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AMOR DE PADRES... AMOR DE HIJOS (Tomás Melendo Granados)

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FAMILIA Y EDUCACIÓN


AMOR DE PADRES… AMOR DE HIJOS:

EL FUNDAMENTO DE LA ARMONÍA FAMILIAR.


Para quienes llevamos ya algunos años empeñados en una tarea más o menos fecunda de reflexión metafísica, no puede haber indicio más determinante de que la familia constituye una auténtica institución natural.

Por Tomás Melendo *

 

I. La familia,  institución natural

  Repetidas veces ha explicado Juan Pablo II que, «en su más íntimo misterio», el Dios Uno y Trino «no es soledad, sino familia» [1]. Para quienes llevamos ya algunos años empeñados en una tarea más o menos fecunda de reflexión metafísica, no puede haber indicio más determinante de que la familia constituye una auténtica institución natural.

Nada más natural, podríamos decir, que lo que surge inevitablemente de los principios configuradores de algo: de su núcleo ontológico más íntimo, propio y constitutivo. Y como el ser es el principio radical y primigenio, el fondo energético original del que dimana cuanto encontramos en un existente, lo natural acabará siendo, en última instancia, lo que para cada uno se deriva del propio ser. En este contexto, la referencia a la Trinidad con que he abierto estas páginas viene a decirnos: cuando el ser alcanza la categoría suficiente para convertir a su sujeto en persona, esta no puede permanecer aislada, sino que tiende a configurarse, irremediablemente, como familia. Dios, lo sabemos por la Revelación, no podía ser sino una Trinidad familiar: para el Ipsum Esse subsistens de los filósofos, Ser es ser Familia. Como consecuencia, la persona humana, hecha a imagen y semejanza de este Absoluto, resulta incapaz de alcanzar su plenitud como persona si no surge, crece, se desarrolla y muere en el seno de una institución familiar… o de «algo» que haga eficazmente sus veces. La familia sigue, pues, necesaria e inmediatamente, a la condición personal de la persona.

     a) Familia y persona. Persona y familia: ¡nunca se insistirá lo suficiente en el nexo indisoluble que liga a estas dos realidades! Pero tal vez compense esclarecer los motivos ontológicos de semejante trabazón. A lo largo de la historia se han propuesto muchas y muy variadas descripciones de lo que es la persona. Las mejores entre ellas poseen una íntima afinidad, hasta el punto de resultar equivalentes. La de Boecio ha sido, durante siglos, la de mayor aceptación: es persona, decía el más ilustre antecesor de la Edad Media, toda substancia individual de naturaleza racional. Empobreceríamos el alcance de esta excelente definición si le achacáramos una especie de singularismo egotista y egocéntrico, que encerraría al sujeto humano en los límites angostos de sus intereses individuales. Para Boecio, y para quienes se sitúan en su misma tradición especulativa, la naturaleza racional no solo implica el entendimiento, sino también la voluntad (y, como consecuencia, la libertad, el amor, la afectividad, la necesidad de las dimensiones corpóreas, etc.). Santo Tomás lo afirmaba de manera explícita, en relación al primer extremo: todo ser dotado de inteligencia se encuentra por fuerza provisto de esa inclinación al bien en cuanto bien que denominamos voluntad, y cuyos frutos naturales son la libertad y el amor.

No extraña por eso que quienes, poseyendo la inspiración clásica, se encuentran sin embargo urgidos por las aspiraciones y los intereses del mundo moderno, en lugar de calificar al hombre como animal racional, al estilo de Aristóteles, lo describan de forma estricta y rigurosa como animal libre [2]. No hay cambio de perspectiva, pero sí un adelanto en la explicitación de los implícitos. La libertad es, como ya apuntó Agustín, la propiedad esencial de las dos potencias superiores de la persona: el entendimiento y la voluntad. E incluso define intrínsecamente a su mismo ser: la persona, toda persona, posee un ser libre. La persona humana, en concreto, es participadamente libertad.

