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En torno a un nuevo
modo de hablar
Por Jutta Burggraf
La ideología de gender
Mientras que el término sexo hace referencia a la
naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer),
el término género proviene del campo de la lingüística
donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino
y neutro. Las diferencias entre el varón y la mujer no
corresponderían, pues, –fuera de las obvias diferencias
morfológicas–, a una naturaleza “dada”, sino que serían
meras construcciones culturales “hechas” según los roles
y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los
sexos (“roles socialmente construidos”) [En los idiomas
en los que no se dispone de dos palabras diferentes (sex
– gender, sexo – género), se suele hablar del
“sexo biológico” y “sexo psícosocial”; así, por ejemplo,
en alemán: “biologisches Geschlecht” – “psycho–soziales
Geschlecht”]. En este contexto se destaca (no sin razón)
que, en el pasado, las diferencias fueron acentuadas
desmesuradamente, lo que condujo a situaciones de
discriminación e injusticia para muchas mujeres: durante
largos siglos, correspondió al “destino femenino” ser
modelada como un ser inferior, excluida de las
decisiones públicas y de los estudios superiores. Pero
hoy en día –se sigue afirmando– las mujeres se dan
cuenta del fraude del que han sido víctimas, y rompen
los esquemas que les fueron impuestos. Pretenden
liberarse sobre todo del matrimonio y de la maternidad
[Algunos adeptos del feminismo de género proponen: “Para
ser efectivos a largo plazo, los programas de
planificación familiar deben buscar no sólo reducir la
fertilidad dentro de los roles de género existentes,
sino más bien cambiar los roles de género a fin de
reducir la fertilidad.”].
Algunos apoyan la existencia de cuatro, cinco o seis
géneros según diversas consideraciones: heterosexual
masculino, heterosexual femenino, homosexual, lesbiana,
bisexual e indiferenciado. De manera que, la
masculinidad y la feminidad no se consideran, en modo
alguno, como los únicos derivados naturales de la
dicotomía sexual biológica. Cualquier actividad sexual
resultaría justificable [Judith BUTLER: “Al teorizar que
el género es una construcción radicalmente independiente
del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre
de ataduras. En consecuencia, varón y masculino podrían
significar tanto un cuerpo femenino como un masculino;
mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como un
femenino.” Gender Trouble. Feminism and the
Subversion of Identity. Aunque este trabajo esté
criticado, en algunos círculos extremistas todavía más
radicales, por no separarse del todo de la dimensión
biológica, puede considerarse como una de las obras
claves que presentan la ideología de gender]. La
“heterosexualidad”, lejos de ser “obligatoria”, no
significaría más que uno de los casos posibles de
práctica sexual. Ni siquiera sería preferible para la
procreación. En sociedades “más imaginativas”, la
reproducción biológica puede asegurarse con otras
técnicas, se afirma [Heidi HARTMANN: The Unhappy
Marriage of Marxism and Feminism. La autora
anticipó, en parte, la completa disociación entre
sexualidad y procreación, maternidad/paternidad y
filiación que las intervenciones artificiales hacen
posible hoy en día]. Y como la identidad genérica (el
gender) podría adaptarse indefinidamente a nuevos y
diferentes propósitos, correspondería a cada individuo
elegir libremente el tipo de género al que le gustaría
pertenecer, en las diversas situaciones y etapas de su
vida.
Para llegar a una aceptación universal de estas ideas,
los promotores del feminismo radical de género intentan
conseguir un gradual cambio cultural, la llamada
“de–construcción” de la sociedad, empezando con la
familia y la educación de los hijos [PONTIFICIO CONSEJO
PARA LA FAMILIA: Familia, matrimonio y uniones de
hecho. El feminismo de género ha encontrado
favorable acogida en un buen número de importantes
instituciones internacionales, entre las que se
encuentran algunos Organismos de la Organización de
Naciones Unidas. En no pocas Universidades se pretende,
además, de elevar los “Gender Studies” a un nuevo
rango científico]. Utilizan un lenguaje ambiguo que hace
parecer razonables los nuevos presupuestos éticos. La
meta consiste en “re–construir” un mundo nuevo y
arbitrario que incluye, junto al masculino y al
femenino, también otros géneros en el modo de configurar
la vida humana y las relaciones interpersonales.
