| UNA
SENDA EN EL BOSQUE
Guía del pensamiento de Kierkegaard
Por Mariano Fazio
Capítulo 1. Una vida, una filosofía
"Es la muerte; reza por mí para que llegue pronto y bien.
Estoy desazonado; tengo, como San Pablo, un aguijón en la
carne; por eso no pude hacer la vida ordinaria, y de aquí
deduje que mi misión era extraordinaria; procuré llevarla
a cabo lo mejor que pude. He sido un juguete de la Providencia,
que me lanzó y quiso valerse de mí; ¡así pasaron los años
entre tirones y más tirones! Luego tiende la Providencia su
mano y me recoge en el arca. Tal es siempre la existencia
y el sino de los mensajeros extraordinarios"(1).
Estas palabras, pronunciadas por Sören Aabye Kierkegaard en
su lecho de muerte a su amigo Emil Boesen, unos días antes
de morir, contienen algunos elementos importantes para entender
la relación íntima entre la vida y la filosofía del pensador
danés. Un ser extraordinario -la conciencia de su heterogeneidad-,
el plan amoroso de la Providencia, y la carencia de una normalidad
psicosomática serán tres líneas de fuerza nunca olvidadas
en la vasta obra autobiográfica de Kierkegaard.
¿Por qué esta conciencia de su heterogeneidad? ¿Cuáles son
las causas que hacen de Kierkegaard un hombre distinto de
los demás? Una respuesta última es difícil de encontrar. Hay
un texto de su Diario, que constituye un verdadero
punctum dolens para los estudiosos kierkegaardianos.
El fragmento, escrito en torno a 1843, dice así: "después
de mi muerte, ninguno encontrará entre mis "papeles" (y este
es mi consuelo) ni una sola explicación de aquello que verdaderamente
ha llenado mi vida; no se encontrará ¡ni en los recovecos
de mi alma! aquel texto que lo explica todo y que, muy a menudo,
de aquello que el mundo tiene como una bagatela, a mí me lo
hace considerar con una importancia enorme; yo también lo
consideraré una futilidad cuando caiga esa nota secreta, que
es la llave"(2).
La bibliografía kierkegaardiana ha dado diversas respuestas
que intentan desvelar el secreto: unos hablan de una
represión sexual; otros de una enfermedad de tipo epiléptico.
Sea una cosa u otra, fue no obstante decisión de Kierkegaard
llevarse consigo este secreto, que sería la clave hermenéutica
de toda su obra. Sin embargo, el pensador danés nos ha dejado
en herencia un vastísimo material autobiográfico, que contiene
muchos elementos importantes para al menos delinear su complicada
personalidad.
a) El hombre a quien más debo
"Si quisiera saberse cómo -aparte de la relación con Dios-
he sido impulsado a ser el escritor que soy, respondería:
ello ha dependido de un anciano, que es el hombre a quien
más debo; de una joven, con la que he contraído la mayor deuda.
Por ello, me parecía que mi naturaleza es el resultado de
una síntesis entre vejez y juventud, entre rigor invernal
y suavidad del estío... El primero me educó con su noble sabiduría,
la otra con su amable imprudencia"(3).
El anciano a quien se refiere Kierkegaard es su padre, Michael
Pedersen Kierkegaard. El abuelo de Sören, Peder Christiensen,
era un pobre campesino de Saeding, en el Jütland occidental.
Su hijo -y padre de Sören- Michael Pedersen, sufrió la pobreza
familiar y se vio obligado a trabajar como pastor de ovejas
desde la misma infancia. Cuando Michael tenía doce años de
edad, dejó el frío y desértico Jütland y marchó a Copenhague.
Allí inició un pequeño comercio de tejidos, que prosperó poco
a poco hasta convertirse en uno de los comerciantes más ricos
de la capital danesa. A sus cuarenta años decidió ampliar
su cultura: estudia alemán y lee a Christian Wolff. Viudo
de su primera esposa y sin hijos, decide contraer segundas
nupcias, esta vez con su asistenta, Anna Lund. La primera
hija llegó sólo cuatro meses después del matrimonio. Sören
sería el último de siete hijos de este matrimonio.
El padre de Sören, "hombre estimado, piadoso y austero"(4),
educó a su hijo en el más riguroso cristianismo luterano.
Pertenecía a la secta de los pietistas, y fundaba su religiosidad
en un sentimiento opresivo del pecado(5). Al mismo tiempo,
Michael hacía que el pequeño Sören tomara parte en las discusiones
lógicas y dialécticas sobre el racionalismo y el cristianismo
que tenía con algunos intelectuales de Copenhague y con el
obispo luterano y director espiritual de Michael, J. P. Mynster.
La religiosidad paterna y el prematuro ejercitarse en las
discusiones dialécticas hicieron de nuestro filósofo un hombre
sin infancia, distinto al resto(6).
A estos elementos de la educación paterna -educación "severa
y exagerada" según Sören- se debe añadir su contacto con la
muerte y con el dolor. Kierkegaard ve morir a casi todos sus
hermanos desde la primera infancia. Sören nació el 5 de mayo
de 1813. Seis años después murió su hermano Michael; tres
años más tarde dejaba este mundo su hermana Maren. La muerte
dio un respiro de diez años a la familia Kierkegaard, pero
después morirían, en un espacio de cuatro años, otros tres
hermanos y su propia madre. Cuando Sören llegó a los 25 años
sólo quedaba su padre y su hermano, posteriormente obispo
luterano, Pedro.
Después de cursar sus primeros estudios en la escuela pública,
Sören entra en 1830 en la Facultad de Teología de la Universidad
de Copenhague, movido por el deseo paterno de que su hijo
se convirtiera en pastor. En esa facultad entra en contacto
con los clásicos griegos, pero sobre todo con la dogmática
luterana de su tiempo, que en gran parte se alimentaba de
la filosofía idealista alemana.
