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Por Fco. Javier Juanes
Arvo Net, 10.6.2006
Esta semana tendrá lugar un año más la prueba de
Selectividad para el acceso a la
Universidad. Son varios ya los años
que he sido convocado como miembro
de un tribunal de selectividad
corrigiendo, entre otras tareas, el
examen de una asignatura del área de
Ciencias. Participar en el
desarrollo de esta prueba me permite
entre otras cosas realizar una toma
de contacto con el grado de
conocimiento con que se acercan a la
Universidad los alumnos de
bachillerato de los distintos
centros educativos.
La prueba de Selectividad se mueve
básicamente en los mismos parámetros
todos los años. Los profesores que
preparan a los alumnos para la
prueba saben de antemano los
conocimientos que se van a exigir y
además existe bibliografía que
recoge las preguntas de años
recientes con sus correspondientes
resoluciones. El examen presenta una
estructura conocida, lo que permite
que sea superado sin dificultad por
quien lo ha querido preparar y lo ha
preparado. No es un examen
sorpresivo ni desconcertante o
extraño, más bien lo contrario.
En este sentido, la prueba de Selectividad suele
confirmar la trayectoria académica
de cada alumno durante el
bachillerato. Por otra parte, sirve
para que el nivel de conocimientos
mínimos que la Universidad determina
en cada área sea el mismo y conocido
por todos los alumnos que quieran
ingresar en ella. Además cumple la
función de reajustar las notas que
trae cada alumno según su
procedencia a fin de que el acceso a
las carreras escogidas se realice
con un criterio más objetivo.
Durante estos años he podido
detectar en la corrección de
exámenes diferencias entre alumnos
en función del centro de procedencia
que podrían considerarse injustas
aunque fueran justificables. Es
importante resaltar que estas
diferencias entre alumnos de
distintos centros no parecían
depender ni de la localidad, ni de
si el centro era público o
concertado, ni tampoco de si los
alumnos habían cursado el
bachillerato en un modelo
lingüístico o en otro. Por otra
parte, llama la atención la
normalidad y la resignación que en
general percibo cuando comento estas
diferencias a compañeros y padres y
sobre todo la reserva y excesiva
cautela con que la Universidad y
sobre todo el Departamento de
Educación actúan al respecto al no
hacer públicas las calificaciones
comparadas según asignaturas,
clases, modelos, centros, etc.
Sin embargo, quisiera incidir en
otro problema distinto aunque
relacionado con el anterior y
detectado estos últimos años en la
corrección de exámenes de una
asignatura del área de Ciencias. El
caso es que a dicho examen, los
alumnos de un centro, digamos centro
A, respondieron con buen nivel,
análisis adecuado, explicaciones
suficientes, resolución correcta,
limpieza, etc. y obtuvieron una nota
media alta (notable). Por otra
parte, los alumnos de otro centro,
centro B, respondieron de manera
bastante deficiente con respuestas
excesivamente breves, confusión de
conceptos, etc. y obtuvieron una
nota media baja (suspenso). Hasta
aquí esto no era una novedad,
tristemente.
Lo sorprendente fue observar que los alumnos de
ambos centros habían sido
calificados con notas medias muy
similares al término del
bachillerato. Podía ser una
casualidad o una curiosidad
estadística, pero el desequilibrio
era constatable. Como he comentado
previamente, la nota del examen de
selectividad sirve para compensar en
cierta medida los diferentes
criterios de evaluación en los
centros pero, en este caso, la
diferencia no era de matiz, era
considerable y, en mi opinión,
reveladora de otro problema que para
muchos padres y alumnos queda
normalmente oculto.
Comento esto porque llevo varios
años relacionándome y trabajando con
alumnos matriculados en el primer
curso de carrera despistados
respecto a sus propios conocimientos
y habilidades. Alumnos que dicen
haber obtenido buenas calificaciones
en el bachillerato y que, sin
embargo, tienen carencias
importantes de esa clase de recursos
que necesitan acumularse y
construirse lentamente, que se
consiguen a largo plazo y que van
formando el bagaje de cada persona
en relación al conocimiento
(científico en el caso en el que me
sitúo). Alumnos que aprobaron la
selectividad (probablemente ayudados
en gran medida por la nota del
centro de procedencia) pero con
lagunas, errores conceptuales y de
procedimiento, en mi opinión graves.
Y me refiero a estudiantes
trabajadores que asisten
regularmente a clase y que, al menos
al principio, muestran interés por
realizar bien sus tareas.
Inevitablemente estoy pensando en
los alumnos del centro B que en el
examen de selectividad dejaron
patente que no estaban bien
preparados (en el área que me
correspondía al menos) y que sin
embargo tanto ellos como sus padres
considerarían que eran alumnos
“notables”. Me pregunto cuántos
otros alumnos no habrán sido
evaluados en sus centros respectivos
con criterios demasiado comprensivos
(centros cuyos responsables pueden,
quizás, preciarse de bajo número de
suspensos y alto éxito escolar) y
cuántos padres estarán tranquilos
pensando que sus hijos e hijas
“progresan adecuadamente”. Y no se
trata de poner en el punto de mira a
profesores que probablemente hacen
lo que pueden con los recursos que
tienen, aunque también es posible
que haya (como parte de la sociedad
en la que viven) algunos que
prefieren evitar complicaciones
(porque exigir es frustrante y
siempre trae problemas) unas veces
con sus alumnos, otras con los
padres de los alumnos y otras con
sus propios compañeros.
