Por
Tomás Melendo*
1. Acrecentar el cariño.
2. Fomentar la atracción.
3. Tú y solo tú.
Hablar de castidad en pleno siglo XXI
puede parecer chocante y anacrónico. Tal
vez porque, erróneamente, ese término
suele aludir a un conjunto de negaciones
del todo ajenas al amor, hasta acabar
por identificarse con la pura y simple
abstención del trato corporal. Para san
Josemaría Escrivá, por el contrario, la
castidad conyugal era una virtud
tremendamente afirmativa, "una
triunfante afirmación del amor", como
recoge el título de este artículo. Y lo
explicaba así: "La castidad -no simple
continencia, sino afirmación decidida de
una voluntad enamorada- es una virtud
que mantiene la juventud del amor en
cualquier estado de vida".
Refiriéndola a los casados, y con
palabras que recuerdan las antes
citadas, la castidad conyugal sería la
virtud que hace posible y facilita que a
los quince, veinte, veinticinco o muchos
más años de matrimonio, cada esposo se
encuentre tan enamorado del otro y éste
le resulte tan atractivo, en todos los
sentidos del término, como aquel día ya
lejano en que los dos quedaron
recíprocamente prendados; o mejor,
porque es más cierto, mucho más amable y
arrebatador que entonces, por cuanto el
cariño prolongado le ha conducido a
descubrir y ahondar en su riqueza
personal y en su hermosura más real y
certera.
La castidad, por consiguiente, es algo
grande, excelso, positivo, que no se
limita o resuelve en un conjunto de
prohibiciones y que va mucho más allá de
los dominios de la mera genitalidad. Su
objeto propio, como el de toda virtud,
es el amor: En este caso, el amor de dos
personas sexuadas -varón y mujer- y
justo en cuanto tales. Y su fin, hacer
que se despliegue y fructifique ese
cariño en todas y cada una de sus
dimensiones, no sólo en las directamente
relacionadas con el trato corporal ni
genital. De esto continuaré hablando en
próximos artículos.
Acrecentar el cariño
Se entiende entonces que el principal y
más definitivo acto de esta virtud
consista en fomentar positivamente, con
las mil y una finuras que el ingenio
enamorado descubre, el amor hacia el
otro cónyuge.
Por eso, para vivirla en toda su
grandeza, es oportuno que cada miembro
del matrimonio dedique expresamente
todos los días unos minutos a decidir
aquel o aquellos detalles de cariño y
delicadeza con los que dará una alegría
al otro y elevará la calidad y la
temperatura del amor mutuo; como también
que ponga todos los medios a su alcance
para que esas manifestaciones de afecto
decidido lleguen a cumplirse, teniendo
en cuenta que si no se empeña en darles
vida es muy posible que el trabajo y las
demás ocupaciones las dejen en simple
"buena intención".
De manera similar, un marido enamorado
tiene que estar dispuesto a repetir
muchas veces al día a su esposa, junto
con otras manifestaciones de afecto, que
la quiere. ¡Claro que ella ya lo sabe!
Pero necesita de forma casi perentoria
que semejante confirmación gozosa le
entre por los oídos muy a menudo: es una
delicadeza aparentemente mínima, pero
que la reconforta y le da vigor para
seguir en la brega, a veces ingrata, de
sacar adelante con bríos renovados el
hogar y la familia. Y el varón, por su
parte, además de agradecer también en
muchos casos la declaración paralela de
su esposa, necesita pronunciar esas
palabras para reforzar, mediante la
afirmación expresa y materializada, los
quilates de su amor y de su fidelidad.
Además, y por poner otro ejemplo, marido
y mujer han de esforzarse asimismo con
frecuencia por sorprender a su pareja
con algo que ésta no esperaba y que
revela su aprecio e interés por ella. No
sólo en los días señalados, en los que
esas manifestaciones "ya se suponen",
sino justo en aquellos otros en los que
no existiría ningún motivo para tener
una atención especial... ¡excepto el
cariño enamorado de los cónyuges,
siempre vivo y siempre creciente!
Teniendo en cuenta, por otro lado, que
lo importante es ese fijar la mirada en
el otro, dedicarle tiempo y atención, y
no necesariamente el valor material de
lo que se ofrenda.
