la primera redimida en atención a los méritos de su Hijo y si bien el pecado original se transmite por generación, la generación misma –como de suyo la concupiscencia- no es pecado.
«Convenía que fuese "llena de gracia" la madre de Aquél en quien "reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente"» [CEC]. Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión": "Alégrate" [28]. Y enseguida añade "llena de gracia", o más literalmente: “transformada (maravillosamente) por la gracia (de Dios)” [29]. Todo fiel cristiano es transformado por la gracia (cf. Ef 1, 6), pero la transformación que Dios ha obrado en María es supereminente, porque ha sido con vistas a su maternidad divina.
Con todo, nunca habremos de perder de vista que la Virgen ha sido, es y será siempre criatura. No hay seres intermedios entre criatura y Creador, como se imagina en algunas teosofías. Tampoco Cristo es hombre convertido en Dios, sino Dios hecho hombre: la Persona del Verbo asume una naturaleza humana, sin mezcla ni confusión entre su naturaleza humana y la naturaleza divina. Por ello mismo la «plenitud» de gracia de que estamos hablando en María implica una suerte de divinización inimaginable, solo por participación, relativa, y progrediente hasta la Asunción. La gracia creció en Ella con su correspondencia a lo largo de su vida en la tierra. Y ha sido siempre, como han afirmado los Padres de la tradición oriental, "la Toda Santa" ("Panagia") [Cfr. CEC 493].
La libertad de la Inmaculada
Otra poderosa razón del don de la plenitud de gracia en María es el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios [CEC]. La respuesta de María al mensaje divino del Ángel requería toda la fuerza de una libertad purísima, abierta al don más grande que pueda imaginarse y también a la cruz más pesada que jamás se haya puesto sobre el corazón de madre alguna (la «espada» de que le habló Simeón en el Templo) [CEC]. Aceptar la Voluntad de Dios suponía para la Virgen cargar con un dolor inmenso en su alma llena del más exquisito amor. Sabía, al menos por la instrucción que recibió de la Sagrada Escritura, como todos los israelitas y por su singular agudeza intelectual, que Dios le proponía ser madre de quien estaba escrito: «No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada» [32]. Era muy duro aceptar la suerte de Aquel que había de querer mucho más que a Ella misma.  |