Presentación del I Master
en Ciencias para la Familia
La Familia en la Universidad
Universidad de Málaga
4 de noviembre de 2004
1. Concepción
Me van a permitir que alterne el
lenguaje académico propio de la envergadura
de este acto, con otro más familiar, acorde
con el Master que hoy presentamos.
Hace algo más de 18 años, 3 ó 4 después de
tomar posesión de la Cátedra de Metafísica
de esta Universidad, me encontraba en
Marburg, Alemania, «disfrutando» de una beca
von Humboldt.
Lo de disfrutando lo he dicho con cierto
retintín porque, en los momentos a que me
refiero, era pleno verano (vacaciones, por
tanto, playa, sol… ¡en Málaga, no en
Marburg!)
y, sobre todo, porque había dejado aquí a
mis hijos y a mi mujer… esperando otro hijo
más.
Mi pasión por investigar no era entonces
superior a la de ahora, aunque quizá sí
menos temperada por otras exigencias de la
vida y, por eso, tal vez, desmesurada y algo
irreflexiva. Y mi un poco exagerado sentido
del deber me llevó a permanecer en Alemania
cuando nació y fue bautizada mi cuarta hija.
Lo pasé bastante mal. Dos semanas después,
hacia las 10 de la mañana, una hora no del
todo prudente para el verano andaluz y «casi
ya de noche» para los alemanes —que llevan
varias horas trabajando—, telefoneé desde
Marburg a mi mujer y le dije que por la
tarde iba a recibir una sorpresa muy
especial. Hacia las seis llamaron a su
puerta, y la sorpresa era... yo mismo. No
había podido resistir.
Poco después volví a Alemania y, mal que
bien, concluí mi investigación. Pero durante
ese segundo período leí unas palabras de
Goethe a las que no he dejado desde entonces
de dar vueltas: «La familia es tabla de
salvación o sima de perdición». Ese fue el
inicio de mi dedicación universitaria a
temas familiares.
2. Gestación
Desde entonces ha habido mucha
reflexión, muchas publicaciones, mucha
confrontación con mi propia vida… y una
clara toma de conciencia de la importancia
de cuanto a la familia se refiere.
Y todo ello, no a pesar de mi condición de
metafísico, sino precisamente por ella.
Entre las ideas más peregrinas que circulan
en la sociedad, y también —lo digo con todo
respeto— entre algunos de mis colegas, se
encuentra la de que la filosofía, y muy en
particular la metafísica, se sitúa en un
mundo abstracto, intangible, que nada tiene
que ver con las realidades cotidianas.
Muy al contrario, he defendido y lo sigo
haciendo con un convencimiento creciente,
que justo por tratar de lo real como tal, el
famoso «ente en cuanto ente» de Aristóteles,
el metafísico tiene que atender al concreto
acontecer cotidiano, a las realidades
menudas del propio entorno, con la intención
de encontrarles su sentido y ofrecerlo a la
libre inteligencia de los demás.
Y, por lo mismo, que su lenguaje debe ser
accesible incluso a las personas con una
formación filosófica nula, y que ese empeño
—que algunos llamarían de divulgación— no
solo no atenta contra el carácter científico
de la indagación universitaria, sino que lo
refuerza: para hacerse comprender por los no
especialistas se requiere una comprensión
del tema tratado mucho mayor que cuando
quien habla o escribe se dirige a los
propios colegas.
Es esta una de las líneas de fondo que he
propuesto a los docentes del Master que hoy
presentamos: el incremento de estudio y
reflexión necesarios para que todos los que
participamos en él, sea la que fuere nuestra
especialidad, logremos hacernos entender por
personas que, por lo común, no pertenecerán
al mismo ramo que nosotros. Dejando al mismo
tiempo muy claro, como apuntaba, que ese
afán por evitar en lo posible tecnicismos y
expresiones abstrusas, no solo no rebaja la
calidad universitaria de los estudios, sino
que la aumenta de forma muy neta, puesto que
quienes nos empeñemos en ello tendremos que
saber más de nuestras propias disciplinas y
del modo de trasmitirlas… y el cometido
primero de la Universidad es justamente el
de saber y saber comunicar ese saber.
Volviendo a mi trayectoria académica en los
dominios de la familia, algunas expresiones
fueron dirigiendo mi investigación. Por
ejemplo, las palabras de Camus: «Sólo es
tristeza —soledad sufrida o querida— no ser
amado y no amar. Lo que ocurre es que hoy
nuestro mundo agoniza a consecuencia de esta
desgracia: la larga reivindicación de la
justicia ha desterrado el amor que, sin
embargo, fue el que le dio nacimiento».
Y otras también muy de fondo y audaces, del
estilo: «como es la familia, así es la
sociedad, porque así es el hombre», o: «el
conjunto de las relaciones que se instauren
en la humanidad depende radicalmente de las
que se establecen en el seno de la familia».
