APUNTES SOBRE LA FAMILIA, LA MUJER Y LA
SOCIEDAD…
en la estela de dos santos (I)
Por Tomás Melendo Granados
I. Juan Pablo II, el Papa de la familia
En recuerdo y homenaje al amadísimo Juan
Pablo II
1.
La familia, comunidad de personas
vivificada por el amor
Entre la multitud de
cuestiones abordadas en las enseñanzas
del tan recordado Juan Pablo II, sin
duda hay tres que pueden competir con
cualquier otra en lo que a relevancia y
atención por parte del Pontífice se
refiere. Aludo a las realidades
expresadas por los vocablos «persona»,
«amor» y «familia».
a) Respecto al
magisterio global de Juan Pablo II,
podría afirmarse de la persona lo
que él escribía en la
Centesimus
annus
en referencia a esa misma Encíclica y a
la entera doctrina social de la Iglesia:
que «la correcta concepción de la
persona humana y de su valor único»
constituye la trama, la urdimbre íntima
y más definitiva, de cuanto el pasado
Papa nos dio a conocer.
b) El amor
—y, en concreto, el amor
humano— es algo a lo que Juan Pablo II
consagró una solicitud privilegiada
desde mucho antes de ser elegido
Pontífice;
algo que continuó mimando durante el
ciclo entrañable de Audiencias en las
que comentaba los versículos del Génesis
correspondientes a la creación del
hombre como varón y mujer; y algo que
configura la clave última de resolución
—la piedra de toque decisiva— de casi
todos los problemas que el Santo Padre
planteó y supo resolver.
c) ¿Y la
familia? Las páginas impresas
dedicadas a recoger lo que el Sumo
Pontífice dijo o escribió sobre ella se
cuentan —según las ediciones— por
millares. Pero es que, además, Juan
Pablo II la consideró más de una vez
expresamente como la niña de sus ojos,
como el objeto prioritario de su
atención pastoral, manifestando su
intención de pasar a la posteridad como
«el Papa de las familias».
No puede dudarse, pues, de que este trío
de realidades sobresale —junto a algunas
otras— en la consideración y en el
magisterio de Juan Pablo II. Pero más
interesante resulta subrayar que, para
él, se trataba de entidades tan
íntimamente inter-penetradas, que
ninguna
de ellas «vive» sin el amparo de las
otras dos. Sin persona no hay amor; sin
amor no hay familia; sin familia no hay
amor ni, por ende, persona en cuanto
persona. Cada uno de los tres elementos
florece o se marchita de la mano de los
restantes.
Tal vez el texto más claro al respecto
sea el muy conocido de la Familiaris
consortio, donde las
cuestiones en juego son mostradas de
forma explícita —y casi diría que
solemne— en su mutua interrelación.
Escribe Juan Pablo II: «La familia,
fundada y vivificada por el amor,
es una comunidad de personas;
del hombre y de la mujer esposos, de
los padres y de los hijos, de los
parientes. Su primer cometido es el de
vivir fielmente la realidad de la
comunión con el empeño constante de
desarrollar una auténtica comunidad de
personas.
»El principio interior, la fuerza
permanente y la meta última de tal
cometido es el amor: así como sin
el amor la familia no es una comunidad
de personas, así también
sin el amor la familia no puede
vivir, crecer y perfeccionarse como
comunidad de personas».
2. Relaciones mutuas
Familia, amor, persona; amor,
persona, familia... ¿Cuál de estos tres
elementos debería constituir el inicio
lógico de cualquier reflexión al
respecto? ¿O es que tal vez nos
encontramos ante una suerte de relación
circular, sin claro punto de arranque?
En cierta medida, sí: tenemos frente a
nosotros tres realidades absolutamente
primarias, a la par que emparentadas. Y
la razón, que Juan Pablo II puso
repetidas veces de relieve, es que en el
Origen de estas «tres» entidades humanas
se encuentra el Único e Indivisible
Dios verdadero, que se define a sí
mismo como Amor y se
revela en una Trinidad de Personas
que componen, como gustaba decir al
Sumo Pontífice, la Familia primigenia.