Pero como el amor es el fundamento y el sentido último de la libertad, su acto más radical y propio, un avance definitivo en la línea instaurada por Boecio es el que define a la persona como principio o término, como sujeto y objeto, de amor. De hecho, y según he explicado en otras ocasiones [3], esta descripción se aplica a todas las personas y solo a ellas: tomando el amor en su sentido más alto, como un querer el bien en cuanto tal, o el bien del otro en cuanto otro, únicamente la persona resulta capaz de amar y únicamente ella es digna de ser amada. La entraña personal de la persona exhibe, pues, un nexo constitutivo con el amor.

Dejando a un lado las afirmaciones repetidas de las Sagradas Escrituras, en las que reiteradamente Dios se califica a Sí mismo como Amor subsistente, quizá nadie lo haya expuesto de forma más vigorosa que Carlos Cardona: «Dios —nos dice— obra por amor, pone el amor y quiere solo amor, correspondencia, reciprocidad, amistad (…). Así, al Deus caritas est del Evangelista San Juan, hay que añadir: el hombre, terminativa y perfectamente hombre, es amor. Y si no es amor, no es hombre, es hombre frustrado, autorreducido a cosa» [4].

Persona-amor. Esta manera fundamentalísima de considerar la peculiaridad constitutiva de la persona se ha visto avalada, en nuestro siglo, por multitud de afirmaciones magisteriales: no puede entenderse el hombre sin una referencia configuradora al amor y a la entrega en que todo amor culmina. La más relevante de esas definiciones, la contenida en la Gaudium et Spes, está provista de toda la autoridad que detenta un Concilio Ecuménico. «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma —nos dice esta Constitución, recordando pensamientos de Tomás de Aquino—, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás»[5]: en el amor llevado a su perfección conclusiva como dádiva [6].

Juan Pablo II ha profundizado en esta verdad, situándola en el contexto exquisitamente trinitario en el que encuentra su origen: «Ser persona —leemos ahora en la Mulieris dignitatem— significa tender a la propia realización, cosa que no puede llevar a cabo si no es «en la entrega sincera de sí mismo a los demás». A lo que se añade: «El modelo de esta interpretación de la persona es Dios mismo como Trinidad, como comunión de Personas. Decir que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de este Dios quiere decir también que el hombre está llamado a existir “para” los demás, a convertirse en un don» [7].

     b) Persona, don, familia. Las disquisiciones anteriores permiten calibrar en toda su hondura el alcance de la pertenencia mutua de la persona y la familia. Hacen posible entender por qué y con qué fundamento allí donde existe una Realidad Personal plena, que encarna acabadamente la condición de Persona, tienen lugar las Relaciones que la configuran como Familia. Y comprender también los motivos de que entre las personas participadas, que necesitan completar su propia índole personal, la existencia de la familia represente un requisito ineludible para que se lleve a término ese cumplimiento perfectivo. Sin familia no hay persona —ser personal— ni posibilidad de crecimiento en cuanto persona.

 Atendamos a la primera de estas dos afirmaciones. Considerando la cuestión en su más estricta radicalidad, la familia no solo es necesaria para que la persona se perfeccione, para que acrezca su condición personal. La familia es imprescindible, más bien, y antes, para que la persona sea, en cuanto persona: para que encarne su propio ser personal. Desde esta perspectiva fundamentalísima, la existencia de la familia no proviene de indigencia alguna: es correlativa, simple y llanamente, a la persona como tal. Y, así, en el seno de la Trinidad, el Padre, que desde ningún punto de vista puede considerarse indigente, no sería Persona sin el Hijo y el Espíritu Santo: no podría encarnar su esencial y constitutiva condición de Don, sin un correlato, también personal, capaz de acoger íntegra y libérrimamente la propia Dádiva. Y lo mismo, con las oportunas adaptaciones, habría que decir del Hijo y del Espíritu Santo. No hay donación posible sin recepción. Y, en virtud de la simetría que rige las actividades más estrictamente metafísicas, la realidad que acoge tiene que «estar a la altura» ontológica de la que se entrega: también ella, en nuestro supuesto, ha de ser Persona.

