Por
Tomás Melendo Granados *
Sinopsis
— Tres consejos de primer orden.
1)
La primera cosa que los padres
necesitan para educar es un verdadero y
cabal amor a sus hijos.
2)
La primera cosa que el hijo
necesita para ser educado es que sus
padres se quieran entre sí.
3)
Enseñar a querer.
— Siete recomendaciones más.
4)
El mejor educador es el ejemplo.
5) Animar y
recompensar.
6)
Ejercer la autoridad, sin forzarla ni
malograrla.
7)
Saber regañar y castigar.
8) Formar la
conciencia.
9) No
malcriar a los niños.
10) Educar la
libertad.
— …Y la clave de las claves.
11)
Recurrir a la ayuda de Dios.
_____________________________________________________________________
Padre y madre son, por naturaleza, los
primeros e irrenunciables educadores de su
hijos. Su misión no es fácil. Está llena de
contrastes en apariencia irreconciliables:
han de saber comprender, pero también
exigir; respetar la libertad de los chicos,
pero a la vez guiarles y corregirles;
ayudarles en sus tareas, pero sin
sustituirlos ni evitarles el esfuerzo
formativo y la satisfacción que el
realizarlas lleva consigo…
De ahí que los padres tengan que aprender
por sí mismos a serlo… y desde muy pronto.
En ningún oficio la capacitación profesional
comienza cuando el aspirante alcanza puestos
de relieve y tiene entre sus manos encargos
de alta responsabilidad. ¿Por qué en el
«oficio de padres» debería ser de otra
forma? ¿Acaso porque se trata más de un arte
que de una ciencia? De acuerdo; pero en
ningún arte bastan la inspiración y la
intuición; es menester también instruirse,
formarse.
En cualquier caso, aprender este «oficio» no
consiste en proveerse de un conjunto de
recetas o soluciones ya dadas e
inmediatamente aplicables a los problemas
que van surgiendo. Tales recetas no existen.
Existen, por el contrario, principios
o fundamentos de la educación, que
iluminan las distintas situaciones: los
padres deben conocerlos muy a fondo, hasta
hacerlos pensamiento de su pensamiento y
vida de su vida, para con ellos encarar la
práctica diaria.
Teniendo esto claro, y sin demasiadas
pretensiones, ofreceré un memorándum,
el más accesible y concreto posible, de los
principales criterios y sugerencias sobre
«el arte de las artes», como ha sido llamada
la educación.
— Tres consejos de primer orden.
1)
La primera cosa que los padres
necesitan para educar es un verdadero y
cabal amor a sus hijos.
Según escribe G. Courtois
en El arte de educar a los muchachos de
hoy, la educación requiere, además de
«un poco de ciencia y de experiencia, mucho
sentido común y, sobre todo, mucho amor».
Con otras palabras, es preciso dominar
algunos principios pedagógicos y obrar con
sentido común, pero sin suponer que baste
aplicar una bonita teoría para obtener
seguros resultados.
¿Por qué? Entre otros motivos, porque «cada
niño es un caso» absolutamente irrepetible,
distinto de todos los demás. Ningún manual
es capaz de explicarnos ese «caso» concreto.
Hay que aprender a modular los principios a
tenor del temperamento, la edad y las
circunstancias en que se encuentren los
hijos. Y sólo el amor permite conocer a cada
uno de ellos tal como es hoy y ahora y
actuar en consecuencia: aun concediendo la
parte de verdad que encierra el dicho de que
«el amor es ciego», resulta mucho más
profundo y real sostener que es agudo y
perspicaz, clarividente; y que, tratándose
de personas, sólo un amor auténtico nos
capacita para conocerlas con hondura.
De hecho, será el amor el que enseñe a los
padres a descubrir el momento más adecuado
para hablar y para callar; el tiempo para
jugar con los niños e interesarse por sus
problemas sin someterlos a un interrogatorio
y el de respetar su necesidad de estar a
solas; las ocasiones en que conviene «soltar
un poco de cuerda» y «no darse por
enterados» frente a aquellas otras en que lo
que procede es intervenir con decisión e
incluso con resuelta viveza…
Y, según decía, en todo este difícil arte
los padres resultan insustituibles. Un
matrimonio muy agobiado por su trabajo
profesional buscaba en una tienda de
juguetes un regalo para su niño: pedían algo
que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo
y, sobre todo, le quitara la sensación de
estar solo. Una dependiente inteligente les
explicó: «lo siento, pero no vendemos
padres».
2) La primera
cosa que el hijo necesita para ser
educado es que sus padres se quieran
entre sí.
