De los
Nombres de Cristo
Fray Luis de León
(*)
Libro II,
[cap.] Esposo
Llámase Cristo Esposo, y explícase
cómo lo es de la Iglesia y las
circunstancias de este desposorio
-Tres cosas son, Juliano y Sabino, las de
que este nombre de Esposo nos da a
entender, y las que nos obliga a tratar: el
ayuntamiento y la unidad estrecha que hay
entre Cristo y la Iglesia, la dulzura y
deleite que en ella nace de esta unidad; los
accidentes, y como si dijésemos, los
aparatos y las circunstancias del
desposorio.
Porque si Cristo es esposo de toda la
Iglesia y de cada una de las almas justas,
como de hecho lo es, manifiesto es que han
de concurrir en ello estas tres cosas.
Porque el desposorio, o es un estrecho nudo
en que dos diferentes se reducen en uno, o
no se entiende sin él; y es nudo por muchas
maneras dulce, y nudo que quiere su cierto
aparato, y a quien le anteceden siempre y le
siguen algunas cosas dignas de
consideración. Y aunque entre los hombres
hay otros títulos y otros conciertos, u
ordenados por su voluntad de ellos mismos, o
con que naturalmente nacen así, con que se
ayuntan en uno unas veces más y otras menos
(porque el título de deudo o de padre es
unidad que hace la naturaleza con el
parentesco, y los títulos de rey y de
ciudadano y de amigo son respetos de
estrechezas con que por su voluntad los
hombres se adunan); mas aunque esto es así,
el nombre de Esposo y la verdad de este
nombre hace ventaja a los demás en dos
cosas: la primera, en que es más estrecho y
de más unidad que ninguno; la segunda, en
que es lazo más dulce y causador de mayor
deleite que todos los otros.
Y en este artículo es muy digna de
considerar la maravillosa blandura con que
ha tratado Cristo a los hombres; que, con
ser nuestro padre, y con hacerse nuestra
cabeza, y con regirnos como pastor, y curar
nuestra salud como médico, y allegarse a
nosotros, y ayuntarnos a sí con otros mil
títulos de estrecha amistad, no contento con
todos, añadió a todos ellos este nudo y este
lazo también, y quiso decirse y ser nuestro
Esposo: que para lazo es el más
apretado lazo; y para deleite, el más
apacible y más dulce; y para unidad de vida,
el de mayor familiaridad; y para conformidad
de voluntades, el más uno; y para amor, el
más ardiente y el más encendido de todos.
Y no sólo en las palabras, mas en el hecho
es así nuestro Esposo. Que toda la
estrecheza de amor y de conversación y de
unidad de cuerpos que en el suelo hay entre
dos, marido y mujer, comparada con aquella
con que se enlaza con nuestra alma este
Esposo, es frialdad y tibieza pura.
Porque en el otro ayuntamiento no se
comunica el espíritu, mas en éste su mismo
espíritu de Cristo se da y se traspasa a los
justos, como dice San Pablo: «El que se
ayunta a Dios, hácese un mismo espíritu con
Dios.»
En el otro, así dos cuerpos se hacen uno,
que se quedan diferentes en todas sus
cualidades; mas aquí así se ayuntó la
persona del Verbo a nuestra carne, que osa
decir San Juan que «se hizo carne.»
Allí no recibe vida el un cuerpo del otro;
aquí vive y vivirá nuestra carne por medio
del ayuntamiento de la carne de Cristo.
Allí, al fin, son dos cuerpos en humores e
inclinaciones diversos; aquí ayuntando
Cristo su cuerpo a los nuestros, los hace de
las condiciones del suyo, hasta venir a ser
con Él casi un cuerpo mismo, por tan
estrecha y secreta manera que apenas
explicarse puede. Y así lo afirma y encarece
San Pablo: «Ninguno, dice, aborreció jamás a
su carne; antes la alimenta y la abriga como
Cristo a la Iglesia, porque somos miembros
de su cuerpo, de su carne de Él y de sus
huesos de Él. Por esto dejará el hombre a su
padre y a su madre, y se ayuntará a su
mujer, y serán dos en una carne; este es un
secreto y un sacramento grandísimo, mas
entiéndolo yo en la Iglesia con Cristo.»
