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LA CARTA
Queridísima N:
Hace
un par de días tuvimos el gozo de acompañar a tu hermano
A y a su mujer, B, aquí, en mi tierra. Yo,
personalmente, pude reunirme con ellos a las 12 de la
mañana y estar platicando hasta la comida, almorzar
juntos hasta las 6, y a las 8 pasar otro buen rato en su
compañía. ¡Qué gran familia la vuestra!
Como
podrás suponerte, lo primero que me dijo
B, en cuanto pudimos hablar un poco a solas, es que
estabas esperando otro hijo, y las circunstancias
particulares en que vendrá a este mundo… si Dios no
quiere otra cosa.
La
serenidad de B y A hicieron que comprendiera de
inmediato que esa noticia, con el sabor agridulce que
normal y forzosamente lleva consigo, producía en todos
vosotros, también en ti, junto con el dolor, una inmensa
alegría, que lo superaba y os acercaba más a Dios.
Yo
rezo mucho, igual que Lourdes, para que esa convicción
—¡la gran maravilla justamente de este
hijo!— se arraigue más y más, hasta que él os vaya
demostrando que es el más feliz de todos y la mayor
fuente de dicha para cuantos lo rodeáis. A veces resulta
duro hablar así a unos padres, pero sé que no es vuestro
caso. Lógicamente, hay sufrimiento —y no sería humano
que no lo hubiera—, pero incluso humanamente, ¡y no digo
nada cuando se tiene el trato con Dios del que tú
disfrutas!, uno advierte que es una espléndida caricia
del Cielo.
— Mi
gran secreto
Esto que voy a comentarte no lo sabe nadie más que
Lourdes (tardé mucho en decírselo), y ahora lo quiero
compartir contigo.
Hacia
el año 90 empecé a estudiar a fondo todo lo relativo a
la grandeza del ser humano, que solemos llamar dignidad.
Le di muchísimas vueltas, intentando comprender que todo
varón o mujer, cualesquiera que fueren sus
circunstancias, es esa maravilla que los clásicos
calificaban como «lo más perfecto que existe en la
naturaleza»… y por la que Cristo dio —¡por cada uno!—
toda su Sangre.
En
tal repaso, para hacerlo carne de mi carne y no pura
teoría, intenté descubrir esa grandeza en quienes
aparentemente no la tienen: personas que se han
destruido viviendo mal, ladrones, asesinos, drogadictos…
y también pensé mucho en los que
absurdamente solemos llamar infradotados o, entonces,
subnormales.
Después de reflexionar largamente, llegué a la
conclusión de que estas últimas criaturas poseían la
dignidad de una manera más eminente que el resto, hasta
el punto que las equiparé a Jesucristo.
Todo
eso lo tengo escrito, y quizás te lo adjunte como prueba
de que soy sincero (sé que no necesitas que te demuestre
nada, pero si consigo escanear esas páginas, te las
envío).
—
¿Una petición absurda?
De todos modos, lo que quería comentarte es que mi
convencimiento fue tal que, cuando Lourdes quedó
embarazada de uno de de nuestros últimos hijos, con
plena conciencia de lo que estaba haciendo y poniendo
lógicamente por delante la Voluntad de Dios, llegué a
pedirLe que esa criatura llegara a la vida en las mismas
condiciones en que viene tu hijo (si Él no quiere
evitarlo).
Pero
no me lo concedió.
Por
supuesto que también el hijo objeto de mi petición es
una fuente enorme de contento para nosotros; pero en
nombre de Dios me atrevo a asegurarte que el que ahora
esperas será el que más satisfacción lleve a vuestra
casa, con la única condición de que sigas muy cerca de
Él y descubras enseguida que es un gran tesoro.
¡Cuánto gozaré abrazándolo y besándolo si Dios me
concede visitar de nuevo vuestra tierra y estar junto
con vosotros!
—
Despedida
Queridísima N: estaría horas contigo a través de este
«invento» tan maravilloso de Internet, pero estimo que
es preferible dejarte a solas con Dios y con el resto de
tu familia.
Sí
que intentaré enviarte, en cuanto pueda, lo que escribí
expresamente en su momento.
[…]
Con
todo nuestro cariño, unido a una oración muy intensa, el
ofrecimiento de la Santa Misa y de todas las
dificultades que pueden surgirnos estos días,
Lourdes y Tomás
— Extracto del artículo
A menudo damos por supuesto que la interior
grandeza de la persona se expresa a través de
manifestaciones exteriores. Pero no siempre ocurre así:
por su misma debilidad o por falta de perspicacia en
quien los observa, hay signos que podrían no resultar
suficientes para exteriorizar la maravilla de un
determinado ser humano.