Los años de estudios universitarios presentan un Kierkegaard
inclinado a la melancolía, que intentaba esconder bajo una
vida mundana de fiestas, bailes y diversiones: "en un cierto
sentido pocas personas podían ser tan sociables como era yo,
pero la miserable preocupación que me afligió desde la primera
edad, me ha movido a retraerme y a hacer que encontrara un
gran alivio alejando todo de mí para esconder mi dolor. En
este sentido es verdad que no me he sentido inclinado hacia
la sociabilidad. Para poder tener algo que ver con el cristianismo,
la mayor parte de los hombres deben, sobre todo, encontrarse
con un sufrimiento insospechado. Mi vida ha sido sufrimiento
desde la primera edad. Es el "pendant" de lo que en otras
palabras se llama el placer de vivir, y mi placer de vivir
era poder esconder aquel sufrimiento"(7).
Este texto, escrito al final de su vida, presenta su sufrimiento
melancólico como preparación al cristianismo. Siendo una visión
retrospectiva, es posible que Kierkegaard tienda a aplicar
categorías de su madurez a un periodo en el que sobre todo
veía un alejamiento de su vida cristiana y un hundimiento
en la desesperación(8). Dramático, y más veraz, por haber
sido escrito pocos minutos después de la emoción sufrida,
es este otro fragmento del Diario de 1836: "acabo de
llegar de una velada en la que he sido el animador; las agudezas
manaban de mi boca, todo el mundo se reía y me admiraba -pero
yo me he marchado. Sí, haría falta un trazo tan grande como
el rayo de traslación de la tierra... -y yo me he marchado,
dispuesto a dispararme un tiro en la cabeza"(9).
La profunda crisis interior y su escaso interés por los estudios
de teología -Kierkegaard fue un estudiante mediocre- llevaron
al danés a una ruptura con su padre: Sören se traslada a un
apartamento, donde vive solo, aunque su padre continuaba a
sostenerlo económicamente.
El año 1838 presenta dos episodios biográficos de grandísima
importancia y que señalarán una conversión interior profunda.
El primer episodio, una especie de fenómeno místico, sucede
el 19 de mayo, a las 9 y media de la mañana: así, con esta
exactitud lo indica Sören en su Diario. Lo describe
del siguiente modo: "hay una "alegría indescriptible", cuyo
influjo enardecedor sobre nosotros es tan inexplicable como
inmotivado el súbito arrebato del Apóstol: "Alegraos; otra
vez os digo: alegraos" (Philip. 4,4). No es una alegría por
esto o aquello, sino la radiante exclamación del alma "con
la lengua y con la boca desde el fondo del corazón. Por medio
de mi alegría, me alegro de mi alegría, en mi alegría, por
mi alegría, a causa de mi alegría y con mi alegría". Celestial
estribillo que parece interrumpir súbitamente cada estrofa
de nuestro canto; es una alegría que refrigera y conforta
como la brisa en estío, como los vientos alisios que soplan
desde el soto de Mambre (Gen. 18, 1ss), hasta las moradas
eternas"(10).
Haecker considera como decisiva esta experiencia espiritual
de difícil calificación, comparable a la manifestación narrada
por Pascal en el Mémorial(11). Más clara, y posiblemente
más íntima, es la experiencia denominada por Sören "el gran
terremoto". Aunque los intérpretes no se ponen de acuerdo,
este suceso parece que se refiere a la confesión que le hace
su padre poco antes de morir. Ocho años después de la terrible
revelación, Kierkegaard lo narraba así: "¡Horrible! Aquel
hombre que siendo aún niño cuidaba los rebaños en las colinas
de Jütland, acuciado por la miseria y sufriendo terriblemente
por el hambre, un día subió a una colina y maldijo a Dios:
¡este hombre no era capaz de olvidarlo a la edad de ochenta
y dos años!"(12).
Fabro se inclina a identificar "el gran terremoto" con el
descubrimiento por parte de Sören del hecho de que su padre
viviera maritalmente con su asistenta antes del segundo matrimonio.
A esto se refiere el fragmento El Sueño de Salomón,
incluido por Kierkegaard en los Estadios en el camino de
la vida(13).
La confesión de su padre -sea de una cosa o de otra- le afecta
mucho, hasta el punto de llevarle a pensar que caía sobre
su familia una maldición divina: "fue entonces cuando ocurrió
el gran terremoto. Un golpe terrible que, de pronto, me impuso
una nueva clave de interpretación de todos los sucesos. Fue
entonces cuando tuve la sospecha de que la avanzada edad de
mi padre no era una bendición divina sino más bien una maldición
y los claros dones de inteligencia en nuestra familia fueron
concedidos para que lucharan entre ellos. Entonces sentí un
silencio de muerte agrandarse en torno a mí, cuando mi padre
me pareció un desafortunado que nos sobrevivía a todos, como
una cruz sobre la tumba de sus propias esperanzas. Alguna
deuda debía pesar sobre la familia entera, algún castigo de
Dios se cernía sobre ella: la familia debía desaparecer, a
ras de suelo de la divina omnipotencia, cancelada como un
intento fallido. Sólo por momentos encontraba algo de alivio
cuando pensaba que mi padre había cumplido la gran misión
de serenarnos con el consuelo de la religión, de darnos el
viático de manera que descansara tranquilo delante de un mundo
mejor -aunque debiéramos perder todo en este mundo de aquí
abajo, aunque le golpeara aquella pena que el Juez auguraba
siempre a sus enemigos: que nuestro recuerdo se borrara completamente,
y no se encontrara nunca más"(14).
El 8 de agosto de 1838 moría Michael Pedersen Kierkegaard.
