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EL COLEGIO, FAMILIA DE FAMILIA (Tomás Melendo)

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El colegio, familia de familias

EL COLEGIO, FAMILIA DE FAMILIAS
 

Por Tomás Melendo [1]


Del muy interesante libro "Familia, ¡sé lo que eres!"
Ediciones Rialp, Madrid 2002. (Capítulo IV, págs. 137-161)

1. La familia, ámbito natural de la educación

a) Dos supuestos básicos

Me ha parecido casi de justicia encuadrar esta intervención en el marco de unas palabras pronunciadas hace ahora ya más de diez años, en circunstancias análogas a las actuales, por Carlos Cardona. De una parte, porque el mensaje que entonces él transmitió seguirá siendo siempre un punto de referencia para el buen desarrollo de la tarea propia de cualquier centro educativo. De otra, más personal, porque sus enseñanzas en esta y otras materias han constituido para mí el meollo de mi formación filosófica y un apoyo, de hermano mayor más incluso que de amigo, en el despliegue de mi vida profesional, familiar y humana.

Las afirmaciones de don Carlos solían ser tajantes, casi entrecortadas, en la misma medida en que sabían ir directas al núcleo de las cuestiones que abordaba. Y, así, por ejemplo, sostenía: «Por su condición de persona, el hombre -todos, pero cada uno- tiene derecho a ser educado. Y la familia es el lugar primordial de esa educación humana. Los padres -y en su caso, derivadamente, los hermanos- son los primeros educadores. Este derecho-deber que les incumbe es primario, original, intangible, indelegable e insustituible. La familia es anterior al Estado, que la presupone: la persona se incorpora a la sociedad política desde la familia y por la familia. Y lo mismo vale respecto de cualquier otra organización asociativa»[2], incluidos, añado yo, los centros de enseñanza.

Se trata, como anticipaba, de una cita llena de resonancias. Admitiría, por tanto, una infinidad de comentarios. Me limitaré a resaltar dos ideas: i) que el de educar es para los padres un derecho y a la par un deber; y ii) que, en ambos sentidos, pero sobre todo como obligación, resulta indelegable: no pueden trasladarlo al colegio, ni a los clubes juveniles... ni a nadie, precisamente porque en su cumplimiento nadie está capacitado para reemplazarlos, absolutamente nadie: ¡son insustituibles!

En perfecta concordancia con ello apunta Cardona algo más adelante: «Un grave obstáculo para la debida educación de la persona está constituido precisamente por una irresponsable abdicación de los padres, con dejación de su derecho-deber educativo: por ignorancia o falta de la debida preparación (sobre todo ética), por egoísmo, por múltiples presiones externas, por exceso de trabajo fuera del hogar (no raramente materialismo práctico que hace del padre -y ahora frecuentemente también de la madre, y esto es mucho más grave- el gran ausente del hogar, a cambio de determinados beneficios económicos que permiten un cierto nivel superior de vida). Aquella abdicación puede ser también debida a la degradación ética del ambiente social. Y por último, también muchas veces, esa dejación puede ser consecuencia del ataque frontal legislativo a la institución familiar, propio de las ideologías estatalistas de cualquier signo» [3].

b) Dos principios y una tendencia

Sentado lo cual, y tras un par de esclarecimientos sucesivos, se aventuraba a «establecer los siguientes principios:

primero: no se trata de que los profesores (y la entidad que sea, es igual) sean ayudados por los padres a `sacar adelante el colegio" (económicamente, con su colaboración personal, etc.);

segundo: se trata, en cambio, de que los profesores (y la entidad que sea, es igual) ayuden a los padres a `sacar adelante la familia" en aquel aspecto esencial de sus deberes -tarea primordial del matrimonio- que es la educación de los hijos: deber intransferible que origina un derecho indelegable» [4].

Con palabras un poco bruscas, pero que pueden servir de despertador a más de uno: según lo que reclama la naturaleza misma del ser humano, los actuales centros de enseñanza podrían perfectamente desaparecer y ser reemplazados por organizaciones más o menos equivalentes, sin que, en fin de cuentas, pasara nada, absolutamente nada. No estamos ante instituciones naturales, exigidas por la condición humana, aunque su conveniencia en nuestra civilización y circunstancias nadie -y yo menos todavía- las ponga en duda. La familia, por el contrario, no admite en lo más mínimo ni sustitutos ni sucedáneos: ni hoy, ni ayer ni nunca.

Por eso se halla del todo justificada la siguiente conclusión: «Me parece que orienta bastante la misión educativa del centro docente, y de su profesorado, decir que entran de alguna manera en el ámbito familiar, y que el colegio, en cierto modo, es una extensión del ámbito familiar»[5].