En la misma línea, para vivir la
plenitud del amor que aquí estamos
considerando, resulta imprescindible que
los cónyuges sepan encontrar ratos para
estar, conversar y descansar a solas, en
las mejores condiciones posibles,
venciendo la pereza inercial que a veces
pudiera acosarles. Sin hacer de esto un
absoluto, sino a modo de simple
sugerencia, una tarde o una noche a la
semana dedicada en exclusiva al
matrimonio, además de facilitar
enormemente la comunicación, constituye
uno de los mejores medios para que la
vida de familia -y, por tanto, el cariño
hacia los hijos- progrese y se
consolide, hasta dar frutos sazonados de
calidad personal. Por eso, la solicitud
y el mimo a la propia pareja debe
anteponerse a las obligaciones laborales
y sociales y, si valiera la
contraposición un tanto paradójica,
incluso al cuidado "directo" de los
niños... que quedará potenciado por el
amor mutuo de sus padres.
Fomentar la atracción
A la vista de cuanto estamos viendo,
resulta fácil comprender que es un acto
de virtud -de la virtud de la castidad,
en concreto- hacer cuanto esté en
nuestras manos para aumentar la
atracción, también la estrictamente
sexual, a y de nuestro cónyuge.
Particularmente, parece manifestación de
buen sentido aprovechar el gozo
entrañable que Dios ha unido al abrazo
amoroso personal e íntimo para resolver
pequeñas discrepancias o desavenencias
surgidas durante el día, para poner fin
a una situación de tirantez, o para
relajarse en momentos en que la vida
profesional o familiar de uno u otra
generan especiales tensiones. Como
consecuencia, entre otras cosas, ambos
tendrán que prestar atención a su
aspecto físico.
Como también resulta imprescindible, y
estamos ahora ante una cuestión más de
fondo y de conjunto, que ambos esposos
sepan presentarse y contemplarse, a lo
largo de toda su vida, por lo menos con
el mismo primor y embeleso con que lo
hacían en los mejores momentos de su
etapa de novios. Obrar de otra manera,
dejar que el amor se enfríe o se
momifique, equivale a poner al cónyuge
en el disparadero, propiciando que
busque fuera del hogar el cariño y las
atenciones que todo ser humano necesita
la cualquier edad!... y que nunca deben
darse por supuestos.
Situada en este horizonte vital, la
mujer debe estar persuadida de que la
fecundidad embellece y de que su marido
posee la suficiente calidad humana para
apreciar la nueva y gloriosa hermosura
derivada de la condición de madre.
Ciertamente, la maternidad reiterada
suele "romper las proporciones
materiales" que determinados y
superficiales cánones de belleza
femenina pugnan por imponernos. Pero el
menos perspicaz de los maridos, si se
encuentra de veras enamorado, advierte
el esplendor que esa "desproporción"
lleva consigo; reconoce que su mujer es
más hermosa -e incluso sexualmente más
atractiva- que quienes se pavonean con
un remedo de belleza reducido a
"centímetros" y "contornos". A poca
sensibilidad que posea, un varón
descubre embelesado en el cuerpo de su
mujer, acaso menos vistoso: I) el paso
de su propio amor de marido y padre; II)
la huella de los hijos que ese cariño ha
engendrado; III) la tarjeta de visita
del Amor infinito de todo un Dios
creador, que les demos! tró su confianza
al dar vida y hacer desarrollarse en el
seno de la esposa a cada una de esas
criaturas... ¡Cómo no habría de sentirse
cautivado por semejantes
enriquecimientos!
Después de bastantes años de casado y de
trato con otros matrimonios, en
ocasiones experimento la necesidad de
pedir a las esposas que se "conformen"
con gustar a sus maridos... y gocen
plenamente con ello. Que, sobre todo con
el correr del tiempo, no pretendan
"gustarse a sí mismas" son sus críticas
más feroces- ni admitan comparaciones
con sus amigas o con otras personas de
su mismo sexo... y mucho menos con las
más jóvenes. Que crean a pies juntillas
a sus esposos cuando éstos le digan que
están muy guapas, sin oponer siquiera en
su interior la más mínima reserva...
Toda mujer entregada -esposa y madre-
debe tener la convicción inamovible de
que incrementa su hermosura radicalmente
humana en la exacta medida en que va
haciendo más actual y operativa la
donación a su esposo y a sus hijos.
Tú y solo tú
La otra cara de la virtud de la
castidad, aparentemente negativa, pero
derivada de la misma necesidad de hacer
crecer el cariño mutuo, podría
concretarse en la obligación gustosa de
evitar todo lo que pudiera enfriar ese
amor o ponerlo entre paréntesis, aunque
fuera por unos minutos. Por tanto, el
sentido de esa renuncia es eminentemente
positivo: de lo que se trata, también
ahora, es de que el amor conyugal madure
y alcance su plenitud. No debería
olvidarse este extremo si se quiere
comprender a fondo el verdadero
significado de la virtud de la castidad,
su valencia de tremenda afirmación.
Si nos atenemos a quienes se hallan
unidos en matrimonio, que son los que
aquí estamos contemplando, esa
afirmación, tomada en serio, se
constituye en criterio claro y
delicadísimo de amor al cónyuge. Para el
hombre casado no puede existir otra
mujer, en cuanto mujer, más que la suya.
Obviamente, ese varón (y lo mismo,
simétricamente, se podría afirmar de su
esposa) se relacionará con personas del
sexo complementario: compañeras de
trabajo, secretarias, alumnas,
coincidencias en viajes... Y la
educación y el respeto le llevará
comportarse con ellas con delicadeza y
deferencia. Pero a ninguna la tratará en
cuanto mujer -poniendo en juego su
condición de varón, que ya no le
pertenece-, sino exquisitamente en
cuanto persona.
Y esto, que de entrada podría
presentarse como en exceso teórico e
incluso artificial y alambicado, tiene
una traducción muy clara y operativa:
todo lo que yo hago con mi mujer
justamente por ser mi mujer debo
evitarlo al precio que fuere con
cualquier otra: lo que comparto con ella
por ser mi esposa no puedo compartirlo
con nadie más.
Aunque estemos ante personas
aparentemente maduras, en este punto es
muy fácil ser ingenuos. Pues, en
principio, y después de unos cuantos
años de tratar a diario con nuestra
pareja en los momentos de alza y en los
de bancarrota, cualquier otra mujer o
cualquier otro varón se encuentran en
mejores condiciones que los propios para
presentar ante nosotros
"intermitentemente" -en los aislados
espacios de trato mutuo- su cara más
amable. No nos los encontramos sin
arreglar, recién levantados o
levantadas, cuando podría incluso
decirse que "simplemente no son
ellos/as"; ni suelen estar cansados o
cansadas, ni tienen que resolver con
nosotros los problemas planteados por
los hijos o los quebraderos de cabeza de
una economía no muy boyante... Arreglado
o arreglada, dispuesto casi por instinto
y con la más limpia de las intenciones a
gustar y caer bien, pueden dar de sí lo
mejor que poseen, sin que exista el
contrapeso de los momentos duros y de
flaqueza que por fuerza se comparten !
en el interior del matrimonio. Además,
él o ella suelen ser más jóvenes y más
comprensivos (entre otras cosas, porque
no nos conocen a fondo), y se encuentran
pasajeramente adornados con muchas
prendas que, de manera un tanto
artificial, engalanan su figura y su
personalidad ante nuestra mirada -en
esos momentos no del todo perspicaz-...
y que el trato continuado y duradero sin
duda devolvería a sus auténticas
dimensiones.
Para redondear esta idea, y para ir
terminando lo que de otro modo
resultaría inacabable, añadiré que es
bastante difícil que una mujer distinta
de la propia deje de comprender los
problemas que sufrimos en nuestro hogar
y en nuestro matrimonio y de
experimentar, al conocerlos, una sincera
compasión por nosotros. Como también es
improbable -aunque por motivos muy
distintos- que un varón deje de entender
los de una mujer casada si cede a que se
los explique. En los dos casos es
menester una categoría hoy por desgracia
no muy frecuente para quedar mal y
rechazar de manera educada pero decidida
ese tipo de confidencias.
Y todo ello resulta, sin embargo,
necesario para no enredar con la dicha
propia y ajena y poner a nuestros
"hijos" en un brete, vendiendo la
grandeza profunda de una vida de familia
vivida en plenitud por el superficial
embeleso de unos momentos de
satisfacción egocéntrica. El amor que
empapa nuestro hogar nos llevará a
eludir esas gratificaciones aparentes,
con objeto de robustecer los cimientos
de nuestra felicidad en el matrimonio.
*
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académicos de los Estudios
Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
tmelendo@eresmas.net
www.masterenfamilias.com