Sören -que se había reconciliado con su padre algunos meses
antes de su muerte- considera que tiene una obligación de
devoción filial de hacer el examen final de teología, y así
lo hará en 1840(15). La relación con su padre es de fundamental
importancia en la vida espiritual de Sören. Fue él quien le
educó en la severidad y pietismo luterano, y le inició en
la dialéctica. Gran parte de la melancolía y del sentimiento
de culpabilidad kierkegaardianos son herencia de la melancolía
paterna: "¡Dios misericordioso! mi padre con su melancolía
me ha causado una sinrazón tremenda: un anciano que descarga
toda su profunda melancolía sobre un pobre muchacho, por no
hablar de aquello que es aún más tremendo. Y aún así era el
mejor de los padres"(16).
b) Una joven con la que he contraído la mayor deuda
Más decisiva quizá que la relación con su padre fue el compromiso
y la posterior ruptura con Regina Olsen. Kierkegaard la vio
por primera vez en la casa de los Roerdam, una familia amiga,
cuando Regina tenía sólo catorce años. Antes de la muerte
de su padre, Sören se había prometido con ella. En otoño de
1840 se licencia en teología y realiza un viaje a Jütland.
A su vuelta a Copenhague, el 8 de septiembre se encuentra
con Regina delante de su casa y le declara su amor. Un día
después se encuentra con el padre de Regina, el Consejero
de Estado Terkel Olsen: "el padre no dijo ni sí ni no, pero
era bastante propenso a estar de acuerdo. Le pedí charlar
con él, y eso es lo que hice el 10 de septiembre por la tarde.
No le dije ni una palabra para ganármela: sólo asintió"(17).
Todo parecía andar bien, pero justo después de haberse prometido,
Sören se arrepiente del paso que ha dado: "pero al día siguiente,
vi en mi interior que me había equivocado. Un penitente como
yo era, con mi vida "ante acta" y mi melancolía...: aquello
era suficiente"(18). La heterogeneidad de la que es consciente
irrumpe en su compromiso desde el comienzo. La relación amorosa
con Regina Olsen marcará la vida del filósofo. Hasta el momento
de su muerte conservará su recuerdo, reflexionará sobre la
rectitud de su conducta, tanto del inicio como de la ruptura.
Pero la decisión había sido tomada: Sören no podía casarse
con Regina. Su melancolía(19) habría hecho de ella una persona
infeliz, y Kierkegaard no tenía el derecho de hacerlo: "pero
había una prohibición divina: así lo entendí yo. La consagración.
Yo le tendría que haber ocultado tantas cosas, basar todo
sobre una falsedad..."(20).
Después de un año de noviazgo, Kierkegaard rompe con Regina.
El 11 de octubre de 1841 le envía una carta con el anillo
de compromiso, que dice así: "para no someterte más a probar
aquello que debe suceder, aquello que, una vez ocurrido, proporcionará
las energías necesarias: está bien, dejemos que suceda. Olvida,
antes que nada, a quien ha escrito esta carta; perdona a un
hombre que, si ha sido capaz de cualquier cosa, no es capaz
de hacer feliz a una jovencita.
"Enviar una cinta de seda significa, en Oriente, pena capital
para el que la recibe; enviar el anillo de compromiso significa
pena capital para quien lo envía"(21).
Regina, después de intentar retenerlo por todos los medios,
se casará en 1847 con un funcionario, Johannes Frederik Schlegel.
Kierkegaard seguirá amándola, y será ella el continuo leitmotiv
de su obra literaria: "amada, ella lo era. Mi existencia exaltará
su vida de manera absoluta. Mi profesión de escritor podrá
incluso considerarse como un monumento en su honor y gloria.
Yo la tomo conmigo en la historia. Y a mí, que melancólicamente
no tengo más que un deseo, esto es encandilarla: esto, en
la historia no se me negará, yo avanzo a su lado. Como un
mayordomo, la llevo triunfante diciendo: "por favor, hazte
a un lado, por ella, por nuestra querida, la amable, la pequeña
Regina"(22). Llegará incluso a ordenar la construcción de
un armario de palo de rosa, en el que conservará dos copias
de todas sus obras, en papel velina: "una para ella, otra
para mí".
Sören siempre interpretó su ruptura con Regina como una manifestación
de la voluntad divina. Más aún, como castigo divino: "una
vez se la he pedido a Dios como un don: incluso en los momentos
en los que entreveía la posibilidad del matrimonio, se lo
he agradecido como un don. Más adelante he debido considerarla
como un castigo de Dios: esto lo he mantenido siempre honestamente
(...) ¡Y en verdad Dios castiga de manera terrible! ¡Qué castigo
más horrible para una conciencia angustiada! Tener esta jovencita
en la palma de la mano, poder encandilarle la vida, ver su
belleza indescriptible (lo que constituye la mayor felicidad
de un melancólico) y después, sentir en el interior esta voz
del Juez: "¡tú la debes abandonar!". Es tu castigo. Se apaciguará
a la vista de su sufrimiento, debe ser aumentado por medio
de la oración y las lágrimas de ella, que no sospecha que
todo esto es un castigo tuyo; piensa que depende de tu dureza...
que se debe dulcificar"(23).
Pero la razón última de la ruptura del noviazgo, ¿fue el entender
que Dios le quería célibe para llevar a cabo otra misión,
una "tarea seria", o simplemente Kierkegaard sufría de una
imposibilidad psicosomática que le impedía contraer matrimonio,
y no queriendo aceptar esta limitación natural la reinterpretó
subjetivamente dándole un tinte teológico? Una respuesta definitiva
no es posible, aunque probablemente no sea necesario hacerlo,
como le habría gustado al danés, con un "aut-aut". El convencimiento
de una inestabilidad psicológica y de una enfermedad física
se podía asumir incluso como un signo de la voluntad divina
sobre él. No es necesario interpretar el comportamiento religioso
kierkegaardiano como una excusa para justificar su heterogeneidad:
puede ser también la sincera sobrenaturalización del dolor
de saberse "heterogéneo".
