Juan Luis
Lorda
Facultad de Teología
Universidad de
Navarra
Todas las personas
son dignas por el
hecho de ser
personas. Es lo que
yo creo. Todo ser
humano merece
respeto, desde que
es concebido hasta
que muere. Y ningún
adjetivo puede
cambiar, quitar o
poner, esa dignidad
fundamental. Da lo
mismo que una
persona sea alta o
baja, vieja o joven,
sana o enferma,
hombre o mujer. Es
igualmente digna.
Aunque,
naturalmente, no es
lo mismo ser joven
que ser viejo, ser
sano que ser
enfermo, ser alto
que ser bajo, ser
hombre que ser
mujer. Las palabras
sirven para
distinguir, que es
una operación muy
necesaria para la
inteligencia. Poner
nombres distintos a
cosas distintas
La Junta de
Portavoces del
Parlamento de
Navarra, con rechazo
de UPN y abstención
de CDN, hizo
recientemente una
solemne declaración
institucional
comprometiéndose a
"velar por hacer
efectivo el derecho
al matrimonio entre
dos personas, sin
discriminación por
razón de sexo" y a
"trabajar tanto en
el ámbito legal como
en educativo,
cultural,
comunicativo y
social, de cara a
superar los
comportamientos
homófobos". La Junta
de portavoces, desde
luego, está en su
derecho a hacer las
declaraciones que le
parezcan oportunas y
con toda la
solemnidad que
quiera. Es deseable,
de todas formas,
que, en lo posible,
sean coherentes.
Aquí faltaría por
aclarar qué
significa
"matrimonio". Si es
una palabra cuyo
significado depende
de la Junta de
portavoces o se basa
en alguna realidad
independiente de la
Junta de Portavoces.
Y también quién
declara y con qué
criterio qué es
homófobo. Si se le
pone a todo el que
no le cae simpático
a alguien o se basa
en alguna
apreciación
independiente y
justa.
Si yo tuviera un
amigo que intentara
comer yogur
metiéndoselo por la
oreja, con todo
respeto, le podría
observar que quizá
resulta algo anómalo
desde el punto de
vista alimenticio.
Porque ese orificio
no pertenece al
sistema digestivo.
Yo creo que
diciéndoselo no le
estaría despreciando
ni cayendo en la
homofobia. Y que, en
cierto modo, él, si
es mi amigo, tiene
derecho a que
honradamente se lo
diga. Procuraría no
ofenderle, pero creo
que tengo derecho a
decirlo y, mucho
más, a pensarlo.
El sistema
reproductivo humano
está tan fijado y es
tan rígido como el
sistema digestivo.
Es decir, hay
comportamientos que
sirven para la
reproducción y otros
que no. Y esto no
depende de las
votaciones de la
Junta de Portavoces.
Espero no ofender a
nadie ni hacer
perder a ningún niño
o anciano la
inocencia. Se da la
circunstancia de que
cuando dos personas,
varón y mujer, se
unen adecuadamente,
se puede producir
ese fenómeno
biológico tan
precioso que es la
concepción de un ser
humano. Pero si lo
hacen de otra manera
o no son varón y
mujer, resulta que
no se puede
producir.
Se da la
circunstancia
también de que la
concepción es un
asunto de alto
interés público
porque es el camino
ordinario y masivo
de incorporación de
los nuevos
ciudadanos a la
sociedad. Y, en
cambio, se da la
circunstancia de que
todos los demás
tipos de uniones no
tienen interés
reproductivo y, por
tanto, apenas tienen
relevancia social.
Son asuntos privados
de dos o más.
Por el altísimo
interés que tiene la
reproducción humana
y por el valor de
los hijos, la
legislación
universal (y también
la navarra) protege
desde tiempo
inmemorial el
"matrimonio", que
significa
literalmente, como
ya se ha recordado
en este periódico
"el oficio de la
madre". Y en cambio,
apenas ha prestado
atención a otro tipo
de uniones privadas,
que no tienen ese
efecto. Ahora por la
presión de grupos
gay, confundiendo
toda la historia del
derecho, se intenta
decir que todo es
matrimonio. Pero es
evidente que se
trata de fenómenos
muy distintos, con
un interés social
muy distinto
también. Y que es
muy conveniente,
para la inteligencia
y para la vida
social, distinguir
lo que es distinto.
Que los gays son
distintos lo dicen a
viva voz ellos
mismos. Y que la
unión gay es
distinta del
matrimonio protegido
por la tradición de
la ley es,
sencillamente, una
evidencia biológica.
Los que defendemos
estas verdades
mínimas lo único que
hacemos es proteger
el sentido común, el
uso del lenguaje, y,
lo que es más
importante, la
reproducción humana
natural, la familia
que de allí se
deriva y el interés
público. Y, por
supuesto, tenemos el
mismo derecho que
los demás a decirlo
y a no ser
insultados con
comportamientos
agresivos e
intolerantes.
Pero hay más. Todos
los que sienten una
inclinación
homosexual tienen el
derecho de saber que
no existe un sexo
homosexual, sino que
hay personas con
mayor o menor
tendencia
homosexual. Que esa
orientación parece
que, en la
generalidad de los
casos, es adquirida
y no congénita. Que
se puede cultivar o
que se puede
disminuir (aunque
tiene su
dificultad). Que
tiene derecho a
intentar cambiar esa
orientación y que en
un tanto por ciento
de los casos se
consigue. Que tiene
derecho a manifestar
su condición o a no
manifestarla. Y que
cualquier presión en
este sentido (como
las amenazas que han
salido estos días en
los periódicos), es
un grave abuso. Todo
esto, lejos de ser
homofobia es,
sencillamente, decir
la verdad, sin ánimo
de ofender a nadie.
Y con derecho a no
ser ofendido.
Por encima de estas
consideraciones
elementales e
ideológicamente
neutras, todos los
que sienten una
inclinación
homosexual tienen
también el derecho,
lo mismo que
cualquier otra
persona, a saber
cómo es la moral
cristiana. Y a saber
que la moral
cristiana considera
que el sexo se
ordena, por
naturaleza, a la
vida. Y que hay que
vivirlo así, aunque
a todos nos cueste.
Y que la moral
cristiana considera
inmoral todo
comportamiento que
no respeta este
orden, sea ese
comportamiento
homosexual o no. Y
que uno lo puede
intentar y lo puede
conseguir. Y son
muchos los que lo
intentan y lo
consiguen. Y que uno
se puede equivocar y
volver a empezar. Y
que esto es muy
bueno y da mucha
alegría. Y que las
familias de padre y
madre e hijos son
sumamente
beneficiosas para la
sociedad. Y muy
necesitadas de que
la Junta de
Portavoces les
preste alguna
atención.
Es muy dudoso que
sea competencia de
la Junta de
Portavoces (o del
Parlamento español)
cambiar el
vocabulario español
contra su propia
tradición jurídica.
Lo que es seguro es
que no puede cambiar
la realidad de la
reproducción humana,
como no puede
cambiar la de la
alimentación. Con
una declaración de
la Junta de
Portavoces no se
conseguirá nunca que
el acto de meter
yogur por la oreja
sea un acto de
alimentación y tenga
ese significado
biológico y social.
Pero pueden
declararlo, si
quieren, y aumentar
la confusión. Si de
paso, tienen tiempo
para ocuparse alguna
vez de los derechos
de las familias,
mejor.