De esta sumarísima consideración de la Vida intratrinitaria cabe concluir: considerada en sí misma —en cuanto donación-recepción recíproca—, la comunicación amorosa que define esencialmente a la familia es consecuencia y requisito ineludible de la estricta índole personal: sin familia no hay persona.

En el caso del hombre, que es persona participada, cuanto acabamos de ver se mantiene substancialmente, pero exige ser matizado. Ahora, el ser humano no solo reclama un hogar para instaurarse inicialmente en su entraña personal, sino que lo necesita también para completarse, para lograr su cumplimiento como persona. En el seno de una familia humana, el hombre es (nace) y crece en cuanto persona. Pero ¡cuidado!: porque, según acabamos de afirmar, también en estas circunstancias conserva su vigencia participada lo que descubríamos en el interior de la Trinidad. El ser personal humano no solo tiene radicalmente necesidad de otras personas —de la familia— para recibir algo de ellas. Las exige fundamentalmente, al contrario, para poderse dar y, dándose, realizar su vocación esencial.

Lo que sucede es que, en efecto, y por una muy notable paradoja, al darse el hombre se perfecciona: recibe un incremento de humanidad. Es más, solo cuando se entrega, cuando ama generosa y liberalmente, acrece su propio temple personal: mejora en cuanto persona. Únicamente des-viviéndose adquiere la integridad de su propia vida humana.

¿En virtud de qué «mecanismo»? La cuestión podría resumirse como sigue: al contrario de lo que sucede en Dios, el hombre, por su condición de criatura, necesita perfeccionarse. Pero justo porque alcanza ontológicamente la categoría de persona, porque ha sido instaurado en ese sublime grado de ser, solo la operación más noble entre las existentes, la del amor que se entrega, que se da, resulta capaz de engrandecerlo. Cualquier otro tipo de actividad, incluso la del entendimiento, desligada del amor, lo mejoraría sectorialmente, pero no en su estricta médula personal. Por su misma nobleza, solo el obrar de más rango —el amor, que lo equipara formalmente al Absoluto— tiene el vigor suficiente para acrecer la enjundia personal del ser humano. En el extremo opuesto, cualquier tipo de egoísmo, que equipararía al hombre con los animales y con las realidades aún inferiores, se demuestra del todo impotente para incrementar su valía en cuanto persona. Más aún: por fuerza lo envilece, lo deshumaniza y, como se nos decía antes, lo reduce a la condición de cosa.

El ámbito familiar humano se advierte, así, imprescindible para que, dándose, el hombre pueda responder a su vocación esencial de persona. Sin familia, el ser humano no podría nacer como persona, pero tampoco crecer, hasta conquistar su plenitud personal.

Lo advirtió maravillosamente, con aguda penetración poética, Pedro Salinas. La aspiración a la entrega, a la cabal donación amorosa —cuyo ámbito primordial es la familia que se funda o la familia en la que se nace—, compone la más substancial exigencia de la condición personal del ser humano. El hombre y la mujer se afirman como tales en la ofrenda plena de su ser más íntimo. Es este el que postula y exige la entrega amorosa, y el que, desde el hondón primordial de la propia alma, empuja a la dádiva sin reservas. Leemos en La voz a ti debida:

«¿Regalo, don, entrega?

Símbolo puro, signo

de que me quiero dar.

Qué dolor, separarme

de aquello que te entrego

y que te pertenece

sin más destino ya

que ser tuyo, de ti,

mientras que yo me quedo

en la otra orilla, solo,

todavía tan mío.

Cómo quisiera ser

eso que yo te doy

y no quien te lo da» [8].

¡Cómo quisiera ser eso que yo te doy y no quien te lo da! No estamos ante una efusión romántica más o menos sensiblera, propia de adolescentes. Este anhelo representa, desde una perspectiva de metafísica estricta, la aspiración más radical de todo hombre o mujer, lo que lo funda íntima y definitivamente como persona.

