I. Introducción
Precisamente porque la intención primordial de este
escrito es de carácter práctico, considero
imprescindible comenzarlo sentando algunos principios
teóricos suficientemente centrales, hondos y
fecundos… tanto para el conocimiento como para la vida.
a) Podrían ser los que siguen:
·
todo ser humano, en cualquier circunstancia en que se halle,
es una persona no solo digna, sino radicalmente singular e
irrepetible y, por lo mismo, irreemplazable;
·
por tales propiedades, que en fin de cuentas acaban por
identificarse, la única actitud adecuada ante él, más allá
del simple respeto o incluso que la reverencia y la
veneración, se encuentra constituida por el amor;
·
amar, según la conocida descripción de Aristóteles, consiste
en «querer el bien para otro en cuanto otro»;
un bien, por lo hasta ahora apuntado, también único e
irreiterable;
·
la libertad humana no queda lo bastante definida por la
posibilidad de optar entre distintos elementos —sería la
mera indiferencia, tan propia de la
modernidad—; sino que debe concebirse, al menos, como la
capacidad de auto-conducirse hacia la propia perfección o
plenitud, hacia el propio bien terminal y definitivo: en fin
de cuentas, como la facultad de auto-construirse;
·
el acto supremo de libertad, lo que de ningún modo se
encuentra determinado o «necesitado» por los propios
instintos-tendencias —que en el estado presente de
naturaleza caída inclinan con fuerza a replegarse en el yo—,
es justamente el amor en su significado más propio y cabal:
querer el bien del otro… en cuanto otro;
·
solo de esta manera, utilizando la libertad para amar a los
demás, poniéndose uno mismo entre paréntesis, consigue la
persona desarrollarse, «irse construyendo»: alcanzar la
felicidad como perfección y, derivadamente, la felicidad
como dicha; desde tal perspectiva, resulta fácil comprender
lo que enuncié en el punto anterior: en fin de cuentas, ser
libre es poder y querer —¡porque me da la
gana!— amar al otro en cuanto tal.
b) Un amor «desprendido»
Todo lo cual conduce a una conclusión, de
enormes repercusiones para la vida en familia.
Cabría asimismo enunciarla en cinco o seis frases:
·
si, como acabo de sostener, el ejercicio más propio y
perfectivo de la libertad consiste en amar,
·
a su vez, el más noble objetivo del buen amor, la
manera más sublime de querer y perseguir el bien del otro,
se concreta en respetar, promover y llevar a plenitud la
libertad de todos aquellos a quienes queremos: como repite
Kierkegaard, lo más grande que un ser humano puede realizar
por otro es, precisamente, tornarlo libre
(solo una visión depauperada y tristemente «cuantitativa» de
la libertad aceptaría sin reservas el célebre adagio que
afirma que «la libertad de uno termina donde empieza la de
los demás»; por el contrario, la libertad bien entendida se
confirma y crece solo y exclusivamente en la proporción
exacta en que facilita, provoca reafirma e incrementa la
libertad de los otros: ¡en que pasa por tales
libertades!… justo para promoverlas);
·
a su vez, el buen amor se caracteriza porque
el yo desaparece en beneficio del ser querido, mengua en
favor del tú; mientras que un amor de poca calidad (que, en
fin de cuentas puede ni siquiera ser amor, sino solo su
fachada o su perversión) permite en exceso la ingerencia
distorsionadora del propio ego, al que, a menudo de forma
inconsciente, acaba por supeditar el bien del otro e incluso
el clásicamente llamado «bien común»;
·
dentro de este contexto, en la vida de familia —como en
general, en el conjunto de nuestra existencia—, mejorar la
calidad del propio querer equivale no solo a intensificarlo
y multiplicarlo, sino a hacerlo más altruista, más
desprendido, menos dependiente de uno mismo y más
radicalmente volcado hacia el cónyuge y cada uno de los
hijos;
·
de esta suerte, nos preparamos para incrementar su libertad;
pues, silenciando o poniendo en sordina el propio yo,
podemos atender y percibir de forma más efectiva al otro
tal como es y buscar eficazmente su
bien: y, derivadamente, vamos potenciando su capacidad
de auto-construirse en la dirección marcada por su
propia y peculiar naturaleza, sin interferencias que lo
desvíen del camino hacia su particular
plenitud.
