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SOBRE LA EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA (Javier Barraca)

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SOBRE LA EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

SOBRE LA EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

 

 

« Pero si Dios no existe, hermano, al fin y al cabo: todo está permitido…» (Los hermanos Karamázov, de F. Dostoievsky)

Por Javier Barraca
AVIZOR, 19-12-2005 *

PRESENTACIÓN

El gobierno actual de España no es original, en absoluto, en su propósito de promover una educación para la ciudadanía por completo ajena a lo religioso y lo trascendente. Así como tampoco lo es al procurar vaciar dicha educación ciudadana de contenidos, limitándose a defender criterios puramente formales. Ya desde muy antiguo se ha deseado desvincular lo religioso y lo ético, y también lo cívico y político (el siglo XX guarda estremecedores testimonios de esa disociación letal para la persona y su libertad). Edificar una ciudad sin Dios supone el babélico anhelo de los hombres idólatras de sí mismos, de todos los tiempos. San Agustín lo reveló ya en su genial contraposición de las dos ciudades.

Pero, hoy, como ayer, debemos acudir a la sabia experiencia, que ayuda a prever los desastres que ello acaba auspiciando. El primero, y desde luego temible, la extensión de un nihilismo ético, basado en el relativismo axiológico, que termina con quebrar ese espíritu cívico, que se pretende fomentar. Al margen, por completo, de Dios, y de la tendencia natural humana a lo religioso, o en las antípodas de la constitutiva aspiración a lo trascendente, la persona extravía su más hondo sentido, y se entrega no a la convivencia, sino a la destrucción. Remediarlo exige captar la honda relación existente entre recta ciudadanía y religión en libertad, o encarnar vitalmente ese nudo íntimo que une los valores de lo trascendente y de la armonía social, para desarrollar desde esta base y con este horizonte una educación verdaderamente integral.

La antropología como base de toda educación para la ciudadanía

El diccionario de la Real Academia de la Lengua define cívico como civil o perteneciente a la ciudad o a los ciudadanos; también, perteneciente al civismo. Civismo es celo y generosidad al servicio de los demás ciudadanos. Civilidad es sociabilidad, urbanidad. En conjunto, todos estos términos proceden del latín, de las palabras: civitas (ciudad) y civilis (civil). De acuerdo con su etimología, lo cívico o el civismo consisten en aquello que está en armonía con lo social, lo que implica respeto y atención a la convivencia social. Como el contexto social humano en el que se extendió el uso del término fue la urbe o la polis, éste hace referencia a la urbanidad y a la política, en su sentido originario de cultivo de la dimensión social humana.

Dado que el ser humano posee naturalmente una dimensión interpersonal, y que ésta inspira la configuración de sociedades, se presenta la necesidad de educar o formar a los miembros de esas sociedades, para que progresen en el desarrollo de una mejor convivencia en su seno. Tanto es así, que se ha dicho que toda educación es en el fondo educación cívica. Por eso, siempre se ha llevado a cabo la educación cívica, en una u otra forma.

Lógicamente, la educación cívica desarrollada se orienta de acuerdo con la concreta concepción de la sociedad y del hombre que se posea. Depende, en especial, de la cultura en que se incardina, de la filosofía que la inspira (particularmente del modelo antropológico que se tenga), la ideología, etc. Así, ha tomado formas diversas históricamente, desde la paidea griega a la actual educación cívica basada en los Derechos Humanos, pasando por la doctrina social cristiana o el modelo socializador comunista. Pero evidentemente, no es indiferente, no es igual, el elegir uno u otro camino educativo para la ciudadanía, y tampoco lo es escoger, antes, uno u otro modelo de referencia. En todo caso, existe una parte o tronco común, perenne y universal, que corresponde a los principios o pautas más básicos o fundamentales, necesarios para el desarrollo de una convivencia adecuada en toda sociedad humana; esto, mientras en el ser humano permanezca un fondo propio. Por lo tanto, sea quien sea, aquel que pretenda diseñar el marco formativo para la convivencia no le está permitido actuar al margen de esos principios, verdaderamente universales, por lo naturales. No cabe argumentar que cada cual educa en la ciudadanía como mejor le parece, porque hay un substrato común del que nadie puede legítimamente abdicar, en este campo.