Pero vamos declarando poco a poco, cuanto
nos fuere posible, cada una de las partes de
esta unidad maravillosa, por la cual todo el
hombre se enlaza estrechamente con Cristo, y
todo Cristo con él. Porque primeramente, el
alma del hombre justo se ayunta y se hace
una con la divinidad y con el alma de
Cristo, no solamente porque las anuda el
amor, esto es, porque el justo ama a Cristo
entrañablemente, y es amado de Cristo por no
menos cordial y entrañable manera, sino
también por otras muchas razones. Lo uno,
porque imprime Cristo en su alma de él, y le
dibuja una semejanza de sí mismo viva, y un
retrato eficaz de aquel grande bien que en
sí mismas contienen sus dos naturalezas,
humana y divina. Con la cual semejanza
figurado nuestro ánimo, y como vestido de
Cristo, parece otro Él, como poco ha
decíamos, hablando de la virtud de la
gracia. Lo otro, porque demás de esta imagen
de gracia que pone Cristo como de asiento en
nuestra alma, le aplica también su fuerza y
su vigor vivo, y que obra y lánzalo por ella
toda; y, apoderado así de ella, dale
movimiento y despiértala y hácele que no
repose, sino que, conforme a la santa imagen
suya que impresa en sí tiene, así obre y se
menee y bulla siempre, y como fuego arda y
levante llama, y suba hasta el cielo,
ensalzándose.
Y como el artífice que, como alguna vez
acontece, primero hace de la materia que le
conviene lo que le ha de ser instrumento en
su arte, figurándolo en la manera que debe
para el fin que pretende, y después, cuando
lo toma en la mano, queriendo usar de él, le
aplica su fuerza y le menea, y le hace que
obre conforme a la forma de instrumento que
tiene, y conforme a su calidad y manera, y
en cuanto está así el instrumento es como un
otro artífice vivo, porque el artífice vive
en él y le comunica cuanto es posible la
virtud de su arte, así Cristo, después que
con la gracia, semejanza suya, nos figura y
concierta en la manera que cumple, aplica su
mano a nosotros, y lanza en nosotros su
virtud obradora, y, dejándonos llevar de
ella nosotros sin le hacer resistencia, obra
Él, y obramos con Él y por Él lo que es
debido al ser suyo que en nuestra alma está
puesto, y a las condiciones hidalgas y al
nacimiento noble que nos ha dado, y hechos
así otro Él, o, por mejor decir, envestidos
en Él, nace de Él y de nosotros una obra
misma, y ésa cual conviene que sea la que es
obra de Cristo.
Mas ¿por ventura parará aquí el lazo con que
se anuda Cristo a nuestra alma? Antes pasa
adelante, porque (y sea esto lo tercero, y
lo que ha de ser forzosamente lo último),
porque no solamente nos comunica su fuerza y
el movimiento de su virtud en la forma que
he dicho, mas también, por una manera que
apenas se puede decir, pone presente su
mismo Espíritu Santo en cada uno de los
ánimos justos. Y no solamente se junta con
ellos por los buenos efectos de gracia y de
virtud y de bien obrar que allí hace, sino
porque el mismo espíritu divino suyo está
dentro de ellos presente, abrazado y
ayuntado con ellos por dulce y
bienaventurada manera.
Que así como en la Divinidad el Espíritu
Santo, inspirado juntamente de las personas
del Padre y del Hijo, es el amor, y, como si
dijésemos, el nudo dulce y estrecho de
ambas, así Él mismo, inspirado a la Iglesia,
y con todas las partes justas de ella
enlazado y en ellas morando, las vivifica y
las enciende, y las enamora y las deleita, y
las hace entre sí y con Él una cosa misma.
