Mil días de Benedicto XVI
Por Jesús Ortiz López
Arvo Net, 31/01/2008
Se han cumplido mil días del Pontificado de Benedicto XVI que permiten intentar un balance de las líneas de fuerza que orientan su actividad como Vicario de Cristo cara a la nueva evangelización en el siglo XXI. Y vemos que el retrato que algunos hicieron del sucesor de Juan Pablo II no parece ajustarse al modelo porque sólo reflejaba los prejuicios o un autorretrato de sus autores.
El abuelo del mundo
Dos milenios transcurridos deberían hacernos más prudentes a la hora de interpretar el pensamiento y la voluntad de Jesucristo, porque han sido incontables los errores formulados sobre la Iglesia, su misión salvífica universal, la naturaleza de los sacramentos o la vocación de los cristianos en la sociedad. Acudir a las fuentes, especialmente el Nuevo Testamento, o los escritores cristianos de la primera hora es de vital importancia para no errar el camino. Porque aquellos primeros cristianos llegaron a cambiar la cultura pagana dominante por su fidelidad a Cristo y a los sucesores de los Apóstoles, sellando muchas veces con su sangre las verdades de la fe sobre Jesucristo y su Madre, la Virgen María, la Iglesia, la Eucaristía o la vida moral coherente con la fe. No se mostraron acomodaticios a los poderes constituidos ni al mundo del pensamiento, a veces tan empequeñecido por buscar la buena vida en lugar de la vida buena. Baste recordar los sufrimientos de Paulo de Tarso, el martirio de Ignacio de Antioquía, o las famosas palabras dirigidas a Diogneto: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad, la doctrina que viven no ha sido inventada por ellos, sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de una conducta admirable».
Mil días siguiendo a Benedicto XVI nos muestran que el Papa teólogo que, como los grandes maestros asistidos por Dios, es capaz de expresar grandes verdades y universales concretos con una gran sencillez, sirviéndose de imágenes que llegan a todos, como al comparar la Eucaristía con la energía desplegada en la fisión nuclear mencionada en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Colonia. También cuando admitió espontáneamente en Valencia la denominación cariñosa de ser el abuelo del mundo. Antes, desde el balcón o logia del la Basílica de San Pedro un Benedicto XVI tímido se ganó el corazón de creyentes y muchos no creyentes, al reconocer abrumado que «los señores Cardenales me han elegido a mí, un sencillo, humilde, trabajador en la Viña del Señor».
Como se trata de resumir en breves trazos algunos aspectos nucleares de la misión de Benedicto XVI como Vicario de Cristo me permito destacar tres puntos concretos: primero, cuando afirma que el amor es siempre lo primero; segundo, cuando presenta la esperanza fundada que el cristiano puede dar al mundo, y tercero, cuando muestra la importancia que tiene la liturgia para ser católicos en la Iglesia de Cristo.
Primacía de la caridad
La primera encíclica de Benedicto XVI, en 2005, se centra en la fundamental dimensión del cristiano: «Dios es Amor» en Sí mismo con donación y entrega, hasta el punto de enviar al mundo al Hijo para salvarnos del desamor y del odio con que le aherroja el pecado y el padre de la mentira, disfrazado en la historia de mil modos. Así nosotros podemos aprender que amar es aceptar primero que somos amados, por ejemplo, cuando Dios nos perdona mil veces en el sacramento de la Reconciliación, presentándose como el buen Padre de la parábola que cada día sale al camino esperando que vuelva aquel hijo pródigo que ha renegado del amor. Así cualquier matrimonio puede aprender que en el amor auténtico la donación es lo primero y está por encima de la satisfacción egoísta que nos encierra en nosotros mismos aislándonos del prójimo, de la Iglesia y de Dios. Todo esto choca con el ambiente neopagano y hedonista que envenena a los adultos, a la mujer en particular, y el virus pasa inmediatamente a los jóvenes y a los mayores. Por eso, mirar a Cristo y a la Iglesia que ejercita las obras de misericordia corporales y espirituales con mil formas de asistencia que llevan a cabo los misioneros en el tercer mundo, los consagrados en el cuarto mundo de los solitarios que no queremos ver en nuestro primer mundo, o las escuelas de inspiración cristiana que van contracorriente ofreciendo una educación integral de la persona en los valores cívicos, en las virtudes y en la vida conforme a la fe. En esa encíclica el Papa recordaba el caso de aquel emperador Juliano, el apóstata, que renegó del cristianismo y restauró el paganismo pero imitando la organización caritativa que la diaconía eclesiástica ejercía de mil modos.
