1. La familia, ámbito primordial de realización humana.
En los minutos que siguen me gustaría realizar no tanto
una Presentación del Master en Ciencias para la
Familia, que tuvo ya lugar hace algunas semanas, sino una
Introducción al mismo.
Advierto antes, sobre todo en atención a los alumnos, que
puedo y suelo ser mucho más inteligible —inteligible sin
más, me atrevería a decir—, con solo disponer del tiempo
necesario. No vaya a ser que, después de esta sesión
inicial, siguiendo las huellas que proponen algunos centros
comerciales, no queden satisfechos, desalojen la sala… y
pidan que se les devuelva su dinero
Para intentar corregir el mal cuerpo que esta observación
haya podido producir, voy a comenzar, como hago muy a
menudo, contando una anécdota. El lunes pasado estaba en el
Club Financiero de Madrid dando una conferencia a un grupo
de empresarios bastante selecto, bastante internacional y,
sobre todo, bastante atípico. Lo suficientemente atípico
para que, justo como empresarios —pues era y es lo único que
los une—, me hubieran pedido que les hablara sobre el amor
conyugal.
Al terminar la exposición, un mexicano inició algo que
estaba a caballo entre una pregunta y una reflexión pública:
—
«Si
no he entendido mal, y aunque no lo hayas dicho
expresamente, tengo la impresión de que la calidad del amor
entre los esposos no se juega solo dentro del matrimonio.
Que si uno quiere amar de veras tiene que esforzarse por
mejorar también en los restantes ámbitos de su actividad».
Ahí parecía que quedaba todo, pero una especie de intuición
me llevó a aguantar el tipo y permanecer en silencio. Y,
efectivamente, prosiguió, como pensando en voz alta:
—
«Solo
si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer,
pues tendré mucho más que entregarle cada vez que me
entregue a ella».
Todavía resistí la tentación de intervenir, y sigo
alegrándome de no haberlo hecho.
—
«Pero,
además —dijo—, presiento que si ese perfeccionarme no lo
encamino a la entrega a mi mujer, en el fondo lo estoy
despilfarrando. Y me parece —concluyó— que eso tiene una
cierta razón de deber: cuanto mejor me voy haciendo, más
obligado estoy a darme a ella y a mis hijos».
En ese instante el silencio fue mucho más largo, porque
pienso que, ni por él mismo ni por los que le estaban oyendo
—todos volcados en cuerpo y alma en los negocios—, se
atrevía a sacar la conclusión inevitable. Pero lo hizo:
—
«Y
eso quiere decir, si no me equivoco, que mi verdadera y más
radical realización no la encuentro en la empresa, sino
precisamente en mi familia».
2. Primer Master universitario en Ciencias para la Familia.
Además de agudo, me pareció tremendamente audaz. Sabía
lo que se estaba jugando. Pero en fin de cuentas, sin que
entonces yo cayera en ello y sin que él supiera de la
existencia de este Master, me estaba ofreciendo en bandeja
lo que considero como su quintaesencia o columna vertebral.
En efecto, desde el punto de vista que me corresponde, la
originalidad de los estudios que hoy iniciamos deriva de una
modificación profunda en las relaciones entre familia y
persona y, por consiguiente, en el modo de entender, entre
otras cosas, la función de la familia respecto al ser
humano.
Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva, la
necesidad de la familia se ha explicado poniendo el énfasis
en la múltiple y palmaria precariedad del hombre. Por
ejemplo, en lo que atañe a la mera supervivencia: mientras
los animales nacen con una dotación instintiva que les
permite manejarse desde muy pronto por sí mismos —venía a
decirse—, el niño, abandonado a sus propios recursos,
perecería inevitablemente. O, atendiendo a razones de corte
psicológico, se insistía en la necesidad ineludible de
superar la soledad, de distribuir el trabajo o los ámbitos
del saber entre varios para lograr una mayor eficacia, y
razones por el estilo.
Todo esto es cierto, pero me parece que no alcanza el núcleo
de la cuestión. Si desde antiguo se viene diciendo que la
persona es lo más perfecto que existe en la naturaleza; si
hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar (aunque a
veces no se respete) su dignidad y su grandeza… ¿no resulta
un poco extraño que los animales, normalmente considerados
inferiores al hombre, no necesiten familia, mientras que al
hombre le sea absolutamente imprescindible solo o
principalmente en función de su precariedad, de su
inferioridad respecto a ellos?
El cambio radical que pretendo introducir, y que a lo largo
del Master estudiaremos con detenimiento, es que la persona
—también las superiores a las humanas, supuesto que las
haya— requiere de la familia justamente en virtud de su
eminencia, de su valía, de lo que en términos metafísicos
llamaría excedencia en el ser.
Mi colega queridísimo, el Doctor Falgueras, hablaría tal vez
del carácter
«donal»
de la persona, de que la persona es o está llamada al don, a
la entrega. En la misma línea, la describí hace tiempo como
principio y término de amor, explicando expresamente que el
acto en que culmina el amor es justo ese: el de entregarse.