«Quien me amare, dice Cristo, será amado de
mi Padre, y vendremos a Él y haremos morada
en Él.» Y San Pablo: «La caridad de Dios nos
es infundida en nuestros corazones por el
Espíritu Santo, que nos es dado.» Y en otra
parte dice que nuestros cuerpos son templo
suyo, y que vive en ellos y en nuestros
espíritus. Y en otra, que nos dio el
espíritu de su Hijo, que en nuestras almas y
corazones a boca llena le llama Padre y más
Padre. Y como aconteció a Eliseo con el hijo
de la huéspeda muerto, que le aplicó primero
su báculo, y se ajustó con él después, y lo
último de todo le comunicó su aliento y
espíritu, así en su manera es lo que pasa en
este ayuntamiento y en este abrazo de Dios:
que primero pone Dios en el alma sus dones,
y después aplica a ella sus manos y rostro,
y últimamente le infunde su aliento y
espíritu, con el cual la vuelve a la vida
del todo, y viviendo a la manera que Dios
vive en el cielo, y viviendo por él, dice
con San Pablo: «Vivo yo, mas no yo, sino
vive en mí Jesucristo.»
Esto, pues, es lo que hace en el alma. Y no
es menos maravilloso que esto lo que hace
con el cuerpo, con el cual ayunta el suyo
estrechísimamente. Porque, demás de que tomó
nuestra carne en la naturaleza de su
humanidad, y la ayuntó con su persona divina
con ayuntamiento tan firme que no será
suelto jamás (el cual ayuntamiento es un
verdadero desposorio, o por mejor decir, un
matrimonio indisoluble celebrado entre
nuestra carne y el Verbo, y el tálamo donde
se celebró fue, como dice San Agustín, el
vientre purísimo), así que, dejando esta
unión aparte que hizo con nuestra carne
haciéndola carne suya, y vistiéndose de
ella, y saliendo en pública plaza en los
ojos de todos los hombres abrazado con ella,
también esta misma carne y cuerpo suyo, que
tomó de nosotros, lo ayunta con el cuerpo de
su Iglesia y con todos los miembros de ella,
que debidamente le reciben en el Sacramento
del altar, allegando su carne a la carne de
ellos, y haciéndola, cuanto es posible, con
la suya una misma. «Y serán, dice, dos en
una carne. Gran Sacramento es éste, pero
entiéndolo yo de Cristo y de la Iglesia.» No
niega San Pablo decirse con verdad de Eva y
de Adán aquello: «Y serán una carne los
dos», de los cuales al principio se dijo,
pero dice que aquella verdad fue semejanza
de este otro hecho secreto, y dice que en
aquello la razón de ello era manifiesta y
descubierta razón, mas aquí dice que es
oculto misterio.
Y a este ayuntamiento real y verdadero de su
cuerpo y el nuestro, miran también
claramente aquellas palabras de Cristo: «Si
no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre,
no tendréis vida en vosotros.» Y luego, o en
el mismo lugar: «El que come mi carne y bebe
mi sangre, queda en Mí, y Yo en él.» Y ni
más ni menos lo que dice San Pablo: «Todos
somos un cuerpo los que participamos de un
mismo mantenimiento.»
