Año Paulino
El Apóstol sin fronteras
Jesús Ortiz López*
Arvo.net, 08.07.2008
«Maestro de los gentiles, apóstol
y heraldo de Jesucristo: así se define a sí mismo con una mirada
retrospectiva al itinerario de su vida. Pero su mirada no se
dirige solamente al pasado. "Maestro de los gentiles": esta
expresión se abre al futuro, a todos los pueblos y a todas las
generaciones».
Benedicto XVI
pronunciaba esas palabras al inaugurar el Año Paulino que conmemora
los 2000 años del nacimiento del Apóstol de las gentes: un judío
celoso practicante de la Torá, un ciudadano romano, y después un
cristiano que recorrerá en pocos años más de 15000 kilómetros para
predicar el Evangelio de Jesús en su tierra natal, y dar el salto a
Europa hasta llegar a Roma, el altavoz para difundirlo por todo el
imperio, llegando incluso a Hispania.
Shaul, Shaul, lámmah ántha radef lí?
¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues?
Y todo cambió en la
vida de joven perseguidor de la secta del Nazareno. Saulo lleva al
nombre del primer rey de Israel y había nacido en Tardo de Cilicia y
en el seno de una familia judía. Fue una ciudad importante con
muchos miles de habitantes pues era la capital de Cilicia, situada
al sur de la península de Anatolia, hoy Turquía. A los cinco años
frecuentaba ya la Casa del libro o escuela de la sinagoga para
iniciarse en el aprendizaje de la Ley de Israel. Diez años más
tarde, cuando tenía quince, marchó a Jerusalén para ser instruido en
la exacta observancia de la Ley de sus padres, a los pies del rabino
Gamaliel. Y veinte años más tarde recorre veloz los 250 kilómetros
desde Jerusalén a Damasco para acabar con aquella nueva secta.
Corría mucho pero fuera del camino, que diría Agustín el obispo de
Hipona. Y Dios le puso la zancadilla, cerrando momentáneamente sus
ojos para que pudiera abrirlos a la realidad de la fe cristiana.
Descubrió así que Jesús se identifica con su Iglesia y que contaba
con él para la misteriosa revolución que había consumado en una Cruz
plantada en el Calvario.
Los diarios de sus
viajes están al alcance de cualquiera en los Hechos de los Apóstoles
y en sus cartas, mostrando con realismo que la difusión del
Evangelio no es tarea para gente timorata. Como es sabido, pisó
tierras europeas en su segundo viaje al llegar a la ciudad de
Filipos en Macedonia y allí prendió la fe en Lidia, vendedora de
púrpura y temerosa de Dios. Pero enseguida Pablo comprobó que la
libertad religiosa deja mucho que desear y acabó con sus huesos en
el calabozo cuando alguno vio peligrar su negocio de adivino y
sublevó a la plebe. A medianoche mientras oraba junto con su
compañero Silas se abrieron milagrosamente las puertas de la cárcel
y el propio carcelero reconoció que Dios estaba interesado en el
asunto llegando a bautizarse con toda su familia.
Hoy Europa tiene
crisis de identidad porque no quiere reconocer sus raíces históricas
en el pensamiento griego, el derecho romano y el corazón cristiano,
que han producido el milagro de la civilización occidental, y se
hizo posible por la fidelidad de Pablo a Jesus de Nazaret en unión
con la roca de Pedro, el primero entre los apóstoles de Jesucristo.
En su reciente
discurso en al Real Academia de Doctores, el Cardenal Rouco Varela
recordaba que la libertad religiosa y de conciencia es previa al
ordenamiento jurídico estatal pues, en realidad pertenece a la ley
natural, la más democrática del mundo que permanece inscrita en el
corazón de hombre, pero que algunos se empeñan en presentar como
algo superado por la aconfesionalidad del Estado, entendida como
laicismo beligerante contra el cristianismo. Porque la dictadura del
relativismo señalada por Benedicto XVI necesita borrar la verdad
objetiva y las huellas de la ley inmanente al hombre, para ensayar
otra civilización en que el Estado sea educador de las conciencias,
suplantando definitivamente el derecho de los padres y verdad
trascendente de la religión.
Tenía razón
G.K.Chesterton y otros grandes intelectuales cuando, también en
época de crisis, defendían el carácter público del cristianismo y la
capacidad de la fe para configurar una sociedad más humana, donde se
respeten los derechos, empezando por el derecho a la vida. Porque
como también ha dicho el politólogo G.Weigel, el Estado que deja de
proteger a las personas, termina por matarlas, según estamos viendo
con el crecimiento de los abortos y la llegada de la eutanasia,
disfrazados bajo el disfraz de los nuevos derecho sociales.
Ahora bien, tanto
Chesterton, como otros conversos del pasado o del presente, sea un
intelectual como Newman, una noble italiana A.Borguese, un
matrimonio norteamericano de apellido Hann, un periodista islámico
como Magdi Allam, o un actor como Eduardo Verástegui, muestran todos
ellos con claridad que los cristianos hemos de implicarnos
directamente para salir de la crisis, aportando la coherencia vital
con la fe que Pablo descubrió un día camino de Damasco y que le
llevó a gastar su vida por los caminos del mundo.
El logotipo de este
Año Paulino se compone del Evangelio como libro abierto para quien
lo quiera leer, con la cruz al principio de una página y la llama
del amor en la otra. En medio está la espada, el instrumento del
martirio de Pablo. Y todo está rodeado por una cadena de nueve
eslabones en la que podemos ver las trabas que los hombres ponemos a
las palabras de Dios, pero también la fuerza indestructible de la
comunión en la fe de Jesucristo. De hecho es la reliquia más
importante que conservamos del Apóstol de la Gentes pues estuvo
sujeto a ella entre el año 61 y el 63. Shaul, Saulo, Pablo, el
judío, el romano, el cristiano vio a Cristo desde la ceguera y vivió
sólo para transmitir fielmente la buena nueva de la salvación obrada
por Cristo desde la cruz en beneficio de todos los hombres. Sí,
Europa tiene una deuda con Pablo de Tarso el perseguidor que llegó a
ser el infatigable predicador de Jesucristo. De él dijo: Yo le
mostraré cuánto habrá de padecer por mi nombre; y Pablo reconoce que
cinco veces recibió azotes de los judíos, una vez fue lapidado, tres
veces naufragó, sufrió peligros de ríos, de ladrones, de los de su
raza y de los gentiles, también de los falsos hermanos; todo con
trabajos y fatigas frecuentes, vigilias, hambre y sed; pero sobre
todo la responsabilidad y desvelo por la Iglesia de Jesucristo que
se identifica con los suyos. En cualquier caso Pablo fue un hombre
feliz y santamente eficaz pues para él vivir es Cristo, y el morir
una ganancia.
En el segundo milenio
de su nacimiento celebramos el Año Paulino para aprender algo de un
santo excepcional y un líder humano sin precedentes, que contagió la
aventura maravillosa de una vida comprometida con la fe aquel día
que Jesús le puso la zancadilla camino de Damasco. Se entiende que
Benedicto XVI destaque también la libertad del Apóstol como fruto
del amor: «La experiencia de ser amado hasta el fondo por Cristo le
había abierto los ojos sobre la verdad y sobre el camino de la
existencia humana; aquella experiencia lo abarcaba todo. San Pablo
era libre como hombre amado por Dios que, en virtud de Dios, era
capaz de amar juntamente con él. Este amor es ahora la "ley" de su
vida, y precisamente así es la libertad de su vida».
*Jesús Ortiz López
Doctor en Derecho Canónico
©Arvo.net,
08/07/2008
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