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EDUCACIÓN SEGÚN EL SEXO (Luis Fernández Cuervo)

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SENTIDOS CLÁSICO Y MODERNO DE
EDUCACIÓN  SEGÚN  EL  SEXO

Los médicos y los antropólogos sabemos muy bien que hombres y mujeres, desde niños y desde mucho antes, desde el cigoto, somos diferentes en muchas cosas, en casi todas, antes de que la educación sensata nos ayude para afirmar nuestra respectiva masculinidad o feminidad.

Luis Fernández Cuervo
Arvo Net 21/07/05            
 

            “No nací mujer, me hice mujer”. No sé si cito a la famosa feminista francesa Simone de Beauvoir con exactitud. Dudo si la frase auténtica dice “me hice” o “me hicieron”. Pero según la ideología de muchas feministas radicales, se entiende como “me hicieron”. Es decir que fue la educación convencional, social, la que, injustamente, la fue modelando como mujer. De ahí viene su lucha para “la igualdad de género” con sus dos caras: la agenda externa, la que se exhibe para que pueda admitirse por cualquier persona y que se resumiría en conquistas legales justas para todas las mujeres y la otra, la agenda oculta donde “género” ya no es equivalente a “sexo”  sino pretende abarcar varias posturas de rol sexual: heterosexual, bisexual, homosexual, transexual y ahora último asexual.

            De ahí nació la crítica contra la antigua educación diferente de los niños y de las niñas. Tenían razón si para los varones se abrían los colegios, las profesiones técnicas o universitarias y si para las niñas sólo existían las labores domesticas y maternales y en todo caso algún adorno de lujo como bordar, tocar el piano o algún otro instrumento. Después pareció tener razón que los colegios se abrieran a la educación mixta o coeducación, donde niños y niñas recibieran la misma educación, con los mismos profesores y en el mismo colegio. Era una cosa de igualdad. Es decir equiparar o confundir igualdad con justicia.

            No han faltado experiencias donde se trató –no sé si sigue existiendo en alguna parte esta aberración pedagógica- de que las niñas jugaran con juguetes de niños y los niños con juguetes de niña. Hubo ejemplos regocijantes o tragicómicos, según se quiera mirar. Así hubo un niño que para demostrar su cariño por su profesora agarró la muñeca, no sé si por la cabeza o por los pies, y... ¡pam!¡pam!, le disparó dos cariñosos tiros imaginarios con su pistola-muñeca. El otro caso fue peor, porque era la mamá la que estaba gozosa viendo a su hijita jugar con un trenecito hasta que la oyó decir, abstraída en sus juegos, “esta locomotora era el papá; éste vagón, la mamá; este otro, el hijo mayor; este otro, la niñita, etc...”.

            Los médicos y los antropólogos sabemos muy bien que hombres y mujeres, desde niños y desde mucho antes, desde el cigoto, somos diferentes en muchas cosas, en casi todas, antes de que la educación sensata nos ayude para afirmar nuestra respectiva masculinidad o feminidad. Es diferente nuestro esqueleto, nuestros humores bioquímicos, nuestro cerebro, nuestra manera de pensar, de sentir... etc.

            Conforme con estas diferencias radicales, ya hace más de veinte años que se ha vuelto en algunos países –Inglaterra, EEUU- a mostrar datos científicos y de experiencia docente para volver a propugnar la educación separada, los niños por un lado, las niñas por otro, por la razón contundente de que al ser distinta su manera de pensar, de aprender y de tener intereses distintos, ellas y ellos se benefician con ese tipo de educación segregada. 

A principios de este año, un libro de un psicólogo y médico familiar estadounidense, Leonard Sax,  aporta más datos sobre la importancia de la educación diferente. El libro se llama “Why Gender Matters: Por qué importa el género” y mayores aspectos de los que yo voy a comentar se pueden encontrar en varios informes críticos en la red, entre otros en la información  que daba “Zenit.org” este 16 de julio.

            Para comenzar, diferencias en el cerebro. En los hombres ambos hemisferios cerebrales están fuertemente compartimentados. El izquierdo, dedicado a las funciones verbales. El derecho, para las espaciales. Las mujeres emplean ambos hemisferios para el lenguaje, lo que da pie humorístico para decir: ¡claro, con lo que les gusta parlotear es lógico que necesiten dos hemisferios en vez de uno sólo para tanto chambre! Pero la cosa es seria y en el análisis del tejido cerebral también hay diferencias en su composición proteínica ya en la niñez, mucho antes de los cambios hormonales de la pubertad. A la edad de cinco años, para orientarse, los niños utilizan el hipocampo cerebral; las niñas, el córtex cerebral. La velocidad a la que maduran sus cerebros es distinta. El doctor Sax señala que más que decir que los chicos se desarrollan más lentamente que las chicas, es más correcto decir que se desarrollan a un paso distinto. Las habilidades del lenguaje se desarrollan antes en las niñas, mientras que la memoria espacial madura antes en los niños. También la composición de la retina ocular es distinta y el cómo son procesados los datos visuales. Las niñas están más atentas a las diferencias de color y textura, e interpretan mejor las expresiones faciales, mientras que los varones distinguen con más facilidad el lugar, la dirección y la velocidad. Además el daltonismo –la confusión o ceguera para algunos colores- se da en un 5% de los varones, mientras que en las mujeres es un fenómeno sumamente raro, prácticamente inexistente. Como la mayoría del profesorado de guardería infantiles son mujeres, tienden a que todos pinten personas y usando muchos colores. Eso, según el doctor Sax, pone en desventaja a los chicos que prefieren dibujar objetos y a prescindir más de los colores.

Mayores diferencias ocurren si vamos a los sentimientos y a la expresión de ellos, donde en la adolescencia, también las chicas llevan ventaja, pero en el gusto y aceptación de riesgos, en el gusto por la lucha, el conflicto y la violencia, los varones llevan ventaja, con el inconveniente de que suelen sobrestimar sus propias habilidades y resistencia y las mujeres a subestimarlas.

Las conclusiones pedagógicas del doctor y su libro es que es mejor, para ambos, la educación por separado, favoreciendo sus diferentes gustos, disposiciones y habilidades. Una vez más se comprueba que justicia no es lo mismo que igualdad, sino, según la definición clásica “dar a cada uno lo suyo” y que en pedagogía, como en otras muchas cosas, hay que hacer caso a lo natural y comprobado y no a los prejuicios ideológicos o modas de un momento.

L.F.C.

lfcuervo@telemovil.net


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