Es un hecho que la interpretación personal más radical de
su relación con Regina es la religiosa: "mi compromiso con
"ella" y la posterior ruptura dependen en el fondo de mi relación
con Dios; forman parte, si se puede hablar así, de mi compromiso
con Dios"(24).
c) Una forma de sufrimiento cercano a la locura
La relación con Regina Olsen ha puesto en primer plano la
melancolía de nuestro pensador, imposibilitado de llevar a
cabo una vida normal. Su relación con su padre manifestaba
una tendencia hereditaria hacia esa melancolía. Es impresionante
este texto del Diario: "Había una vez un padre y un
hijo, ambos dotados de grandes riquezas de espíritu, ambos
agudos, especialmente el padre. Todos los que frecuentaban
la casa, encontraban gran distracción. En general no hacían
otra cosa que discutir entre ellos: se podría decir que era
un entretenimiento entre dos inteligencias, no entre padre
e hijo. Alguna rara vez, observando al hijo y viéndolo tan
preocupado, el padre se detenía a mirarlo y le decía: "¡Pobre
muchacho, tu estás incubando una desesperación silenciosa!"
Pero no le preguntaba nada más. ¡¿Cómo podría hacerlo, si
también él había caído en una desesperación semejante?! Fuera
de esto, no intercambiaban una palabra sobre el tema. Pero
el padre y el hijo fueron quizá los seres más melancólicos
que han vivido en esta tierra desde que tiene memoria el hombre.
"Este es el origen de la expresión "la desesperación silenciosa"
que hasta ahora nadie había usado nunca y que se ha solido
presentar en otro modo. Apenas el hijo profería por sí mismo
esa palabra, se derramaba en lágrimas, ya sea por la inexplicable
emoción que sentía, ya sea por el recuerdo de la voz conmovida
del padre, lacónica como toda melancolía, pero que de la melancolía
tenía todavía el nervio.
"El padre se creía culpable de la melancolía del hijo, el
hijo de la del padre: la angustia impidió siempre que se confiaran
el uno con el otro"(25).
Pero ¿en qué consiste exactamente esta característica decisiva
del alma de Kierkegaard? La melancolía kierkegaardiana aparece
sobre todo unida a un sufrimiento interior, presente desde
la primera infancia: "herido por una marca primitiva (...)
he entendido este tormento como mi aguijón de la carne". Un
sufrimiento tal "que podría darle la vuelta a la cabeza a
cualquiera en medio año"(26).
En un texto de 1850 Kierkegaard confiesa sentirse "melancólico
hasta el borde de la locura". Melancolía causada por el aguijón
de la carne. "Atado a las cadenas de una miseria penosa, me
encuentro como un pájaro, al que se le han cortado las alas"(27).
Esta miseria le impidió casarse: "es cierto que habría acogido
a mi prometida con la mayor de las alegrías. Dios sabe cuánto
la habría amado, he aquí precisamente la causa de mi miseria"(28)
El aguijón de la carne es lo determinante para tomar conciencia
de su heterogeneidad: Kierkegaard no se puede comportar como
un hombre corriente, porque no lo es. Es más, este tormento
es su principal relación con Dios: "desde mi más tierna infancia
estoy gimiendo por un "aguijón de la carne", al que se ha
unido incluso la conciencia de culpabilidad y de pecado: yo
me he sentido heterogéneo. Este dolor, esta heterogeneidad
la he entendido como mi propia relación con Dios"(29).
Como hemos visto más arriba, el "aguijón de la carne" no ha
sido todavía identificado con certeza con alguna enfermedad
física o mental(30). Es probable que se trate del "secreto"
con el que el danés descendió a la tumba. Las consecuencias
de este aguijón, sin embargo, las conocemos bien. Se pueden
resumir en su "infinita melancolía". A veces Kierkegaard considera
que su melancolía está causada por un escrúpulo, por considerar
"como culpa aquello que en realidad era sólo un sufrimiento
infeliz"(31); otras veces, como la causa de su producción
literaria, como cuando en un texto de 1847 escribe que su
obra seudónima era un mundo de fantasía, que se encontraba
entre la melancolía y él mismo: "mi melancolía ha hecho que
durante muchos años yo no pudiera tutearme en su sentido más
profundo. Entre mi melancolía y mi "tú" había todo un mundo
de fantasía. Es este mundo fantástico el que yo he desenterrado
de mí, ahora, en parte, con mis seudónimos"(32). Con frecuencia,
la melancolía va unida al recuerdo de su padre, del pecado
confesado antes de morir, de la imposibilidad -precisamente
por la supuesta maldición divina que recaía sobre la familia-
de un "porvenir feliz y amable", en su proceder más natural
y en la continuidad histórica de la vida doméstica familiar(33).
Esta melancolía congénita que se manifiesta en la inestabilidad
psíquica -las referencias a este estado cercano a la locura
aparecen a lo largo de todo el Diario- es, a pesar
de todo, fuente de felicidad y de alegría en su relación con
los hombres: Kierkegaard hablará de una "melancolía simpática"(34).
Sobre todo ha sido la causa de haberse convertido en escritor.