En tales circunstancias, caben dos posibilidades:
·
o que la sublimidad interna se desfigure y pase
desapercibida;
·
o que, paradójicamente, quede realzada y triunfe,
sobreponiéndose a la endeblez de sus manifestaciones.
Así lo expone Spaemann: «la dignidad nos impresiona de
modo especial cuando sus medios de expresión están
reducidos al mínimo y, sin embargo, se nos impone
irresistiblemente».
Hay en esta frase una condición expresa: la nobleza de
un ser humano se hace presente de manera todavía más
apabullante cuando sus manifestaciones se limitan hasta
el extremo, si y sólo si la existencia de esa
dignidad logra de algún modo llegar hasta nosotros. Y
esto implica una mayor capacidad de penetración por
parte de quien observa; no todos están dotados del
discernimiento para apreciarla; pero quienes lo logran,
advierten la eminencia de esa persona con una claridad
deslumbradora.
¿Por qué sucede esto? Muy probablemente porque, al
reducirse los vehículos de expresión externa, la mirada
ha de dirigirse por fuerza hacia lo que compone el
fundamento de la dignidad en cuestión: hasta la íntima
plenitud de su ser. Aquí no hay posibilidad de que los
oropeles, inexistentes, oculten el auténtico metal: y
éste reverbera con un fulgor inusitado.
Ante un conocimiento agudo —provisto de amorosa
sutileza—, la dignidad de los «débiles» se presenta
inconmensurablemente engrandecida y radicada en su
auténtico hontanar.
— Dignidad privilegiada: un primer caso
Para advertirlo, basta fijar nuestra atención en los
deficientes y enfermos mentales.
Un subnormal profundo puede ser objeto de desprecio, de
irrisión, de burla, de compasión… o de exquisita
aprobación admirativa (necesariamente acompañada del
amor y del afecto).
Y es que ante unos ojos que saben apreciarlos, los
infradotados manifiestan, con mayor claridad que los
sujetos «normales», los títulos genuinos de la dignidad
humana. El disminuido psíquico parece estar diciendo:
«no radica mi excelencia ni en la eficacia laboral, que
acaso nunca posea, ni en la belleza corpórea, ni en la
inteligencia o la capacidad resolutiva…; deriva de mi
ser —¡yo también soy hombre, persona!— y de
mis consiguientes disposiciones amorosas».
A lo que puede añadir: «para conquistar el fin radical
al que he sido llamado —la unión de amistad con Dios por
toda la eternidad, fundamento indiscutible de mi
nobleza—, me basta y me sobra con lo que soy. Mi
verdad terminal de plenitud en el Absoluto es tan cierta
como la vuestra; pero a vosotros puede ocultárosla todo
el acompañamiento de brillantez, de inteligencia, de
eficacia, de hermosura y galanuras del cuerpo, a los que
con tanto empeño os aferráis. ¡Esa es mi ventaja!».
— Un nuevo ejemplo
Algo similar cabría decir respecto a algunos
trastornos mentales. También entonces lo radicalmente
configurador de la dignidad humana —el ser espiritual—
permanece incólume y es capaz de irradiar, para quien
sabe apreciarlos, los signos de esa nobleza.
Según recuerda Viktor Frankl, «es precisamente lo
espiritual lo que no puede enfermar, sino, al contrario,
lo que pone al enfermo en condiciones de entendérselas
con el hecho de la enfermedad orgánica de un modo a
veces bien precario, ciertamente, pero no por ello menos
personal.
»Permítanme ustedes que explique más en concreto mi
pensamiento, acudiendo a un ejemplo. En cierta ocasión
fue enviado a mi consulta un enfermo, de unos sesenta
años, en un estado depresivo agudo. Oye voces, padece,
por tanto, alucinación acústica, es autístico, y en todo
el día no hace otra cosa que rasgar papeles, y de este
modo lleva una vida sin sentido ni razón de ser, al
parecer. Si hubiéramos de atenernos a la clasificación
de las funciones vitales, tendríamos que decir que
nuestro enfermo no cumple uno solo de los quehaceres de
la vida: no se entrega a un solo trabajo, está aislado
completamente de la sociedad, y la vida sexual —nada
digamos de amor ni de matrimonio— le está vedada. Y, sin
embargo, ¡qué elegancia, única, impresionante,
irradia este hombre, del núcleo central de su humanidad,
núcleo que no ha sido afectado por la psicosis! ¡Ante
nosotros está un gran señor! Hablando con él,
irrumpe a veces en accesos de cólera rabiosa, pero en el
último momento siempre es capaz de dominarse. Entonces
aprovecho yo la ocasión para preguntarle: — “¿Por amor
de quién acaba usted por dominarse?”, y él me responde:
“Por amor de Dios…”. Y aquí se me ocurre pensar
en las palabras de Kierkegaard: “Aun cuando la demencia
me pusiera ante los ojos la máscara del bufón, aún
podría yo salvar mi alma: si mi amor de Dios
triunfa en mí”».