A mi entender, desde hace un par de lustros hasta ahora, la situación con que nos encontramos los educadores no ha hecho sino refrendar ésta y las precedentes afirmaciones de Cardona. En lo relativo al asentamiento de los principios: la familia es el ámbito natural e insustituible de la educación de las personas. Y en lo que concierne a las tendencias de hecho en las que se movía y se sigue moviendo la sociedad; a saber: i) una cada vez más clara «delegación» en el colegio o instituto de la propia misión educativa por parte de muchos padres; y ii) un cierto «acostumbramiento» de los profesionales de la enseñanza ante este estado de cosas, que les lleva con relativa frecuencia a pedir a los padres que «les echen una mano» para sacar adelante las tareas que el centro propone o asume, otorgándose inconscientemente un protagonismo excesivo... con la mejor de las intenciones, pero a menudo en detrimento de quehaceres que competen a la familia, a la que de este modo no sólo no estimulan, sino que a veces le impiden crecer.

Unamos a todo ello otra realidad que, por desgracia, me parece también incontrovertible: el debilitamiento progresivo de la institución familiar en los últimos lustros. No sólo como cuestión de facto, cosa ya inquietante por sí misma, sino también como pretensión de iure, por cuanto de forma más o menos voluntaria y premeditada, institucionalmente se están intentando borrar los contornos de lo que constituye una auténtica familia. Como declaraba Juan Pablo II el 6 de enero del presente año, estamos ante «una cultura que corre el peligro de perder, de modo cada vez más preocupante, el sentido mismo del matrimonio y de la institución familiar»[6]. Y esto segundo -la pérdida del sentido de la familia de institución matrimonial- no sólo intranquiliza, sino que debe mover a la acción a cualquier ciudadano responsable: más, en la medida en que su relación con la vida familiar resulte más estrecha; más todavía cuando ese nexo, como en el caso que nos ocupa, es algo institucional.

Y aquí es donde la pregunta que pretende vertebrar el conjunto de mis reflexiones surge espontánea: ¿cómo Podrá el centro educativo subsistir como prolongación de las familias cuando a éstas les amenaza el riesgo cierto, aunque sin duda superable, de reblandecerse, difuminar sus contornos e incluso desaparecer como tales?; ¿en qué sentido y bajo qué condiciones podrá el instituto o el colegio, como apunta el título de esta conferencia, seguir cumpliendo su misión en cuanto familia de familias, en cuanto «familia» al servicio de las familias?

2. Devolver el protagonismo a las familias

a) Enseñar a «ser familia»

La respuesta a estos interrogantes me parece tan fácil de enunciar como, por desgracia, difícil de llevar a cabo. Pero, al mismo tiempo, pienso que resulta de todo punto ineludible. Más aún, esencial e irrenunciable. Por eso lo he escogido como tema de mi intervención ante ustedes. Se trata, en substancia, de hacer conscientes a los padres de que su papel en la educación de los hijos, y en la vida de la sociedad, es de una trascendencia radical, casi infinita, y no puede ser realizado más que por ellos.

Como a su modo la del propio Estado, la tarea del centro de enseñanza en la educación de los niños podría calificarse de «subsidiaria», siempre que tal palabra se entienda en su acepción más cabal. Cosa que lleva consigo dos conocidas consecuencias: los profesionales de la educación: i) han de auxiliar y hacer las veces de los padres y hermanos allí donde éstos no actúen, aun cuando fuere por voluntaria dejación de sus funciones propias; además, y como deber de ningún modo secundario, ii) han de esforzarse con todavía mayor empeño en reducir su propio protagonismo, devolviendo en cuanto sea posible a la familia el que por esencia le corresponde y, lo que es más actual y más arduo, «obligando» amabilísimamente a los padres a asumir las responsabilidades que por naturaleza, y de manera indelegable, les son propias.

En cuanto familia de familias, y siéndolo él mismo muy certera y verazmente, el colegio y el instituto han de acoger hoy la obligación de «enseñar a sus familias a ser auténticas familias»... teniendo claro que, como la experiencia demuestra y antes sugería, es muchísimo más sencillo «hacer» uno mismo que «hacer hacer» a los demás. Resulta más fácil suplir a los padres allá donde estos no pueden o no quieren llegar, que plantarles cara cariñosamente hasta llevarles a caer en la cuenta de que son ellos los responsables de la educación de sus hijos... y de que deben obrar en consecuencia. Más fácil el suplantar, decía; pero a la larga o incluso a la corta, menos eficaz y, si se me apura, absolutamente inútil.

b) La familia es también para los «grandes»

Como apuntaba anteriormente, en más de una ocasión he intentado poner de manifiesto, siguiendo en esto sugerencias del Romano Pontífice, que la familia resulta insustituible para el desarrollo e incluso la existencia de todos sus miembros, por serlo de la persona en cuanto tal en todos y cada uno de sus niveles de desarrollo: desde la indigencia del recién concebido, pasando por la inseguridad y las dudas del niño o del adolescente, hasta la aparente firmeza autónoma del adulto, la plenitud del hombre y la mujer en sazón y la fecunda pero frágil riqueza del anciano.