Como Sherazade, que en las Mil y una Noches salva la vida
contando historias, así él escribe frenéticamente(35). En
1846, en un texto importante -"Es así que me he comprendido
a mí mismo en toda mi actividad de escritor"- se autodefine
como una "individualidad infeliz". Melancólico por herencia
-"un anciano, él mismo extraordinariamente melancólico (el
modo no lo quiero describir) tiene un hijo a quien transmite
en herencia toda esta melancolía"-, sufre desde la infancia
-"he estado inclinado hacia un tipo de sufrimiento muy cercano
a la locura, que debe tener su razón profunda de ser en una
relación desproporcionada entre mi alma y mi cuerpo"-. Melancolía
y sufrimiento que impedirán a Kierkegaard realizar lo que
él llama "el deber ético "general"": esto es, casarse, convertirse
en pastor, aceptar una actividad estable. "Desde ese momento"
-la ruptura de su compromiso con Regina- "yo dedico mi vida,
con toda su energía, aunque débil, al servicio de una idea"(36).
A esta idea -hacerse cristiano, convertirse en individuo,
como veremos más adelante- llegó por la vía del dolor, del
sufrimiento, y hará que vea siempre estrechamente relacionados
el dolor con el auténtico cristianismo, que no es otra cosa
que la imitación de Cristo.
d) ¡Ay!, ¡ay de la prensa!
Más adelante haremos la descripción de su ingente producción
literaria. Si hemos subrayado hace un momento la importancia
que tuvo su sufrimiento interior como la primera motivación
de su actividad de escritor, esta misma actividad, lejos de
procurarle paz y quietud interiores, acarreó otros dolores,
que se sumaron a su melancolía constitutiva. Entre estos dolores
y sufrimientos tiene una particular relevancia su polémica
con la prensa danesa y su enfrentamiento frontal con la Iglesia
Luterana de Dinamarca.
El primer conflicto tuvo lugar en 1846. En diciembre del 45
el literato P.L. Moëller escribió un artículo en el que criticaba
la mezcla de ideas filosóficas y morales de ¿Culpable?
¿No Culpable?, una de las partes de la obra seudónima
kierkegaardiana Estadios en el camino de la vida. Sören
no aceptó la crítica, y contestó a través de un artículo publicado
en el periódico Faedrelandet, sabiendo que Moëller
era uno de los colaboradores de una publicación semanal, titulada
El Corsario. Este periódico tenía un estilo satírico,
irrespetuoso, propenso al escándalo: criticado por todos,
por todos era leído. Kierkegaard, en su artículo de defensa,
desafiaba a El Corsario a que, si así lo deseaban,
le atacaran a él. El Corsario, con la pluma de Moëller
y bajo la dirección de Goldschmidt, un hebreo director de
la publicación satírica y viejo amigo de Sören, así lo hizo.
Estos ataques significaban un cambio en la línea editorial,
ya que El Corsario había elogiado en el pasado las
obras seudónimas de Kierkegaard. Semana tras semana, El
Corsario publicaba artículos irónicos, que hacían alusión
maliciosa a sus defectos físicos y a sus extravagancias. Kierkegaard
se defendía, pero al mismo tiempo sufría interiormente las
burlas del populacho de Copenhague.
Nuestro escritor reconoce que el incidente con El Corsario
tuvo en él "un efecto ennoblecedor"(37). Es más, agradece
los ataques, ya que hacen que Kierkegaard pueda encontrarse
en "una situación que conviene a la idea"(38), esto es, sufrir
a causa de la verdad. Una vez que cesaron los ataques, se
siente "más al seguro de la hipocondría y siento el influjo
del cristianismo de un modo más preciso"(39).
Fue, en efecto, una prueba dura(40). A pesar de sus buenas
disposiciones, en el fragmento que reproducimos a continuación,
muestra su profundo desgarro interior: "es innegablemente
educativo encontrarse como yo, así, en una ciudad pequeña
como Copenhague. Trabajar con el máximo esfuerzo hasta la
desesperación, entre tormentos profundos del alma y muchos
sufrimientos en mi vida interior; tener que gastar mis ahorros
para publicar mis libros, y después no encontrar ni diez personas
que le lean a uno como se debe, ¡cuando incluso a los estudiosos
y a los demás le es más cómodo ridiculizar el escribir libros
voluminosos! Y luego hay por ahí un periódico que pasa de
mano en mano y goza del privilegio de poder decir lo que le
venga en gana, para preparar los disfraces más embusteros
-¡se entiende, que eso "no es nada"!- sin embargo, ¡todos
lo leen! Y mientras tanto toda la jauría de los envidiosos
tienen la osadía de decir precisamente lo contrario, para
empequeñecer el asunto. Ser sin tregua objeto de las conversaciones
y las observaciones de todos, y cuando parece que me defienden,
no hacen otra cosa que lanzarme un ataque peor. Cualquier
"joven-carnicero" se cree autorizado, siguiendo las órdenes
recibidas de El Corsario, a ofenderme; los jóvenes
estudiantes se burlan, se ríen a escondidas y la gozan al
ver decapitado a quien brilla. Los profesores, llenos de envidia,
muestran simpatía por los ataques, les dan publicidad: ¡añadiendo,
eso sí, que "es... una infamia"! La mínima cosa que haga,
aunque sólo sea visitar a alguien, se tergiversa vulgarmente,
y es comentada por todos: si El Corsario llega a saberlo,
lo publica y todos lo leen. El hombre a quien he visitado
se ve involucrado en los ataques, se enoja conmigo y no con
los verdaderos culpables. En fin, debo permanecer en casa
y relacionarme sólo con los que no puedo soportar, porque
hacerlo con los otros sería casi un pecado. Y así, las cosas
van adelante; y cuando un día me muera y se les abran los
ojos, admirarán lo que yo he siempre querido. Y al mismo tiempo
se comportarán del mismo modo con un contemporáneo, que puede
que sea el único que me comprenda. ¡Buen Dios! Si, por el
contrario, en el hombre no hubiera algo de más íntimo, donde
todo esto se puede olvidar, olvidarlo completamente en unión
Contigo; ¿quién lo podría soportar?"(41).
