|
Luis Olivera
Periodista
Arvo Net, 26 de julio de 2005
Mi
amigo me contaba que ha sido profesor de religión
católica muchos años. Y que, como fruto de su
experiencia, en esas clases y en esos años, el profesor
y sus alumnos han aprendido mucho más que religión. Han
podido comprobar, por ejemplo, que sólo desde el
cristianismo es posible entender a Lutero y a
Erasmo, a Miguel Ángel y a Bernini, a
Felipe II y a Enrique VIII, a Dante
y a Jorge Manrique, a Lope de Vega y a
Quevedo.
Gracias a la asignatura de
religión han entendido aspectos fundamentales de la
historia de Europa y del mundo: un largo recorrido que
pasa por el Camino de Santiago, por las catedrales
románicas y góticas, por la pintura barroca, por el
Réquiem de Mozart, la Pasión de Bach y el
Mesías de Haendel, y también por la fundación
episcopal o papal de las universidades.
“¿Se puede entender "El
hijo pródigo" de Rembrandt sin la referencia a la
parábola del Evangelio?”, me preguntaba otro
profesor de Historia en educación secundaria.
Pero lo más importante, sin embargo, tal vez no sea lo
que el profesor y sus alumnos han aprendido en clase. Se
diría que la religión tiene un efecto saludable sobre la
personalidad global de quienes la estudian. En realidad,
no podría ser de otro modo. Porque Jesucristo, es
el más atractivo y exigente de los modelos que registra
la historia humana: contagia generosidad y compasión,
comprensión y amor, justicia y responsabilidad, limpieza
de pensamiento y de vida, sentido de la vida y de la
muerte, alegría y esperanza inquebrantable.
Mi
amigo, que por estudios es profesor de filosofía y
escritor de diversos manuales de ética y de pensamiento
filosófico, me decía: “Ya sé que el cristianismo no
es una ética, pero la revolución religiosa que origina
tiene, como gran efecto secundario, una extraordinaria
revolución ética”. Y esa nueva interpretación de la
condición humana, unida al orden jurídico romano y al
orden mental griego, da lugar a la civilización
occidental.
En
las bienventuranzas se resume la ética cristiana.
Cristo la presenta en toda su exigencia y
radicalidad, afirmando que exige hacerse violencia, pero
señalando al mismo tiempo que vale la pena contarse
entre los esforzados que lo intentan, sencillamente "porque
ellos verán a Dios".
En
la historia de la humanidad, las bienaventuranzas
constituyen un cambio radical en las usuales
valoraciones humanas, al poner los bienes del espíritu
muy por encima de los bienes materiales. Y eso tiene un
enorme valor educativo, en medio de un mundo --como el
actual-- consagrado al pragmatismo del éxito rápido.
Los laicistas y anticlericales manejan en España el
ámbito de las ideas: llegada la era de la electrónica,
siguen adivinando demonios bajo las sotanas. Alegan que
no puede permitirse que el aula se convierta en una
catequesis sin dañar gravemente los principios
democráticos, aunque lo democrático debería ser aceptar
que los padres soliciten para sus hijos educación en la
religión que creen oportuna, sobre todo cuando se trata
de un derecho fundamental. En su fariseísmo, también se
llevan las manos a la cabeza porque la asignatura de
Religión sea tan evaluable como las demás. A fin de
cuentas, ¿qué es más importante para nuestros hijos: que
aprendan a relacionarse con Dios o que identifiquen en
una frase el complemento directo y el circunstancial? Lo
decía muy bien otro filósofo, profesor y padre de
familia: “Prefiero que, a la vez que cacarean un
temario que en breve pasará al cajón del olvido,
consigan respuestas para los grandes interrogantes de la
vida” (Miguel Aranguren).
Este profesor también piensa que la religión católica es
profundamente razonable. Decía el pensador francés
Blaise Pascal que “el último paso de la
razón es darse cuenta de que hay muchas cosas que la
sobrepasan, y que precisamente por eso es razonable
creer”. Un hombre perdido en la montaña hace bien en
pedir ayuda, aunque no sepa si alguien puede oírle. Lo
que está claro es que no conseguirá ser oído si no
grita. Por eso, no es irracional en absoluto rogar a
Dios aunque se esté en medio de un mar de dudas. Se ha
dicho que nadie con un poco de sensatez se reiría del
grito del escéptico: "¡Oh Dios, si existes, salva mi
alma, si tengo alma!” Aquí vemos que, además de su
indudable valor cultural, la religión se diferencia de
las demás asignaturas al ofrecernos este plus de
sentido. Por eso, discutir su presencia en las aulas, o
convertirla en asignatura voluntaria y no evaluable, me
parece tan pintoresco como discutir las matemáticas o la
lengua.
Me produce cierta inquietud la generación de escolares a
la que ya han privado del derecho a aprender a
interrogar su conciencia, a rezar, desde principios de
los años 80. Esos muchachos criados en el laicismo
tendrán muchos menos agarraderos para ser felices, lo
único importante que pueden enseñarte durante doce años
de colegio.
No potenciar adecuadamente su dimensión religiosa es un
modo solapado de mutilar la grandeza del hombre, de cada
ser humano. Su libertad ha sido amordazada por la
ideología.
RELACIONADOS:
EDUCAR EN EL COLEGIO
EDUCACIÓN PARA LA PAZ
|