 

II. La familia, ámbito de confluencia de amores

     Abandonando la perspectiva trinitaria, correspondería ahora detenernos en los caracteres específicos de la familia humana, la que durante siglos ha sido conocida como «familia de fundación matrimonial». Y, por tanto, en la consideración del matrimonio. Puesto que, en efecto, una de las diferencias estructurales más notables entre la Familia intratrinitaria y cualquier familia natural humana, es que en el inicio de esta última se encuentra la unión amorosa de dos personas de sexo diferente que deciden unirse de por vida. La disimilitud de origen marcará hondamente la índole más íntima de las dos realidades en juego. En el caso que nos ocupa, el de la institución humana, la calidad del amor de los cónyuges determinará en gran medida el temple de la relación de los miembros de la familia que de ellos se sigue. Por eso, y en atención a los fines que perseguimos con este escrito, interesa reflexionar ahora sobre algunas de las notas discriminadoras del amor entre los hombres. Solo entonces podremos advertir en qué medida el compromiso conyugal abre las puertas a una de las más plenas y fecundas realizaciones de ese amor.

En sus líneas más generales, la cuestión podría plantearse como sigue: si, de acuerdo con lo que sugeríamos en las páginas que anteceden, el amor constituye «la vocación fundamental e innata de todo ser humano» [9], el hombre mejorará como persona en la misma proporción en que instaure efectivas y eficaces relaciones de amor. Con cada una de ellas acrece su condición personal. Pero, precisamente porque estamos ante una realidad finita, participada, la plenitud divina del Amor —a la que en seguida aludiremos— se fragmenta y multiplica, entre los hombres, en un sinnúmero de subespecies del amor, distintas e incompletas. El incremento de la fibra personal del sujeto humano se juega, entonces, en lo que cabría calificar como una progresiva intensificación que, a la par, integre los distintos géneros de amor.

     a) La «fragmentación» de los amores. En la sugerente obra que dedica a este asunto, Clive Staples Lewis enumera cuatro especies de amor. Su clasificación no aspira en absoluto a ser exhaustiva y, en verdad, no lo es; pero puede resultar suficiente. Más aún, cabría incluso prescindir de la expresión cimera entre las cuatro, el amor sobrenatural o caridad, y centrar las propias reflexiones en los otros tres subgéneros: los que Lewis llama, respectivamente, afecto, amistad y eros.

El primero —escribe Lewis— es «el más sencillo y más extendido de los amores, el amor en que nuestra experiencia parece diferenciarse menos de la de los animales». «Los griegos llamaban a este amor storgé (…). Aquí lo llamaré simplemente afecto. Mi diccionario griego define storgé como “afecto, especialmente el de los padres a su prole”, y también el de la prole hacia sus padres. Y esta es, no me cabe duda, la forma original de este afecto, así como el significado básico de la palabra»  [10].

Del segundo tipo de amor leemos: «La amistad es —en un sentido que de ningún modo la rebaja— el menos “natural” de los amores, el menos instintivo, orgánico, biológico, gregario y necesario» [11]. Y después, en la misma línea argumentativa:  «De ahí, si no me interpretan mal, la exquisita arbitrariedad e irresponsabilidad de este amor. No tengo la obligación de ser amigo de nadie, y ningún ser humano en el mundo tiene el deber de serlo mío. No hay exigencias, ni la sombra de necesidad alguna. La amistad es innecesaria, como la filosofía, como el arte, como el universo mismo, porque Dios no necesitaba crear. No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que le dan valor a la supervivencia» [12]. Asegurado lo cual, puede nuestro autor concluir: «Este amor, libre del instinto, libre de todo lo que es deber, salvo aquel que el amor asume libremente, casi absolutamente libre de los celos, y libre sin reservas de la necesidad de sentirse necesario, es un amor eminentemente espiritual. Es la clase de amor que uno se imagina entre los ángeles. ¿Habremos encontrado aquí un amor natural que es a la vez el Amor en sí mismo?» [13].

