Jesús Ortiz López *
Doctor en Pedagogía.
La noticia de las movilizaciones a partir de
noviembre contra la Ley Orgánica de la
Educación (LOE) del Gobierno socialista es,
en realidad, a favor de la educación en la
libertad, para que los padres puedan elegir
la educación para sus hijos, según sus
propias convicciones; es decir, una
educación integral, que no cercene la
dimensión religiosa de los alumnos. Porque
la LOE ya aprobada por el Gobierno de
Rodríguez Zapatero supera los errores que la
anterior LOGSE, impuesta hace años por el
Gobierno socialista. Esta reforma educativa
va a crear más problemas de los que pretende
resolver, porque nace fuertemente
ideologizada en el laicismo militante contra
la Religión y en la ruptura con los valores
humanos de la excelencia. En primer lugar ha
abortado la tardía Ley de Calidad que
intentó el anterior Gobierno con tanta
timidez para intentar corregir los errores
de la LOGSE impuesta también por los
socialistas.
Llama la atención que el Gobierno dirija sus
armas especialmente contra la clase de
Religión cuando el problema capital que
arrastra la educación es más hondo: el
fracaso escolar y la desvinculación de los
jóvenes. Son los expertos quienes han
señalado los malos resultados académicos de
unos alumnos que apenas saben leer y
escribir; es patente el fracaso en lengua,
matemáticas e historia. Pero más grave es el
problema del desarraigo de unos jóvenes
maleducados en la ignorancia de sus raíces,
e influídos por los «héroes» colectivos
–cantantes, actores o deportistas- que
exhiben una vida instalada en la
satisfacción de sus deseos: sexo, drogas, y
violencia. Llevan así hasta las últimas
consecuencias la ruptura con todo lo
anterior, más de lo que ellos mismos
suponen. La calle y esa escuela cultivan un
yo inmaduro y exacerbado que exige derechos
y no quiere saber nada de obligaciones, una
autoafimación del yo a través de la
violencia, el dominio sobre compañeros más
débiles, las bandas juveniles y los
enfrentamientos que acaban en muertes, o el
terrorismo callejero. No es alarmismo de
gente conservadora sino la triste realidad
que obliga al Estado a gastar más recursos
para reeducar a los jóvenes delincuentes,
paliar la violencia en las aulas o la
doméstica, reparar el mobiliario urbano
destrozado cada fin de semana, o luchar
contra la drogadicción y contra los
embarazos en mujercitas adolescentes: casi
la mitad termina en aborto provocado.
El escritor Saint Exupéry fue profeta cuando
advertía que la falta de vínculos y de
raíces era el mal de nuestro tiempo. El
Pequeño Príncipe aprendió de aquel zorro la
necesidad de crear lazos. Todos necesitan
amigos: tenemos un corazón para amar y ser
amados. Y cuando esto no ocurre empieza a
faltar sentido a la vida en este mundo
nuestro, con frecuencia tan impersonal y
poco humano. Eso decía el zorro que pedía
ser domesticado, es decir, salir del
desarraigo, tener un amigo.
El remedio está en que la Ley de Educación
fomente una cultura de la vinculación y del
arraigo para que los jóvenes encuentren sus
raíces. No lo puede conseguir esa
pretenciosa Educación para la ciudadanía por
ser un sucedáneo, en versión laicista, para
sustituir la asignatura de Religión, única
que puede transmitir el sentido
religioso-religado de la vida. Pero
naturalmente la escuela debe estar apoyada
por las familia, la sociedad y las mismas
instituciones eclesiales, para superar el
paradigma de la ruptura y apostar por la
excelencia. Juan Pablo II ha sido el llorado
líder de los jóvenes porque les ha dicho
siempre la verdad con cariño y claridad,
como hizo en Madrid: «Responded a la
violencia ciega y al odio inhumano con el
poder fascinante del amor. Venced la
enemistad con la fuerza del perdón.
Manteneos lejos de toda forma de
nacionalismo exasperado, de racismo y de
intolerancia. Testimoniad con vuestra vida
que las ideas no se imponen, sino que se
proponen. ¡Nunca os dejéis desalentar por el
mal!».
En lugar de la mala educación arrastrada desde
la LOGSE los jóvenes necesitan una educación
de calidad que enseñe el valor del esfuerzo
y sea capaz de arraigarles en el compromiso.
Una buena educación que enseñe a crear
lazos, el único camino para el desarrollo
humano del propio yo solidario con los
demás. Lo decía desde Colonia, en la
reciente Jornada Mundial de la Juventud, el
Papa Benedicto XVI cuando recordaba que la
Eucaristía viene a ser una «fisión nuclear
llevada en lo más íntimo del ser; la
victoria del amor sobre el odio, la victoria
del amor sobre la muerte. Solamente esta
íntima explosión del bien que vence al mal
puede suscitar después la cadena de
transformaciones que poco a poco cambiarán
el mundo». ¿Será capaz la nueva Ley de
Educación de orientar a los jóvenes en esa
cultura de la vinculación? ¿Permitirá a los
padres ejercer su derecho a elegir el tipo
de educación que quieren para sus hijos?
‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾‾