Por
Juan
Luis Lorda
Arvo
Net, 20.09.2006
El viaje a
Alemania de Benedicto XVI, como cabía esperar, ha sido
la ocasión de varios discursos muy significativos. El
mismo Papa que, al principio de su pontificado, no
quería señalar cuál iba a ser su programa, ha
aprovechado todas las ocasiones importantes para hablar
de las cuestiones que le interesan, que son las grandes
cuestiones del debate intelectual.
El día 12,
en Ratisbona, pronunció una homilía sobre la creación
del mundo. Y tuvo un discurso académico, en la
Universidad donde fue Vicerrector, sobre las relaciones
entre fe y razón. El tema tiene enorme actualidad.
En 1859,
Darwin publicó El origen de las especies. Y casi
un siglo después, hacia 1960, dos ingenieros de la
compañía Bell, sin saberlo, dieron con la prueba de la
explosión inicial del universo (Big Bang). La
teoría de la evolución cambió nuestra concepción sobre
el origen del hombre. Y la teoría del Big Bang
cambió nuestra idea sobre el origen del mundo.
Si juntamos
las dos teorías, resulta una especie de proceso que
comienza con la explosión original, hace más de 14.300
millones de años, y que produce toda la realidad que
conocemos, hasta la criatura más compleja, que es el
hombre, y el objeto más complejo del universo, que es el
cerebro.
La Teoría de
la evolución fue saludada por muchos pensadores
materialistas como la demostración de que el hombre es
sólo materia. En cambio, la teoría del Big Bang
acabó con la ilusión materialista de la materia eterna,
que “ni se crea ni se destruye”. Por supuesto la materia
se destruye y se degrada en energía. Pero, además, toda
la materia que conocemos actualmente en todas sus
formas, ha emergido y se ha constituido a partir de la
explosión original. Y esto necesita algún tipo de
explicación.
Y aquí está
el quid de la cuestión. Quienes quieren seguir siendo
materialistas defienden que la explosión y todo lo que
ha venido después es un proceso sin ninguna lógica. Es
decir, que no hay ninguna mente detrás, que todo es
fruto ciego del azar. Y niegan que la evolución tenga
ningún sentido. Es una apuesta por el absurdo.
El argumento
que le gusta repetir a Benedicto XVI es que si el
proceso es irracional, entonces la razón humana, que es
resultado de ese proceso, es fruto de la irracionalidad.
Curiosa paradoja: una razón que procede de la sinrazón.
Esto recuerda el prólogo del Quijote y el argumento con
el que se volvió loco.
Que ha
habido casualidad en la formación del universo es
evidente. Hoy mismo la casualidad, el azar, pequeñas
causas imprevisibles dominan, por ejemplo, el tiempo
atmosférico, y muchas circunstancias de la vida. Siempre
ha habido casualidad.
Pero hay que
tener cuidado con este argumento. Si un día paseamos por
el campo y metemos el pie en un hoyo donde encontramos
un tesoro; la casualidad explica que encontremos el
tesoro, pero no explica la existencia del tesoro. De
forma paralela, la casualidad ha podido tener un papel
en la aparición de las formas superiores de la vida,
pero no las explica. La casualidad puede dar ocasión a
que se manifiesten las leyes y las estructuras del
mundo, pero no explica las leyes y las estructuras del
mundo.
Esta es hoy
la cuestión más importante de la filosofía de la
ciencia: la emergencia del orden y de las propiedades.
Para los que son creyentes, la existencia de orden y
belleza en el universo es una huella de la sabiduría del
Creador. De un creador de las leyes y de las formas, que
ha creado el mundo contando también con el azar para
desarrollarlo.
En este
proceso, que pasa desde una explosión inicial de energía
a la aparición de todas las formas y las leyes de la
física, a la formación de las peculiares condiciones de
la tierra, a la aparición de las formas de vida y al
desarrollo de toda la escala hasta el hombre, ha habido
mucha casualidad. Pero las leyes, las formas, las
estructuras, las propiedades y la razón humana no se
explican por la casualidad. Lo racional no se explica
por lo irracional. La razón no puede basarse en la
sinrazón. La inteligencia tiene que basarse en la
inteligencia.