A mediados del curso pasado, tal vez la
convicción más destacada a este respecto era
que la célebre condición «social» del ser
humano (el zoon politikón
aristotélico) tenía una traducción mucho más
radical y precisa: el hombre, varón o mujer,
es ante todo un ser familiar. Lo cual
quiere decir, en la teoría, que no es
posible comprender a una persona al margen
de la familia en que se integra o, con otras
palabras y con una proyección más práctica,
que cada uno de nosotros, en todas nuestras
actividades —sociales, laborales, de
recreo…— llevamos con nosotros
nuestra propia familia. Y, por ende, que el
ambiente familiar influye de manera decisiva
en ese conjunto de actuaciones; y que para
mejorarlas es imprescindible conocer más a
fondo lo que es y cómo funciona una familia.
Este convencimiento, que algunos tal vez no
compartan por ahora, es lo que nos llevó a
dirigir el Master a un público muy amplio.
Entre otros, a quienes han comprendido: la
importancia de las relaciones familiares y
de la integración armónica de trabajo y
familia para la propia felicidad (padres y
madres de familia, principalmente); el
origen «familiar» de muchos fracasos
escolares (directivos de centros de
enseñanza, docentes, tutores…); la mejora de
la familia como uno de los remedios más
eficaces para buena parte de los desórdenes
sociales, cívicos y urbanos (orientadores
familiares, responsables de la seguridad
ciudadana, abogados, trabajadores sociales,
asesores políticos…); la salud como función
del entorno familiar y no como simple
problema del individuo aislado (pediatras,
médicos de familia, puericultores,
psicólogos y psiquiatras…); el bienestar y
equilibro familiares como factor
determinante de la rentabilidad en el
trabajo (empresarios, directores de recursos
humanos…); la oportunidad de ensanchar el
panorama profesional, incluyendo en él las
tareas de prevención y ayuda a las familias
(terapia y mediación familiar, etc.); y
otros muchos.
3. Nacimiento
El empujón para transformar mis inquietudes
en un Master universitario me lo proporcionó
un colega y amigo queridísimo, cuyo nombre
no cito porque, dado su temperamento, tal
vez eso provocaría que dejáramos de ser, si
no colegas, cosa bastante difícil con el
índice actual de desempleo, tal vez sí
amigos. Pero eso no impedirá que deja
pública constancia de mi agradecimiento.
En una de las muchas
conversaciones-discusiones que manteníamos,
me advirtió que tal vez dedicaba demasiado
tiempo y esfuerzos a tareas
extra-universitarias. Le comenté que no me
parecía que fueran extra-universitarias,
sino más bien una prolongación, con neto
alcance social, de mis propias
investigaciones, amparadas en muchos casos
por convenios con las entidades en cuestión.
Y argüí: si a un Catedrático de ingeniería
le es computado como mérito académico la
creación de una nueva patente, en la que no
expresa de forma técnica sus conocimientos,
pero sí que se sirve de ellos, ¿por qué los
cursos dirigidos a profesionales de la
enseñanza o de la orientación familiar, aun
cuando a veces no se impartieran en una
institución universitaria, habrían de
reputarse ajenos a la propia labor
académica, cuando en realidad no son sino
una derivación de esta?
Con la ecuanimidad que lo caracteriza, mi
amigo admitió el núcleo de mis argumentos,
pero con la terquedad que lo define todavía
más, apuntó que en muchos casos la
organización de esos congresos o
conferencias no estaba formalmente
anclada en la Universidad, con ayudas de los
organismos respectivos, etc. Y tenía razón.
Una de las consecuencias de ese rato de
charla, que de nuevo agradezco desde el
fondo del alma, fue el planteamiento de este
Master.
Llegados a este punto, tal vez alguno de los
presentes echará de menos una alusión
directa a las circunstancias que, en
relación a estos extremos, atraviesa la
humanidad y, en concreto, nuestro país.
Aunque pueda parecer una salida de tono, y
aunque de hecho tal vez lo sea, aclaro que,
desde mi perspectiva, que no tienen por qué
compartir los demás docentes del Master ni
tampoco quienes ahora me escuchan, el
revuelo y los cambios en torno a estas
cuestiones no pasa de ser una simple
anécdota.
No quiero decir con ello que no los
considere importantes y dignos de una
atención continua y esmerada. Mas aún, desde
hace mucho tiempo estimo que las
disfunciones familiares, por emplear el
término menos comprometido, llevan consigo
un alto coste social, económico y, sobre
todo, humano (de sufrimiento personal, a
menudo)… que, curiosamente, la sociedad se
resiste a reconocer… e incluso fomenta de
forma más o menos descarada y descarnada.