Estas pretensiones han encontrado un ambiente favorable
en la antropología individualista del neoliberalismo
radical. Se apoyan, por un lado, en diversas teorías
marxistas y estructuralistas [Fue Friedrich ENGELS quien
sentó las bases de unión entre el marxismo y el
feminismo.The Origin of the Family, Property and the
State], y por el otro, en los postulados de algunos
representantes de la “revolución sexual”, como Wilhelm
Reich (1897–1957) y Herbert Marcuse (1898–1979) que
invitaban a experimentar todo tipo de situaciones
sexuales. Más directamente aún se puede ver el influjo
del existencialismo ateo de Simone de Beauvoir
(1908–1986) que anunció ya en 1949 su conocido aforismo:
“¡No naces mujer, te hacen mujer!,” – más tarde
completado por la lógica conclusión: “¡No se nace varón,
te hacen varón! Tampoco la condición de varón es una
realidad dada desde un principio”. Los estudios
socioculturales de Margaret Mead (1901–1978) también
pueden incluirse en este proceso histórico que consolidó
una nueva rama del feminismo radical, aunque la validez
científica de sus aportaciones fue cuestionada por otros
investigadores.
Al proclamar que los géneros masculino y femenino serían
el producto exclusivo de factores sociales, sin relación
alguna con la dimensión sexual de la persona, los
defensores de la teoría de género se oponen a un modelo,
igualmente unilateral que el suyo, que sostiene
justamente lo contrario: niega cualquier interacción
entre el individuo y la comunidad a la hora de
configurar la identidad personal como varón o mujer; y
afirma que a cada sexo le corresponderían por
necesidades biológicas unas funciones sociales fijas,
invariables en la historia [Con respecto a los diversos
modelos que presentan la relación entre varón y mujer,
el esquema clarificador de María ELÓSEGUI: La
transexualidad. Jurisprudencia y argumentación jurídica].
Este modelo, sin embargo, se considera hoy en día falso
a nivel teórico y jurídico, al menos en el mundo
occidental [La subordinación de la mujer atenta contra
el principio de igualdad entre los sexos y contra los
derechos humanos reconocidos en la Declaración Universal
de la Organización de Naciones Unidas de 1948 y en otros
muchos documentos de la ONU.] Está en parte superado por
la legislación, pero no totalmente [los estudios de
María ELÓSEGUI: “Existe todavía discriminación directa,
indirecta y oculta en el ámbito laboral, en el de la
seguridad social, en el derecho financiero etc.”Los
derechos reproductivos. Un nuevo concepto jurídico
procedente del mundo legal anglosajón, en Anuario de
Derecho Eclesiástico del Estado]; no se puede negar que
persiste su influjo en la práctica social.
El proceso de identificación con el propio sexo
En la persona humana, el sexo y el género –el fundamento
biológico y la expresión cultural– no son idénticos,
pero tampoco son completamente independientes. Para
llegar a establecer una relación correcta entre ambos,
conviene considerar previamente el proceso en el que se
forma la identidad como varón o mujer. Los especialistas
señalan tres aspectos de este proceso que, en el caso
normal, se entrelazan armónicamente: el sexo
biológico, el sexo psicológico y el sexo
social[El sexo biológico suele denominarse
simplemente sex, sexo, mientras que el
sexo psicológico y social están unidos en el término
gender, género.]