Desde este punto de vista, tal vez pudiera ser una buena táctica hacer comprender a los padres, de la manera que en cada caso dicten las circunstancias, que la familia es imprescindible no sólo para que sus hijos alcancen la madurez mientras son más o menos pequeños e inexpertos o cuando comienzan a «hombrear» y escapárseles de las manos; sino también para que ellos -el padre y la madre, hechos y derechos y en muchos casos auténticos «triunfadores» en la vida profesional o incluso pública- «se realicen» en verdad como personas (que es el objetivo terminal de cualquier existencia humana, y sin cuyo logro ninguna de ellas goza del más mínimo sentido).

Según ya esbocé, la idea de la familia-refugio ha ocupado un papel de preeminencia durante mucho tiempo en la sociedad occidental desarrollada: el ámbito familiar resultaría indispensable como remedio para la debilidad del ser humano y justo en la proporción en que sus miembros se encuentran necesitados de esa protección y apoyo. Pero esto, que no deja de encerrar una buena dosis de verdad, no es ni de lejos lo más serio que puede afirmarse de la familia. Como veíamos, el hecho de que el Dios creador del Universo se nos haya revelado como Familia y el que ese divino «modo de Ser» no constituya en absoluto ni una arbitrariedad ni un capricho -¡cómo podría serlo!-, debería constituir una certerísima pista a la hora de orientar nuestro conocimiento sobre las relaciones entre familia y persona.

Si la Trinidad personal de todo un Dios, en el que ninguna perfección puede faltar, «tiene que» constituirse como Familia, está claro que ésta no deriva esencialmente de indigencia alguna, sino, al contrario, de la misma plenitud y feracidad pletórica del ser personal que, por naturaleza, se encuentra llamado el don, a la entrega, y requiere un hábitat adecuado para poder ofrendarse. No, repito, en virtud de ninguna carencia, sino por todo lo opuesto: resulta tanta la sobreabundancia de cada una de las Personas divinas que su mismo Ser se constituye como un desbordarse gratuito y fecundísimo en beneficio de las Otras dos, también perfectísimas y sobrexcedentes y, por ello, capaces de recibirla... al entregarse de la manera adecuada.

Y algo análogo sucede con la persona humana, llamada a donarse más conforme más se acerca a la plenitud. En ún reciente texto se nos recuerda que «la familia es -más que cualquier otra realidad social- el ambiente en que el hombre puede vivir `por sí mismo" a través de la entrega sincera de sí. Por esto la familia es una institución social que no se puede ni se debe sustituir: es `el santuario de la vida"». Conviene, entonces, recordar con insistencia que cuanto más perfectos van siendo un hombre o una mujer, más precisan de la familia como el ámbito en el que, sin ningún tipo de reservas ni trabas, pueden dar y darse... con la seguridad de ser acogidos justo como personas.

c) Por encima de toda actividad. . .

Las palabras del Pontífice al respecto no pueden ser más claras: «El hombre -asegura-, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en cualquier otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».

«Por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea...; más que en cualquier otro campo de su vida». También Juan Pablo II es categórico, porque, como la espada de que hablan las Escrituras, sabe prescindir de todo lo superfluo y adentrarse hasta la médula de las realidades que esclarece. Pero, en este caso concreto, los padres y las madres de familia pueden fácilmente « experimentar» lo que el Pontífice afirma. Pueden caer en la cuenta de que equivocan el rumbo cuando, incluso con toda sinceridad y la mejor de las voluntades, descuidan la atención directa e inmediata de los demás miembros de su familia para dedicarse a otras tareas, profesionales o sociales, en las que incluso alcanzan el éxito más absoluto... buscando con franca generosidad el bien de las personas con quienes así entran en contacto. Porque ese triunfo no es capaz de ahogar la especie de desazón íntima que les asalta siempre, en los momentos más honda y sentidamente humanos, por el hecho de desatender el ámbito familiar, en el que, en expresión del Papa, habría de encontrar «su realización integral, su riqueza insustituible».

Hoy es misión de los profesionales de la enseñanza, y misión prioritaria, hacer saber a los padres que la familia resulta imprescindible para el íntegro desarrollo de sus hijos, incluidas casi siempre las calificaciones, porque en primer término lo es también para él o para ella como padre o como madre. Explicando, como de pasada, que un padre insatisfecho por no desarrollarse en plenitud dentro de su propio hogar no puede aportar auténtica vida ni apoyo sólido a ninguno de los hijos que en ese mismo hogar han venido a la existencia y en el que encuentran también la principal palestra para su robustecimiento personal y la base ineludible para el despliegue enriquecedor en cualquier otro ámbito de su vivir.