Tanto da, en consecuencia, empezar por
uno u otro de los elementos: siempre
seremos conducidos hasta los dos que
quedan.
a)
La persona se define por el amor.
Hace ya bastantes años que, siguiendo
sugerencias de Juan Pablo II, me animé a
describir a la persona, también a la
humana, como «sujeto y objeto, como
principio y término... de amor».
La persona es persona por encontrar
en el amor su hontanar, su substancia y
su destino conclusivo.
La cuestión podría mostrarse de
distintas maneras, pero, dentro del
contexto que voluntariamente he
escogido, me limitaré a aportar uno de
los más definitivos testimonios del
Romano Pontífice, también de la
Familiaris consortio: «Dios
ha creado al hombre a su imagen y
semejanza: llamándolo a la existencia
por amor, lo ha llamado al
mismo tiempo al amor.
»Dios es amor y vive en sí mismo un
misterio de comunión personal de amor.
Creándola a su imagen y conservándola
continuamente en el ser, Dios inscribe
en la humanidad del hombre y de la mujer
la vocación y consiguientemente la
capacidad y la responsabilidad del amor
y de la comunión. El amor es, por
tanto, la vocación fundamental e innata
de todo ser humano».
b)
La persona remite, pues, al amor.
Este es su inicio y su fin. Pero también
cabría sostener, sin apartarse en lo más
mínimo del camino enrumbado, que el
amor se encuentra definido por su
referencia ineludible a la persona:
es lo que más propiamente surge de la
persona en cuanto persona y
se dirige, también con propiedad
absoluta, a la persona en cuanto tal.
Ya desde Amor y responsabilidad
cabe percibir la biunívoca pertenencia
que, en la mente del pasado Pontífice,
ligaba a ambas entidades: amor y
persona. Y es que, cuando el amor se
toma en su sentido más noble —como un
querer el bien para otro en cuanto otro,
según lo describiera Aristóteles—, se
advierte de inmediato que solo
las realidades personales son capaces de
amar, en la acepción cabal a que acabo
de referirme, y que solo ellas
son dignas de ser amadas.
El amor es la única actividad que, de
manera exclusiva y bi-direccionalmente
(en los dos «sentidos»), se ejerce
siempre y solo entre personas.
Amar es la operación más propia y
estricta y exclusivamente personal.
El modo de obrar que mejor expresa
—y mejora expresamente— a la persona
en cuanto persona.
c)
La familia, ámbito propio de amor y de
personas.
¿Tiene algo que decir, en las relaciones
que acabamos de considerar, la familia?
¿Representa esta el elemento
indispensable que completa la tríada de
la que vengo tratando?
Aquí los textos podrían multiplicarse
hasta la saciedad. Me remito, antes que
nada, al número 18 de la Familiaris
consortio, antes trascrito. Y a él
agrego, entre los muchos posibles, otros
dos.
Primero: «El hombre, por encima de toda
actividad intelectual o social por alta
que sea, encuentra su desarrollo pleno,
su realización integral, su riqueza
insustituible en la familia.
Aquí, realmente, más que en todo otro
campo de su vida, se juega el destino
del hombre».
Y este segundo, quizá todavía más claro:
«¿Quién puede dejar de pedir a la
familia humana que sea una auténtica
familia, una auténtica comunidad donde
se ama permanentemente al hombre,
donde se ama siempre a cada uno
por el solo motivo de que es un
hombre, esa cosa única, irrepetible, que
es una persona?».
3. ¿Crisis de la familia?
Parece, pues, que «el destino
del hombre» en cuanto tal se halla
ligado a la vitalidad y a la pujanza de
la familia. Pero ¿no constituye esto más
un motivo de preocupación que de
entusiasmo? ¿No es cierto que la
institución familiar atraviesa una
crisis sin probable parangón con las que
la han afectado a lo largo de toda la
historia?
La respuesta, aquí y ahora, no puede ser
sino afirmativa; y el precedente Romano
Pontífice se refirió a ello en multitud
de circunstancias… como también lo ha
hecho su sucesor, el no menos amado
Benedicto XVI.