Ofrecer la esperanza que necesita el mundo
La segunda encíclica del Papa, «Sobre la esperanza cristiana», en 2007, nos presenta la Esperanza, con mayúscula, que necesita un mundo desconcertado porque las ideologías, los sistemas políticos y la ciencia no logran dar la felicidad. Basta mirar en Occidente el aumento de suicidios, la mayoría protagonizados por jóvenes que no encuentran sentido a la vida y prefieren bajarse del mundo: muchos no han levantado cabeza desde que sus padres se divorciaron iniciando así la pendiente hacia la extinción personal. Mientras tanto el laicismo radical instalado en España piensa que el divorcio exprés significa un avance en los derechos humanos. Y lo mismo podemos decir del mal llamado matrimonio homosexual, mil veces rechazado por la sociedad, con manifestaciones millonarias, porque se da cuenta de que está perdiendo la trama básica del matrimonio y la familia. Pero la fiesta sigue en la superficie de un mundo virtual que vive de espaldas a la realidad del amor y la esperanza. Todo eso ocurre hasta que llega el batacazo personal y familiar, reflejado pobremente en las estadísticas, que a nadie conmueven. Si hablamos de más de cien mil abortos en un año, de la masacre de estas criaturas y de miles de mujeres traumatizadas que la sociedad ignora, los dirigentes socialistas se ponen al lado de las clínicas abortistas y anuncian una nueva Ley de plazos, que convertiría perversamente el crimen del aborto en un derecho de la mujer, contra todo Derecho, contra la ciencia y contra el sentido común. Contrasta esta triste realidad con la afirmación de Benedicto XVI diciendo que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, está sin esperanza: «Ciertamente, no “podemos construir” el reino de Dios con nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre el reino del hombre con todos los límites propios de la naturaleza humana. El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza».
Entrar en el Misterio de la liturgia
En tercer lugar hemos visto en estos mil días el cuidado que Benedicto XVI pone en las celebraciones litúrgicas y en la dignidad del culto a la Eucaristía, para mostrar vitalmente la fe que honra a Dios y eleva a los creyentes con el esplendor de la Belleza y del Misterio, tal como se expone en la Exhortación «Sacramentum caritatis», también en 2007, donde afirma que «la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada». Hace poco un determinado diario destacaba en la primera página la fotografía del Papa celebrando la Eucaristía en el altar de la Capilla Sixtina ante el Juicio final interpretado por Miguel Ángel, titulando «El Papa da la espalda a los fieles». Malicia e ignorancia se juntan muchas veces para mantenerse como ciegos voluntarios, porque ese gesto no tiene más importancia que destacar el valor de la Misa en que todo el Pueblo de Dios, sacerdote y fieles, se dirigen juntos hacia Cristo, evitando así la tentación de convertir el Misterio eucarístico en una cena fraterna presidida por el sacerdote, usurpando más o menos conscientemente la imagen de Cristo, único Redentor del hombre. Hace años que J.Ratzinger publicó un libro sobre lo esencial de la liturgia donde, con el espíritu del Concilio Vaticano II, decía que el pueblo y el sacerdote no se encierran y se miran unos a otros sino que se ponen en marcha hacia Cristo que avanza y sale a nuestro encuentro: «Lo importante no es diálogo mirando al sacerdote, sino la adoración común, salir al encuentro del Señor que viene». Se podría concluir que es un contrasentido empeñarse en fabricar liturgias nuevas para un hombre viejo y ciego ante el Misterio de Dios.
No amordazar la verdad
Recientemente unas 200.000 personas se reunían en la Plaza de San Pedro para manifestar su afecto y adhesión al Papa por haberse visto impedido de pronunciar un discurso en la universidad romana de La Sapienza, creada precisamente por otro Papa en el siglo XIV. Como es sabido, un grupo minúsculo de profesores, 67 de los 4.500, apoyando a un grupo mínimo de alumnos entre los 130.000 de esta institución, habían amenazado con actos violentos en un vano intento de amordazar al Santo Padre, al teólogo y al profesor universitario. Vemos así que la cuna del saber se pervierte cerrando sus oídos al diálogo y ejerce el totalitarismo sobre la mayoría del mundo universitario, quizá demasiando cobarde para reaccionar e ir por delante, forzándoles a que se cierren también los ojos, los oídos y la boca. Tres simios que viven de espaldas a la realidad, el mejor modo de avanzar hacia atrás y de caer mil veces en el mismo hoyo de la sinrazón y la violencia. Es sólo un suceso anecdótico como lo fue el revuelo por las palabras del Papa en la universidad de Ratisbona, tergiversando en una y otra sus palabras, que quieren defender a la razón humana frente al agnosticismo y el relativismo, considerando que la inteligencia vive en la misma calle de la fe y son como las alas para que el hombre se remonte a la búsqueda de la verdad.
Pienso que estos mil días de Benedicto XVI muestran el esplendor de la verdad, de la belleza, y del bien a los que todos los creyentes, cristianos o no cristianos, para ser capaces de comunicar al mundo que Jesucristo enseña al hombre quién es el hombre: alguien sagrado porque en Cristo es hijo de Dios. El Papa de los mil días quería decir en esa universidad que el cristiano: «Sin duda, no debe buscar imponer a los demás la fe de modo autoritario», sino más bien «mantener siempre despierta la sensibilidad por la verdad; invitar de nuevo a la razón a ponerse a la búsqueda de la verdad, del bien, de Dios y, -en este camino- animarla a apreciar las útiles luces que han surgido a lo largo de la historia de la fe cristiana y ver así a Jesucristo como Luz que ilumina la historia y ayuda a encontrar el camino hacia el futuro».
Jesús Ortiz López
Doctor en Derecho Canónico