«Hacemos que no le falte
de nada, estamos pendientes hasta de sus
menores caprichos, y sin embargo…».
Expresiones como ésta las oímos a menudo,
proferidas por tantos padres que se vuelcan
aparentemente sobre sus hijos
—alimentos sanos, reconstituyentes, juegos,
vestidos de marca, vacaciones junto al mar,
diversiones, etc.—, pero se olvidan de la
cosa más importante que precisan los críos:
que los propios padres se amen y estén
unidos.
El cariño mutuo de los padres es el que ha
hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese
mismo afecto recíproco debe completar la
tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar
la plenitud y la felicidad a que se
encuentra llamado. El complemento natural de
la procreación, la educación, ha de estar
movido por las mismas causas —el amor de los
padres— que engendraron al hijo.
Desde hace ya bastantes siglos se ha dicho
que, al salir del útero materno, donde el
líquido amniótico lo protegía y alimentaba,
el niño reclama imperiosamente otro «útero»
y otro «líquido», sin los que no podría
crecer y desarrollarse; a saber, los que
originan el padre y la madre al quererse de
veras.
Por eso, cada uno de los esposos debe
engrandecer la imagen del otro ante los
hijos y evitar cuanto pueda hacer disminuir
el cariño de éstos hacia su cónyuge. Desde
que los críos son muy pequeños, además de
manifestar prudente pero claramente el
afecto que los une, los padres han de
prestar atención a no hacerse reproches
mutuos delante de ellos, a no permitir uno
lo que el otro prohíbe, a evitar de plano
ciertas aberrantes recomendaciones al niño:
«esto no se lo digas a papá (o a mamá)»,
etc.
3) Enseñar a querer.
Como acabamos de ver, el
principio radical de la educación es que los
padres se quieran entre sí y, como fruto de
ese amor, que quieran de veras a sus hijos;
el fin de esa educación es que los hijos,
a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar.
Curiosamente y en compendio, educar es amar,
y amar es enseñar a amar.
Según explica Rafael Tomás Caldera, «la
verdadera grandeza del hombre, su
perfección, por tanto, su misión o cometido,
es el amor. Todo lo otro —capacidad
profesional, prestigio, riqueza, vida más o
menos larga, desarrollo intelectual— tiene
que confluir en el amor o carece en
definitiva de sentido»… e incluso, si no se
encamina al amor, pudiera resultar
perjudicial.
La entera tarea educativa de los padres ha
de dirigirse, pues, en última instancia, a
incrementar la capacidad de amar de cada
hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta,
más cerrado y pendiente de sí, menos capaz
de descubrir, querer, perseguir y realizar
el bien de los otros.
Sólo así contribuirán eficazmente a hacerlos
felices, puesto que la dicha —como muestran
desde los filósofos más clásicos hasta los
más certeros psiquiatras contemporáneos— no
es sino el efecto no buscado de engrandecer
la propia persona, de mejorar
progresivamente: y esto sólo se consigue
amando más y mejor, dilatando las
fronteras del propio corazón.
— Siete recomendaciones más.
4)
El mejor educador es el ejemplo.
Los niños tienden a
imitar las actitudes de los adultos, en
especial de los que quieren o admiran. Jamás
pierden de vista a los padres, los observan
de continuo, sobre todo en los primeros
años. Ven también cuando no miran y escuchan
incluso cuando están super-ocupados jugando.
Poseen una especie de radar, que intercepta
todos los actos y las palabras de su
entorno.
Por eso los padres educan o deseducan, ante
todo, con su ejemplo.
Además, el ejemplo posee un insustituible
valor pedagógico, de confirmación y de
ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un
niño a tirarse al agua que hacerlo con él o
antes que él. Las palabras vuelan, pero el
ejemplo permanece, ilumina las conductas… y
arrastra.
En el extremo opuesto la incongruencia entre
lo que se aconseja y lo que se vive es el
mayor mal que un padre o una madre puede
infligir a sus hijos: sobre todo a
determinadas edades, cuando el sentido de la
«justicia» se encuentra en los chicos
rígidamente asentado,
sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar
con excesiva dureza a los demás.
5) Animar y
recompensar.
El niño es muy receptivo.
Si se le repite con frecuencia que es un
maleducado, un egoísta, que no sirve para
nada, se creerá y será verdaderamente
maleducado, egoísta, e incapaz de realizar
tarea alguna…«aunque no fuera sino para no
defraudar a sus padres». Es mejor que tenga
un poco de excesiva confianza en sí mismo,
que demasiado poca. Y si lo vemos recaer en
algún defecto, resultará más eficaz una
palabra de ánimo que echárselo en cara y
humillarlo. Mostrar al hijo que confiamos en
sus posibilidades es para él un gran
incentivo; en efecto, el pequeño —como, con
matices, cualquier ser humano— se encuentra
impulsado a llevar a la práctica la opinión
positiva o negativa que de él se tiene y a
no defraudar nuestras expectativas al
respecto.
Cuando hace una observación correcta,
incluso opuesta a la que nosotros acabamos
de comentar o sugerir, no hay que tener
miedo a darle la razón. No se pierde
autoridad; más bien al contrario, la
ganamos, puesto que no la hacemos residir en
nuestros puntos de vista, sino en la
misma verdad objetiva de lo que se propone.
Al animar y elogiar es preferible estar más
atentos al esfuerzo hecho que al resultado
obtenido. En principio, no se debe
recompensar al niño por haber cumplido un
deber o por haber tenido éxito en algo, si
el conseguirlo no le ha supuesto un empeño
muy especial. Un regalo por unas buenas
calificaciones es deformante. Las buenas
calificaciones, junto con la demostración de
nuestra alegría por ese resultado, deberían
ser ya un premio que diera suficiente
satisfacción al niño.
Tampoco es bueno multiplicar
desmesuradamente las gratificaciones. Por un
lado, porque se le enseña a actuar no por lo
que en sí mismo es bueno, sino por la
recompensa que él recibe (o, lo que es
idéntico, a pensar más en sí mismo que en
los otros). Y además, porque cuando éstas
vinieran a faltar, el pequeño se sentirá
decepcionado: premiar reiteradamente lo que
no lo merece equivale a transformar en un
castigo todas las situaciones en que esa
compensación esté ausente.
Conviene no olvidar una ley básica:
educar a alguien no es hacer que
siempre se encuentre contento y satisfecho,
por tener cubiertos todos sus caprichos o
deseos, sino ayudarle a sacar de sí
(e-ducir), con el esfuerzo imprescindible
por nuestra parte y la suya, toda esa
maravilla que encierra en su interior y que
lo encumbrará hasta la plenitud de su
condición personal… haciéndolo, como
consecuencia, muy dichoso.
6) Ejercer la
autoridad, sin forzarla ni malograrla.
·
Por lo mismo, para educar no son suficientes
el cariño, el buen ejemplo y los ánimos; es
preciso también ejercer la autoridad,
explicando siempre, en la medida de lo
posible, las razones que nos llevan a
aconsejar, imponer, reprobar o prohibir una
conducta determinada.
La educación al margen de la autoridad, en
otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy
como una breve moda fracasada y obsoleta,
contradicha por aquellos mismos que la han
sufrido. El niño tiene necesidad de
autoridad y la busca. Si no encuentra a su
alrededor una señalización y una
demarcación, se torna inseguro o nervioso.
Incluso cuando juegan entre ellos, los niños
inventan siempre reglas que no deben ser
transgredidas. Por lo demás, todos sabemos
lo antipáticos, molestos y tiránicos que son
los hijos de los otros, cuando están
malcriados, habituados a llamar siempre la
atención y a no obedecer cuando no tienen
ganas.
Pero tratándose de los propios, es más
difícil un juicio lúcido. No se sabe bien si
imponerse o abajarse a pactar y dejar hacer,
para no correr el riesgo de tener una escena
en público…, o acabar la cuestión con una
explosión de ira y una regañina (que después
deja más incómodos a los padres que al
niño).
Por detrás de esta inseguridad, hay siempre
una extraña mezcla de miedos y prevenciones.
El horror a perder el cariño del chiquillo,
el temor a que corra algún riesgo su
incolumidad física, el pavor a que nos haga
quedar mal o nos provoque daños materiales.
En definitiva, aunque no lo advirtamos ni
deseemos, nos queremos más a nosotros mismos
que al chico o la chica, anteponemos nuestro
bien al suyo. De ahí que, si por encima de
tantos temores prevaleciera el deseo sincero
y eficaz de ayudar al crío a reconocer los
propios impulsos egoístas, la codicia, la
pereza, la envidia, la crueldad, etc., no
existiría esa sensación de culpa cuando se
lo corrigiera utilizando el propio
ascendiente.
·
Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun
cuando no esté de moda, es menester
reiterar de modo claro y neto la
imposibilidad de educar sin ejercer la
autoridad (que no es autoritarismo) y
exigir la obediencia desde el mismo
momento en que los niños empiezan a entender
lo que se les pide. Por eso, es importante
que los padres, explicando siempre los
motivos de sus decisiones, indiquen a los
niños lo que deben hacer o evitar, no
dejando por comodidad caer en el olvido sus
órdenes, ni permitiendo que los niños se les
opongan abiertamente.