Mas, reitero, ¿debe transformarse esto
en ocasión de desánimo o en llamada a
acrecentar el propio empuje, a buscar el
apoyo de otras familias y a llevar de
este modo a cumplimiento la inversión de
rumbo de toda una sociedad, ese viraje
de andadura tan íntimamente emparejado
con el proceso de re-cristianización a
que los últimos Pontífices
constantemente nos instan?
Permítaseme una aparente digresión. Hace
ya bastantes lustros que escribía
Charles Péguy: «Solo hay un
aventurero en el mundo, como puede
verse con diáfana claridad en el mundo
moderno: el padre de familia. Los
aventureros más desesperados son nada en
comparación con él. Todo en el mundo
moderno está organizado contra ese loco,
ese imprudente, ese visionario osado,
ese varón audaz que hasta se atreve en
su increíble osadía a tener mujer y
familia. Todo está en contra de ese
hombre que se arriesga a fundar una
familia. Todo está en contra suya.
Salvajemente organizado en contra
suya... Él y sólo él está de verdad
involucrado en las cosas del mundo. La
única aventura que existe es la suya.
Los demás están involucrados con sus
cabezas, es decir, con nada. El que es
padre lo está con todos sus miembros.
Los demás sufren por sí mismos. Sólo él
sufre a través de otros. Los padres
sufren en cada situación. Sufren por
todas partes. Sólo ellos han agotado
—sólo ellos pueden alardear de haber
agotado— el sufrimiento temporal. Los
que no han tenido un hijo enfermo, no
saben lo que es la enfermedad. Los que
no han perdido a un hijo, los que no han
visto a su hijo muerto, no saben lo que
es el dolor. Y tampoco saben lo que es
la muerte».
Considero la cita —que con idéntico
derecho debería aplicarse a la mujer— de
una verdad y una belleza poco comunes.
Pero ahora desearía fijarme en las
ideas subrayadas: «Todo está en contra
de ese hombre que se arriesga a fundar
una familia. Todo está en contra suya.
Salvajemente organizado en contra
suya...».
¿Nos hallamos ante una especie de
hipérbole, fruto del ardor literario de
nuestro poeta? Pienso que no, en
absoluto. Pero nada de desalentador
encuentro en ello. Lo que advierto, por
el contrario, es una implícita llamada a
esa actitud —de honda y radical
«aventura»— que la Familiaris
consortio supo condensar en fórmula
vibrante y aguijoneadora: ¡Familia,
sé lo que eres! Y empéñate en
serlo —cabría añadir— precisamente
hoy. Porque el momento no puede ser
más propicio.
4. La revolución pacífica
En efecto, como ya he
insinuado, actuando de acuerdo con su
íntima naturaleza, las familias
acelerarán —e incluso harán posible— el
cambio de actitud general que Occidente,
y el mundo entero, están pidiendo a
gritos, también en estos primeros y
vacilantes pasos del siglo XXI.
Estimo que la afirmación de que nos
hallamos en el fin de una época y en el
inicio de un período inédito (e
incierto) de la Historia, no constituye
en absoluto una novedad, sino más bien
la persuasión constantemente repetida
por quienes dedican algo de atención a
los signos de los tiempos, hasta el
punto de que ha llegado a convertirse en
un lugar común, en un tópico. Algo
muy hondo está cambiando en el mundo,
sin duda para bien —¡en la misma medida
en que cada uno se lo proponga!—,
y es menester que entre todos
contribuyamos a avivar ese proceso.
Pero la necesidad de mejora es índice de
que no todo ha «funcionado» como debía
hasta el momento presente. ¿Qué sería,
entonces, lo que en los siglos postreros
—en lo que se ha dado en llamar
Modernidad—, y en estos últimos decenios
o incluso años, constituye una de las
claves del fuerte deterioro que ahora
sufre el género humano, y que, afectando
profundamente a la familia, engendra
infelicidad y trastornos psíquicos en
notables dosis?
Ante un interrogante así planteado, e
intentando alcanzar el núcleo de la
cuestión, me atrevería a responder con
una sola palabra: despersonalización.