El sexo biológico describe la corporeidad de una
persona. Se suelen distinguir diversos factores. El
“sexo genético” (o “cromosómico”) –determinado por los
cromosomas XX en la mujer, o XY en el varón– se
establece en el momento de la fecundación y se traduce
en el “sexo gonadal” que es responsable de la actividad
hormonal. El “sexo gonadal”, a su vez, influye sobre el
“sexo somático” (o “fenotípico”) que determina la
estructura de los órganos reproductores internos y
externos. Conviene considerar el hecho de que estas
bases biológicas intervienen profundamente en todo el
organismo, de modo que, por ejemplo, cada célula de un
cuerpo femenino es distinta a cada célula de un cuerpo
masculino. La ciencia médica indica incluso diferencias
estructurales y funcionales entre un cerebro masculino y
otro femenino.
El sexo psicológico se refiere a las vivencias
psíquicas de una persona como varón o mujer. Consiste,
en concreto, en la conciencia de pertenecer a un
determinado sexo. Esta conciencia se forma, en un primer
momento, alrededor de los 2–3 años y suele coincidir con
el sexo biológico. Puede estar afectada hondamente por
la educación y el ambiente en el que se mueve el niño.
El sexo sociológico (o civil) es el sexo
asignado a una persona en el momento del nacimiento.
Expresa cómo es percibida por las personas a su
alrededor. Señala la actuación específica de un varón o
de una mujer. En general, se le entiende como el
resultado de procesos histórico–culturales. Se refiere a
las funciones y roles (y los estereotipos) que en cada
sociedad se asignan a los diversos grupos de personas.
Estos tres aspectos no deben entenderse como aislados
unos de otras. Por el contrario, se integran en un
proceso más amplio consistente en la formación de la
propia identidad. Una persona adquiere progresivamente
durante la infancia y la adolescencia la conciencia de
ser “ella misma”. Descubre su identidad y, dentro de
ella, cada vez más hondamente, la dimensión sexual del
propio ser. Adquiere gradualmente una identidad
sexual (dándose cuenta de los factores biopsíquicos
del propio sexo, y de la diferencia respecto al otro
sexo) y una identidad genérica (descubriendo los
factores psicosociales y culturales del papel que las
mujeres o varones desempeñan en la sociedad). En un
correcto y armónico proceso de integración, ambas
dimensiones se corresponden y complementan.
Una consideración especial merecen los estados
intersexuales (los llamados intersexos) ya que
algunos argumentan que la existencia de personas
transexuales y hermafroditas demostraría que no hay
solamente dos sexos. Pero los estados intersexuales
significan anomalías con características clínicas
variadas; suelen ocurrir en una etapa muy precoz del
desarrollo embrionario. Se definen por la existencia de
contradicción de uno o más de los criterios que definen
el sexo. Es decir, las personas transexuales disponen de
una patología en alguno de los puntos de la cadena
biológica que conduce a la diferenciación sexual. Sufren
alteraciones en el desarrollo normal del sexo biológico
y, en consecuencia, también del sexo psicosocial [No
corresponde, por ejemplo, el sexo fenotípico plenamente
con el sexo cromosómico y gonadal, o no corresponden los
órganos sexuales externos e internos. Así, las personas
transexuales perciben pertenecer al sexo opuesto del que
indica su anatomía.] En vez de utilizarlas como
propaganda para conseguir la “deconstrucción” de las
bases de la familia y de la sociedad, conviene
mostrarles respeto y darles un tratamiento médico
adecuado.
Hay que distinguir la identidad sexual (varón o
mujer) de la orientación sexual
(heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad). Se
entiende como orientación sexual comúnmente la
preferencia sexual que se establece en la adolescencia
coincidiendo con la época en que se completa el
desarrollo cerebral. Tiene una base biológica y es
configurada, además, por otros factores como la
educación, la cultura y las experiencias propias. Aunque
los números varían según las diversas investigaciones,
se puede decir que la inmensa mayoría de las personas
humanas son heterosexuales
Otra cosa todavía distinta es la conducta sexual.
En el caso normal, designa el propio comportamiento
elegido, puesto que hay un margen muy amplio de libertad
en el modo en que tanto la mujer como el varón pueden
conducir su sexualidad.