Los seres inferiores, cabría apuntar, a causa de su misma
escasez de realidad, actúan de forma casi exclusiva para
asegurarse la propia pervivencia y la de su especie. Porque
tienen poco ser, diría, tienen que dirigir toda su actividad
a conservarlo, a protegerlo: se cierran en sí mismos o en su
especie en cuanto suya. A la persona, por el contrario,
hablando de modo un tanto metafórico, justo por ser persona
y por la nobleza que ello implica,
«le
sobra ser»,
y de ahí que su operación más propia, precisamente en
cuanto persona —y aquí ya no hay ni resto de metáfora—
sea justo la de darse, la de ser o convertirse en
«don»,
por utilizar de nuevo la terminología del Profesor
Falgueras; o, en mi propia jerga, la de amar. (Y de ahí, lo
digo entre paréntesis, que solo cuando ama en serio, cuando
se da sin tasa —«la
medida del amor es amar sin medida»—,
el ser humano puede alcanzar la felicidad).
3. El porqué de la familia.
En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y también
lo tenía al unir esa exigencia de amor y entrega con la
familia. Fíjense en que para que alguien pueda darse de
verdad, completamente, es menester de otra realidad capaz y
dispuesta a recibirlo o, mejor, a aceptarlo. Y eso, entre
los seres humanos, sólo puede ser otro alguien, una persona.
Más de una vez, hablando del regalo, he explicado que, a
pesar de la conciencia que solemos tener de nuestra pequeñez
e incluso a veces de nuestra ruindad, es tanta la grandeza
de nuestra condición de personas que nada resulta digno de
sernos regalado… excepto otra persona. Cualquier otra
realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa,
se demuestra bastante escasa, muy poca cosa, para acoger la
magnitud sublime aparejada a la condición personal: ni puede
ser
«vehículo»
de mi persona, ni está a la altura de aquella otra persona a
la que pretendo entregarme. De ahí que, con total
independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su
función en la medida en que yo me comprometo —estoy como
«integrado»—
en él. («¿Regalo,
don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me
quiero dar»,
escribió magistralmente Salinas).
Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona tiene
que estar dispuesta a acogerme y de manera incondicional: de
lo contrario, mi entrega quedaría en una mera ilusión, en
una finta, en una especie de aborto. Si nadie me acepta, por
más que yo me empeñe, resulta imposible que me entregue.
Pues bien, el ámbito natural de la acogida sin reservas, por
el mero hecho de ser personas, es justo la familia: la
familia en que se nace o la que se crea. En cualquier otra
situación, a la hora de aspirar a un empleo, pongo por caso,
resulta legítimo y del todo justo que se tengan en cuenta
determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme
por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad
(el igualitarismo, que hoy muchas veces intenta imponerse
fraudulentamente con el pretexto de evitar la
«discriminación»,
sería aquí lo radicalmente injusto). Por el contrario, en el
caso de una familia cabal y genuina, para aceptarme se tiene
en cuenta, sí, mi condición de persona, y además… mi
condición de persona. Y nada más.
Por eso cabe afirmar, aunque suene un tanto insólito, que,
en el sentido amplio y profundo de la expresión —y hablando
en términos generales—, sin familia no puede haber persona
o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Pero
esto, me gustaría que quedara claro, no primaria ni
principalmente a causa de carencia alguna, sino al
contrario, en virtud de nuestra propia excedencia, que
«nos
obliga»
a entregarnos… so pena de quedar frustrados.
Estimo que esta idea, esta suerte de inversión de
perspectivas (que no niega la verdad del punto de vista
complementario), tiene más repercusiones de lo que de
entrada solemos suponer.
Por ejemplo, en el ámbito doméstico, lleva consigo el que la
familia no sea una institución
«inventada»
para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos…);
sino que, al contrario, como bien advirtió el empresario al
que vengo aludiendo, cuanto más perfección va alcanzando un
ser humano, más necesidad tiene de la familia, justamente
para poder crecer como persona, dándose y siendo aceptado:
amando… con la guardia baja, sin necesidad de «demostrar»
nada para ser querido.
O hablando más en general, esta forma de encararse y
comprender a la persona repercute en el modo de legislar, en
la política, en el trabajo… Solo si se tiene en cuenta la
grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse
las condiciones para que este se desarrolle adecuadamente y,
como consecuencia, logre ser feliz.
4. Cuando la teoría se torna vida… y viceversa.
A menudo se oye, en tono un tanto agresivo, que el
problema del hombre de hoy es el orgullo de querer ser como
Dios. No niego que en algunos casos pueda haber algo de
razón en ese planteamiento. Pero estimo que es más honda la
afirmación opuesta: el gran
handicap
del hombre contemporáneo es que no tiene conciencia de su
propia valía y se trata y trata a los otros de un modo
absurdamente infrahumano.
El viejo Schelling, en cuyo conocimiento me inició el
Profesor Falgueras, afirmaba sin dudar: «el hombre se torna
más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su
propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la
conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá
inmediatamente a ser lo que debe; respetarlo teóricamente y
el respeto práctico será una consecuencia inmediata». Para
concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para
devenirlo también en la práctica».
