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ENGENDRAR EN LA BELLEZA SEGÚN EL ALMA Y SEGÚN EL CUERPO (II) (Tomás Melendo Granados)

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Engendrar en la belleza según el cuerpo y el alma  (II)

  Entender la maravilla que significa el engendrar en la carne gracias al espíritu o, con otras palabras, el «dar lugar» a un espíritu, desde el propio espíritu, a través de la carne.

 

Por Tomás Melendo Granados *
Arvo Net, 01.08.2006

 Continuación

       · … y algunos amagos de solución

          Apunto tan solo, por el momento.

 ·   Frente a lo que afirman algunos estudiosos, intentando llevar hasta sus últimas consecuencias la verdad hoy palpable del carácter sexuado de bastantes de las manifestaciones espirituales del sujeto humano, no es el alma el origen de la masculinidad o feminidad del hombre; ni, mucho menos, si no yerro, puede defenderse que es ella —en y por sí misma masculina o femenina— la que aporta la sexuación al entero compuesto.

 ·   Estimo metafísicamente insostenible que un espíritu sea sexuado por sí mismo (la corrección necesaria: el alma humana es un espíritu imperfecto, que solo comienza a ser en el cuerpo al que anima: la consideración del alma al margen del cuerpo, y viceversa, resulta siempre abstracta, sobre todo si se apunta de algún modo —de naturaleza o cronológico— a un «antes» de la instauración de la persona toda).

 El origen metafísico de la sexualidad de la persona humana se encuentra en la materia que el alma informa… igual que está en la misma materia (en cuanto cuantificada… a causa de la forma) el principio de su individuación[13].

 Lo que no quita que, en los dos casos, lo que resulta en fin de cuentas individual y masculino o femenino sea toda la persona y, si queremos hilar más fino, el acto personal de ser… que «pone» radicalmente (y no solo actualiza) al alma y, a través de ella, al cuerpo.

 ·                     Por su parte, el alma resulta individuada-y-sexuada al «adecuarse» a la materia a la que informa, que la contrae; y de esta suerte, individuada y sexuada, puede recibir en sí misma el acto de ser que, individuado y sexuado, a su vez participa al cuerpo… haciéndolo ser personal, individual… y sexuado. Todo ello, no hay que decirlo, simultáneamente (esta especie de paradoja de dos principios que actúan recíprocamente constituye, en mi opinión, la clave y la mayor causa de dificultad de los planteamientos metafísicos estrictos: parece que existe contradicción en ese «causarse mutuo» de los co-principios… porque no se adopta el punto de vista correcto y, a menudo, porque se exige una claridad y distinción que la realidad no nos ofrece).            

·                     De modo que, en fin de cuentas, el fundamento real y actual (en su sentido más fuerte, y no el simple «principio» o «condición»[14]) de la individualidad y de la masculinidad o feminidad de cualquier persona humana es el propio acto de ser, acto de todos los actos y perfección de todas las perfecciones… en virtud del cual todo lo que es y realiza un varón es masculino y todo lo que es y realiza una mujer es femenino (con mayor o menor intensidad en la medida en que más o menos hondamente afecte al núcleo de la persona misma, emparentado o constituido por el ser).

·                     Tal como lo veo, el problema de la «sexuación» resulta análogo al de la individuación (análogo, que quiere decir no idéntico, sino a la par similar… ¡y radicalmente distinto!). Ya que, en cierto modo, la sexualidad constituye una prolongación o, mejor, una intensificación de la individualidad de los seres vivos.   

Pienso que podría resumirse del siguiente modo. En la individuación rectamente entendida de las realidades corpóreas, el principio o condición es la materia. Pero tanto o más que ella interviene la forma, que hace surgir en el compuesto, como «primer accidente», la cantidad y, con ella, una individualidad que admite multitud de grados: desde el mínimo de lo inerte, con una casi nula organización interna y muy poca distinción del entorno, hasta la de los animales superiores, que constituyen auténticos organismos, en los que cada «parte» influye en las otras (indivisum in se) y que se diferencian de manera bastante nítida de los demás individuos de su especie y, más aún, de las restantes (ab aliis verodivisum)[15].

 En este sentido, cabe perfectamente concluir que la intensidad de la individualidad de cada ente corpóreo —inerte o vivo— deriva en fin de cuentas de la categoría de su propia forma. Y que semejante individualidad alcanza un nivel muy superior, casi un salto cualitativo —¡de ahí la analogía!—, en las realidades sexuadas.