Hacia una comprensión de la diferencia sexual
Como la persona entera es varón o mujer, “en la unidad
de cuerpo y alma”, la masculinidad o feminidad se
extiende a todos los ámbitos de su ser: desde el
profundo significado de las diferencias físicas entre el
varón y la mujer y su influencia en el amor corporal,
hasta las diferencias psíquicas entre ambos y la forma
diferente de manifestar su relación con Dios. Aunque no
se pueda constatar ningún rasgo psicológico o espiritual
atribuible sólo a uno de los sexos, existen, sin
embargo, características que se presentan con una
frecuencia especial y de manera más pronunciada en los
varones, y otras en las mujeres. Es una tarea sumamente
difícil distinguir en este campo. Probablemente nunca
será posible determinar con exactitud científica lo que
es “típicamente masculino” o “típicamente femenino”,
pues la naturaleza y la cultura, las dos grandes
modeladoras, están entrelazadas, desde el principio, muy
estrechamente. Pero el hecho de que varón y mujer
experimenten el mundo de forma diferente, solucionen
tareas de manera distinta, sientan, planeen y reaccionen
de manera desigual, tiene un fundamento sólido en la
constitución biológica propia de cada uno.
La sexualidad habla a la vez de identidad y alteridad.
Varón y mujer tienen la misma naturaleza humana, pero la
tienen de modos distintos. En cierto sentido se
complementan. Por esto, el varón tiende
“constitutivamente” a la mujer, y la mujer al varón. No
buscan una unidad andrógena, como sugiere la mítica
visión de Aristófanes en el “Banquete”, pero sí
se necesitan mutuamente para desarrollar plenamente su
humanidad. La mujer es dada como “ayuda” al varón por el
Creador, y viceversa, lo que no equivale a “siervo” ni
expresa ningún desprecio. [JUAN PABLO II: Carta
Apostólica Mulieris dignitatem. También el
salmista dice a Dios: “Tú eres mi ayuda.” Salmo
70,6. Salmo 115,9.10.11; 118,7; 146,5.] También
en la relación marido–mujer la “sumisión” no es
unilateral, sino recíproca. Es deseable una
subordinación mutua en el amor.
Es un hecho biológico que sólo la mujer puede ser madre,
y sólo el varón puede ser padre. La procreación se
encuentra ennoblecida en ellos por el amor en que se
desarrolla y, precisamente por la vinculación al amor,
ha sido puesta por Dios en el centro de la persona
humana como labor conjunta de los dos sexos. La
paternidad común muestra un especial protagonismo y una
confianza inmensa de Dios.
Tanto el varón como la mujer son capaces de cubrir una
necesidad fundamental del otro. En su mutua relación uno
hace al otro descubrirse y realizarse en su propia
condición sexuada. Uno hace al otro consciente de ser
llamado a la comunión y capaz para entregarse al otro,
en mutua subordinación amorosa. Ambos, desde
perspectivas distintas, llegan a la propia felicidad
sirviendo a la felicidad del otro.
Mientras que el cambio arbitrario del gender da
testimonio de un cierto afán de autosuficiencia,
la sexualidad humana significa una clara disposición
hacia el otro. Manifiesta que la plenitud humana
reside precisamente en la relación, en el
ser–para–el–otro. Impulsa a salir de sí mismo, buscar al
otro y alegrarse en su presencia. Es como el sello del
Dios del Amor en la estructura misma de la naturaleza
humana. Aunque cada persona es querida por Dios “por sí
misma” y llamada a una plenitud individual, no puede
alcanzarla sino en comunión con otros. Está hecha para
dar y recibir amor. De esto nos habla la condición
sexual que tiene un inmenso valor en sí misma. Ambos
sexos están llamados por el mismo Dios a actuar y vivir
conjuntamente [Génesis 1,27: “Creó, pues, Dios al
ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó,
varón y mujer los creó.”]. Esa es su vocación. Se puede
incluso afirmar que Dios no ha creado al hombre
varón y mujer para que engendre nuevos seres humanos,
sino que, justo al revés, el hombre tiene la capacidad
de engendrar para perpetuar la imagen divina que él
mismo refleja en su condición sexuada.