En lugar de fundamentar cada uno de estos asertos, como he
hecho otras veces, intentaré tornarlos visibles mediante
distintas aplicaciones en el seno de la familia.
II. La libertad del otro cónyuge
a) Acertar con el planteamiento justo
Con más frecuencia de la deseada,
las reflexiones personales sobre la vida en familia se
encuentras suscitadas por el comportamiento no-correcto (uso
el calificativo más suave) de uno o más hijos y por la
propia incapacidad para poner remedio a esa situación: los
padres no se preguntan qué está «pasando en casa» hasta que
alguno de los miembros de su prole se transforma en un
«problema» irresoluble, que los lleva casi a la
desesperación.
Y toda su atención e interés la dirigen, entonces, hacia «el
problema»… justo para que deje de serlo y recuperar
así la (¿superficial?) calma perdida.
Por lo común, aunque comprensible, se trata de un
planteamiento inadecuado. Confunde el punto de aplicación de
los esfuerzos. Pues, según sostiene, entre otros muchos, el
viejo Tomás de Aquino, aquello que dio origen a una
realidad, es también lo que debe mantenerla en el ser y
hacerla crecer y madurar.
En nuestro caso, si los hijos son el fruto y la consecuencia
naturales del amor mutuo de los esposos, es la calidad del
amor conyugal la que, en fin de cuentas, condiciona (aunque
no determine) el correcto despliegue de cada uno de esos
hijos… y el de la familia en su conjunto.
Aun cuando nos resistamos a admitirlo, en un muy alto
porcentaje de los casos el problema de cualquiera de los
miembros de una familia tiene su origen último en quienes
componen el matrimonio: a ellos, pues, hay que mirar con
afán de reforma, ante los «desajustes» en la familia
(también en o entre los hijos), en lugar de «echar balones
fuera», culpando al centro de enseñanza, la tele y demás
medios de comunicación, el ambiente, la sociedad, la
pandilla, el novio o la novia y un largísimo etcétera… que
solo pueden entrar en nuestro hogar en la medida en que
nosotros —los padres— lo vayamos dejando vacío: cabría
hablar, con un claro deje de metáfora, de «ósmosis» o «anti-ósmosis»
en el entorno familiar.
Con palabras más directas y dando un nuevo paso: el intento
de mejorar una familia, en cualquiera de sus esferas,
comienza siempre por establecer las condiciones y
tomar las medidas necesarias para aumentar la calidad del
amor entre los cónyuges… empezando por uno mismo. O,
si se prefiere, pues es la sola vía adecuada, en empeñarme
¡yo! en amar más y mejor a mi mujer o a mi
marido: en «obsesionarme» con ese amor, suelo decir con
consciente hipérbole, en lugar de —también ahora, como en el
caso del «hijo-problema»—esperar o incluso exigir que sean
él o ella quienes cambien… o quienes den el primer paso en
ese proceso de rectificación.
Estamos ante un recorrido de mejora casi universal: yo, mi
cónyuge, cada uno de mis hijos, los restantes componentes de
la familia, las familias más cercanas… la sociedad entera.
Por consiguiente, en el asunto concreto que nos ocupa, para
transmitir y enseñar la libertad a los hijos resulta
imprescindible que, antes —según un orden de naturaleza y en
buena parte también temporal— se aprenda a respetar y
promover la del otro miembro del matrimonio.
De lo contrario, todos los esfuerzos por educar a los hijos
(también en lo que atañe a su condición de seres
libres) resultarán vanos.
b) Un principio clave
Para poder proseguir, es menester
asentar ahora una correcta y oportuna descripción de la
persona, que oriente nuestra actitud respecto a cuantos
integran la familia.
En el presente contexto, me parece muy apropiada la que,
tras las huellas de Kierkegaard, propone Carlos Cardona,
para quien cada persona creada se configura como
alguien delante de Dios y para siempre.