Aplacemos la respuesta a este interrogante, para considerar brevemente lo que se nos sugiere acerca del eros. «Entiendo por “eros” —escribe Lewis— ese estado que llamamos “estar enamorados”; o, si se prefiere, la clase de amor “en el que” los enamorados están». A lo que agrega, explicitando y precisando lo que en la breve descripción propuesta se encontraba implícito: «La sexualidad forma parte de nuestro tema solo cuando es un ingrediente de ese complejo estado de “estar enamorado”. Que esa experiencia sexual pueda producirse sin eros, sin estar enamorado, y que ese eros incluye otras cosas, además de la actividad sexual, lo doy por descontado. Si prefiere decirse de otra manera, estoy investigando no la sexualidad que es común a todos nosotros y las bestias, o enteramente común a todos los hombres, sino una variedad propiamente humana de ella que se desarrolla dentro del “amor”, lo que yo llamo eros» [14]. Podríamos nosotros calificarlo como amor sexual, aunque la expresión no es muy agraciada, siempre que subrayáramos convenientemente los dos elementos que la componen: la intervención de la sexualidad, sin la que careceríamos del elemento discriminador respecto a otros tipos de amores; y la configuración estricta como amor, en su sentido más propio, sin la que el eros de ninguna manera sería humano ni perfectivo.

Hasta aquí Lewis. O, mejor, lo que me ha parecido oportuno transcribir de sus riquísimas observaciones. Lo que sigue es ya elaboración personal, previa en su mayor parte a la lectura de Los cuatro amores, pero que creyó encontrar en este libro una confirmación enriquecedora.

Si prescindimos de momento del eros, al que habremos de atender en el próximo apartado, nos parece advertir, como elemento que diferencia el afecto y la amistad, una inicial contraposición entre lo natural y lo libre. El afecto sería el amor instintivo y necesario, que se despliega naturalmente en el ser humano; mientras la amistad resultaría engendrada, formalmente, por una decisión espiritual y voluntaria. No descubro ningún mediterráneo si recuerdo que esta oposición presenta raíces clásicas. Se encuentra ya prefigurada, con distintos matices, en San Agustín o en Santo Tomás, por referirme a las dos figuras cumbre de la especulación cristiana. La volvemos a descubrir, muchos siglos más tarde, en Pascal y en Kierkegaard. Y ha sido analizada certeramente, en nuestros tiempos, entre otros, por Carlos Cardona [15].

Santo Tomás, en concreto, habla del amor natural como de aquel que deriva del fondo ontológico más íntimo de cualquier realidad existente, personal o infrapersonal. Este tipo de amor no solo sería común al ángel, al ser humano y al animal irracional, sino también a las realidades inferiores: las plantas e incluso los seres inertes. Para la mentalidad contemporánea, resulta extraño hablar de amor en un vegetal o un mineral. Pero la cuestión empieza a esclarecerse si entendemos ese amor como impulso al mantenimiento del propio ser, que es el bien fundamental de todo lo que existe. Ese estímulo se configura activamente en los animales como instinto de conservación y, en las realidades más bajas, como simple resistencia pasiva a ser destruido.

Si nos fijamos en los animales, donde la cuestión se observa con mayor claridad, junto a la tendencia a guardarse a sí mismo, advertimos en muchos casos una inclinación, también instintiva, a proteger y promocionar a los demás miembros de la propia especie, particularmente a los que se encuentran ligados a cada uno por lazos de sangre: la prole. Quizás esto ayude a entender por qué, para Tomás de Aquino, el fundamento del amor natural lo constituye la atracción o afinidad de lo semejante respecto a lo semejante; y a comprender también los motivos de que la expresión paradigmática de semejante afecto sea el amor natural de sí: ya que, como es obvio, en tales circunstancias la similitud es máxima, hasta el punto de transformarse en identidad.

