Por Sunsi Estil-les Farré
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Arvo Net, 21/06/2006
Un balance inevitable, aunque no es agradable de
exponer ni de leer ni de asumir. En
el balance, el platillo de la
violencia se ha ido cargando con
kilos de agresiones –físicas y
psíquicas- y ha desequilibrado la
armonía de la enseñanza en España.
Este curso, definitivamente. La
violencia con toda la gama de
grises. Desprecio. Ridiculización.
Coacciones. Agresiones físicas.
Comportamientos de intimidación y
amenaza. Comportamientos de
exclusión y bloqueo social.
Comportamientos de maltrato y
hostigamiento verbal. Robos,
extorsiones, chantajes...
Iñaki Piñuel es psicólogo y profesor de la
Universidad de Alcalá. Lleva años
analizando el tema con
investigaciones serias y
exhaustivas. Un tema espinoso que
generalmente suscita reacciones
adversas. Sus dos últimos estudios
se centran en el ámbito escolar:
“Violencia y Acoso Escolar” y
“Violencia contra los profesores”.
Dice al respecto: “Jamás habíamos
encontrado la sensación de amenaza
que han provocado en el sector
educativo nuestros dos últimos
estudios”. Piñuel asegura que
destapar la violencia que existe en
las aulas “parece haber tocado y
amenazado la clave de bóveda de todo
el sistema educativo”. Con esta
clave se explica la onda expansiva
de la violencia en todos los órdenes
sociales. Se intenta esquivar
responsabilidades, las que tocan en
cada caso particular. Y a base de
escurrir el bulto, el problema se ha
hecho una bola tremenda. No existen
tapaderas de semejantes dimensiones.
¿Por qué no aceptamos que esto es lo
que hay y que hay que hacer algo?.
En la comunidad educativa se respira un ambiente
que Piñuel considera
“psicológicamente tóxico” y ya está
dañando a los alumnos de Primaria.
Por estas fechas, los dermatólogos
insisten. Nuestra piel tiene
memoria; recuerda el número exacto
de horas que hemos estado expuestos
a las radiaciones solares. Y al cabo
de los años pasa factura. El
paralelismo con la idea que nos
ocupa va ni que pintado. A los niños
también les pasa factura los años de
inspiración y espiración de una
atmósfera educativa nociva. Piñuel
habla de dos grupos inevitables:
“los más dañados, como futuras
víctimas, más vulnerables a otros
fenómenos de victimización en la
vida adulta como son el maltrato
doméstico o el acoso laboral” y “los
que salen más reforzados (...) les
habrá servido para especializarse en
el arte de dominar, subyugar y
reducir a sus iguales”.
Creer que los investigadores tienen una visión,
dramática, catastrofista... implica
tener un problema: no aceptar que
tenemos un problema. Creer que los
investigadores llevan razón pero que
el tema no nos incumbe es otro
problema. Ya van dos. Y si somos
conscientes de que nos incumbe pero
nos hacemos los suecos... es
negligencia grave. Y ya van tres
problemas. Tres son multitud.
Nos incumbe. Está más que demostrado. El
reciente Estudio Cisneros VIII
revela datos tan explícitos como los
que siguen. El abandono de los
padres en la tarea de educar a sus
hijos es la primera causa de
violencia en los centros (74%) y la
extensión de los padres
dimisionarios explica el choque de
trenes que se produce en las aulas
con los profesores. La extensión de
un estilo social educativo basado en
la “Prohibición de prohibir” junto a
la dificultad real de sancionar
comportamientos violentos extienden
una atmósfera de impunidad que
refuerza la sensación de que “no
pasa nada”. Hasta ahí la realidad.
Pero sin una evaluación de las
causas, los datos funcionan como
entelequias. A los datos debemos
ponerles patas para que caminen
hacia alguna parte.
El Cisneros VIII va más allá de las estadísticas
y enfrenta dos listados:
contravalores y valores. El primero
es el que domina en el panorama
social: el culto al éxito, la
rivalidad, ¡la competitividad!, la
necesidad de triunfo, la
exacerbación del deseo, la dictadura
de la gratificación inmediata –“aquí
y ahora”- las posturas anómicas
–ausencia de normas- y psicopáticas
-“si puedo hacerlo, ¿por qué no
hacerlo?”-, el culto a la exclusión
del otro como sistema regulador de
grupo... El segundo listado, en
cambio, cotiza a la baja: la
solidaridad, el valor del esfuerzo y
del mérito, la capacidad de tolerar
la frustración, el respeto al otro,
la aceptación de la diferencia, la
dignidad del ser humano –propia y
ajena-, la integración del que es
distinto o piensa diferente, la
maduración mediante la aceptación de
normas, la autoridad, la ética y la
moral social...
El verano se nos echa encima. Cada cual lo
enfoca como sabe o como puede. Pero
a la hora de planificar el ocio de
nuestros hijos deberíamos coger
papel y lápiz y plantear hechos
concretos que -por lo menos- nivelen
esta balanza. Que no se diga que nos
hemos cruzado de brazos.
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Sunsi Estil-les Farré
Diari de Tarragona