En muchas ocasiones, y de manera incluso prolija, he
comentado esta descripción, de entrada tal vez
desconcertante; he puesto de relieve su fundamento, así como
el conjunto de consecuencias derivadas de tomarla
seriamente en serio.
Entre esos corolarios, el más significativo para la cuestión
que llevamos entre manos podría enunciarse diciendo que la
verdad radical de nuestro cónyuge y, más aún, de
nuestros hijos, no consiste en modo alguno en ser
nuestros, sino en su condición de
hijos de Dios.
(El sentido de pertenencia, tan desmesuradamente
desarrollado en muchos de nosotros, debe retornar al lugar
que le corresponde: tratándose de personas, ninguna,
absolutamente ninguna, podrá ser nunca propiedad
de otra.)
Lo que lleva consigo que, en todas las circunstancias, la
referencia última y decisiva en cualquier actuación con los
restantes componentes de la familia no somos
nosotros mismos, sino, precisamente, Dios: como apuntaba, la
misión de los padres respecto a nuestros hijos consiste en
desaparecer lo más posible, excepto en la medida en
que les ayudemos a orientarse hacia su destino
terminal de amor en Dios, con Quien (igual que las
restantes personas) están llamados a entablar un diálogo
eterno de conocimiento amoroso.
c) Fomentar la libertad del cónyuge
Mas, como acabo de sostener que la
mejora de la familia comienza siempre en el matrimonio, el
primer y más fundamental corolario de lo expuesto podría
sonar así: ningún esposo o esposa somos «propietarios» de
nuestro cónyuge ni, de resultas, gozamos del más mínimo
derecho para intentar re-construirlo a nuestra
imagen y semejanza.
Llevar esto a la práctica —lo sabemos por experiencia— no
resulta nada fácil. Derivada del amor propio (diverso del
sano amor de sí), en todos existe una muy clara inclinación
a asimilar a cuantos nos rodean a nuestra propia forma de
ser, pensar, querer, sentir y obrar: todo lo que se aparte
de ese modo particular y, para nosotros, el más «natural y
lógico», provoca cierto desconcierto, así como una
propensión a considerarlo equivocado o incluso éticamente
incorrecto, y a modificarlo hasta hacerlo coincidir con el
nuestro… o rechazar a esa persona.
No tiene nada de extraño, ni inicialmente es negativo:
acostumbrados a vivir de una precisa manera —de ordinario,
aquella que imperaba por tradición en nuestra familia de
origen—, implícitamente, puesto que no conocemos otro,
llegamos a estar convencidos de que ese es el
único modo adecuado de comportarse
(que no simplemente de comportarnos).
Pero nuestro esposo o esposa ha crecido en una
familia distinta, con sus propias
costumbres y (para nosotros) «manías», que también él o ella
considera como las únicas normales e incluso existentes.
Semejante disparidad, prácticamente desconocida o poco
considerada hasta el momento del matrimonio, provoca por
fuerza una cierta confusión y, de ordinario, algunas de las
actitudes que acabo de mencionar.
Los ejemplos, en la vida cotidiana, podrían multiplicarse
casi hasta el infinito. Desde el modo de comer y el de
vestir (en casa o en la calle), el de dormir (con las
ventanas cerradas o abiertas, las persianas echadas o no,
una luz tenue en el dormitorio o la oscuridad más
absoluta…), pasando por la importancia que se otorga a
determinadas actitudes —la valoración de la puntualidad, del
orden y la limpieza, la flexibilidad o el rigor en los
horarios, que uno puede considerar como virtudes y el otro
como manías o fanatismo—… hasta el valor concedido a la
«vida social» y de relación, al trabajo profesional, al
trato con Dios, etc.
Todo ello puede convertirse en un muro insalvable, ante el
que choque cualquier intento de conciliación, cuando el yo
conserva o adquiere unas dimensiones macromegálicas y se
empeña en mantener sus presuntos e indiscutibles «derechos».