Estas sencillas observaciones conducen a concluir que, en definitiva, el punto de referencia del amor natural, para cada uno, es uno mismo: todo lo demás se quiere en la proporción exacta en que se relaciona con uno. ¿Qué juicio merece semejante género de amor? ¿Cómo hay que valorarlo? Tratándose de una inclinación natural, en la acepción más clásica del término, no puede en ningún caso conceptuarse de forma negativa: de hecho, el amor natural representa la base y como la entraña de la dinámica vital de los seres inferiores. Pero en el hombre, cuando las dimensiones del amor de sí se radicalizan, convirtiéndose en perspectiva única y absoluta, lo natural deviene de algún modo infranatural: la condición de persona, por la que el ser humano se eleva infinitamente sobre los animales y plantas, no puede expresarse de manera adecuada a través de aquello que, como el amor natural, equipara y nivela al espíritu con la creación material estricta. Por eso, y como antes sugería, cuando la persona absolutiza el amor natural de sí, transformándolo en fundamento y punto de referencia de cualquier otro querer, en amor propio, el egoísmo resultante «endurece» o «petrifica» al espíritu, le resta libertad, y acaba por reducirlo a la condición infrapersonal de cosa.

Hay, para el hombre, amores más altos. En efecto, junto al amor natural, y exclusivo ahora de los seres personales, encontramos el amor que radica en la voluntad libre en cuanto libre, o amor electivo. También se lo conoce como «dilección» —de diligere, relacionado con eligere—, por cuanto en cierto sentido deriva de una elección voluntaria. Mas siendo la voluntad una facultad abierta al bien como bien, al bien formalmente considerado; y equiparándose lo bueno con el ente, con lo que tiene ser en cuanto que lo tiene y en cuanto que ese acto primigenio ha conquistado un cierto nivel de desarrollo perfectivo; por ambos motivos, decía, el amor voluntario o espiritual no presenta ya como fundamento la semejanza entre lo querido y quien lo ama, sino la perfección intrínseca, constitutiva, del ser amado: aquello por lo que, en su misma raíz, es bueno.

El amor electivo quiere al otro por él, por su íntima perfección, con independencia de que semejante bondad reporte a quien lo ama un beneficio, una utilidad o un placer. Quien ama con amor electivo quiere al otro por su condición personal, por su consistencia intrínseca configuradora: y, en este sentido, en su calidad de otro (que corresponde, como sabemos, a su índole estricta de ente [16]). De ahí la conocidísima definición de la Retórica de Aristóteles: amar es querer el bien para otro en cuanto otro [17].

No creo necesario afirmar que ni el amor natural ni el electivo suelen darse entre los hombres en estado puro: tan íntima es la penetración recíproca del cuerpo con el espíritu. Huelga, por tanto, decir que lo que aquí califico como amor natural no se identifica sin reservas con el afecto descrito por Lewis, ni tampoco el amor electivo con la amistad. Pero no deja de ser cierto que es en estos tipos de amor donde aquéllos se encarnan de manera prioritaria: con las salvedades y puntualizaciones que serían del caso, cabe sostener que el afecto —de la madre por sus hijos, o de los hermanos entre sí, pongo por caso— encierra la más alta proporción de amor natural, y que la dosis más elevada de amor electivo se incorpora, en sus variadas formas, a lo que solemos denominar amistad. Las reflexiones que siguen tienen como fundamento esclarecedor estas correspondencias.

Teniéndolas a la vista, parece obvio que, si consideramos los dos géneros de amor a que nos venimos refiriendo tal como se dan en las criaturas, el amor electivo toma claramente la delantera respecto al amor natural. Constituye una encarnación más plena del amor. El amor radicado en la libertad es amor en sentido más propio que el simple afecto: es más y mejor amor. Y por eso es en su ámbito donde se juegan, en fin de cuentas, la vida y el crecimiento personales del individuo y donde tiene lugar la cualificación ética. Si puede afirmarse que un hombre o una mujer valen lo que valen sus amores, esta verdad tiene vigencia, sobre todo, en los dominios del amor formalmente enraizado en la libertad. El amor natural de sí y los afectos que de él derivan, precisamente por su índole natural, instintiva o necesaria, no encierran la capacidad de discriminar y establecer la categoría moral y ontológica de una persona en su misma entraña personal.