3. La familia, definida por el amor

a) El amor entre los cónyuges, en la raíz de la vida familiar

Para seguir avanzando sin necesidad de perderme en demostraciones de lo que, por otro lado, resulta bastante obvio, citaré unas muy conocidas palabras del actual Pontífice: «El futuro de cada núcleo familiar depende de este `amor hermoso": amor recíproco de los esposos, de los padres y de los hijos, amor de todas las generaciones. El amor es la verdadera fuente de unidad y fuerza de la familia»[8].

Queda clara, entonces, la substancia de las obligaciones de los padres con respecto a sus hijos. Pero también sugiere el texto, aunque en apariencia resulte paradójico, que el inicial de los deberes formalmente paternos no se dirige primordialmente a la prole, sino que se instaura en el interior del propio matrimonio. De manera expresa, cuando sea necesario, los profesores y directivos han de exponer convincentemente que la primera -y casi la única- cosa que un hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí.

Se trata de una idea expresada con brillante sencillez por Carlos Llana;, como la educación de los hijos no es sino la más genuina expresión del amor de los padres hacia ellos, y como este amor no puede ser a su vez sino el desarrollo del amor mutuo entre los esposos (animado por el amor a Dios: igual que el hijo es la síntesis viva del padre y de la madre, y de Dios, que pone el alma), el que los cónyuges se amen de veras constituye el núcleo esencial, y casi el todo, de su misión dentro de la familia.

Llano escribe: «La conditio sine qua non para que la familia se constituya como ámbito formativo del carácter de los hijos es el amor firme de los padres, con las notas propias que los clásicos le asignaron desde antiguo: constans, fidus, gravis (Cicerón): el amor familiar ha de ser constante, lleno de confianza y responsable, si quiere poseer valor formativo [...]. La inducción del carácter es, diríamos, una emanación del amor conyugal, una extensión -casi un apéndice- suyo: los padres no tendrían otra cosa que hacer más que amarse de manera constante- con todos los atributos que la fidelidad acarrea-, llena de confianza -con las notas que esa apertura lleva consigo- y responsable -con las características que siguen a la responsabilidad-. Habría después, sí, recomendaciones, sistemas, técnicas, fórmulas, procesos y recetas positivas para lograr el objetivo» de formación «de los hijos, pero todas las recomendaciones para ello serán apenas una cabeza de alfiler en el profundo y extenso universo del amor familiar en que se desarrollen. Al menos, puede afirmarse sin equivocación que tales recomendaciones, sistemas, técnicas, fórmulas, procesos y recetas serán bordados en el vacío si no se dan dentro del espacio del amor familiar, la primera e imprescindible condición, y casi la única»[9].

Los directivos y profesores están hoy más obligados que nunca a insistir en este extremo, porque desafortunadamente ni se presenta claro para la inteligencia ni fácil de instaurar en la vida vivida. Y, sin embargo, se trata de algo muy cierto y de radical relevancia: lo más importante que tienen que hacer los esposos con vistas al desarrollo y la felicidad de sus hijos es quererse el uno al otro hasta el fondo, deforma creciente, con un amor que trascienda las discrepancias de carácter, las pequeñas incomprensiones, las dificultades, las pretendidas afrentas... La marcha de la entera familia, en cada uno de sus componentes, viene casi por entero determinada por el amor mutuo que se ofrenden los padres. Amor conyugal, amor familiar, escribí como título de uno de los ensayos ofrecidos en este compendio. Y el sentido de la expresión estaba claro: la calidad del amor familiar -del paterno-filial y del fraterno, antes que nada- se encuentra determinada por las características y la categoría del hábitat que origina el cariño mutuo de los cónyuges.

Con metáfora que raya un tanto en lo cursi podría decirse: desde que sale del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño necesita imperiosamente de otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que promueven el padre y la madre cuando se quieren de veras. Fuera de ese ambiente es muy difícil, por no decir imposible, que el muchacho progrese de la manera pertinente, hasta conquistar la estatura inefable de la persona cuajada que por naturaleza está llamado a adquirir. Y el centro escolar, por" más que lo pretenda y luche por lograrlo, a duras penas colmará el déficit causado por el vacío de amor de los padres.

b) «El» derecho esencial de los hijos

«Hacemos que no le falte de nada, y sin embargo...». Expresiones como ésta se oyen a menudo en los colegios, proferidas por matrimonios que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos -alimentos sanos, reconstituyentes, clases particulares, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar, diversiones, etc.-, pero se olvidan de lo que éstos más necesitan: que los propios padres se amen y estén unidos... y que ese amor se desborde, genuino y eficaz, hacia cada uno de los hijos.