O, por el contrario, servir como instrumento para la unión y
el crecimiento personal de ambos cónyuges cuando hacemos
intervenir uno de los más interesantes componentes de la paz
y la concordia entre los hombres… y con uno mismo: el
buen humor —en su más noble sentido—, que nos lleva a
reírnos de nosotros mismos y a no tomarnos demasiado en
serio. Es decir, si logramos hacer progresar el amor y
tornarlo más desprendido, disminuyendo la magnitud del
propio ego y obsesionándonos —lo repito adrede— en
amar y hacer feliz a quien hemos entregado la propia vida.
III. La libertad de los hijos
a) El «fracaso de los fracasos»
Cuanto acabo de mencionar constituye
un «entrenamiento» imprescindible para ponernos mínimamente
en condiciones de respetar y promover la legítima libertad
de cada uno de nuestros hijos. Lo cual, como de inmediato
apuntaré, es el núcleo y casi el todo de una
correcta educación.
En bastantes ocasiones he expuesto por extenso que educar
cabalmente a nuestros hijos se reduce, en fin de cuentas, a
«enseñarles a amar a los demás y poner en sordina el propio
yo». Y en muchas otras —pues en el fondo vienen a coincidir,
en cuanto se advierte que el acto más propio de la libertad
es el amor—, que la educación consiste en fomentar
progresivamente, en la mayor medida admitida en cada caso,
la libertad de quienes están a nuestro cargo.
No puedo detenerme a exponer por extenso hasta qué punto el
amor es, en definitiva, el objetivo terminal y exclusivo de
toda vida humana. Somos, cada uno de nosotros, un
ser-para-el-amor (y, más todavía, para-el-Amor); y cuanto en
nuestra vida no acabe por transformarse en amor cabal,
genuino, no solo resulta inútil, sino, en la mayoría de los
casos, perjudicial.
Ni tampoco a hacer ver (aunque algo diré un poco más tarde)
cómo, considerando la cuestión a fondo y con radicalidad, el
único sentido de la libertad humana es el amor y, por ende,
el compromiso y la entrega.
Intentaré, por tanto, explicarme dentro de los límites de
que dispongo. Volviendo del revés afirmaciones célebres de
Hegel y otros filósofos, Kierkegaard demostró cómo la
existencia de Dios no solo no es incompatible con la
libertad humana, sino que, muy al contrario, esa libertad
constituye la prueba más clara de que hay un Dios
omnipotente.
Las razones que aduce no son muy distintas a las que expuso
Tomás de Aquino, anticipándose a las objeciones de Occam. El
filósofo medieval viene a decir, con certera sencillez, que
supone mucho más poder crear realidades capaces de obrar por
sí mismas —y, en la cumbre, libremente—, que dar «vida» (¿?)
a una especie de títeres movidos única y meramente por su
Artífice.
Kierkegaard acentúa el sentido de la libertad creada, y se
apoya con eficacia en ella para mostrar la grandeza del Dios
creador. En definitiva, resume, solo el Omnipotente puede
crear seres libres. Y Cardona comenta: «Cuanto más perfecta
es una causa, tanto más autónomos son sus efectos, más les
participa su propia perfección, también causal: así, los
padres que de tal modo educan a sus hijos, que les hacen
capaces de valerse por sí mismos; así, el maestro que no
solo hace discípulos, sino maestros».
Y agrega, de inmediato, el corolario que más interesa
resaltar: «Todo defecto de causalidad genera dependencia (en
toda relación afectiva y educativa esto habría de tenerse
muy en cuenta)».
Tan en cuenta, añado yo, que hacer ¡y mantener! a los hijos
«dependientes» del padre o de la madre (o de ambos en común)
puede considerarse como el mayor fracaso en su
labor educativa.
b) Amor electivo… que engloba al amor natural
Para evitar ese descalabro, los
padres deberían tener muy presente la obligación de
trascender lo que Lewis, con una terminología no del todo
precisa, llama «afecto», hasta englobarlo, sin suprimirlo,
en un tipo de amor más noble, que el mismo autor denomina
—también de manera un tanto ambigua— «amistad».
O, con palabras más claras: incluir el amor que
naturalmente ofrendan a sus hijos por ser suyos
(basado al fin y al cabo en la semejanza, cuya referencia
final es el propio yo, y conocido técnicamente como amor
natural), en un amor más específicamente humano, fruto
por ello de un acto de libertad, que suele conocerse como
amor electivo o de dilección (eligere,
diligere), y cuyo fundamento, más allá de similitudes o
diferencias, es la bondad intrínseca y
constitutiva de aquel a quien se ama.