Si atendemos al desarrollo de la
civilización en las últimas centurias, y
simplificando bastante el asunto,
observamos una especie de fractura, que
va disponiendo progresivamente el
despliegue perfeccionador del ser humano
en dos ámbitos estrictamente separados e
incluso contrapuestos: el privado
(personal) y el público (por desgracia,
en nuestros tiempos, homogeneizante y
masificador). Y advertimos también que,
de manera imparable, este segundo ha ido
ejerciendo un dominio avasallador sobre
el primero; que lo público ha ido
fagocitando
a lo privado.
Mas, ¿cuáles podrían ser los elementos
constitutivos de lo que califico como
esfera pública?
Por ejemplo, el mundo del trabajo, cada
vez más dominado por un
economicismo
materialista, cuyo ídolo es el dinero;
o el terreno de la política, cuyo
crecimiento macromegálico hace que todo
gire alrededor del poder —intercambiable
con el dinero— y engendra también una
burocratización despersonalizante a gran
escala; o incluso, con los matices
pertinentes, el influjo de los llamados
medios de comunicación de masas,
que incrementan su virtud persuasiva
en la medida en que estimulan el
carácter no-diferenciado, impersonal,
de sus destinatarios.
En la exacta proporción en que estos y
otros factores similares han ido
configurando la sociedad actual, nos
encontramos con un universo público
en el que, por lo general, al
margen de toda actitud (de amor y) de
servicio, las relaciones
«humanas» se van viendo pilotadas, de
manera creciente, por un punzante
egoísmo hedonista, pragmatista e
insolidario.
En cualquier caso, me interesa señalar
—más que el mismo diagnóstico, por
fuerza simplificador— que en un orbe de
este tipo se va cerrando el espacio para
los auténticos valores de la persona
entendida como persona. Sin
miedo a que me tilden de cursi, sino
cimentando mi afirmación no sólo en
cuanto estamos viendo, sino también en
otros estudios de estricta índole
filosófica y metafísica, me arriesgo a
sostener que los valores más
estrictamente personales giran
íntegramente en torno al amor y
a todo aquello que lo hace posible y
jugoso: el encanto de lo pequeño, la
flexibilidad, la imaginación creativa,
la generosidad, la posibilidad de captar
matices, el ocio compartido, el diálogo,
la intimidad, la diferenciación
individualizadora, la relación entre
«túes» irreiterables, el gozo conjunto
de la vida cotidiana y sin aparente
brillo, y un dilatado etcétera.
De esta suerte, la lógica del
intercambio interesado, de «los
equivalentes» —del do
ut
des,
¡y solo
ut
des!,
propia de la sociedad mercantilista y
burocrática— ha ido imponiendo su ley
sobre la lógica de la gratuidad, del
don, de la dádiva desinteresada, cuyo
reducto último (y vacilante) va siendo
la familia, pero que también debería
imperar en todas las relaciones
sociales, incluidas las propia y
formalmente económicas.
5. Re-personalización
Considero cuanto vengo
diciendo relativamente obvio. Pienso que
las estructuras tecnocráticas —que
todavía imperan en nuestra sociedad,
bajo formas diversas pero tal vez con
mayor virulencia que hace apenas quince
años— se muestran impermeables a los
valores de la «vida vivida», cotidiana,
menuda, pero impregnada, precisamente
por ello, de una fuerte carga personal y
personalizante.
Todos podemos advertirlo. Mas si alguien
necesitara una prueba de hasta qué punto
esos valores estrictamente personales se
están intentando ahogar, le bastaría
reconsiderar cuanto estoy exponiendo: el
ataque sistemático, organizado hasta en
sus más pequeños detalles e incrementado
de forma progresiva, que ha venido
sufriendo la institución en la que
alcanza su apogeo la dimensión
estrictamente personal del individuo
humano: la familia, único
«espacio» en que la persona es
considerada y apreciada,
reduplicativamente, por su estricto
carácter de persona: no por lo que hace
o lo que tiene o lo que puede, sino por
lo que es.
De ahí que la familia esté llamada a
ocupar el primer puesto en la revolución
mundial que se avecina (… si hacemos que
se avecine) y que, de acuerdo con lo que
comentaba hace un momento, podría
caracterizarse como proceso de
re-personalización singularizadora.
