Isabel Ruiz-Gallardón
La Gaceta de los Negocios
8.XII.2005
Es propio de la vanidad humana el
sentirse descubridores de nuevas
formas de pensamiento.
Desgraciadamente, nuestras ideas
sobre la educación son las primeras
que se ven afectadas por esta
inclinación.
La educación ha sido una de las
principales preocupaciones de
quienes han aportado algo a la
civilización. Platón, Aristóteles,
Rousseau, Locke; todos ellos
conciben el proceso educativo como
algo diferente de la instrucción.
El mens sana in corpore sano era el
objetivo básico de los clásicos y se
lograba a través de la enseñanza de
la música, la gimnasia, las
matemáticas, la lectura y la
dialéctica, entre otras. Educar se
concebía como el proceso de
transmisión y asimilación de
costumbres, normas, técnicas e
ideas; para ello, el educador debía
ayudar al educando a elevarse por
encima de la manera vulgar de ver
las cosas y descubrir lo que hay
detrás de ellas.
Educar se entendía como un proceso
de desalienación por el cual el
individuo adquiría las destrezas
necesarias para aprender a
reflexionar, profundizar y decidir
sobre cualquier asunto que en un
futuro se le planteara.
Esfuerzo, hábito y método han sido,
durante siglos, las claves para
entender que es menester haber
aprendido mucho para llegar a saber
un poco (Montesquieu). Partiendo de
estas premisas, grandes pensadores
como Locke tenían claro que, para
educar, no debe ocuparse todo el
tiempo en dar lecturas y dictar
magistralmente al alumno aquéllo que
debe observar y respetar. Escucharlo
a su debido tiempo y acostumbrarlo a
razonar sobre lo que se propone le
darán mayor aprecio por el estudio y
la instrucción.
Si educar es el camino que nos
otorga libertad, la instrucción se
convierte en el aprendizaje de los
conocimientos que necesitamos para
cumplir una función social. Esto sí
que lo hemos comprendido en nuestro
tiempo.
Parece que la educación, hoy, se
orienta prioritariamente al estudio
de contenidos que el alumno debe
aprender para luego demostrar, por
medio de un examen, lo que sabe,
aunque sea memorísticamente.
Quienes rechazan las políticas sobre
educación orientadas por
evaluaciones estandarizadas, afirman
que el teach to the test, es decir,
enseñar para ser examinado, es un
gran fracaso educativo.
Está claro que la instrucción es
necesaria, pero las leyes que sólo
tengan a ésta en cuenta, no lograrán
formar una sociedad educada.
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