Todo lo cual, en definitiva, no representa sino una
concreción del principio que antes enuncié de forma
universal. Los padres, sin renunciar en absoluto al cariño
derivado de la consanguinidad con sus hijos,
han de aprender a amarlos —también y sobre todo— por su
condición de personas, o, si se prefiere, pues viene
a ser idéntico, por el hecho mucho más radical de ser
hijos de Dios.
Solo entonces el amor que les deparan cumple plenamente el
requisito impuesto por Aristóteles… de estar dirigido al
otro en cuanto otro (sin atisbos de amor
propio, aunque conservando sublimado —junto con el «afecto»
a los hijos— el amor natural de sí).
c) Principios operativos
En la práctica, por tanto, la primera tarea que se
impone a los padres (también esta vez desde el punto de
vista de naturaleza y, en muchos casos, temporal) es la de
ir enriqueciendo el amor natural a cada hijo por ser suyo
con el amor electivo derivado de su condición de persona
(hijo de Dios): perder protagonismo —como antes apuntaba— en
beneficio del amado; instaurar la primacía radical y
concluyente del tú.
Porque solo cuando aprendan a percibir sin reservas al hijo
como distinto de ellos, como persona individual e
irrepetible, con un destino exclusivo de amor en Dios y unas
vías para llegar hasta Él únicas, no intercambiables… ¡y que
nadie puede recorrer en su lugar!, estarán en condiciones de
comprender el significado genuino de la libertad de esos
hijos y, por ende, la necesidad de que sean ellos quienes,
cuanto antes, emprendan por sí mismos el itinerario que los
encaminará, con ayuda de la gracia, hasta el seno mismo de
la Trinidad Beatísima.
Situados ya en este horizonte, y sin pretensión alguna de
ser exhaustivo:
·
apuntaré, antes que nada, algunos de los medios de que
disponen los padres para instaurar el amor electivo hacia
sus hijos, para quererlos (¡elegirlos!) libremente por su
valor intrínseco de personas o, por acudir a la fórmula más
típica y significativa, en cuanto otros;
·
y, en segundo lugar, con base en ese amor desprendido,
esbozaré la manera de enseñarles a ser libres,
respetando desde muy pronto la autonomía de cada uno
y promoviendo activamente el ejercicio de su libertad.
i) En relación con el primer
aspecto, el principio rector podría concretarse, mediante
una expresión ya utilizada, recordando que los padres no
tienen ningún derecho —absolutamente ninguno—
a pretender modelar a los hijos que Dios les ha encomendado
a imagen y semejanza de ellos mismos (de los padres, como es
obvio).
Para lo cual, el primer paso —no siempre fácil de dar y
necesitado de una constante actualización— es convencerse
teórica y vitalmente de que los hijos no les
pertenecen (no son de su propiedad); aprender
a quererlos en cierta manera «como ajenos» y a preservar y
promocionar el modo de ser que Dios les ha otorgado al
crearlos; y descubrir y avivar las sendas mediante las
cuales cumplirán el proceso de retorno que los conducirá
hasta su Origen.
En bastantes ocasiones, semejante aprendizaje lleva consigo
un cierto distanciamiento, que podría cristalizar en lo que
en castellano llamamos «andarse con contemplaciones».
Referido sobre todo al varón —aunque no de manera
exclusiva—, las horas que un padre sepa pasar cada día
contemplando al hijo recién nacido y forzándose a
advertirlo y amarlo como el hijo de Dios que
en fin de cuentas es, están muy lejos de
resultar ociosas. Al contrario, probablemente constituyen la
más activa y eficaz operación que en tales momentos pueda
realizar: la que lo capacita para, más adelante, ayudar a
ese hijo a auto-transportarse hacia el destino de plenitud
en Dios al que, en el mismo instante en que es concebido,
viene llamado cada ser humano.