De lo cual se concluye que, así como por
razón de aquel tocamiento son dichos ser una
carne Eva y Adán, así, y con mayor razón de
verdad, Cristo, Esposo fiel de su
Iglesia, y ella, esposa querida y amada suya
por razón de este ayuntamiento que entre
ellos se celebra, cuando reciben los fieles
dignamente en la hostia su carne, son una
carne y un cuerpo entre sí. Bien y
brevemente Teodoreto, sobre el principio de
los Cantares y sobre aquellas
palabras de ellos: «Béseme de besos de su
boca», en este propósito, dice de esta
manera: «No es razón que ninguno se ofenda
de esta palabra de beso, pues es verdad que
al tiempo que se dice la Misa, y al tiempo
que se comulga en ella, tocamos al cuerpo de
nuestro Esposo, y le besamos y le
abrazamos, y, como con esposo, así nos
ayuntamos con Él.» Y San Crisóstomo dice más
larga y más claramente lo mismo: «Somos,
dice, un cuerpo y somos miembros suyos,
hechos de su carne y hechos de sus huesos. Y
no sólo por medio del amor somos uno con Él,
mas realmente nos ayunta y como convierte en
su carne por medio del manjar de que nos ha
hecho merced. Porque, como quisiese
declararnos su amor, enlazó y como mezcló
con su cuerpo el nuestro, e hizo que todo
fuese uno, para que así quedase el cuerpo
unido con su cabeza, lo cual es muy propio
de los que mucho se aman. Y así Cristo, para
obligarnos con mayor amor y para mostrar más
para con nosotros su buen deseo, no
solamente se deja ver de los que le aman,
sino quiere ser también tocado de ellos y
ser comido, y que con su carne se ingiera la
de ellos, como diciéndoles: Yo deseé y
procuré ser vuestro hermano, y así por este
fin me vestí, como vosotros, de carne y de
sangre, y eso mismo con que me hice vuestro
deudo y pariente, eso mismo Yo ahora os lo
doy y comunico.»
Aquí Juliano, asiendo de la mano a Marcelo,
le dijo:
-No os canséis en eso, Marcelo, que lo mismo
que dicen Teodoreto y Crisóstomo, cuyas
palabras nos habéis referido, lo dicen por
la misma manera casi toda la antigüedad de
los Santos, San Ireneo, San Hilario, San
Cipriano, San Agustín, Tertuliano, Ignacio,
Gregorio Niseno, Cirilo, León, Focio y
Teofilacto. Porque así como es cosa notoria
a los fieles que la carne de Cristo, debajo
de los accidentes de la hostia recibida por
los cristianos, y pasada al estómago por
medio de aquellas especies, toca a nuestra
carne, y es nuestra carne tocada de ella,
así también es cosa en que ninguno que lo
hubiere leído puede dudar, que así las
sagradas Letras como los santos doctores
usan por esta causa de esta forma de hablar,
que es decir que somos un cuerpo con Cristo,
y que nuestra carne es de su carne, y de sus
huesos los nuestros, y que no solamente en
los espíritus, mas también en los cuerpos
estamos todos ayuntados y unidos. Así que
estas dos cosas ciertas son y fuera de toda
duda están puestas.
Lo que ahora, Marcelo, os conviene decir, si
nos queréis satisfacer, o, por mejor decir,
si deseáis satisfacer al sujeto que habéis
tomado y a la verdad de las cosas, es
declarar cómo por sólo que se toque una
carne con otra, y sólo porque el un cuerpo
con el otro cuerpo se toquen, se puede decir
con verdad que son ambos cuerpos un cuerpo y
ambas carnes una misma carne, como las
sagradas Letras y los santos doctores, que
así las entienden, lo dicen. ¿Por ventura no
toco yo ahora con mi mano a la vuestra, mas
no por eso son luego un mismo cuerpo y una
misma carne vuestra mano y mi mano?
-No lo son, sin duda -dijo Marcelo
entonces-, ni menos es un cuerpo y una carne
la de Cristo y la nuestra, solamente porque
se tocan cuando recibimos su cuerpo, ni los
santos por sólo ese tocamiento ponen esta
unidad de cuerpos entre Él y nosotros, que
los pecadores que indignamente le reciben
también se tocan con Él, sino porque,
tocándose ambos por razón de haber recibido
dignamente la carne de Cristo, y por medio
de la gracia que se da por ella, viene
nuestra carne a remedar en algo a la de
Cristo, haciéndosele semejante.
-Eso -dijo Juliano entonces, dejando a
Marcelo- nos dad más a entender.
Y Marcelo, callando un poco, respondió luego
de esta manera:
-Quedará muy entendido si yo, Juliano,
hiciere ahora clara la verdad de dos cosas:
la primera, que para que se diga con verdad
que dos cosas son una misma, basta que sean
muy semejantes entre sí; la segunda, que la
carne de Cristo, tocando a la carne del que
le recibe dignamente en el Sacramento, por
medio de la gracia que produce en el alma,
hace en cierta manera semejante nuestra
carne a la suya.