LA FORMACIÓN ÉTICA O MORAL: MARCO INTEGRADOR DE LA EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

Una dimensión crucial de la educación cívica o para la ciudadanía, en su sentido auténtico, se halla en el respeto debido a la ética social. Entendemos por ética social aquella que se refiere a la vivida en relación con los grupos extensos, comunidades humanas en su alcance amplio o sociedades. En este sentido preciso, hablamos de una ética cívica, ética para la ciudadanía, de una educación cívica moral, o formación en la ética social. Ahora bien, ni la ética ni en concreto la ética social constituyen realidades arbitrarias, frutos del mero consenso o acuerdo entre las gentes. La ética social es la que responde a los principios que realmente rigen la conducta en sociedad en orden al bien común, y no los que se desea instaurar. Estos principios constituyen un marco irrenunciable para toda ulterior labor educadora en la convivencia, porque derivan del propio ser de la persona, del hecho de su dignidad, y de la realidad del abuso que conlleva el tratar al sujeto al margen de su auténtico valor. No es la ética social hija de la buena voluntad, sino de la realidad de la existencia de personas, además de cosas, y de la evidencia de que éstas merecen respeto.

Dada la importancia que la ética social reviste para la educación cívica, se afirma que toda educación para la ciudadanía debe integrarse en el marco de la educación moral o formación ética. No cabe situarla, pues, al margen de ésta, como un anexo o corolario más o menos accidental, desligado del respeto de tales principios orientadores básicos. Esto sería tanto como pretender edificar una ciudadanía sin ética, una libertad sin responsabilidad, una vida en común sin bien alguno compartido. Todo ello resulta, sencillamente, imposible.

A la ética, ha de añadirse aquí la necesaria incorporación de la urbanidad, o el civismo en un sentido amplio, lo que incluye el fomento de la cortesía, de la participación en la vida socio-política y económica, del desarrollo cultural, del cultivo del diálogo adecuado, de la colaboración en la integración social de quienes lo necesitan, o del favorecer todo aquello que redunde en alguna medida en aumentar la cohesión social, etc. Por esto, se reclama la inscripción de la educación cívica en el contexto general de la educación integral, formación completa o educación en el conjunto de los valores. En efecto, no estamos con la educación cívica ante una isla formativa o segmento educativo autónomo, y esto debe ser comprendido con claridad. Nos hallamos ante una dimensión o aspecto de una unidad mayor y final, la formación integral, y también moral, de la persona entera.

Dentro de la educación para la ciudadanía, las claves fundamentales de la ética social se hallan en el respeto a la dignidad de la persona, a los principios sociales básicos, a los valores humanos objetivos o perennes, esas perfecciones que son propias de la persona humana, y en especial las vinculadas más estrechamente con el logro de una adecuada convivencia social. Todo ello articulado conforme a una recta jerarquía de importancia, que colabora a ordenar la tarea educativa y a discernir sus prioridades. Además, aquí sostenemos que todo este complejo y arduo propósito se ve necesitado de un fundamento, de una base en la que arraigar. Por eso, reclamamos lo decisivo de fundamentar la empresa de la educación cívica en el sólido cimiento de la Trascendencia, en la realidad de lo que supera a lo meramente humano -y por tanto finito-, en la constitutiva apertura del hombre a Dios, en su vocación y anhelo del Bien y de la felicidad plena.

EL FUNDAMENTO DE LA ÉTICA CIUDADANA Y LA DIMENSIÓN TRASCENDENTE DE LA PERSONA

Resulta crucial, en efecto, no olvidar nunca la necesidad de una fundamentación profunda de la educación cívica. Sin raíces, sin conexión con las cuestiones de fondo, la educación para la convivencia se desmorona, ausente de una base sólida para superar los continuos conflictos de intereses.