Podría parecer una pérdida de tiempo. Pero ese mirar-amando
o amar-mirando (la theoría y
la contemplatio de los
clásicos, que aúnan entendimiento y voluntad amorosa), es
requisito casi ineludible para perfilar los caminos
de adelantamiento de cada hijo y diferenciarlos de
los del resto de los hermanos y, sobre todo, de los propios
del padre y de la madre.
Aquellas expresiones y aquellos anhelos tan frecuentes hace
algunos lustros —«que mi hijo sea lo que yo no pude ser» o,
al contrario, «que no pase por lo que yo tuve que pasar»—,
conservan hoy buena parte de su vigencia y manifiestan uno
de los males más de fondo contra la autonomía de la prole, y
uno de los mayores obstáculos para el despliegue y sano
ejercicio de su libertad.
¡No! Lo que cada uno de nosotros no llegó a ser, o lo que
padeció o dejó de padecer en el pasado, no tienen nada
que decir a la hora de orientar a nuestros hijos: poniendo
plenamente en segundo plano nuestro yo, hemos de dirigir
todos nuestros recursos a ayudarle a que sea lo que él
está destinado a ser, a que no sufra lo no debe sufrir ¡y a
que se enfrente y supere las contrariedades que sí debe
encarar!, aunque ello comporte cierta dosis de dolor… en
lugar de evitárselas a toda costa y convertirlo en una
especie de pelele, incapaz de cualquier esfuerzo o de
aguantar el menor inconveniente que se oponga, no ya a sus
derechos, sino a su simple capricho.
·
Recortado sobre idéntico horizonte, la promoción del bien de
nuestros hijos impone un nuevo principio más particular y
operativo, nada sencillo de cumplir, pero de notables
repercusiones en la existencia cotidiana y en el éxito o
fracaso futuro.
Cabría exponerlo así: las normas que rigen la convivencia en
un hogar han de ser muy pocas, muy
fundamentales, razonables y razonadas, basadas —como es
obvio— en el bien, y en principio inamovibles… a no ser que
cambien radicalmente las circunstancias.
(Y en todo lo restante, ¡viva la libertad! Nos guste o no la
opción por la que se decidan, hemos no solo de respetarla,
sino fomentarla, ayudando a establecer, en contra a veces de
nuestra personal inclinación, esa diferencia radical entre
cada uno de nuestros hijos —y de ellos con nosotros—, que es
nota ineludible de la condición de persona ¡y requisito
irrenunciable para su desarrollo como seres libres!).
Establecidas con estos criterios, esas «reglas de juego» han
de (intentar) hacerse cumplir siempre a la primera, sin
«quemarse» repitiendo órdenes cuya observancia los críos ya
saben que no va a serles exigida (¡cuidado, en este extremo,
las madres!); y nunca deberían reflejar el
arbitrio, las aficiones, las manías o el estado de ánimo de
los padres, sino —como acabo de señalar— un bien real y
objetivo, que contribuya a la mejora eficaz de los hijos.
Es decir, que les enseñe a amar más y mejor, a estar más
pendientes del bien de los demás que del propio (¡ojo,
ahora, a prodigar los premios, sobre todo de orden material,
que incitan naturalmente al egoísmo!), y, en fin de cuentas,
a dilatar las fronteras de su corazón, de modo que al
término de su vida «les quepa» más Dios en su alma y sean,
en consecuencia, más felices.
(En mi opinión, la todavía demasiado vigente doctrina del
paso por este mundo como prueba para advertir si
merecemos el otro, ha de ser completada, o sustituida, por
la consideración de la vida presente como la gran
oportunidad de acrecer nuestra capacidad de amar,
con vistas al objetivo recién apuntado. En este mismo
sentido se pronuncia Agustín de Hipona:
«Tal es nuestra vida: ejercitarnos en el deseo… ¿Qué haces,
pues, en esta vida, si aún no has conseguido el premio?
Dios, difiriendo su promesa, ensancha el deseo; con el
deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz de
sus dones. Cuando decimos “Dios”, ¿qué es lo que decimos?
