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CARITAS IN VERITATE COMENTARIOS Y TEXTOS (J.J. García Noblejas)

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Benedicto XVI: encíclica "Caritas in veritate" 
(comentarios y texto). 

Sobre el don y la sobreabundancia



Acaba de publicarse, hace momentos, la tercera encíclica de Benedicto XVI, "Caritas in veritate". 

Como es de suponer, no he tenido tiempo material de leer aún sus 127 páginas, distribuidas en 6 capítulos. Sin embargo, he podido leer algo de lo publicado por algunos que han dispuesto con anticipación del texto embargado. Lo suficiente para apreciar que -simplificando las cosas- en buena parte se trata de un texto que, hablando de la caridad en la verdad,

-- para decir que la economía necesita de la ética 
-- insiste acerca del carácter típicamente humano del don de sí y de la sobreabundancia.

1. La economía necesita de la ética, para su correcto funcionamiento

Leo y traduzco sintetizando algo publicado en el Corriere della Sera:

En el título, la encíclica da la vuelta a los términos cásicos del problema: la caridad debe conjugarse con la verdad, «no sólo en la dirección –señalada por San Pablo- de la “veritas in caritate” (Ef 4,15), sino en la dirección inversa y complementaria de la “caritas in veritate” ».

El Papa dice ser «consciente de las desviaciones y de los vacíos de sentido con que se ha encontrado y se encuentra la caridad, con el peligro de ser malentendida, de dejarla fuera de las vivencias éticas y –en todo caso- de impedir su valoración correcta» en los ámbitos sociales, jurídicos, culturales, políticos, económicos, «es decir, en los contextos más expuestos a ese mismo peligro».

Sin la verdad, la caridad, palabra «abusada y distorsionada», se convierte en algo «irrelevante» y queda excluida «de los procesos de construcción de un desarrollo humano de alcance universal, del diálogo entre los saberes y la operatividad». La «caridad en la verdad», sin embargo, es esencial justo en el momento en que la crisis del modelo de desarrollo global necesita «nuevas reglas» y nuevos fundamentos.

De aquí la contribución de la Iglesia, que ni tiene «soluciones técnicas que ofrecer ni pretende interferir en la política de los Estados». Caridad y verdad, Agape y Logos. Este aspecto «racional» de la caridad es comprensible incluso desde la razón humana y constituye una «base» universal –o, mejor, global- de diálogo entre todos los seres humanos, todas las naciones y todas las culturas.

Incluso «la sorprendente experiencia de la donación» unifica a los hombres porque va más allá de cualquier mérito: su norma no es sólo la justicia, sino el «exceso», el excedente,  la sobreabundancia, la demasía, el superávit… Desde esta concreta y particular «mirada» o visión, nacen líneas maestras para el mercado y las empresas,  los managers y los sindicatos, las finanzas y la política.


2. Acerca del carácter típicamente humano del don de sí y de la sobreabundancia.

Llama la atención el carácter propositivo, el "añadir" más que el lamentar o condenar prácticas que de todos modos se señalan sin tapujos. No en vano, el Capítulo 3 trata de "Fraternidad, Desarrollo económico y Sociedad Civil".

Sin querer ahora insistir en este último aspecto, sorprende la clarividencia y la nitidez con la que Benedicto XVI pasa a destacar la necesidad de la libre donación personal, más allá del humano añadir libremente al "hacer progreso" o al "mejorar como ciudadano".

En concreto, los números 34 y 35 merecen la pena ser leídos, al menos en parte, cuando los anticipaba Il Foglio ("Non tutto è mercato. Carità e verità sono doni. Il libero scambio ok, ma non basta").

Dicen estos números 34 y 35:

34. La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad. El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente. 

A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede -por decirlo con una expresión creyente- del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres» [85]. 

Hace tiempo que la economía forma parte del conjunto de los ámbitos en que se manifiestan los efectos perniciosos del pecado. Nuestros días nos ofrecen una prueba evidente. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social. 

Además, la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían. 

(...) Por su naturaleza, el don supera el mérito, su norma es sobreabundar. Nos precede en nuestra propia alma como signo de la presencia de Dios en nosotros y de sus expectativas para con nosotros. La verdad que, como la caridad es don, nos supera, como enseña San Agustín [88]. Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra conciencia personal, ante todo, nos ha sido «dada». En efecto, en todo proceso cognitivo la verdad no es producida por nosotros, sino que se encuentra o, mejor aún, se recibe. Como el amor, «no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano»

Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines. La comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo con sus propias fuerzas una comunidad plenamente fraterna ni aspirar a superar las fronteras, o convertirse en una comunidad universal. La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva, hemos de precisar, por un lado, que la lógica del don no excluye la justicia ni se yuxtapone a ella como un añadido externo en un segundo momento y, por otro, que el desarrollo económico, social y político necesita, si quiere ser auténticamente humano, dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad.

35. (...) Si el mercado se rige únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave [89].

Tiempo habrá de terminar de leer, pensar y comentar.
07/07/2009 ir arriba
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