Ser mujer, ser varón, no se agota en ser respectivamente
madre o padre. Considerando las cualidades específicas
de la mujer, se ha reflexionado, a veces, sobre la
“maternidad espiritual”; el Papa Juan Pablo II precisa
este concepto y habla más oportunamente del “genio de la
mujer”. Constituye una determinada actitud básica que
corresponde a la estructura física de la mujer y se ve
fomentada por ésta. En efecto, no parece descabellado
suponer que la intensa relación que la mujer guarda con
la vida pueda generar en ella unas disposiciones
particulares. Así como durante el embarazo la mujer
experimenta una cercanía única hacia un nuevo ser
humano, así también su naturaleza favorece el encuentro
interpersonal con quienes le rodean. El “genio de la
mujer” se puede traducir en una delicada sensibilidad
frente a las necesidades y requerimientos de los demás,
en la capacidad de darse cuenta de sus posibles
conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede
identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad
de mostrar el amor de un modo concreto, y desarrollar la
“ética” del cuidado.
Donde hay un “genio femenino” debe haber también un
“genio masculino”, un talento específico del varón. Éste
tiene por naturaleza una mayor distancia respecto a la
vida concreta. Se encuentra siempre “fuera” del proceso
de la gestación y del nacimiento, y sólo puede tener
parte en ellos a través de su mujer. Precisamente esa
mayor distancia le puede facilitar una acción más serena
para proteger la vida, y asegurar su futuro. Puede
llevarle a ser un verdadero padre, no sólo en la
dimensión física, sino también en sentido espiritual
[Paternidad espiritual supone liberarse del
egocentrismo, “ser conquistado por el amor”. Karol
WOJTYLA: Radiation of fatherhood.] Puede llevarle
a ser un amigo imperturbable, seguro y de confianza.
Pero puede llevarle también, por otro lado, a un cierto
desinterés por las cosas concretas y cotidianas, lo que,
desgraciadamente, se ha favorecido en las épocas pasadas
por una educación unilateral.
En todos los ámbitos y los sectores de la sociedad, en
la cultura y el arte, la política y la economía, la vida
pública y privada, varones y mujeres están llamados a
aceptarse mutuamente y a construir juntos un mundo
habitable. Este mundo llegará a su plenitud en el
momento en el que ambos sexos le entreguen armónicamente
su contribución específica.
Una relación adecuada entre sex y gender
Hay una profunda unidad entre las dimensiones
corporales, psíquicas y espirituales en la persona
humana, una interdependencia entre lo biológico y lo
cultural. La actuación tiene una base en la naturaleza y
no puede desvincularse completamente de ella.
La unidad y la igualdad entre varón y mujer no anulan
las diferencias. Aunque tanto las cualidades femeninas
como las masculinas sean variables en gran medida, no
pueden ser ignoradas completamente. Sigue habiendo un
trasfondo de configuración natural, que ya no puede ser
anulado sin esfuerzos desesperados, que conducen, en
definitiva, a la autonegación. Ni la mujer ni el varón
pueden ir en contra de su propia naturaleza sin hacerse
desgraciados. La ruptura con la biología no libera a la
mujer, ni al varón; es más bien un camino que conduce a
lo patológico.