¿Y en Dios?, cabría preguntar ahora. Como ya antes sugería, la distinción a que venimos aludiendo, y cualquier otra comparable con ella, se encuentra en Él desprovista de sentido. En el Absoluto, en cuanto Amor subsistente, no se da «fragmentación de amores». Todos los incluye, en unidad indiferenciada, en ese único Acto que configura íntimamente a la Trinidad. Todos, aunque a primera vista no lo parezca. Y así, si prescindimos de la Encarnación del Verbo y consideramos a Dios en cuanto Dios, no cabe afirmar que en El haya pasiones, emociones o sentimientos: hablando con el rigor de la mejor tradición al respecto, estos fenómenos son exclusivos del hombre, por cuanto llevan consigo una conmoción y una alteración de sus dimensiones corpóreas. Pero el Amor espiritual de Dios —que se identifica con su Ser subsistente y absolutamente simple— incluye toda la riqueza que al amor humano le procura la afectividad (espiritual, psíquica y «sensible»). Y, como es evidente, elevada a una potencia infinita y sin las «desventajas» que los sentimientos pueden presentar entre los hombres. Hablando en puridad estricta, Dios —en cuanto tal— no tiene «corazón». Pero cuanto este término supone de ternura, calor, acercamiento entrañable, comprensión, mimo, misericordia, empatía, etc., lo encontramos en el Amor divino enriquecido y sublimado hasta límites inenarrables; o, mejor, sin ningún tipo de límites: en la sobreabundancia infinita de un Amor, que también es infinito Cariño.

Como consecuencia de la inefable integridad de su Ser subsistente, el Amor divino encierra, en impensable plenitud superadora, la enjundia y perfección que entre nosotros se disemina en las distintas subespecies del amor.

     b) La integración humana de los amores. El hombre no puede alcanzar nunca semejante apogeo. Pero, creado a imagen y semejanza del Absoluto, debe esforzarse por intensificar en sí la huella enriquecedora de su Principio, acercándose más y más a Quien también constituye su Fin último. En el plano que nos ocupa, todo ser humano ha de tender a encarnar la perfección del Amor divino mediante lo que podríamos calificar como una integración sublimadora de los amores. ¿A dónde apunta esta expresión?, ¿cuál es su significado básico?

 En primer término, se trataría de intensificar en lo posible los propios vínculos de amor, multiplicando progresivamente los términos de ese cariño. Con palabras más claras: todo ser humano ha de intentar convertir en destinatario privilegiado de su propio amor, después de las Personas divinas, al conjunto íntegro de los seres personales, cada uno según su condición y rango. Debe esforzarse por amar, ordenadamente, y en expresión de Carlos Cardona, a cada una de todas las personas que componen el universo.

Pero se trata también —y este es el punto que ahora nos interesa, por afectar de manera más inmediata a la familia, cuyo número de componentes es siempre limitado— de conjugar, en una misma persona, los distintos géneros de amor que de manera sumarísima vengo exponiendo. Por poner un ejemplo, que no encierra más pretensiones que la de ilustrar la doctrina que intento sugerir: el amor natural que los padres ofrecemos a nuestros hijos por ser nuestros, necesita ser reduplicado y enaltecido por la intervención libre de la voluntad, que descubre en cada uno de ellos un bien de categoría excelsa: una persona, un interlocutor irrepetible del Amor divino, creado a Su imagen y semejanza, y merecedor por tanto de todo nuestro amor electivo.

Permítaseme descender más a los detalles. Las horas que un padre o una madre pasan «contemplando» al hijo o la hija recién nacidos, durante los primeros meses de su vida, pueden —¡y deben!— tener un efecto enriquecedor del propio amor. En esos ratos de silencio contemplativo, es difícil que un padre no se admire ante la maravilla que supone que esa nueva criatura, dotada ahora de limitada pero radical autonomía, provenga efectivamente del abrazo amoroso con que, hace algunos meses, los dos esposos lo engendraron. Sin hacerlo explícito, a ese padre le asombra que el nuevo retoño constituya una síntesis viva de él y de su mujer: y este, obviamente, es el fundamento de su amor natural hacia el hijo, advertido como fecunda prolongación de su propio ser.

Pero hay más. Cualquier padre vislumbra con pasmo la desproporción entre el gesto de íntima unión nupcial que

Enviado por Arvo Net - 19/09/2005 ir arriba

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