-Si vos probáis eso, Marcelo -respondió
Juliano-, no quedará lugar de dudar, porque,
si una grande semejanza es bastante para que
se digan ser unos lo que son dos, y si la
carne de Cristo, tocando a la nuestra, la
asemeja mucho a sí misma, clara cosa es que
se puede decir con verdad que por medio de
este tocamiento venimos a ser con Él un
cuerpo y una carne. Y a lo que a mí me
parece, Marcelo, en la primera de esas dos
cosas propuestas no tenéis mucho que
trabajar ni probar, porque cosa razonable y
conveniente parece que lo muy semejante se
llame uno mismo, y así lo solemos decir.
-Es conveniente -respondió Marcelo- y
conforme a razón, y recibido en el uso común
de los que bien sienten y hablan. De dos,
cuando mucho se aman, ¿por ventura no
decimos que son uno mismo, y no por más de
porque se conforman en la voluntad y querer?
Luego si nuestra carne se despojare de sus
cualidades, y vistiere de las condiciones de
la carne de Cristo, serán como una ella y la
carne de Cristo, y demás de muchas otras
razones, será también por esta razón carne
de Cristo la nuestra, y como parte de su
cuerpo y parte muy ayuntada con Él. De un
hierro muy encendido decimos que es fuego,
no porque en sustancia lo sea, sino porque
en las cualidades, en el ardor, en el
encendimiento, en el color y en los efectos
lo es; pues así, para que nuestro cuerpo se
diga cuerpo de Cristo, aunque no sea una
sustancia misma con Él, bien lo debe bastar
el estar acondicionado como Él. Y para traer
a comparación lo que más vecino es y más
semejante, ¿no dice a boca llena San Pablo
que el que se ayunta con Dios se hace un
espíritu con Él? Y ¿no es cosa cierta que el
ayuntarse con Dios el hombre no es cosa sino
recibir en su alma la virtud de la gracia,
que, como ya tenemos dicho otras veces, es
una cualidad celestial que, puesta en el
alma, pone en ella mucho de las condiciones
de Dios y la figura muy a su semejanza? Pues
si al espíritu de Dios y al nuestro espíritu
los dice ser uno el predicador de las gentes
por la semejanza suya que hace en el nuestro
el de Dios, bien bastará, para que se diga
nuestra carne y la carne de Cristo ser una
carne, el tener la nuestra, si lo tuviere,
algo de lo que es propio y natural a la
carne de Cristo.
Son un cuerpo de república y de pueblo mil
hombres en linaje extraños, en condiciones
diversos, en oficios diferentes, y en
voluntades e intentos contrarios entre sí
mismos, porque los ciñe un muro y porque los
gobierna una ley; y dos carnes tan juntas,
que traspasa, por medio de la gracia, mucho
de su virtud y de su propiedad la una en la
otra, y casi la embebe en sí misma, ¿no
serán dichas ser una?
Y si en esto no hay que probar, por ser
manifiesto, como, Juliano, decís, ¿cómo
puede ser oscuro o dudoso lo segundo que
propuse, y que después de esto se sigue? Un
guante oloroso traído por un breve tiempo en
la mano, pone un buen olor en ella, y,
apartado de ella, lo deja allí puesto; y la
carne de Cristo, virtuosísima y eficacísima,
estando ayuntada con nuestro cuerpo e
hinchiendo de gracia nuestra alma, ¿no
comunicará su virtud a nuestra carne? ¿Qué
cuerpo estando junto a otro cuerpo no le
comunica sus condiciones? Este aire fresco
que ahora nos toca nos refresca, y poco
antes de ahora, cuando estaba encendido, nos
comunicaba su calor y encendía. Y no quiero
decir que esta es obra de naturaleza, ni
digo que es virtud que naturalmente obra la
que acondiciona nuestro cuerpo y le asemeja
al cuerpo de Cristo, porque, si fuese así,
siempre y con todos aquellos a quienes
tocase sucedería lo mismo; mas no es con
todos así, como parece en aquellos que le
reciben indignos. En los cuales, el pasar
atrevidamente a sus pechos sucios el cuerpo
santísimo de Jesucristo, demás de los daños
del alma, les es causa en el cuerpo de malos
accidentes y de enfermedades, y a las veces
de muerte, como claramente nos lo enseña San
Pablo.