Así, la dimensión trascendente de la persona supone un cimiento necesario de este esfuerzo. Esto, por cuanto el ser humano no halla en sí solo el último sentido de su actuar justo, ni en la pura igualdad de la especie. Ha de vencer todo solipsismo, si quiere superar los dañinos extremos del individualismo o del colectivismo exacerbado. Sólo acogiendo la llamada de amor, que procede de aquello que le supera y trasciende, puede hacer progresar, intensificar, promover su propio impulso ético, de forma continua. No cabe pues, aguardar un desarrollo permanente de su civismo desde la mera reciprocidad; porque la profundización y el enriquecimiento de su civilidad, de su capacidad para una convivencia adecuada, constituye un dinamismo, un movimiento de crecimiento, y no algo estático, en lo que se alcance niveles más o menos tolerables, en los que quepa instalarse con seguridad. La educación cívica o crece, o progresa, en excelencia, en hondura, en valores auténticos, en altura, o, lamentablemente, termina por retroceder hasta extremos siempre sorprendentes. Sin un empeño de generosidad o de donación en continuo progreso, fundados en lo que supera el límite humano, desemboca en empobrecimiento paulatino. Como toda realidad inmaterial, o espiritual, de no incrementarse, mengua, pues no le es dado permanecer en una cota determinada.

Por todo lo anterior, aquí, el tenor –no el mero talante- espiritual e inmaterial del ser humano constituye un aliento fundamental del civismo. Esta dimensión espiritual, trascendente, presente en la persona, inspira la permanente necesidad de perfeccionar su capacidad para convivir en armonía con los otros. Estos otros merecen un progreso perpetuo de nuestro convivir junto a ellos, por cuanto constituyen no pura finitud, no simples iguales nuestros, meras semejanzas de nuestra limitación, sino seres únicos que reflejan lo que a todos nos trasciende, verdaderas imágenes o huellas de algo superior.

No debe pues negarse, legítimamente, el que cabe establecer, por tanto, una vinculación entre la vivencia adecuada de los valores religiosos y la ciudadanía. De hecho, lo cierto estriba en que ha de cuidarse, como fundamental, la referencia a la trascendencia de la persona, y su vinculación con los valores superiores, de tipo espiritual. El ser humano es un FIN y no un medio, decimos, y concordamos en que su dignidad resulta inviolable, mas esto es así, ante todo, porque en él resplandece la huella de su Creador. El hombre es una criatura religada a lo más hondo de lo real, enseña Zubiri, cuya dignidad y sentido últimos se apoyan en su VOCACIÓN a lo trascendente, a lo que va más allá de sí mismo, a lo que lo supera. Por eso, resulta particularmente recomendable alguna formación sobre estos extremos. Los valores religiosos pueden jugar, en fin, un papel crucial con respecto a la promoción de la dignidad persona. Aunque ello, si son presentados no como un obstáculo a la dignidad, sino como conectados a lo más profundo del hombre.

Debido a lo precedente, podemos afirmar que el lema o principio educativo de Don Bosco puede ser recuperado, aquí y ahora, en el mundo entero y siempre, sin asomo de sonrojo: Hacer buenos cristianos, y honrados ciudadanos. Lo cual no implica confundir, ni forzar estas tareas, pero tampoco –y este es su sentido originario- SEPARARLAS. Al contrario, se trata de alcanzar a mostrar, de algún modo, su conexión más honda, su imbricación.

