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Por
Tomás Melendo Granados *
Arvo Net, 28 de julio de 2005
Para querer más… ser mejor
Hace algunos meses impartí una conferencia a un
grupo de empresarios bastante selecto, bastante
internacional… y bastante atípico. Tan atípico como para
pedirme, justo como empresarios, que les hablara del
amor conyugal.
Al terminar la exposición, un mexicano inició algo a
caballo entre una pregunta y una reflexión pública:
«Si
no he entendido mal, la calidad del amor entre los
esposos no se juega solo dentro del matrimonio. Quien
quiera amar de veras tiene que esforzarse por mejorar en
toda su vida».
Un sexto sentido me llevó a permanecer en silencio. Y,
en efecto, prosiguió:
«Solo
si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer,
pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue
a ella».
Resistí de nuevo la tentación de intervenir… y añadió:
«Presiento
además que si no encamino ese perfeccionarme a la
entrega, en el fondo lo estoy despilfarrando. Y me
parece que eso constituye un deber: cuanto mejor voy
siendo, más obligado estoy a darme a mi mujer y a mis
hijos».
El silencio se tornó más denso, acaso porque ni por él
mismo ni por los que le estaban oyendo —todos volcados
en cuerpo y alma en los negocios—, se atrevía a sacar la
conclusión inevitable. Pero lo hizo:
«Lo
cual quiere decir que mi verdadera y más radical
realización no la encuentro en la empresa, sino en mi
familia».
Una inversión definitiva
Audaz, además de agudo. Sabía lo que se estaba
jugando y sabía de lo que hablaba: de la necesidad de
instaurar una modificación profunda en el modo de
entender y vivir las relaciones entre familia y persona.
Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva,
la necesidad de la familia se ha explicado enfatizando
la múltiple y clara precariedad del hombre. Por ejemplo,
respecto a la mera supervivencia venía a decirse que,
mientras la dotación instintiva permite a los animales
manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño
abandonado a sus propios recursos perecería
inevitablemente. O se aducían razones psicológicas, como
la ineludible conveniencia de superar la soledad, de
distribuir el trabajo o los ámbitos del saber para
lograr una mayor eficacia…
Siendo todo esto cierto, no alcanza el núcleo de la
cuestión. Si desde antiguo se considera la persona como
lo más perfecto que existe en la naturaleza; si hoy es
difícil hablar del ser humano sin subrayar su dignidad y
su grandeza… ¿no resulta extraño que los animales no
necesiten familia, mientras que al hombre le sea
imprescindible solo o principalmente en función
de su
«inferioridad»
respecto a ellos?
El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas
es que toda persona requiere de la familia justamente en
virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos
metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser.
Un-ser-para-el-amor
Por eso la persona está llamada a darse; por
eso puede definirse como principio (y término) de amor…
siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.
Las plantas y los animales, por su misma escasez de
realidad, actúan de forma casi exclusiva para asegurarse
la propia pervivencia y la de su especie. Porque gozan
de poco ser, tienen que dirigir toda su actividad a
conservarlo y protegerlo: se cierran en sí mismos o en
su especie en cuanto suya.
A la persona, por el contrario, justo por la nobleza que
su condición implica,
«le
sobra ser».
De ahí que su operación más propia, precisamente en
cuanto persona, consista en darse, en amar. (Y de
ahí que solo cuando ama en serio y se entrega sin tasa —«la
medida del amor es amar sin medida»—,
alcanza la felicidad).
La persona como regalo
En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y
también al unir esa exigencia de entrega con la familia.
Porque para que alguien pueda darse es menester otra
realidad capaz y dispuesta a recibirlo o, mejor, a
aceptarlo libremente. Y
«eso»
sólo puede ser otro alguien, otra persona.
A menudo explico que, a pesar de la conciencia que
solemos tener de la propia pequeñez, es tanta la
grandeza de nuestra condición de personas que nada
resulta digno de sernos regalado… excepto otra persona.
Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de
arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la
sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser
«vehículo»
de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que
pretendo entregarme.
De ahí que, con total independencia de su valor
material, el regalo sólo cumple su función en la medida
en que yo me comprometo —me
«integro»—
en él. («¿Regalo,
don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me
quiero dar»,
escribió magistralmente Salinas).
Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona
tiene que estar dispuesta a acogerme de manera
incondicional: de lo contrario, mi entrega quedaría en
mera ilusión, en una especie de aborto. Si nadie me
acepta, por más que me empeñe, resulta imposible
entregarme.
El porqué de la familia
Pues bien, el ámbito natural donde se acoge al
ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser
persona, es justo la familia. En cualquier otra
institución —en una empresa, pongo por caso— resulta
legítimo que se tengan en cuenta determinadas cualidades
o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas
se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo
que hoy intenta imponerse para
«evitar
la discriminación»
sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno
de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de
persona, y además… su condición de persona. Y basta. Y,
al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como
personas.
Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber
persona o, al menos, persona cumplida, llevada a
plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no
primariamente a causa de carencia alguna, sino al
contrario, en virtud de la propia excedencia, que
«nos
obliga»
a entregarnos… o quedar frustrados.
Estimo que esta inversión de perspectivas (que no niega
la verdad del punto de vista complementario), tiene
abundantes repercusiones.
Por ejemplo, en el ámbito doméstico, explica que la
familia no sea una institución
«inventada»
para los débiles y desvalidos (niños, enfermos,
ancianos…); sino que, al contrario, cuanto más
perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es
el padre o la madre, más precisa de su familia,
justamente para crecer como persona, dándose y siendo
aceptado: amando… con la guardia baja, sin necesidad de
«demostrar» nada para ser querido.
Una buena teoría… para una vida buena
Por otra parte, esta forma de comprender a la
persona repercute en el modo de legislar, en la
política, en el trabajo… Solo si se tiene en cuenta la
grandeza impresionante del ser humano podrán
establecerse las condiciones para que se desarrolle
adecuadamente… y sea feliz.
A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el
orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero
estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran
handicap del hombre contemporáneo es la falta de
conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y
tratar a los otros de un modo absurdamente infrahumano.
Schelling afirmaba que «el hombre se torna más grande en
la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia
fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la conciencia
de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a ser
lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto
práctico será una consecuencia inmediata». Para
concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para
devenirlo también en la práctica».
¿Exageración de un joven escritor? Estimo que no, si el
conocer lo entendemos adecuadamente, de modo que
algo no llega a saberse (simplemente a saberse)
hasta que uno lo hace vida de la propia vida.
«Mini-personas»…
que ni conocen ni aman
Ahora bien, el modelo que rige buena parte de
las Constituciones de los países «desarrollados» de
nuestro entorno resulta a menudo una suerte de
mini-hombre, de persona reducida, casi contrahecha.
Quiero decir que, con más frecuencia de la deseada, al
hombre de hoy se le niegan justo las características que
definen la grandeza de su humanidad; por ejemplo, la
capacidad de conocer, de manera siempre imperfecta, pero
real.
Desde tal punto de vista, una democracia auténtica
tendría como base, junto con el reconocimiento de la
limitación del entendimiento humano, y mucho más fuerte
que él, la convicción de que la realidad es cognoscible.
Por eso estaría basada en el diálogo auténtico, genuino,
de unos ciudadanos persuadidos de que con la suma de las
aportaciones de muchos podrán llegar a descubrir lo que
cada realidad efectivamente es y, por tanto, el
comportamiento que reclama.
Por el contrario, bastantes democracias actuales parecen
basarse en un relativismo escéptico: en la casi
contradictoria convicción de que la realidad no puede
conocerse y, como consecuencia, en la apelación al
simple número y, con él, —mientras no se corrija el
planteamiento, que puede y debe corregirse— en el más
tiránico de los totalitarismos.
¿Otros ejemplos de lo que acabo de calificar como modelo
«constitucional» de mini-persona?
Apenas se concibe que el hombre actual pueda amar a
fondo, con un compromiso de por vida, jugándose a cara o
cruz, a una sola carta, como Marañón expusiera, el
porvenir del propio corazón (de ahí el avance de la
admisión legal del divorcio, que impide casarse
de por vida); o que sea capaz de dar sentido al dolor,
no por masoquismo, sino porque el sufrimiento es parte
integrante de la vida del hombre, y, cuando se rechaza
visceral y obsesivamente, junto con él se suprime la
propia vida humana, cuyo núcleo más noble lo constituye
la capacidad de amar… (en el estado actual, el
sufrimiento es parte ineludible del amor: negado a
ultranza el «derecho» a padecer, se invalida
simultáneamente la posibilidad de amar de veras).
Conclusión
Lo que acabo de apuntar refuerza tres de mis
más arraigadas convicciones.
a) La primera, una fe absoluta en
el ser humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y
superarse a sí mismo. No debe confundirse el diagnóstico
con la terapia. Como la filosofía, el diagnóstico no es
nunca optimista o pesimista, ni debería ser interesante
o despreciable o lucrativo o desdeñable… sino solo
verdadero o falso. ¡Qué daños traería consigo el
«optimismo» de diagnosticar y tratar como simple cefalea
un tumor cerebral maligno!
b) En segundo término, que el
hombre actual necesita advertir su propia excelsitud y
actuar de acuerdo con ella.
c) Por fin, que el «lugar
natural» para aprenderlo, el único verdaderamente
imprescindible y suficiente, es la familia. No solo el
niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el joven
ante el que se abre un abanico de posibilidades
deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el
anciano que parece declinar…, todos ellos se forjan y
rehacen, día tras día, en el seno del propio hogar.
Y, así templados y reconstituidos, son capaces de darle
la vuelta al mundo, de humanizarlo.
Por eso la familia.
* Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía
Director del I Master Universitario en Ciencias para la
Familia
Universidad de Málaga
tmelendo@eresmas.net
http://www.masterenfamilias.com
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