Kierkegaard se lamentaba no por los artículos irónicos, sino
por el público a quienes iban destinados: el populacho, que
no tiene la formación teórica suficiente para entender la
ironía, y que la convierte en crueldad(42). Por eso, el conflicto
con El Corsario fue una ocasión para desahogarse contra
la pequeñez del ambiente intelectual danés. Si Copenhague
es un "pueblucho"(43), Dinamarca es un "pequeño país sin moral",
en el que la opinión general es la brutalidad del populacho(44).
Pero Kierkegaard salió bien del conflicto. Consiguió sobrenaturalizar
el dolor y perdonar a sus atacantes. En 1848 hacía un resumen
del conflicto periodístico: "el pensamiento de todos los ataques
padecidos y de todas las traiciones sufridas no me amargan
en absoluto, ni siquiera me viene a la mente la idea de librarme
de una vez para siempre de ellos con la muerte. Estoy seguro
de que en la eternidad si hay tiempo y lugar para bromear,
será para mí la mayor de las diversiones volver con el pensamiento
a mis gráciles piernas y a mis maltrechos pantalones. Qué
felicidad poder decir: "todo esto que me ha tocado sufrir,
todo lo he padecido por una buena causa y por haber realizado,
humanamente hablando, una buena acción, con verdadero sacrificio
y desinterés". Tendré el coraje de decírselo a Dios directamente:
de esto estoy más seguro del hecho de que yo existo, que de
cualquier otra cosa, porque lo siento ya ahora. Y Dios me
contestará: "sí, mi querido chiquillo, en esto tienes razón".
Y después añadirá: "todos tus pecados y todos tus defectos
te son perdonados por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo"(45).
Un poco más tarde, en 1849, dirigirá a los periódicos una
crítica muy severa. Después de haber definido su conflicto
con El Corsario como "una colisión propiamente cristiana"
-sufrir a causa de la verdad-, escribe: "el hecho de que se
entrometa incluso la prensa, confiere al mal una fuerza tremenda.
Si no fuera por la prensa, osaría confiar en mis propias fuerzas:
pero que un hombre solo pueda cada semana o cada día obtener
que en un momento entre 40 y 50.000 personas digan y piensen
exactamente lo mismo, esto es horrible. Y los culpables no
se pueden nunca aferrar; y las multitudes que se levantan
contra quien sea son en cierto sentido inocentes.
¡Ay, ay, ay de la prensa! Si volviera Cristo al mundo, Él
-igual que es cierto que yo vivo- no tendría como adversarios
a los Sumos Sacerdotes, sino a los periodistas"(46).
e) La Cristiandad es un engaño
Si la polémica con la prensa fue muy áspera y dolorosa, el
enfrentamiento con la Iglesia Luterana de Dinamarca -la Iglesia
del Estado, "el orden establecido"- fue tan violento que llevó
a Kierkegaard a la tumba. Los diversos sufrimientos que padeció,
la educación paterna, el convencimiento de su propia heterogeneidad
son elementos fundantes de su concepción del cristianismo:
el cristiano es el contemporáneo de Cristo, que sufre con
El, que se odia a sí mismo para amar a Dios, que es capaz
de vivir "en alta mar, allí donde el agua tiene 70.000 pies
de profundidad", es decir, en la inseguridad de este mundo
pero con la seguridad de la fe. Tendremos tiempo de delinear
la visión kierkegaardiana del cristianismo. Noción que que
se opone a la de Cristiandad, esto es, el cristianismo acomodaticio
de la Iglesia luterana danesa, donde todos son cristianos,
pero se comportan como paganos. Es un cristianismo mundanizado,
hecho de cultura y de complicidad con las pasiones de los
hombres. Esta Cristiandad está personificada en los pastores
-funcionarios oficiales de la Iglesia de Estado, pagados por
la casa real- y en particular en la figura del obispo luterano
de Copenhague, Mynster(47).
Las relaciones entre Kierkegaard y Mynster -viejo amigo de
su padre- pasan por diversas etapas. En 1846 escribe que "yo
lo he venerado tanto"(48), y encontramos referencias parecidas
en el Diario en el que Sören manifiesta al menos una
admiración humana por él. Pero según testimonia el danés,
Mynster no pudo entender a Kierkegaard, porque el obispo "no
ha estado nunca en alta mar, allí donde el agua tiene 70.000
pies de profundidad, nunca se ha anclado en alta mar; él siempre
se ha apoyado en el "orden establecido" y él mismo ha crecido
con él". A pesar de esto, Kierkegaard afirma respetarlo: "nunca
le olvidaré, le honraré siempre y siempre que piense en él,
pensaré en mi padre"(49).
A finales de 1847 Mynster le recibe fríamente, -"me dice que
tiene mucho que hacer..."(50)-. Kierkegaard sospecha que Mynster
está molesto por su último libro publicado, Las Obras del
Amor.
Después reconoce que "yo he sido educado con la predicación
de Mynster... por mi padre. Aquí está el núcleo, porque a
mi padre no se le podía pasar por la mente que esta predicación
no se debía tomar al pie de la letra. Educado en las enseñanzas
de Mynster -por Mynster, claro: esto sí que es un problema"(51).
Mynster, aunque admirado, es presentado por Kierkegaard como
un oportunista, que se adapta a los intereses políticos de
la Corona: "el único hombre de mi tiempo a quien he prestado
atención es Mynster. Pero él sólo se preocupaba de estar en
la cima persuadido de encontrarse ya en la verdad: pero de
la verdad en sí poco se preocupaba, aunque fuese degradada
delante de sus propios ojos. Pudo entender sólo que la verdad
tiene el derecho y el deber de gobernar: pero que la verdad
deba sufrir, eso está por encima de su entendimiento"(52).