Esta sola sílaba es todo lo que esperamos. Ensanchemos,
pues, nuestro corazón, para que cuando venga nos llene»).
ii) En los dominios más propios de la
libertad —de ningún modo independientes de lo antes
esbozado—, también cabe establecer una suerte de principio
rector de gran alcance, en particular para los primeros años
de la vida de nuestros hijos: todo lo que
pueda realizar cualquiera de ellos por sí mismo, a tenor de
su edad y capacidades, hemos de procurar que sea él
quien lo haga.
Excepto en casos en verdad excepcionales, ni por una
compasión mal entendida, ni por temor a que lo lleve a cabo
incorrectamente, ni por ahorrarnos el tiempo o la
complicación de explicarle cómo hacerlo y apoyar y seguir su
cumplimiento… hemos de sustituirlos en semejante tarea.
De nuevo tras las huellas de Kierkegaard, conviene no
olvidar lo que antes califiqué como el «fracaso de los
fracasos» en educación: la dependencia prolongada o
intensificada más allá de lo absolutamente imprescindible.
O, expresado en positivo: debemos considerar muy a menudo
que el fin de toda labor formativa es poner cuanto
antes al educando en condiciones de valerse por sí
mismo, ejercitando su libertad y asumiendo la
responsabilidad correspondiente.
Aun cuando casi siempre resulte más rápido y cómodo «hacer
algo uno mismo» que «hacer hacer a los demás», si optamos
por el intervencionismo a ultranza, negamos a nuestros hijos
la satisfacción que provoca el verse capaces de llevar a
término determinadas actividades, les hacemos sentirse
inútiles y poco valorados, y, más que nada, impedimos el
crecimiento de su libertad y favorecemos la más plena de las
irresponsabilidades.
Por otro lado, explicitando lo antes expuesto, hemos de
procurar que el criterio que mueva sus actuaciones sea solo
o principalmente el bien objetivo (o, mejor, el bien-en-sí…
o del otro en cuanto otro), que es lo único capaz de forjar
una voluntad recia y cabal y, de resultas, una libertad
auténtica.
·
Obrando de este modo, se evita, en primer término, el
«comprar» la bondad de sus operaciones mediante recompensas
que, como ya apunté, refuerzan el amor de sí y llegan a
transformarlo en amor propio, en egoísmo…, pues, al término,
los hijos se acostumbran a obrar «bien» no tanto por
tratarse de algo bueno, sino porque a ellos les
reporta un beneficio (sin advertirlo, e incluso pretendiendo
lo contrario, se les está enseñando a pensar en sí
mismos y a andar en busca del propio bien).
·
Además, como sugería, el exceso de «premios (o castigos)»
neutraliza el (ejercicio y el) despliegue de la voluntad, ya
que esta se ejercita exclusivamente cuando su
móvil a parte obiecti
es lo bueno en cuanto tal, y no el animalizante
bien-para-mí, situado en los dominios de la sensibilidad, y
cuya persecución a ultranza podría desembocar incluso en la
neurosis.
(Dentro de este juego del do ut
des, no debería extrañar la afirmación —solo levemente
hiperbólica— de que algunos chicos de hoy, por los motivos
citados o por exceso de protección, lleguen en ocasiones a
los quince o dieciséis años ¡sin haber realizado ni un solo
auténtico acto de voluntad, de búsqueda del bien-en-sí y por
su razón de bien!: ¿cómo serán, entonces, capaces de
contrarrestar el influjo del ambiente?).
·
En la misma línea, cuando el principal o incluso el único
criterio de actuación es lo bueno… ¡y porque es bueno!,
«vacunamos» a nuestros hijos —en la medida de lo posible—
frente a influjos nocivos.
Por eso, aportando las razones oportunas y adecuadas a su
edad, en todos los hogares debería hacerse comprender a los
críos, desde muy pequeños, que el «todos lo
hacen» no goza de ningún peso en esa casa: «si es bueno —se
les podría explicar— tienes todas mis bendiciones para
llevarlo a cabo, aun cuando ningún compañero o ninguna
persona en el mundo estuviera dispuesto a realizarlo»; «por
el contrario —cabría añadir—, si se trata de algo malo,
aunque todos los habitantes de la tierra (incluidos mamá y
yo) lo hiciéramos a diario, tú no deberías en modo
alguno ponerlo por obra».