La primera de la dos cuestiones, a la que he dedicado el parágrafo precedente, podría ilustrarse con una anécdota acaecida en una institución de enseñanza hace todavía muy poco tiempo. Me la comentaba el profesor protagonista del suceso. El chico iba mal. Se le veía descentrado, rebelde, inquieto. Llamaron a sus padres, divorciados, que acudieron sin embargo juntos a la cita. Comenzaron a darle vueltas al asunto. Se trataba de definir lo que al hijo le hacía falta para mejorar. Los padres y el profesor acumulaban sugerencias. El muchacho callaba, retraído y en apariencia ausente. Al cabo de un buen rato sin avanzar apenas, el chico no pudo más y, entre gritando y llorando, les espetó: «¡Lo único que necesito es que os queráis de verdad!».

Amor, .pues, entre los padres. ¿Y del amor hacia el hijo? Este extremo debe tratarse con suma delicadeza, insistiendo incluso en lo muy sabido. Porque en relación con él no es oro todo lo que reluce... aunque reluzca con la mejor de las intenciones. De acuerdo con la ya clásica y repetida descripción aristotélica, se ama a una persona cuando se procura y se le ofrenda lo que es bueno para ella. Realmente bueno. No, esto debe quedar claro, lo que viene a suplir una falta de auténtica dedicación al ser querido, poniendo coto a sus quejas, sino lo que efectivamente lo hace crecer, acercándolo con eficacia a su cumplimiento como persona. A este amor nuestros hijos tienen derecho, un derecho absoluto: ¡a éste!

Pero no tienen derecho, porque contraría la naturaleza del cariño genuino, ni al premio desmesurado por las buenas calificaciones -que deberían ser de por sí gratificación más que suficiente-, ni a la paga también desmedida, ni a las noches locas e incontroladas del fin de semana, ni a la prendas de marca tiranizadas por la moda, ni a las vacaciones por encima de nuestras posibilidades económicas o de lo simplemente razonable, ni a la moto o al coche cuando todavía no son responsables en otros ámbitos de su existencia, ni... a tantas cosas por el estilo.

¡A lo único que nuestros hijos tienen derecho, un derecho del que nadie debería intentar hacerles prescindir, es, diciéndolo con tres palabras, a nuestra propia persona!; o, si se prefiere, a lo que existe de más personal en cada uno de nosotros: a nuestro tiempo, a nuestra dedicación, a nuestro real interés por lo que les ocupa y preocupa, a nuestro consejo no impuesto ni avasallador, a nuestro diálogo, al ejercicio razonado de nuestra autoridad, a la fortaleza que nos lleve a no escurrir el bulto cuando por obligación inderogable hemos de hacerles sufrir, a nuestra intimidad personal, a que prudentemente le demos a conocer nuestros momentos de exaltación y nuestras derrotas, a que los introduzcamos efectivamente en nuestras vidas en lugar de inducirles a adoptar, con nuestro hermetismo descuidado y a veces un tanto vanidoso, una existencia independiente...

Y todo lo que sea «intercambiar» esa entrega comprometida por regalos y concesiones irresponsables que acarician lo menos noble de su yo y los conducen a centrarse en sí mismos y en la satisfacción de sus caprichos, equivale, en el sentido más fuerte y literal de la expresión, a comprar a nuestros hijos y, como consecuencia, a prostituirlos, tratándolos como cosas y no como personas. Lo que, sea dicho de pasada, destruye cualquier ambiente de familia, porque la lógica del «intercambio», del do ut des mercantilista e interesado es lo más opuesto a la gratuidad del amor que debe imperar en el hogar.

c) La persona como «regalo esencial»

Gratuidad de la entrega. Como he hecho ya en esta misma recopilación de ensayos, cito muy a menudo unos versos de La voz a ti debida, de Pedro Salinas, porque encierran, con toda la brillantez de la poesía lograda, la quintaesencia más genuina de la donación personal y del sentido definitivo de cualquier regalo. «Regalo, don, entrega? -se pregunta el poeta- / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar. / Qué dolor, separarme / de aquello que te entrego / y que te pertenece / sin más destino ya / que ser tuyo, de ti, / mientras que yo me quedo / en la otra orilla, solo, / todavía tan mío. / Cómo quisiera ser / eso que yo te doy / y no quien te lo da».