Como consecuencia, un criterio básico en la
educación del hogar es que deben existir
muy pocas normas y muy fundamentales y nunca
arbitrarias, lograr que siempre se
cumplan… y dejar una enorme libertad en todo
lo opinable, aun cuando las preferencias de
los hijos no coincidan con las nuestras:
¡ellos gozan de todo el «derecho» a llegar a
ser aquello a lo que están llamados… y
nosotros no tenemos ninguno a convertirlos
en una réplica de nuestro propio yo!
A veces, sin embargo, se prohíbe algo sin
saber bien por qué, qué es lo que encierra
de malo, sólo por impulso, por las ganas de
estar tranquilos o porque uno se siente
nervioso y todo le molesta. Se compromete
así la propia autoridad sin que sea
necesario, abusando de ella… y se
desconcierta a los muchachos, que no saben
por qué hoy está vedado lo que ayer se veía
con buenos ojos.
Cualquier niño sano tiene necesidad de
movimiento, de juego inventivo y de
libertad. Interviniendo de manera continua e
irrazonable se acaba por hacer de la
autoridad algo insufrible. Como aquella
madre de la que se cuenta que decía a la
niñera: «Ve al cuarto de los niños a ver que
están haciendo… y prohíbeselo».
Por otro lado, la convicción del niño de que
nunca hará desistir a los padres de las
órdenes impartidas posee una extraordinaria
eficacia, y ayuda enormemente a calmar las
rabietas o a que no lleguen a producirse.
(Lo más opuesto a esto, como ya he
insinuado, es repetir veinte veces la misma
orden —lávate los dientes, dúchate, vete ya
a dormir…— sin exigir que se cumpla de
inmediato: provoca un enorme desgaste
psíquico, tal vez sobre todo a las madres,
que suelen pasar la mayor parte del día
bregando con los críos, al tiempo que
disminuye o elimina la propia autoridad).
·
Vale asimismo la pena estar atentos al modo
como se da una indicación. Quien ordena
secamente o alzando sin motivo el volumen de
la voz deja siempre traslucir nerviosismo y
poca seguridad. Un tono amenazador suscita
con razón reacciones negativas y
oposiciones. Demos las órdenes o, mejor,
pidamos por favor, con actitud serena y
confiando claramente en que vamos a ser
obedecidos. Reservemos los mandatos
estrictos para las cosas muy importantes.
Para las demás peticiones resultará
preferible utilizar una forma más blanda:
«¿serías tan amable de…?», «¿podrías, por
favor…?», «¿hay alguno que sepa hacer
esto?». De este modo, se estimulará a los
críos para que realicen elecciones libres y
responsables, y se les dará la ocasión de
actuar con autonomía e inventiva, de
sentirse útiles… y experimentar la
satisfacción de tener contentos a sus
padres.
A veces es necesario pedir al hijo un
esfuerzo mayor del acostumbrado; convendrá
entonces crear un clima favorable. Si, por
ejemplo, sabéis que vuestro cónyuge está
particularmente cansado o lo atenaza una
jaqueca insufrible, hablaréis a solas con el
niño y le diréis: «Mamá (o papá) tiene un
fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde
te pido un empeño especial para hacer el
menos ruido posible…». Quizá sea oportuno
darle una ocupación, y dirigirle una mirada
cariñosa o una caricia, de vez en cuando,
para recompensar sus desvelos… sin olvidar
que en este, como en los restantes casos,
hay que arreglárselas para que el niño
cumpla su obligación.
Firmeza, por tanto, para exigir la conducta
adecuada, pero dulzura extrema en el modo de
sugerirla o reclamarla.
7) Saber regañar y
castigar.
Los ánimos y las
recompensas no son normalmente suficientes
para una sana educación. Un reproche o una
punición, dados de la manera oportuna,
proporcionada y sin arrepentimientos
injustificados, contribuirá a formar el
criterio moral del muchacho.
Sensata e inteligente debe ser la
dosificación de las reprimendas y de los
castigos. La política del «dejar hacer» es
típica de los padres o débiles o cómplices.
También en la educación, la «manga ancha»
viene dictada a menudo por el temor de no
ser obedecido o por la comodidad («haz lo
que quieras, con tal de dejarme en paz»)…
que no son sino otros tantos modos de amor
propio: de preferir el propio bien (no
esforzarse, no sufrir al demandar la
conducta correcta) al de los hijos.
Pero resultaría pedante, o incluso
neurótico, un continuo y sofocante control
de los chicos, regañados y castigados por la
más mínima desviación de unos cánones
despóticos establecidos por los padres.