La cultura, a su vez, tiene que dar una respuesta
adecuada a la naturaleza. No debe ser un obstáculo al
progreso de un grupo de personas. Es evidente que han
existido en la historia, y aún existen en el mundo,
muchas injusticias hacia las mujeres. Este largo elenco
de discriminaciones no tiene ningún fundamento
biológico, sino unas raíces culturales, y es preciso
erradicarlas. Las funciones sociales no deben
considerarse como irremediablemente unidas a la genética
o a la biología. Es deseable que la mujer asuma nuevos
roles que estén en armonía con su dignidad. En este
sentido, el Papa Juan Pablo II rechaza explícitamente la
noción biológica determinista de que todos los roles y
relaciones de los dos sexos están fijados en un único
modelo estático, y exhorta a los varones a participar
“en el gran proceso de liberación de la mujer”. Es
indudable que la incorporación de la mujer al mercado
laboral es un avance que, ciertamente, crea nuevos retos
para ambos sexos.
El término gender puede aceptarse como una
expresión humana y por tanto libre que se basa en una
identidad sexual biológica, masculina o femenina. Es
adecuado para describir los aspectos culturales que
rodean a la construcción de las funciones del varón y de
la mujer en el contexto social. Sin embargo, no todas
las funciones significan algo construido a voluntad;
algunas tienen una mayor raigambre biológica. Por tanto,
“puede también apreciarse que la presencia de una cierta
diversidad de roles en modo alguno es mala para las
mujeres, con tal de que esta diversidad no sea resultado
de una imposición arbitraria, sino más bien expresión de
lo que es específicamente masculino o femenino.”
Hoy en día muchas personas vuelven a ver de nuevo con
claridad que no pueden llegar a ser libres más allá de
la base de la propia naturaleza; que el sexo, más que un
privilegio o una discriminación, también es siempre una
oportunidad para el propio desarrollo. En consecuencia,
se empeñan por conseguir que la promoción de la mujer no
sólo se lleve a cabo fuera del hogar. Si es cierto que
las mujeres no se muestran únicamente como esposas y
madres, muchas sí son esposas y madres, o quieren serlo,
y hay que crear las posibilidades para que puedan serlo
con dignidad. La mujer con una actividad profesional
externa no debe ser declarada el único ideal de la
independencia femenina, a pesar de todo el respeto que
merecen sus intenciones nobles.
La familia, ciertamente, no es una tarea exclusiva de la
mujer. Pero aún cuando el varón muestre su
responsabilidad y compagine adecuadamente sus tareas
profesionales y familiares, no se puede negar que la
mujer juega un papel sumamente importante en el hogar.
La específica contribución que aporta allí, debe tenerse
plenamente en cuenta en la legislación y debe ser
también justamente remunerada, bajo el punto de vista
económico y sociopolítico.
La colaboración para elaborar esta legislación deberá
considerarse mundialmente no sólo como derecho, sino
también como deber de la mujer.
Nota final
El desarrollo de una sociedad depende del empleo de
todos los recursos humanos. Por tanto, mujeres y varones
deben participar en todas las esferas de la vida pública
y privada. Los intentos que procuran conseguir esta meta
justa a niveles de gobierno político, empresarial,
cultural, social y familiar, pueden abordarse bajo el
concepto de “perspectiva de igualdad de género (gender)”,
si esta igualdad incluye el derecho a ser diferentes. De
hecho, algunos países y organismos internacionales
tienen en cuenta la diferente situación de varones y
mujeres, y desarrollan planes para la igualdad de
oportunidades, que ayudan a conseguir la promoción de la
mujer. Y a la hora de adoptar políticas, la “perspectiva
de género” lleva a plantearse cuáles serán los posibles
efectos de esas decisiones en las situaciones
respectivas de varones y mujeres.
Esta “perspectiva de género”, que defiende el derecho a
la diferencia entre varones y mujeres y promueve la
corresponsabilidad en el trabajo y la familia, no debe
confundirse con el planteamiento radical señalado al
principio, que ignora y aplasta la diversidad natural de
ambos sexos.
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Ver:
Jutta Burggraf. ¿Qué quiere decir género? Un nuevo
modo de hablar. PROMESA, San José, Cosa Rica, 2001.
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Artículos de
Jutta Burggraf
Actualización Arvo Net,
11/02/2006 |