Kierkegaard criticará la concepción mynsteriana del cristianismo:
para el obispo luterano sería tan sólo un "ennoblecimiento"
de la naturaleza. Irónicamente, Sören identifica el cristianismo
de Mynster con "la buena educación". Incluso a él le atribuye
el concepto de "Iglesia de Estado", y le considera el maestro
para establecer la paz entre el mundo y el cristianismo. A
pesar de esto continúa honrándolo: "¡honor al obispo Mynster!
Haya lo que haya en su interior, nunca he admirado a nadie
como a él, y es para mí siempre una gran alegría que me recuerde
a mi padre"(53).
En 1848 los textos del Diario se radicalizan. Mynster
es un producto de la Cristiandad -en la Cristiandad todos
son cristianos, pero ninguno vive como tal- y afirma que hay
diferencias entre lo que predica y su propia vida: "en sus
discursos afirma que los cristianos son pocos, y su vida muestra
que todos son cristianos y por eso ser pastor puede proporcionarle
una existencia segura y tranquila como la suya"(54). A pesar
de todo, admite que "al obispo Mynster yo a pesar de todo
le quiero. Mi único deseo es poder reforzar su reputación,
porque yo le he admirado y humanamente hablando le admiro"(55).
El comportamiento distante de Mynster frente a los ataques
sufridos por Kierkegaard en El Corsario hacen que nuestro
escritor se distancie del obispo, y le considere como formando
parte de un conventículo de sus enemigos (56).
A este hecho se debe añadir otro: en 1851 Mynster escribe
un opúsculo titulado: Ulterior contribución a la discusión
sobre la situación de la Iglesia en Dinamarca. En él,
el obispo ponía en un mismo nivel a Kierkegaard y a Goldschmidt,
y consideraba a este último como un potencial instrumento
en favor del cristianismo. Kierkegaard no lo soportará más:
"Mynster -además de permanecer en la cúspide y tener bajo
su mano el "orden establecido"- intenta convertirse en democrático
y va del brazo de los periodistas, que son los aduladores
de la masa..."(57).
La visión de Kierkegaard de la Cristiandad como un gran engaño
-la predicación de un cristianismo suave, tibio, cómodo, mundano,
cómplice de las tendencias caídas de la naturaleza humana-
la relaciona cada vez más a los pastores de la Iglesia Establecida.
En 1849 escribe lo siguiente: "a veces, cuando pienso en el
obispo Mynster, me sobrecoge la angustia y el miedo por él.
Ahora tiene 72 años. ¡Pronto comparecerá ante... el juicio!
Y cuánto mal le ha hecho al cristianismo al darle una apariencia
engañosa -¡para poder gobernar! Sus predicaciones son pasables,
pero en la eternidad no deberá predicar: deberá ser...¡juzgado!"(58).
Llegará a definirlo como "un gran bellaco"(59), y hará una
comparación dialéctica entre él mismo y Mynster: si para predicar
el cristianismo uno es asesinado, escarnecido, perseguido,
la vida de Kierkegaard es precisamente esto: él -Sören- se
ha convertido en nada. Por el contrario para Mynster predicar
el cristianismo ha significado "realizar una brillante carrera,
para llevar una vida placentera. Debería ser realmente muy
extraño que yo no entendiera que todos huyan de mí y corran
detrás de Mynster"(60).
Kierkegaard sostendrá una larga entrevista con Mynster después
de la publicación del Ejercicio del Cristianismo. Cordial,
pero clara, la opinión de Mynster sobre el libro: "no creo
que el libro ayude". El obispo se daba cuenta de que los dardos
estaban dirigidos contra él y contra el pastor Martensen,
su principal colaborador.
La importancia de Mynster en la actividad literaria de Kierkegaard
es decisiva, sólo comparable a aquella mantenida con su padre
o con Regina. Kierkegaard, repitiendo la finalidad religiosa
de toda su obra, considera que Mynster, en cierto sentido,
ha facilitado las cosas: "mi labor ha consistido en aplicar
un correctivo al Orden Establecido, no en anunciar nada nuevo
que debiera derrumbar o eliminar el Orden Establecido.
"Si yo hubiera pretendido eso desde el principio, y Mynster
no hubiera existido, debería primero haber creado a alguien
que representara al Orden Establecido y debería haberlo hecho
muy bien.
"Pero como yo no he entendido con total claridad mi labor,
sin duda todo esto se me habría pasado por alto, y mi denuncia
habría tomado una dirección distinta, puede que equivocada.
"Pero Mynster estaba ahí como representante del Orden Establecido.
Su persona me vino dada y por eso yo le veneraba y he hecho
todo lo posible por expresarlo así.
"Y así es como yo he encontrado lo que debía hacer. ¡Ha sido
una suerte! Desde el punto de vista personal la veneración
por Mynster era para mí como una necesidad -y sólo más tarde
he visto con claridad que, además, era de gran importancia
para mi tarea y para poder encontrar mi postura exacta"(61).
La relación entre Kierkegaard y Mynster se fue complicando
-"Mynster ha causado un daño incalculable"- pero el enfrentamiento
abierto contra el orden establecido personificado en Mynster,
sobreviene después de la muerte del obispo, ocurrida el 30
de enero de 1854. Su sucesor, Martensen, un día antes del
entierro, pronunció un panegírico del obispo difunto, en el
que lo definió como un "testigo de la verdad".