Huelgan los comentarios. Los títulos reales de la
dignidad personal —ser, espíritu, amor— resultan
manifiestos. Y quien haya presenciado películas como
Despertares, se encontrará más capacitado para
entender lo que Frankl experimentaba en presencia de
este enfermo.
— Y un golpe de audacia… o de temeridad
Sigo adelante… con suma cautela. Jesús crucificado
excede desde todo punto de vista cuanto vengo
comentando; y rebasa también el ámbito de estricta
filosofía en que hasta ahora me he movido. A pesar de
ello, me atrevo a mencionarlo porque, desde la
magnificencia del misterio, arroja abundante luz sobre
la naturaleza de la dignidad personal.
¿Motivos?
·
En primer término, igual que en los ejemplos anteriores,
para apreciar lo que sucede en la Cruz son necesarias
las entendederas que otorga una fe vivida. Sin ellas, el
resultado de la Pasión se transforma en frustración
rotunda, en escándalo o en demencia.
·
En segundo lugar, el Drama nos alecciona también porque
pone de relieve la auténtica raíz de la nobleza del Dios
hecho Hombre: hasta el punto de que, frente a lo que
experimentan hebreos y gentiles, para el cristiano
convencido Cristo crucificado —así ¡crucificado!—
constituye la mayor expresión de dignidad humano-divina,
la excelsitud interiorizada hasta su médula más íntima:
«No es mi poder, al que he renunciado, no es mi
magnificencia divina, que no aparece, no es mi capacidad
de liderazgo humano, ahora entenebrecida…; es mi Amor
—idéntico a mi Ser— el que confiere a esta Figura
fracasada que estáis contemplando ¡y adorando! su
eminente dignidad».
— El fundamento de los fundamentos
Se da aquí, pero elevado a una potencia infinita, la
«reducción al fundamento», el ascenso hasta las causas
definitivas. Y es que las prendas más reales de la
excelencia del Dios encarnado nunca resultan más
realzadas que en la locura de la Pasión.
Pero, además, el «descansar-en-sí-mismo» en que estriba
la dignidad reluce ahora especialmente, por cuanto
Cristo renuncia de manera voluntaria a todo lo
superfluo. Es esa la diferencia que abre un abismo
insalvable entre los crucificados por fuerza
—violentamente desprovistos de la posibilidad de
expresar su nobleza— y Aquel que libremente
abdica de cuanto no resulta imprescindible para cumplir
el sentido definitivo de su ser-encarnado: la redención.
Insisto, porque resulta muy revelador: para salvarnos, a
Jesús le basta el Amor, reducido a su más desnuda
expresión; y es el Amor lo que triunfa en la Cruz. Por
eso puede abandonar todo lo demás, que no es
necesario y podría inducir a error sobre los verdaderos
motivos de la dignidad del Redentor. Incluso de la
interioridad humana cabe prescindir, porque existe
un «dentro» todavía más íntimo y noble, en el que radica
la verdadera grandeza del Crucificado: el mismísimo Ser
divino, que en la Pasión se manifiesta ostensiblemente
como Amor.
Estamos ante el caso más flagrante de superioridad
respecto a lo «engañoso»: el poder, el aparato externo…
la misma apariencia cabalmente humana. Como es obvio, el
Crucificado podría hacerse con ello en cualquier
momento: recuérdense las doce legiones de ángeles que el
Padre está dispuesto a mandar, o la palabra poderosa del
Verbo encarnado, que derriba por tierra a cuantos vienen
a prenderlo. Pero no las necesita. Y en ese deliberado
no requerir de ellas revela su infinita trascendencia,
su estar por encima, su independencia ontológica: y, por
todo ello, manifiesta e incrementa su dignidad.
Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios
Universitarios sobre la familia
Universidad de Málaga
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com
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