Claro que sostengo todo eso. Pero pretendo
afirmar con mucha más fuerza que el Master
no es en absoluto fruto de tales
circunstancias. Por una parte, porque se
planteó bastante antes de los cambios a que
acabo de referirme. Por otra, y más central,
porque no surge ni solo ni principalmente
para dar respuesta a esas cuestiones (aunque
sin duda las tendrá muy en cuenta), sino con
una dimensión más absoluta y universal: la
atención a la familia, con alcance
estrictamente universitario, es una tarea
digna de ser realizada al margen de
cualquier situación o hecho concreto porque
en ella, como apuntaba, se juega la
felicidad de muchas personas.
4. Universidad = amor a la verdad
Además, tal como sugerí, estimo que el
objetivo y el punto de mira de toda
actividad universitaria puede concentrarse
en una expresión muy simple: la búsqueda de
la verdad…; una búsqueda
desinteresada a la par que enardecida y
entusiasmante. Que la tarea del Alma
mater no es tanto la de intervenir de
manera directa en la marcha de la
sociedad y, mucho menos, tomar partido por
una u otra opción política (esa es función
de cada uno de sus miembros, pero no en
cuanto universitarios), sino arrojar luz
sobre todas esas cuestiones, al margen de
cualquier interés personal o de partido.
Según afirma un filósofo francés, y pienso
que sus palabras pueden aplicarse a todo el
quehacer universitario, «la filosofía se
vuelve impura tan pronto como es animada por
cualquier otro motivo que no sea la voluntad
de conocer las cosas exactamente como son y
de, conociendo la verdad, darle una
expresión adecuada». ¿Supone esto que la
Universidad debe permanecer al margen del
desarrollo de las sociedades? Exactamente lo
contrario: el que propongo es su modo propio
y más eficaz de cooperar a tal progreso.
Ahora es Josef Pieper, un filósofo alemán,
quien lo explica: «el que se asombra, y
únicamente él, es quien lleva a cabo en
forma pura aquella primaria actitud ante lo
que desde Platón se llama “theoria”,
pura captación receptiva de la realidad, no
enturbiada por las voces interruptoras del
querer» interesado; para añadir:
«de tal percepción, puramente receptiva,
nace la posibilidad de la praxis» (de la
incidencia de la Universidad en la vida
pública, en nuestro caso). Y concluye: «así,
pues, quien defiende la pureza de la teoría
y su independencia de la praxis, defiende a
la vez la posible fructificación de la
teoría y, por consiguiente, su relación con
la praxis», su influjo en la vida vivida.
Con todo, existe otro motivo más radical por
el que, personalmente, no concedo un peso
excesivo a la complejidad del momento
presente. Pienso contar con razones bien
fundadas para sostener que lo decisivo
para el buen funcionamiento de cualquier
comunidad es el temple de las personas que
la componen: de «cada una de todas», como
gustaba repetir Carlos Cardona, mi maestro.
Y como ese temple se forja sobre todo en la
familia, a ella le corresponde el
protagonismo más definitivo en la vida
humana.
Vienen aquí muy a cuento unas palabras de
nuestro siempre desconcertante don Miguel de
Unamuno, que paradójicamente señalan el
único camino adecuado para conseguir justo
aquello que parecen rechazar:
«No quieras influir en eso que llaman la
marcha de la cultura, ni en el ambiente
social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni
mucho menos en el progreso de las ideas, que
andan solas. No en el progreso de las ideas,
no, sino en el crecimiento de las almas, en
cada alma, en una sola alma y basta. Lo uno
es para vivir en la Historia; para vivir en
la eternidad lo otro. […] No quieras influir
sobre el ambiente ni [intervenir en] eso que
llaman señalar rumbos a la sociedad. Las
necesidades de cada uno son las más
universales, porque son las de todos. Coge a
cada uno, si puedes, por separado y a solas
en su camerín, e inquiétalo por dentro,
porque quien no conoció la inquietud, jamás
conocerá el descanso. Sé confesor más que
predicador. Comunícate con el alma de cada
uno y no con la colectividad».
Tras juicios tan contundentes poco cabe
añadir. Concluyo, por ello, agradeciendo a
la Universidad de Málaga, y en particular a
su Equipo de Gobierno, la aprobación de este
Master, con todo lo que ello significa
respecto al «ingreso» de la familia por la
puerta grande de la comunidad universitaria.
Al conjunto de los docentes, su
disponibilidad para alentar y arrimar el
hombro en esta tarea. A los presentes en
esta sala y a los futuros alumnos, la
confianza que nos demuestran.
Y deseo muy de veras que el desarrollo de
estos estudios contribuya a aumentar el
merecido prestigio de la Universidad que los
acoge y redunde en beneficio de nuestra
queridísima ciudad de Málaga, del resto de
los españoles y, con el paso de los años y
de la mano de quienes nos sucedan, de la
humanidad entera.
Muchas gracias.
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía
Coordinador responsable del I Master
Universitario en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com
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