Así que no es obra de naturaleza ésta, mas
es muy conforme a ella y a lo que
naturalmente acontece a los cuerpos cuando
entre sí mismos se ayuntan. Y si por entrar
la carne de Cristo en el pecho no limpio ni
convenientemente dispuesto, como ahora
decía, justamente se le destempla la salud
corporal a quien así le recibe, cuando, por
el contrario, estuviere bien dispuesto el
que le recibiere, ¿cómo no será justo que
con maravillosa virtud no sólo le santifique
el alma, mas también con la abundancia de la
gracia que en ella pone, le apure el cuerpo
y le avecine a sí mismo todo cuanto pudiere?
Que no es más inclinado al daño que al bien
el que es la misma bondad, ni el bien hacer
le es dificultoso al que con el querer sólo
lo hace. Y no solamente es conforme a lo que
la naturaleza acostumbra, mas es muy
conveniente y muy debido a lo que piden
nuestras necesidades. ¿No decíamos esta
mañana que el soplo de la serpiente, y aquel
manjar vedado y comido, nos desconcertó el
alma y nos emponzoñó el cuerpo? Luego
convino que este manjar, que se ordenó
contra aquél, pusiese no solamente justicia
en el alma, sino también por medio de ella
santidad y pureza celestial en la carne;
pureza, digo, que resistiese a la ponzoña
primera, y la desarraigase poco a poco del
cuerpo, como dice San Pablo: «Así como en
Adán murieron todos, así cobraron vida en
Jesucristo.»
En Adán hubo daño de carne y de espíritu, y
hubo inspiración del demonio espiritual para
el alma, y manjar corporal para el cuerpo.
Pues si la vida se contrapone a la muerte, y
el remedio ha de ir por las pisadas del
daño, necesario es que Cristo en ambas a dos
cosas produzca salud y vida: en el alma con
su espíritu, y en la carne ayuntando a ella
su cuerpo. Aquella manzana, pasada al
estómago, así destempló el cuerpo, que luego
se descubrieron en él mil malas cualidades
más ardientes que el fuego; esta carne
santa, allegada debidamente a la nuestra por
virtud de su gracia, produzca en ella
frescor y templanza. Aquel fruto atosigó
nuestro cuerpo, con que viene a la muerte;
esta carne, comida, enriquézcanos así con su
gracia, que aun descienda su tesoro a la
carne, que la apure y le dé vida y la
resucite.
Bien dice acerca de esto San Gregorio
Niseno: «Así como en aquellos que han bebido
ponzoña y que matan su fuerza mortífera con
algún remedio contrario, conviene que,
conforme a como hizo el veneno, asimismo la
medicina penetre por las entrañas, para que
se derrame por todo el cuerpo el remedio,
así nos conviene hacer a nosotros, que, pues
comimos la ponzoña que nos desata, recibamos
la medicina que nos repara, para que con la
virtud de ésta desechemos el veneno de
aquélla. Mas esta medicina, ¿cuál es?
Ninguna otra sino aquel santo cuerpo que
sobrepujó a la muerte y nos fue causa de
vida. Porque así como un poco de levadura,
como dice el Apóstol, asemeja a sí a toda la
masa, así aquel cuerpo a quien Dios dotó de
inmortalidad, entrando en el nuestro, le
traspasa en sí todo y le muda. Y así como lo
ponzoñoso, con lo saludable mezclado, hace a
lo saludable dañoso, así, al contrario, este
cuerpo inmortal a aquel de quien es recibido
le vuelve semejantemente inmortal.» Esto
dice el Niseno.