¿Por qué la quintaesencia del regalo? Sugeriré tan sólo en la línea que nos incumbe. Aunque todos tenemos conciencia de nuestra propia pequeñez e incluso de la mezquindad ocasional de algunos de nuestros comportamientos, la índole personal de cada sujeto humano lo eleva a una altura tan prodigiosa, tan disparatada, que hace que también para él resulte plenamente efectivo el siguiente aforismo: «es tanta la perfección radical de la persona, que nada se muestra digno de serle obsequiado si resulta menor que... ¡otra persona!; cualquier realidad distinta que se le ofrende se queda corta, permanece muy por debajo de lo que la densidad personal reclama».

Por eso, el regalo sólo realiza su función en la medida estricta en que en él se encuentre comprometida, y como encarnada, la persona que lo hace. Esto lo sabían muy bien las culturas antiguas, por ejemplo, la griega; y, así, cuando Telémaco intenta retener a Atenea, disfrazada de forastero, y le ofrece «un presente, un regalo inestimable y hermoso que será para ti un tesoro de mí, como los que hospedan dan a sus huéspedes», Atenea, la de los «ojos brillantes», le contesta: «No me detengas más, que ya ansío el camino. El regalo que tu corazón te empuje a darme, entrégamelo cuando vuelva otra vez para llevarlo a casa. Escoge uno bueno de verdad y tendrás otro igual en recompensa»[10].

Todo ello, por desgracia, se ha ido abandonando en el mundo «civilizado» de hoy. Y los grandes almacenes, con sus ofertas ya dispuestas y bien embaladas, no ayudan mucho a reparar esa pérdida. No obstante, también ahora sigue siendo cierto que, con independencia absoluta de su valor material, un obsequio vale lo que valga la persona que se ha implicado en él. ¿Recuerdan la escena memorable de El club de los poetas muertos, cuando los mismos enseres de escritorio, ofrecidos por dos veces consecutivas al co-protagonista como presente de cumpleaños, salen volando, por despecho, desde lo alto del pequeño cavalcavía que une dos edificios? Estamos ante un ejemplo elocuente de lo que, por desgracia, prolifera en nuestra cultura: incluso entre padres e hijos, el regalo se utiliza a menudo no como manifestación de amor y símbolo de entrega, sino como medio para aplacar la propia mala conciencia por el escaso interés que demostramos por quienes deberíamos querer, y para «comprar», como antes insinuaba, a unos hijos a los que no se atiende como es debido y de los que sobre todo se desea, a veces de manera sólo semiconsciente, «que nos dejen vivir en paz nuestra vida».

En el extremo contrario, emociona todavía el embeleso con que recibe la madre esos cuatro trazos mal dispuestos que el crío o la cría de muy poca edad le ofrece con ocasión de su santo o cumpleaños o del día de la madre. Bosquejo que no vale nada, absolutamente nada... excepto toda la persona del niño, que se ha volcado en su elaboración durante una, dos o más semanas. Las madres aprecian efectivamente la valía de esa muestra de donación ¡infinita!, como la persona misma del hijo, aunque su precio comercial sea nulo y menos que nulo.

De este género ha de ser el amor mediante el que los padres extraigan lo mejor que existe, a veces bastante en bruto, en el corazón de cada uno de sus hijos. Y todo lo que no sea alzarse hasta las cimas de este auténtico afecto de entrega personal comprometida, además de hacer vana la tarea de formación dentro de la familia, tornará muy penosa e irrelevante la labor que se pretenda llevar a cabo en y desde el colegio.

4. ¡Personalmente!

a) La familia, personas entre personas

Para adentrarme en el último extremo al que quiero referirme en este rato de conversación, acudiré a un nuevo texto de Juan Pablo II: «La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y vocación de cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante el don sincero de sí mismas»[11].

Al nexo indisoluble que liga las realidades de la familia, el amor y la persona he dedicado mi atención en multitud de ocasiones: algunas de las reflexiones al respecto han sido recogidas en este mismo libro. Habiendo tratado ya someramente lo que corresponde a la institución familiar en cuanto reino del amor, recordemos ahora algunas de las consecuencias que derivan de la índole estrictamente personal -de personas-personas, explico a menudo- que compete a cada uno de sus miembros.

La primera y más neta, y más pertinente para nuestras reflexiones, podría enunciarse como sigue: para que la familia actúe como tal y cumpla el cometido esencial que le compete de e-ducación de sus miembros, éstos han de establecer entre sí relaciones estrictamente personales. Se ha dicho durante siglos que el diamante se pule sólo con el diamante. Hoy día; con los avances galopantes de la técnica, supongo que esa afirmación resultará ya superada. Pero lo que actualmente es verdad, lo ha sido en el pasado y lo será siempre es que la e-ducación de la persona, el proceso de acrisolamiento que saca maravillas de su fondo y pule y da brillo a las riquezas depositadas en él, únicamente puede llevarse a término desde otra persona y poniendo en juego los resortes más configuradoramente personales de una y otra. Y esto, repito, ayer, hoy y siempre, por más que evolucione la cultura y el dominio técnico sobre la naturaleza alcance cotas que en el momento presente, tras las revoluciones progresivamente aceleradas de las últimas décadas, ni siquiera alcancemos a sospechar.