Por lo mismo, es el trato estrictamente
personal, de tú a tú, de uno en uno, el
verdadero protagonista de esta grandiosa
y apasionante convulsión futura. Lo que
interesa, radicalmente, es la persona,
cada persona —«cada una de
todas», como aprendí de mi maestro
Carlos Cardona—. Una persona que
—al igual que el diamante se pule
únicamente con otros diamantes— solo se
configura plenamente como tal, y solo
mejora, en el trato interpersonal, cara
a cara, con otra u otras personas.
Y esa convivencia, en la familia,
resulta inevitable. Por eso hay
que apostar por ella como entidad
humanizadora, y reforzarla y
purificarla, hasta hacerla capaz de
forjar personas que sepan actuar como
tales en todas y cada una de las
situaciones que se le presenten.
Pero ¿no habíamos quedado en que el
ámbito privado está siendo sofocado por
el público? ¿No hemos admitido que la
familia actual, hablando en términos
generales, está en crisis? ¿Podrá ella
«imponer su ley» sobre las pujantes y
vigorosas fuerzas despersonalizantes de
«lo público? Indudablemente, sí: en
el fondo, todo depende de ella.
A los efectos, y como recuerda Álvaro de
Silva, ya «Chesterton fue consciente de
que el enemigo número uno de la familia
no había que buscarlo afuera, en estas
fuerzas enormes y avasalladoras que
derrumban sociedades enteras. Los mismos
extremos del capitalismo, del socialismo
y de la sociedad de consumo, apenas
tienen relevancia en comparación con el
enemigo interior al ser humano. El
enemigo del autor y de la familia es uno
mismo. Según Chesterton, es la falta
de desarrollo interior humano, la
pobreza de espíritu, el aburrimiento y
la frivolidad, la asombrosa ausencia de
imaginación, la que lleva a hombres y
mujeres a desesperar de la familia y
del matrimonio, o por lo menos, de su
familia y de su matrimonio tal como lo
experimentan. Chesterton insiste en que
la vida no es algo que viene de
fuera, sino de dentro.
El
hogar no es pequeño, es el alma de
algunas personas la que es raquítica. El
matrimonio y el hogar resultan
demasiado grandes para ellos. Es el «mí
mismo» el que en su cobardía egoísta es
incapaz de aceptar el prodigioso
escenario del hogar, con su grandeza de
composición épica, trágica y cómica, que
todo ser humano puede protagonizar».
En consecuencia, el trinomio «persona,
amor, familia», al que me vengo
refiriendo, posee todos los resortes
necesarios para oponerse a esa especie
de duendes cósmicos, sociales, que —de
forma más o menos consciente— intentan
detener el proceso perfectivo de la
persona en cuanto persona. Y,
dentro de lo que he denominado
«trinomio», el inicio se encuentra en la
familia. Es ella la que debe conducir a
sus miembros a plenitud, a través de un
amor fuerte
y
sincero y sereno, de modo que las nuevas
personalidades bien formadas acaben por
transformar, por dar la vuelta, al
universo en que ahora nos encontramos.
En este sentido, existen unas palabras
de Juan Pablo II que han constituido
para mí el tema de largos y densos ratos
de reflexión. Dice «sencillamente» el
Romano Pontífice, con unas palabras en
apariencia simples, pero que constituyen
toda una carga de profundidad: «Cual
es la familia, tal es la nación, porque
tal es el hombre».
Insisto en que esta formulación equivale
por sí misma a todo un tratado. Pero no
estará de más acudir a un par de
paráfrasis del propio Santo Padre.