Mas, entre todos, San Cirilo lo dice muy
bien: «No podía, dice, este cuerpo
corruptible traspasarse por otra manera a la
inmortalidad y a la vida sino siendo
ayuntado a aquel cuerpo a quien es como suyo
el vivir. Y si a mí no me crees, da fe a
Cristo, que dice: Sin duda os digo que si
no comiereis la carne del Hijo del hombre, y
si no bebiereis su sangre, no tendréis vida
en vosotros. Que el que come mi carne y bebe
mi sangre, tiene vida eterna, y Yo le
resucitaré en el postrero día. Bien oyes
cuán abiertamente te dice que no tendrás
vida si no comes su carne y bebes su sangre.
No la tendréis, dice, en vosotros; esto es,
dentro de vuestro cuerpo no la tendréis. Mas
¿a quién no tendréis? A la vida. Vida llama
convenientemente a su carne de vida, porque
ella es la que en el día último nos ha de
resucitar. Y deciros he cómo. Esta carne
viva, por ser carne del Verbo unigénito,
posee la vida, y así no la puede vencer el
morir, por donde, si se junta a la nuestra,
lanza de nosotros la muerte, porque nunca se
aparta de su carne el Hijo de Dios. Y porque
está junto y es como uno en ella, y por eso
dice: Y Yo le resucitaré en el día
postrero.» Y en otro lugar el mismo
doctor dice así: «Es de advertir que el
agua, aunque es de su naturaleza muy fría,
sobreviniéndole el fuego, olvidada su
frialdad natural, no cabe en sí de calor.
Pues nosotros, por la misma manera, dado que
por la naturaleza de nuestra carne somos
mortales, participando de aquella vida que
nos retira de nuestra natural flaqueza,
tornamos a vivir por su virtud propia de
ella; porque convino que no solamente el
alma alcanzase la vida por comunicársele el
Espíritu Santo, mas que también este cuerpo
tosco y terreno fuese hecho inmortal con el
gusto de su metal y con el tacto de ello y
con el mantenimiento. Pues como la carne del
Salvador es carne vivífica por razón de
estar ayuntada al Verbo, que es vida por
naturaleza, por eso, cuando la comemos,
tenemos vida en nosotros, porque estamos
unidos con aquello que está hecho vida. Y
por esta causa Cristo, cuando resucitaba a
los muertos, no solamente usaba de palabra y
de mando como Dios, mas algunas veces les
aplicaba a su carne como juntamente
obradora, para mostrar con el hecho que
también su carne, por ser suya y por estar
ayuntada con Él, tenía virtud de dar vida.»
Esto es de Cirilo.
Así que la mala disposición que puso en
nosotros el primer manjar nos obliga a decir
que el cuerpo de Cristo, que es su
contrario, es causa que haya en el nuestro,
por secreta y maravillosa virtud, nueva
pureza y nueva vida; y lo mismo podemos ver
si ponemos los ojos en lo que se puso por
blanco Cristo en cuanto hizo, que es
declararnos su amor por todas las maneras
posibles. Porque el amor, como platicabais
ahora, Juliano y Sabino, es unidad, o todo
su oficio es hacer unidad, y cuanto es mayor
y mejor la unidad, tanto es mayor y más
excelente el amor. Por donde, cuanto por más
particulares maneras fueren en uno mismo dos
entre sí, tanto sin duda ninguna se tendrán
más amor.
Pues si en nosotros hay carne y espíritu, y
si con el espíritu ayunta el suyo Cristo por
tantas maneras, poniendo en él su semejanza
y comunicándole su vigor y derramando por él
su espíritu mismo, ¿no os parecerá, Juliano,
forzoso el decir, o que hay falta en su amor
para con nosotros, o que ayunta tan bien su
cuerpo con el nuestro cuanto es posible
ayuntarse dos cuerpos? Mas ¿quién se
atreverá a poner mengua en su amor en esta
parte, el cual por todas las demás partes
es, sobre todo encarecimiento, extremado?
Porque, me pregunto: ¿o no le es posible a
Dios hacer esta unión, o, hecha, no declara
ni engrandece su amor, o no se precia Dios
de engrandecerle? Claro es que es posible; y
manifiesto que añade quilates; y notorio y
sin duda que se precia Dios de ser en todo
lo que hace perfecto.