Pero aquí es conveniente evitar malentendidos. Como antes sugería, cuando hablo de solicitar a la persona desde la persona no me estoy refiriendo sólo al uno a uno, al cara a cara, que por lo común no falta en el seno de las familias... a pesar del cada vez más inquietante peligro de incomunicación mutua. También a eso, si se me apura, pero a mucho más. De lo que se trata, según decía, es de comprometer la propia vida, nuestra vida más personal, para requerir lo que en los demás individuos -nuestros hijos, en el supuesto que nos ocupa- existe también de más estrictamente personal: a saber, su inteligencia y, sobre todo, su voluntad; su capacidad de amar, de querer y construir el bien de los otros en cuanto otros. Así es como Dios reclama una respuesta de cada uno de nosotros: apelando a nuestra individualidad, sin concesiones al anonimato y, por ende, removiendo nuestro entendimiento y nuestra voluntad, que son las potencias más propiamente personales e individualizadoras.

Con palabras más cercanas. Lo que se nos pide siempre, pero en particular como padres de familia, es que nos pongamos personalmente en juego, en peligro, que estemos dispuestos a sufrir... justo para poder amar y cumplir así el cometido esencial e ineludible de cualquier familia que aspire a serlo de veras. ¿Para poder amar? Sí. La cuestión no es sencilla, y requeriría bastante más espacio del que disponemos en este acto. Pero son muchísimas las personas, de características muy diversas, que aseguran en la teoría y en la práctica esta ley fundamental: en la condición actual del ser humano el sufrimiento, el dolor, es un medio imprescindible para el acrisolamiento del amor. Tenemos un Ejemplo paradigmático en Jesucristo. Y, por el momento, nos basta añadir a él estas palabras de Juan Pablo II: «En la intención divina los sufrimientos están destinados a favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a ennoblecer y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona humana o impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de su vida, estimulándola a una generosidad mayor» [12].0 estas otras de san Josemaría Escrivá, escuetas pero sugerentes: «Durante nuestro caminar terreno, el dolor es la piedra de toque del amor»[13].

b) Una aplicación concreta: confiar en los hijos

De ahí que, en la familia y fuera de ella, el proceso educativo, que es siempre función de amor, no pueda llevarse a cabo sin una cierta dosis de sufrimiento propio y ajeno; y de ahí que ponerse en juego consista, por ejemplo, en depositar real y efectivamente nuestra confianza en cada uno de nuestros hijos, apostando con decisión por su deseo y su capacidad de mejora, y estando dispuestos a perder y dolernos con su derrota. Ya que el amor -es una de las pocas verdades que vio claramente Freud- torna vulnerables a quienes aman.

Y esclarezco el ejemplo. Todos los que nos movemos en estas lides sabemos bien que sin confianza recíproca cualquier intento de formación resulta vano. Pero lo que a veces se nos escapa es que semejante crédito ha de ser real, sin fisuras, y justamente con ese hijo que nos plantea más problemas y justo en los aspectos en que más deja que desear (incluidos los estudios). Ahí, precisamente, es donde hemos de depositar el vigor de nuestra esperanza, sin fingimientos, confiando con nuestra alma entera en que el chico o la chica, dispuesto a luchar con todas sus fuerzas, podrá al término vencer, con la ayuda de Dios y con nuestro pobre auxilio. Y cuando fracase, porque muchas veces fracasará, nosotros, que nos hemos comprometido personalmente en sus escaramuzas, fracasamos también con él. Y, lejos de pronunciar en tono de conmiseración el triste y desresponsabilizante «ya te lo había advertido», padecemos en lo más hondo con el descalabro, porque, al habernos identificado con el hijo a través de la confianza sincera en él depositada, ese pequeño «desastre» es tan suyo como nuestro; y, echando mano de nuestros mayores recursos como personas adultas, nos rehacemos de la derrota y del dolor, y rehacemos al muchacho... y volvemos a depositar en él toda nuestra confianza, real, sin ardides ni triquiñuelas.

Sólo en ese clima, incompatible con la despreocupación «ocupadísima» de quien no encuentra tiempo más que para sus actividades individuales (ya sean en el ámbito de la profesión, ya en el de la vida social, las diversiones y entretenimientos, los propios hobbies, etc.), es posible el crecimiento y la maduración fecundas de quienes tenemos encomendados en el seno de nuestra familia. Porque tanto en el interior del matrimonio como en las relaciones paterno-filiales, lo decisivo es «soportar», en el sentido fuertemente solidario de servir de apoyo, y no «soportar», en la acepción de aguantar sufridamente los defectos, la incompetencia o la falta de madurez del otro.