Kierkegaard no pudo soportar aquello por considerarlo un tremendo
engaño. Publicará un artículo en el Faedrelandet, titulado:
¿Fue el obispo Mynster un "testigo de la verdad", uno de
los "verdaderos testigos de la verdad"? En él, Kierkegaard
reivindicaba su concepto de cristianismo como imitación de
Cristo a través del sufrimiento, la pobreza, la humildad,
y comparaba este cristianismo con la Cristiandad de Mynster
y Martensen: "se nos presenta al obispo Mynster como un "testigo
de la verdad", como uno de los "verdaderos testigos de la
verdad"; el predicador lo afirma categóricamente. Y recreando
delante de nosotros la imagen del obispo desaparecido, contándonos
su vida, su actividad religiosa y su muerte, nos invita a
"imitar la fe de los auténticos modelos: los testigos de la
verdad"; que han mostrado, por tanto, su fe -y aquí cita explícitamente
a Mynster- "no sólo con los discursos y las afirmaciones,
sino con los hechos"; Martensen incluye al obispo Mynster
en la "sacra estirpe de los testigos de la verdad que desde
la época de los apóstoles han continuado su labor a través
de los siglos hasta nuestros días"...
"Debo alzarme en contra de estas afirmaciones... No es necesario
ser demasiado perspicaz para darse cuenta -comparando el Nuevo
Testamento con lo que predicaba Mynster- de que tendía deliberadamente
a suavizar, ocultar y silenciar todo lo que en el cristianismo
se presenta como más exigente, todo lo que resulta incómodo,
lo que hace más difícil una vida placentera: el hecho de morir
a uno mismo, el deber de sufrir a causa de esta doctrina,
etc...
"¿Era el obispo Mynster un testigo de la verdad? Tú que estás
leyendo sabes muy bien lo que el cristianismo entiende por
"testigo de la verdad", pero permíteme que te recuerde que
para serlo es imprescindible sufrir por su causa...
"Un "testigo de la verdad" es una persona cuya vida transcurre,
desde su inicio y hasta el fin, lejos de todo aquello que
denominamos placeres...
"Un "testigo de la verdad" es un hombre que da testimonio
de aquella verdad de su estado de pobreza, viviendo en la
mediocridad, en la humillación; un hombre a quien nadie aprecia
por lo que posee, un hombre a quien se abomina, a quien se
desprecia, se insulta y padece burlas..., finalmente es crucificado,
decapitado, quemado en fuego o tostado sobre una parrilla,
y su cadáver es abandonado por su verdugo, sin recibir sepultura
-¡así se entierran a los testigos de la verdad!- y sus cenizas
son esparcidas por los cuatro vientos...
"Como niños jugando con soldaditos, juega al cristianismo
quien intenta evitar los peligros que conlleva, y en el cristianismo
"testigo" y "peligro" son términos que se encuentran en una
relación mutua..."(62).
El enfrentamiento con la Iglesia luterana danesa estaba ya
abierto. Al artículo apenas citado se unen otros veinte más
de carácter religioso, publicados en el mismo periódico, y
una serie de breves ensayos, más incisivos y provocadores,
publicados por su cuenta bajo el título El Momento.
La dureza de la polémica terminó por arruinar el débil sistema
nervioso de Kierkegaard, ya empeorado por la ausencia de Regina
Olsen, que se había marchado en marzo de 1855 a las Antillas
danesas, donde su marido, Schlegel, había sido nombrado gobernador.
El día de su marcha Regina logró verse con Sören, en una calle
de Copenhague. Ella le dice: "¡Que Dios te bendiga, y ojalá
que todo te vaya bien!". Kierkegaard, sorprendido y emocionado,
apenas es capaz de dar un paso atrás y le saluda con una inclinación
de cabeza.
El 2 de octubre de 1855 Kierkegaard se cayó, sin fuerzas,
sobre el pavimento de una calle de Copenhague. Sus débiles
piernas no podían ya con su peso físico y menos aún con el
moral. Un transeúnte le llevó al Hospital Frederik. No conseguirá
ya abandonarlo. Entra en una lenta agonía, hasta el 11 de
noviembre de 1855, día en el que el Juez Divino le llamó a
su presencia. El día antes había rehusado recibir la comunión
de manos de un pastor, y ni siquiera quiso recibir la visita
de su hermano Pedro. Sólo le acompañaron su fiel amigo de
la infancia, Emil Boesen, y el personal médico. Según el testimonio
de su sobrina Henriette, el tío Sören, antes de morir, daba
"la impresión de ser una persona victoriosa, con la mirada
viva y luminosa que emanaba de su rostro".
Sören Kierkegaard fue enterrado el 18 de noviembre. Su funeral
se celebró en "Frue Kirche". Asistieron muchas personas de
la ciudad. Fuera de la Iglesia, su hermano Pedro pronunció
unas palabras en tono conciliador. En el cementerio, el pastor
Tryde, enemigo de Kierkegaard pero ministro del entierro,
se permitió dirigir algunas palabras de desaprobación en relación
a la obra de Sören. Sin embargo, su sobrino H. Lund tomó la
palabra en defensa de su tío. Llevaba en la mano el último
escrito de Kierkegaard, una copia del nº 10 de El Momento,
que había sido entregado a la imprenta en esos días. Como
desafío a la Iglesia Establecida de Dinamarca, leyó la carta
a la Iglesia de Laodicea del Apocalipsis, mientras el féretro
de Kierkegaard era introducido en la fría tierra de Copenhague:
"conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras
frío o caliente! Así, porque eres tibio y no eres ni caliente
ni frío voy a vomitarte de mi boca. Porque dices: Soy rico,
me he enriquecido y de nada tengo necesidad, y no sabes que
eres un desdichado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Te
aconsejo que compres de mí, oro acrisolado por el fuego para
que te enriquezcas, túnicas blancas para que te vistas y no
aparezca la vergüenza de tu desnudez, y colirio con que ungir
tus ojos para que veas" (Ap 3, 15-21).
Sobre la tumba, siguiendo indicaciones precisas de Sören,
se grabó este verso del poeta H. A. Brorson:
"Todavía un poco de tiempo
y entonces se ha ganado.
Y toda la disputa
se reduce a nada.
Entonces podré descansar
<
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