¿Exageración de un joven escritor? Tal vez… si el conocer
se toma en la acepción racionalista y aséptica, ajena a
la vida vivida, a que nos acostumbraron los racionalismos
hoy ya un tanto trasnochados. Pero no, en absoluto, si lo
entendemos, sin ir más lejos, al modo de Kierkegaard, cuando
sostiene que algo no llega a saberse (repito, simplemente a
saberse) hasta que uno consigue hacerlo vida de la
propia vida.
Ahora bien, el modelo que rige buena parte de las
Constituciones de los sedicentes países desarrollados de
nuestro entorno resulta —y lo digo sin ningún afán polémico
y con el más exquisito de los respetos— una suerte de
mini-hombre, de persona reducida, casi contrahecha.
Sé en el berenjenal en que me estoy metiendo. Pero como
filósofo —amante apasionado del saber, aunque no sabio—, me
importa bastante poco lo políticamente correcto o
incorrecto; no tengo miedo alguno a la soledad cuando estoy
convencido de ser cierto lo que afirmo, como tampoco a
cambiar de postura, incluso radicalmente, en cuanto
advirtiera que estaba en el error; y mi único interés, el
que pienso que me legitima socialmente y justifica el sueldo
que cobro, es el de hacer partícipes a los demás, en la
medida en que pueda ayudarles, de lo que voy descubriendo en
mis reflexiones: el célebre contemplata aliis tradere
de los clásicos.
Por eso afirmo que con más frecuencia de la deseada, al
hombre de hoy se le niegan justo las características que
definen la grandeza de su humanidad. Por ejemplo, la
capacidad de conocer, de manera imperfecta, sin duda, pero
real.
Quizá no existe nada que traicione más radicalmente la
fuente en que dice inspirarse y pretende encarnar que una
considerable mayoría de las democracias actuales. Una
democracia auténtica tiene como base, junto con el
reconocimiento de la limitación del entendimiento humano, y
mucho más fuerte que él, la convicción de que la realidad es
cognoscible. Por eso se basa en el diálogo auténtico,
genuino, de unos ciudadanos persuadidos de que con la suma
de las aportaciones de muchos podrán llegar a descubrir lo
que esa realidad efectivamente es y, por tanto, el
comportamiento que reclama.
Buena porción de las democracias actuales, por el contrario,
presentan como correlato ineludible el relativismo
escéptico, la casi contradictoria convicción de que la
verdad no puede conocerse y, como consecuencia, la apelación
al simple número y, con él, —mientras no se corrija el
planteamiento, que puede y debe corregirse— el más tiránico
y depauperado de los totalitarismos.
Y podría poner muchos más ejemplos de lo que llamé modelo de
mini-persona: apenas se concibe que el hombre actual pueda
amar a fondo, con un compromiso de por vida, jugándose a
cara o cruz, a una sola carta, como Marañón solía repetir,
el porvenir del propio corazón (de ahí el avance de la
admisión legal del divorcio, que impide casarse de
por vida); o que sea capaz de dar sentido al dolor, no por
masoquismo, sino porque el dolor es parte integrante de la
vida del hombre, y, cuando se rechaza visceral y
obsesivamente, junto con él se suprime la propia vida
humana, cuyo núcleo más noble lo constituye la capacidad de
amar… (en el estado actual, el sufrimiento es parte
ineludible del amor: negado a ultranza el «derecho» a
padecer, se invalida simultáneamente la posibilidad de amar
de veras).
5. Conclusión.
No sigo porque el tiempo se echa encima. Quiero dejar
claras, no obstante, tres de mis más arraigadas
convicciones.
a) La primera, mi absoluta fe en el ser
humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y de
superarse a sí mismo, cuando fuere necesario. Estimo que no
confundo el diagnóstico con la terapia. Como la filosofía,
el diagnóstico no es nunca optimista o pesimista, ni debería
ser interesante o despreciable o lucrativo o desdeñable…
sino solo verdadero o falso. Mucho mejor moverse dentro de
estos términos. ¡Qué de daños traería consigo el «optimismo»
de diagnosticar y tratar como simple cefalea un tumor
cerebral maligno!
b) En segundo término, que, en efecto, y a
pesar de lo que pudiera parecer, el hombre actual necesita
de manera perentoria, advertir su propia excelsitud y actuar
de acuerdo con ella.
c) Por fin, que el «lugar natural» para
aprender a todo ello, el único verdaderamente imprescindible
y me atrevería a decir que suficiente, es la familia. No
solo el niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el
joven ante el que se abre un abanico de posibilidades
deslumbrante y polimorfo, que en ocasiones de le dejamos ni
percibir, el adulto en plenitud de facultades, el anciano
que aparenta declinar… se forjan y se rehacen, día tras día,
en el seno del propio hogar. Y, así templados y
reconstituidos —¡personalizados y re-personalizados!, si se
me permite el barbarismo—, son capaces de darle la vuelta al
mundo, de humanizarlo.
Por eso un Master en Ciencias para la Familia.