Decía, por ejemplo, en el año 1980: «El
hombre no tiene otro camino hacia la
humanidad más que a través de la
familia. Y la familia debe ser
colocada como el fundamento mismo de
toda solicitud para el bien del hombre y
de todo esfuerzo para que nuestro mundo
humano sea cada vez más humano. Nadie
puede sustraerse a esta solicitud:
ninguna sociedad, ningún pueblo, ningún
sistema; ni el Estado, ni la Iglesia, ni
siquiera el individuo». Y
aproximadamente un año y medio antes:
«En un mundo en el que parece
despreciarse la función de tantas
instituciones y en el cual se deteriora
impresionantemente la calidad de vida,
sobre todo urbana, la familia puede y
debe llegar a ser un lugar de auténtica
serenidad y de armonioso crecimiento. Y
esto, no para aislarse, de modo
orgulloso y autosuficiente, sino para
ofrecer al mundo un testimonio luminoso
de hasta qué punto es posible la
recuperación y la promoción integral del
hombre, cuando esta promoción parte
y tiene como punto de referencia la sana
vitalidad de esa célula primaria del
tejido civil y eclesial que es la
familia».
¿Son acaso precisos más comentarios? ¿No
basta con lo hasta ahora expuesto para
advertir la envergadura de lo que se
gana con la revitalización de la
familia? Por eso, cuando se habla
simplemente de cimentar o fortalecer la
familia —cosas, sin duda, muy
importantes—, estimo que el objetivo
resulta poco ambicioso en relación con
el alcance de semejante empresa. Lo
que está en juego con el cumplimiento de
esa tarea no es una fundamentación
definitiva de la familia, sino la
posibilidad de llevar hasta su apogeo
conclusivo a toda una civilización.
6. El papel de la mujer
Considero oportuno cerrar
estas brevísimas y muy incompletas
consideraciones con un comentario,
también somero, a la función de la mujer
en esta función vivificadora. La
presencia entre los textos recogidos de
la Mulieris dignitatem, y el mimo
patente con el que Juan Pablo II elaboró
esa Encíclica, constituyen título más
que suficiente para la inclusión de este
apartado final.
Vaya por delante la aclaración de que en
ningún momento intento hacer demagogia
ni, mucho menos, alagar a la mujer con
unos atributos que, en el fondo, más
bien la degradan, considerándola como
una mera realidad ornamental y un tanto
superflua. Esa interpretación supondría
no haber (leído o) entendido nada
de cuanto, con la más plena sinceridad,
y espero que con fundamento, he
reiterado acerca de la principalidad del
amor en la constitución, despliegue y
plenitud humanos.
Volviendo a lo que anticipaba, para
cualquier hombre casado —como yo lo soy—
deberían resultar más que manifiestas
las riquezas con que se adorna una mujer
cabal. E incluso, por una especie de
«defecto de perspectiva», esas
cualidades aparecerán ante sus ojos con
más apabullante claridad que las
pertenecientes al varón. He explicado
multitud de veces que, lejos de ser
ciego, el amor resulta clarividente:
impulsa y «obliga» a descubrir el fondo
de maravilla oculto en el corazón
ontológico de la persona amada. Y como
cualquier persona medianamente honrada
quiere más a su cónyuge que a sí mismo,
los privilegios de la mujer deslumbran a
su marido de una manera mucho más
definitiva que los suyos propios o, en
general, los de su sexo.
Pero es que, con independencia de esta
«fascinación», estimo que la mujer
encarna de una manera particularísima
—¿más propia y acentuada?— el carácter
peculiar de la persona humana. Si no
puede decirse que es «más persona», sí
que podría afirmarse, tal vez con
ciertos matices, que lo es de un modo
«más patentemente personal» y «más
patentemente humano».
Desearía ser objetivo. Me expresaré, por
eso, con palabras prestadas. Carlos
Cardona, uno de los más grandes
metafísicos de nuestros días, escribió
con rotundidad a propósito de nuestro
tema que «la mujer es imagen más diáfana
de lo característico de la persona
creada: hecha por amor y para el amor».
La expresión cumplida de la persona
humana, «en su ser más radical, se
manifiesta mejor y más propiamente en la
mujer que en el varón. Y esto, a más de
resultar metafísicamente manifiesto, es
un hecho de experiencia común: todos
sabemos muy bien que la mujer,
precisamente como tal, y en la medida en
que sabe y quiere serlo, es lo más
"amable". Así se entienden bien muchas
características de la feminidad: como
ese instinto que mueve a la mujer a
procurar ser amable, atractiva (y no me