DIGNIDAD HUMANA CON FUNDAMENTO

La pauta básica de los contenidos de la ética cívica o social se encuentra, desde luego, en el respeto y promoción activa de la dignidad humana. Ahora bien, esta dignidad halla su base o apoyo, su fundamento, en el ser de la persona. Todo ser humano es persona, y porque lo es posee dignidad en este radical sentido. Los célebres Derechos Humanos no proceden de la arbitraria atribución de los mismos por parte de un gobierno o autoridad mundana, más o menos generosa con sus súbditos. Se hallan ligados intrínsecamente a la dignidad de la persona humana. Tradicionalmente, se explica que la causa o fundamento de la dignidad de la persona humana está en ser imagen y semejanza de Dios. Esto mismo puede expresarse diciendo que el fundamento de la dignidad humana radica en que los seres humanos son personas de naturaleza racional, dotados de inteligencia y voluntad, y, así, de determinada libertad.

Ahora bien, la clave en todo esto estriba en que todos reclamamos el máximo respeto hacia esta dignidad humana. Y queremos una educación cívica que fomente esta actitud y responsabilidad. Pero ¿cómo podemos demandar un respeto INCONDICIONAL a unos Derechos Humanos, a una dignidad personal, si ésta deriva tan sólo de nuestras convenciones o consensos? ¿Cómo defender con pujanza adecuada aquello que hoy es y mañana no, simplemente según el albur de las inconstantes pretensiones de los hombres? La dignidad humana, y la educación en su defensa y desarrollo, nos exigen, para ser eficaces, y no mera declaración programática, unos sólidos fundamentos. En ello, lo trascendente, lo religioso, lejos de constituir una muralla insalvable, ha de saber verse y vivirse como una ocasión para radicar, ahondar, afianzar la consideración de la dignidad personal.

De hecho, en cuanto profundizamos en el carácter propio de los Derechos Humanos, en su sentido estricto, nos topamos con la evidencia de que nos refieren a algo ulterior. Así, afirmamos que poseen unos rasgos básicos: que son sagrados, fundamentales o primordiales; que su alcance resulta universal; que son inalienables o indisponibles por parte de los propios seres humanos; y, por último, que constituyen un todo indivisible. Es decir, demandan el máximo respeto o consideración; pertenecen a todos los hombres por igual (sin distinción de nacionalidad, raza, sexo, religión, clase social, etc.); son derechos de los que nadie puede abdicar o dimitir (nadie puede venderse como esclavo, ni renunciar a su derecho a la vida, o su la libertad de culto, etc.); y están vinculados o relacionados inseparablemente entre sí. Como vemos, en todos estos rasgos late la existencia de un principio trascendente a lo puramente humano, a la sola simetría del doy, para que me des, o del hoy por ti, mañana por mí, etc.

Por supuesto, todos los Derechos Humanos tienen un límite en el bien común. Esto revela, pues, que, de algún modo, los Derechos Humanos comportan no sólo derechos, sino también deberes. Todo Derecho Humano supone no sólo un privilegio, sino el deber u obligación de respetarlo en uno mismo o en otro.

LOS PRINCIPIOS SOCIALES BÁSICOS

Junto al respeto de la dignidad humana, y en especial de los Derechos Humanos, ha de darse el de los principios generales de la ética social, los llamados principios o pautas de la organización social. Éstos son: la primacía del bien común, el respeto al orden, el derecho-deber a la participación, el principio de subsidiariedad, la comunicación de los bienes y la responsabilidad por el ejemplo dado. Sin ellos, la convivencia social se quiebra y la educación ciudadana fracasa, convirtiéndose en una burla de sí misma.

En efecto, el bien común debe prevalecer sobre el individual. Deben respetarse el orden y la autoridad legítimamente constituidos, las leyes, etc. (salvo injusticias graves). Los ciudadanos tienen el derecho y el deber de participar en su sociedad. También, según el principio de subsidiaridad, el que está más cerca del problema ha de primar en orden a su solución y en responsabilidad (persona, familia, barrio, municipio, región, Estado, comunidad internacional). Además, debe darse la comunicación de los bienes, dado el destino universal de los bienes, aunque existe legítimamente la propiedad privada. Los bienes de este mundo están para ser comunicados entre las personas, aunque de diversas formas (dado que el bien es difusivo, reclama ser participado o comunicado); y los humanos tienen derecho a poseer ciertos bienes como propios (derecho a la titularidad, posesión y disposición sobre algo), aunque sin dañar nunca el bien común, de un modo fundamental o básico.