Pues, aunque no estemos ante una ley matemática y sin excepciones, la presencia del sexo —¡en lo finito!— es claro índice de superioridad o categoría entitativa y, por ende, de individualidad.

De hecho solo encontramos reproducción asexual en formas poco desarrolladas de vida: bacterias, algas, hongos y algunos invertebrados.

 Por el contrario, el sexo trae consigo mayor individualidad; es decir, mayor interdependencia interna y una nueva y más rica relación con el mundo: pues para el animal sexuado, el mundo no es ya algo distinto pero homogéneo, en parte peligroso y en parte acogedor y comestible; sino también el lugar que contiene otros seres —los del sexo complementario, tomados en general, no este o aquel— especialmente relacionados con él.

Cuando se trata del hombre, el sexo se eleva hasta la categoría de sexualidad. Podría esto expresarse diciendo que el ser humano es el más sexual —por ejemplo, las mujeres no atraviesan momentos puntuales de celo, sino que son receptivas durante todo el ciclo reproductivo— y, ampliando la perspectiva, y puesto que todos estos caracteres se encuentran en cierto modo ligados, el más social, el más lleno de aspiraciones, el más abierto e inteligente…

Con otras palabras, que van a la raíz del asunto: cuando el alma es la de una realidad destinada al amor y, por tanto, a la fusión recíproca constitutiva de una nueva unidad, la individuación «pasa» necesariamente por una diversificación «previa» (orden de naturaleza), que hace a las personas corpóreas, en todos sus elementos, complementaria y eminentemente sexuadas: es decir, aptas para realizar la mutua unión amorosa, pero no ya con cualquier persona del sexo complementario, sino, en la medida en que la sexualidad madura, con una sola persona, elegida de por vida como término del propio amor[16].

Aquí, la categoría superior de la persona se manifiesta como máxima individuación… también de las dimensiones sexuadas y sexuales.

Como expone Cardona, «Esa peculiaridad del hombre en relación a cualquier otra naturaleza corpórea, hace de la persona, de cualquier hombre, algo muy superior a un simple individuo de una naturaleza común, donde la especie es superior al individuo, donde el individuo —por la fuerza irresistible de su instinto— está al servicio de la especie; y esta, al servicio de la ecología cósmica. Esta superioridad de la persona proviene justamente de que su ser le es dado directamente por Dios, y no es una parte del ser material del cosmos. De ahí se origina también la directa relación que le vincula a Dios. La relación a Dios en la criatura sigue a su efectiva creación. Así, la relación —de efecto a Causa— que cada individuo material dice a Dios es solo una parte de la relación que el universo material dice a Dios, en cuanto “todo” causado por Él. En cambio, la relación que la persona dice a Dios es una relación propia, que sigue a su creación directa y singular. Por eso la persona humana es intrínsecamente religiosa, tiene directa relación con Dios, por su propio acto de ser personal, como a su propio Origen y como a su propio Fin»[17].

·                          Con consecuencias      

          Estimo que, en su voluntario esquematismo, cuanto acabo de exponer da razón de bastantes de los fenómenos que observamos en el varón y la mujer, así como de afirmaciones fundadas de los mejores entre los filósofos.

Por ejemplo, de nuevo con palabras de Prieto Solana, que «el simple hecho de dejar el cuerpo, para el cristianismo, no da la beatitud al alma, sino que es fuente de infelicidad, porque comporta la imperfección del ser humano»[18].

Pero también ahora con una corrección, que juzgo de gran interés, aunque no pueda sino apuntar.

·                     Realmente, cuando el término «ser» se toma en su sentido más propio, como acto de ser (actus essendi), este no resulta intrínsecamente afectado por la muerte del hombre, puesto que, como hemos visto, es el mismo ser el que da vida al alma y al cuerpo (y ese mismo ser sigue haciendo subsistir al alma separada).

·                     La que propiamente resulta mermada, y esto no es en absoluto indiferente para la persona como tal, es la esencia o naturaleza del individuo muerto: y, por estar incompleta la esencia, no puede hablarse de plenitud entitativa del sujeto; a su vez, esa misma esencia, en cuanto principio de operaciones o naturaleza, explica que el obrar de tal persona, al margen de una intervención extraordinaria de la gracia, no alcance su plenitud, que solo advendrá —en sentido estricto— con la resurrección del cuerpo… con la que también se incrementará la correspondiente felicidad.

Enviado por Arvo - 03/08/2006 ir arriba

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