Para que una reprensión sea educativa ha de
resultar clara, sucinta y no humillante. Hay
por tanto que aprender a regañar de manera
correcta, explícita, breve, y después
cambiar el tema de la conversación. En
efecto, no se debe exigir que el hijo
reconozca de inmediato el propio mal y
pronuncie un mea culpa, sobre todo si
están presentes otras personas (¿lo hacemos
nosotros, los adultos?). Convendrá también
elegir el lugar y el momento pertinente para
reprenderle; a veces será necesario esperar
a que haya pasado el propio enfado, para
poder hablar con la debida serenidad y con
mayor eficacia.
Por otro lado, antes de decidirse a dar un
castigo, conviene estar bien seguros de que
el niño era consciente de la prohibición o
del mandato. Naturalmente, hay que evitar no
sólo que la sanción sea el desahogo de la
propia rabia o malhumor, sino también que
tenga esa apariencia. Tratándose de fracasos
escolares, conviene saber juzgar si se deben
a irresponsabilidad o a limitaciones
difícilmente superables del chico o de la
chica.
Cuando se reprenda es menester además huir
de las comparaciones: «Mira cómo obedece y
estudia tu hermana…». Las confrontaciones
sólo engendran celos y antipatías.
Tener que castigar puede y debe
disgustarnos, pero a veces es el mejor
testimonio de amor que cabe ofrecer a un
hijo: el amor «todo lo sufre», cabría
recordar con san Pablo,… incluso el dolor de
los seres queridos, siempre que tal
sufrimiento sea necesario. Ningún temor, por
tanto, a que una corrección justa y bien
dada disminuya el amor del hijo respecto a
vosotros. A veces se oye responder al
muchacho castigado: «¡No me importa en
absoluto!». Podéis entonces decirle, con
toda la serenidad de que seáis capaces: «No
es mi propósito molestarte ni hacerte
padecer».
8) Formar la
conciencia.
En nuestra sociedad, los
niños resultan bombardeados por un conjunto
de eslóganes y de frases que transmiten
«ideales» no siempre acordes con una visión
adecuada del ser humano, e incapaces por
tanto de hacerlos dichosos. La solución no
es un régimen policial, compuesto de
controles y de castigos. Es menester que los
hijos interioricen y hagan propios los
criterios correctos, que formen su
conciencia, aprendiendo a distinguir
claramente lo bueno de lo malo.
Y para ello no basta con decirles: «¡Esto no
está bien!» o, menos todavía, «¡Esto no
me gusta!». Se corre el riesgo de
transformar la moral en un conjunto de
prohibiciones arbitrarias, carentes de
fundamento. Por el contrario, es muy
importante «educar en positivo», como se
suele afirmar; lo cual equivale, en mi
opinión, a mostrar la belleza y la
humanidad de la virtud alegre y serena,
desenvuelta y sin inhibiciones. Para
lograrlo, hay que esforzarse por vivir la
propia vida, con todas sus contrariedades,
como una gozosa aventura que vale la pena
componer cada día. En tales circunstancias,
al descubrir la hermosura y la maravilla de
hacer el bien, el niño se sentirá atraído y
estimulado para obrar correctamente.
Además, interesa hacer comprender lo
decisiva que es la intención para determinar
la moralidad de un acto, y ayudar a los
hijos a preguntarse el porqué de un
determinado comportamiento. A tenor de sus
respuestas, se les hará ver la posible
injusticia, envidia, soberbia, etc., que los
ha motivado. El denominado complejo de
culpa, es decir, la obscura y angustiosa
sensación de haberse equivocado, acompañada
de miedo o de vergüenza, nace justo de la
falta de un valiente y sereno examen de la
calidad moral de nuestros actos. Por el
contrario, como muestran también los
psiquiatras más avezados, es necesario y
sano el sentido del pecado. La clara
percepción de las propias concesiones y
faltas, con las que hemos vuelto las
espaldas a Dios, provoca un remordimiento
que activa y multiplica las fuerzas para
buscar de nuevo el amor que perdona.
Para formar la conciencia puede también ser
útil comentar con el niño la bondad o maldad
de las situaciones y hechos de los que
tenemos noticia, así como sugerirle la
práctica del examen de conciencia personal
al término del día, acaso ayudándole en los
primeros pasos a hacerse las preguntas
adecuadas. A medida que crece, hay que
dejarle tomar con mayor libertad y
responsabilidad sus propias decisiones,
diciéndole como mucho: «Yo, de ti, lo haría
de este o aquel modo» y, en su caso,
explicándole brevemente el porqué.