5. Conclusión: una tarea difícil, pero inesquivable

Las que he trazado hasta el momento han sido sólo unas pinceladas en el amplio campo de las posibilidades de ayuda a los padres por parte de los directivos de los centros de enseñanza. Ni de lejos agotan el tema, ni tan siquiera el que he elegido, por su relevancia y actualidad, como núcleo de mis reflexiones. Ahora quisiera cerrarlas al hilo de unas palabras de quien sin duda alguna constituye la mayor autoridad mundial en lo que a familia y educación se refiere: Juan Pablo II.

Casi al inicio de su pontificado, el Papa actual lanzó al vuelo una frase de apariencia inocua y para nosotros muy conocida, en la que se condensa el núcleo de la revolución del amor que su antecesor Pablo VI y él mismo vienen preconizando. «Cual es la familia -aseguraba ya en 1979-,tal es la nación, porque tal es el hombre». De formas muy distintas, la misma idea ha sido repetida multitud de veces. En Río de Janeiro, en el II Encuentro mundial de las familias, reiteraba: «La familia sigue siendo la preocupación primera y más importante de la vida y del magisterio de la Iglesia. Como va la familia, así van la Iglesia y toda la sociedad humana». Arrimando descaradamente el ascua a mi sardina, pero sin traicionar el sentir del Romano Pontífice, estimo que ese convencimiento, que sitúa en el seno del matrimonio el camino de la reconversión del entero Occidente, podría traducirse para nosotros, remedando la expresión más consagrada, por la convicción que sigue: «Cual es la familia, tal es el centro educativo, porque así es la persona».

Cual es la familia... y no a la inversa: de ahí que la función prioritaria de colegios e institutos hoy día consista en revitalizar a la familia. De lo contrario ni siquiera asegurarían su propia subsistencia, al desvirtuar su naturaleza «familiar». Corromperían entonces su misma esencia y tornarían del todo imposible cualquier influjo duradero. Aunque el principio quedó ya suficientemente asentado, tal vez no esté de más, puesto que tiende fácilmente a difuminarse, sobre todo en la práctica, recordarlo con estas decididas palabras del actual Pontífice: «Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental son educadores por ser padres [. . .]; cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consenso y, en cierto modo, incluso por encargo suyo [14].

Estimo por eso que vuestra principal misión como directivos, la que las circunstancias actuales os han asignado probablemente por encima de vuestras naturales obligaciones institucionales, consiste en hacer eco, con el ejemplo y con la palabra, a la conocida exhortación de la Familiaris consortio: «Familia, ¡sé lo que eres!».

«Probablemente», subrayo, y sólo hasta cierto punto, a tenor de estas definitivas y muy exigentes palabras de Juan Pablo II, en parte ya citadas: «El hombre no tiene otro camino hacia la humanidad más que a través de la familia. Y la familia debe ser colocada como el fundamento mismo de toda solicitud para el bien del hombre y de todo esfuerzo para que nuestro mundo humano sea cada vez más humano. Nadie puede sustraerse a esta solicitud: ninguna sociedad, ningún pueblo, ningún sistema; ni el Estado, ni la Iglesia, ni siquiera el individuo» [15].

Nadie puede sustraerse a la solicitud por la familia. Nadie. Y menos quienes, como prolongación de ella, encuentran su lugar en el mundo y derivan su misión de los caracteres propios y más específicos de la institución familiar.

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NOTAS:

[1]Conferencia pronunciada en Barcelona el 17-II-2001 para profesores y directivos de la Institució Familiar de Educació.

[2] Carlos CARDONA, Ética del quehacer educativo, cit., p. 37. Cursivas mías.

Ibidem, pp. 38-39.

[4] Ibidem, pp. 39-40.

[5] Ibídem, p. 40.

[6] JUAN PABLO II, Novo millenio ineunte, 6-I-2001, núm. 10.

[7]JUAN PABLO II, Carta a las familias, cit., núm. 11.

[8] JUAN PABLO II, Carta a las familias, cit., núm. 20.

[9]Carlos LLANO, Formación de la inteligencia, la voluntad y el carácter, Trillas, México D. F. 1999, p. 127. Cursivas mías.

[10] Odisea, 1, 311-318.

[11] JUAN PABLO II, Familiaris consortio, cit., núm. 22. He resaltado yo.

[12] JUAN PABLO II, Audiencia general 27-IV-1983.

[13] JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, cit., núm. 24.

[14] JUAN PABLO II, Carta a las familias, cit., núm. 16. Las cursivas son mías.

[15] JUAN PABLO II, Homilía en la plaza de San Pedro, en la «Jornada de la familia», 12-X-1980.

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