Cuando estas afirmaciones se corroboran con el propio
ejemplo, su eficacia es muy notable. ¡Solo quienes lo hemos
probado podemos dar fe de hasta qué punto el hábito de
referirse a lo-bueno-en-sí (o del otro en cuanto otro,
poniendo entre paréntesis el propio yo: mis gustos,
mis apetencias, mi gana o mi desgana,
mis intereses, mi provecho…) ayuda a
solucionar buena parte de las actitudes incorrectas
derivadas del gregarismo, particularmente en la
adolescencia!
·
Por fin, para no alargarme, enseñar a perseguir el bien en
cuanto tal impide subordinar la vida de los hijos a los
caprichos, los estados de ánimo, las ambiciones… o las
frustraciones de sus padres, que modifican constantemente
los criterios de comportamiento en función de sí
mismos y provocan en los críos recelo,
desobediencia, inseguridad, desconcierto, ¡relativismo! y,
al cabo, ausencia de libertad.
IV. Medir el amor a la libertad
Es obvio que la pretensión de enumerar la multitud de casos
en que tendría aplicación lo expuesto, resulta más que
absurda. Por una parte, porque las distintas situaciones que
presenta una vida son inabarcables. Por otra, incluso de más
envergadura, porque lo enunciado debe «adaptarse
siempre» a las circunstancias de la persona, el
lugar, el momento y demás condiciones, que exigen una clara
intervención de la prudencia. Y esta aconsejará en ocasiones
un estricto atenerse a las normas esbozadas; en otras, hacer
más bien la vista gorda… y, a veces, incluso actuar de forma
radicalmente opuesta a lo que sugieren.
a) «Se me van de las manos»
Por eso, ya para ir concluyendo
quisiera proponer una especie de test, que —con las
limitaciones de todos ellos, aumentadas tal vez en este
caso— ayude a medir el amor de los padres a la
libertad de los hijos y, por ende, el esfuerzo real que
ponen para que esta crezca de manera efectiva.
Con cierto sentido del humor y toda la comprensión posible,
cabría afirmar que un buen instrumento para establecer la
cuantía y calidad de ese amor es el número de veces, las
distintas coyunturas y el tono en que los padres afirman que
sus hijos «se les van».
Anticipo, siempre sin dramatismos, que en la mayoría de los
casos, expresiones de ese tipo indican una falta de
buen amor hacia la prole, un descomedido
sentido de propiedad, y, como consecuencia, un no muy
desarrollado afán de ayudarles a que sean, del todo y cuanto
antes, libres, autónomos.
Por exigencias de espacio y tiempo, simplemente apuntaré
tres situaciones que estimo paradigmáticas.
La primera es un claro anuncio de la adolescencia y cuaja a
menudo, en bocas de madres casi desesperadas, en
exclamaciones lastimeras del tipo: «¡es que se me
están yendo de las manos!».
El mismo modo de enunciar lo que ocurre, con el énfasis
claramente volcado sobre el «me», resulta altamente
sugerente en el contexto de defensa del amor desprendido
en que me vengo moviendo.
Me resisto, con todo, a comentarlo, para abordar con más
detalle lo que pudiera ser el núcleo de la cuestión, que
suele dar la cara un poco más adelante.
b) ¡Adolescentes!
Desde hace algunos años suelo
repetir, con un convencimiento cada vez más arraigado, que
la adolescencia «está pensada», en primer término, para los
padres. Que son estos los que realmente han de crecer si
quieren superar esa etapa del desarrollo de sus hijos con un
mínimo de dignidad y gallardía.
Las situaciones que se presentan son tan distintas como los
propios adolescentes. Pero «hasta en las mejores familias»
—según la expresión al uso—, en aquellas en que los amigos
han alabado el buen hacer educativo de los padres hasta el
punto de que estos pueden llegar a creérselo, ocurre con
frecuencia que el chico o la chica «modelos» comienzan a
salirse de madre, a adoptar actitudes inconvenientes o,
incluso, a ofender de modo más o menos visible a Dios.