Es cierto que la ESO y el
Bachillerato constituyen también
ciclos completos y que por lo tanto
deben considerar a la hora de
evaluar a cada alumno más
dimensiones que la correspondiente
al nivel de conocimiento de cada
asignatura. Pero cada vez tengo más
la impresión de que ese enfoque está
sobredimensionado y de que hay que
empezar a actuar para que el
complejo camino educativo se
desarrolle con más equilibrio y más
perspectiva. Así, en este momento,
sería necesario atender
adecuadamente no sólo a aquellos que
se van quedando descolgados en el
devenir escolar sino también empezar
a mirar a los “otros perjudicados”
de las descompensaciones educativas.
Me refiero a aquellos alumnos y
alumnas que quieren hacer una
carrera en la Universidad y que no
son conscientes de sus carencias
porque les están evaluando con notas
excesivamente generosas sin tener
los conocimientos suficientes. Me
refiero a los que luego veo sufrir
cuando están en la Universidad
porque no entienden lo que les pasa,
alumnos que, tras arduos esfuerzos,
necesitan un año o más para
recuperar, en el mejor de los casos,
lo que no consiguieron en su
momento.
Este año probablemente también habrá
de estos alumnos en el examen de
Selectividad, alumnos que creen
tener buen nivel de conocimientos
pero que no están tan bien
preparados como ellos y sus padres
piensan. Es momento de atender a
este sector del alumnado que son los
grandes perjudicados en el largo
plazo, alumnos a los que se les
difuminan sus problemas entre los 14
y 17 años y que con 18 y 20 años se
encuentran con una realidad que les
parece injusta porque no la
entienden.
Hay que reconocer que el problema no
es sencillo de resolver. En general,
los estudiantes prefieren aprobar
sin que a cambio se les exija
demasiado, los padres están más
tranquilos si ven notas mejores que
peores y los profesores quieren
formar buenos alumnos pero tienen
pocos recursos disciplinarios para
asegurar el mínimo de autoridad que
requiere ser estricto en cuanto a
los contenidos a exigir y, además,
sienten poco respaldo (de los padres
y del resto del estamento educativo)
para suspender cuando no se sabe ni
la mitad de lo que se pregunta. No
es broma, hay padres que acuden a
los centros de enseñanza a “pelear”
con los profesores la nota de sus
hijos y que discuten sus sistemas de
evaluación (y no entro en cuestiones
de disciplina). Tampoco es broma que
los responsables del sistema
educativo consideren uno de los
indicadores de la Calidad la
erradicación de lo que ellos
denominan el fracaso escolar, lo que
relacionan con el número de
suspensos (hágase la ecuación de
cómo se puede conseguir mayor
calidad).
Se debería empezar a equilibrar esta situación.
Por eso es momento de hacer un
llamamiento fundamentalmente a los
alumnos y también a sus padres, para
que reclamen a los profesores de sus
hijos e hijas que no les aprueben si
no se lo merecen, para que les
suspendan todas las veces que sean
necesarias en función de su criterio
(el del profesor, por supuesto). Es
necesario comenzar (administración)
por no llamar “fracaso” al suspenso,
seguir (padres) por
comprender que cada persona, cada
alumno tiene su propio camino y si
alguien necesita más tiempo y
dedicación habrá que
proporcionárselo (no se le hace
ningún favor ni se le evitan traumas
diciéndole que ya ha cubierto los
objetivos en el mismo tiempo que los
demás). Es necesario que el
profesorado recupere el
respaldo social (por lo menos el más
cercano) y el aliento y apoyo del
resto de los componentes del sistema
educativo. Es necesario (todos)
que recordemos que en la escuela,
colegio, etc. también deben
aprenderse conocimientos y que los
centros de enseñanza deben ser
exigentes a la hora de valorar el
grado de aprendizaje de cada alumno,
y posibilitar que el que no llega al
mínimo lo vuelva a intentar hasta
que lo consiga. Porque, en el largo
plazo, suspender no es fracasar,
suspender es tener la ocasión de
poder comprendernos y poder poner
las bases para mejorar. Si no nos
suspenden cuando nos lo merecemos,
terminaremos creyéndonos lo que no
somos, creeremos que sabemos cuando
sólo tenemos ideas deslavazadas e
inconexas y nos sobrevaloraremos ...
hasta que lleguemos a la Universidad
(a la que se autodenomina así o a la
otra, a la de la vida), y entonces
superar el desfase será más duro,
más largo y más frustrante.
Si ha sido capaz de leer hasta aquí,
y le preocupa este asunto, no lo
dude, acérquese al responsable de su
educación o de la de su hijo o hija
y pídale amable pero firmemente que
le suspenda si no está bien
preparado y si no supera las pruebas
que el profesor le ha puesto. Y si
suspende pídale ayuda. Aunque le
resulte frustrante en primera
instancia lo agradecerá cuando se
haya distanciado en el tiempo.
Fco. Javier Juanes
javier.juanes@ehu.es
5 de junio de 2006
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