Existe, sin embargo, un principio de ética social que jamás se debe traicionar. Sin él, toda educación termina en fracaso: es el de la emulación social o el ejemplo dado. Los humanos tendemos a imitarnos unos a otros, especialmente a los dirigentes o líderes de nuestros grupos, educadores, padres, etc. (de aquí la importancia del aprendizaje vicario). Por eso, todos hemos de cuidar el ejemplo dado y la influencia sobre otros que ejercemos, particularmente cuando somos responsables de otros. De manera que resulta un grave espejismo, creer que alguien, un gobierno, una institución, un educador, una familia, puede lograr buenos ciudadanos si primero no lo son ellos mismos. Con esto vamos a concluir nuestras consideraciones, sobre la educación cívica. Se trata de algo muy sencillo, más sin duda rotundo. No tendremos ciudadanos educados en una convivencia armoniosa, si nosotros promovemos el conflicto de intereses, la polémica partidista, el enfrentamiento y la división. Educar, en la ciudadanía, o en cualquier otra cosa, sólo le corresponde a quien está dispuesto a aceptar el compromiso de la propia coherencia. Y esto, lo sabemos, exige apoyarse, en el caso de los falibles humanos, en algo más firme y fiable que nuestro contingente ser. Ese fundamento, superior a nosotros, más sólido que nuestra inconstante naturaleza, nos ofrece la posibilidad misma de progresar hacia un horizonte mejor con una confianza verdadera.

CONCLUSIONES

Constituye un error gravísimo desvincular la educación ciudadana de lo trascendente y de lo religioso. Sin éstos, el necesario progreso en cuanto a una mejor convivencia ciudadana se ve gratuita, e inútilmente, obstaculizado, hasta detenerse, y, más tarde, comenzar a deteriorarse hasta límites claramente des-humanizadores.

Lo cívico o el civismo señalan aquello que está en armonía con lo social, lo que promueve la convivencia social. Mas ello demanda advertir que un marco crucial de la educación cívica, o para la ciudadanía, se encuentra en la ética, en concreto en la ética social. Las pautas fundamentales de la ética social consisten en: el respeto a la dignidad personal y los principios sociales básicos. Ahora bien, ambos campos revelan la necesidad de una fundamentación profunda de la humana convivencia y, así, de la educación cívica.

Pauta básica de la ética cívica o social consiste en la defensa activa de la dignidad personal, especialmente de los Derechos Humanos. Éstos poseen algunos rasgos fundamentales, que manifiestan su referencia a algo superior a lo humano mismo. Los Derechos Humanos comportan no sólo derechos, sino también deberes, y su respeto invita a vivirlos como una invitación exigente de lo trascendente. También, resulta indispensable el respeto a los principios generales de la ética social, los llamados principios o pautas de la organización social. Al margen de tal orden objetivo de la convivencia humana, toda sociedad se desmorona.

No cabe aspirar, pues, a una ciudadanía, ni a una educación ciudadana adecuadas sin la articulación de estas realidades de acuerdo con su más alto sentido, y sobre la base de su postrer fundamento. Al margen, como se pretende, por completo, de sus referencias últimas, dando la espalda a la vida y orientación que emana de ellas, la sociedad humana se incapacita a sí misma para su propia y decisiva misión.
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* Publicado en AVIZOR, Boletín de Profesionales por la Ética, Enero de 2006.

* Javier Barraca es doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, y en Derecho, por la UCM, diplomado en Ética por La Sorbona. Profesor de Ética de la educación y Educación en valores en el CES Don Bosco, y de Antropología en la Universidad de París en Madrid.
 

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