Pues si es esto cierto, ¿cómo puede ser
dudoso, si hace Dios lo que puede ser hecho,
y lo que importa que se haga para el fin que
pretende? El mismo Cristo dice, rogando a su
Padre: «Señor, quiero que Yo y los míos
seamos una misma cosa, así como Yo soy una
misma cosa contigo.» No son una misma cosa
el Padre y el Hijo solamente porque se
quieren bien entre sí, ni sólo porque son,
así en voluntades como en juicios,
conformes, sino también porque son una misma
sustancia; de manera que el Padre vive en el
Hijo, y el Hijo vive por el Padre, y es un
mismo ser y vivir el de entrambos.
Pues así, para que la semejanza sea perfecta
cuanto ser puede, conviene sin duda que a
nosotros los fieles, entre nosotros, y a
cada uno de nosotros con Cristo, no
solamente nos anude y haga uno la caridad
que el espíritu en nuestros corazones
derrama, sino que también en la manera del
ser, así en la del cuerpo como en la manera
del alma, seamos todos uno, cuanto es
hacedero y posible, y conviene que, siendo
muchos en personas, como de hecho lo somos,
empero por razón de que mora en nuestras
almas un espíritu mismo, y por razón que nos
mantiene un individuo y solo manjar, seamos
todos uno en un espíritu y en un cuerpo
divino; los cuales espíritu y cuerpo divino,
ayuntándose estrechamente con nuestros
propios cuerpos y espíritus, los cualifiquen
y los acondicionen a todos de una misma
manera, y a todos de aquella condición y
manera que le es propia a aquel divino
cuerpo y espíritu: que es la mayor unidad
que se puede hacer o pensar en cosas tan
apartadas de suyo.
De manera que, como una nube en quien ha
lanzado la fuerza de su claridad y de sus
rayos el Sol, llena de luz y, si esta
palabra aquí se permite, en luz empapada,
por dondequiera que se mire es un sol, así,
ayuntando Cristo, no solamente su virtud y
su luz, sino su mismo espíritu y su mismo
cuerpo con los fieles y justos, y, como
mezclando en cierta manera su alma con la
suya de ellos, y con el cuerpo de ellos su
cuerpo, en la forma que he dicho, les brota
Cristo y les sale afuera por los ojos y por
la boca y por los sentidos, y sus figuras
todas y sus semblantes y sus movimientos son
Cristo, que los ocupa así a todos, y se
enseñorea de ellos tan íntimamente que, sin
destruirles o corromperles su ser, no se
verá en ellos en el último día ni se
descubrirá otro ser más del suyo, y un mismo
ser en todos; por lo cual, así Él como
ellos, sin dejar de ser Él y ellos, serán un
Él y uno mismo.
Grande nudo es éste, Sabino, y lazo de
unidad tan estrecho, que en ninguna cosa de
las que, o la naturaleza ha compuesto o el
arte inventado, las partes diversas que
tiene se juntaron jamás con juntura tan
delicada o que así huyese la vista, como es
esta juntura. Y, cierto, es ayuntamiento de
matrimonio, tanto mayor y mejor, cuanto se
celebra por modo más uno y más limpio; y la
ventaja que hace al matrimonio o desposorio
de la carne en limpieza, esa o mucho mayor
ventaja le hace en unidad y estrecheza. Que
allí se inficionan los cuerpos, y aquí se
deifica el alma y la carne; allí se
aficionan las voluntades, aquí toda es una
voluntad y un querer; allí adquieren derecho
el uno sobre el cuerpo del otro; aquí, sin
destruir su sustancia, convierte en su
cuerpo, en la manera que he dicho, el Esposo
Cristo a su esposa; allí se yerra de
ordinario, aquí se acierta siempre; allí de
continuo hay solicitud y cuidado, enemigo de
la conformidad y unidad; aquí seguridad y
reposo, ayudador y favorecedor de aquello
que es uno; allí se ayuntan para sacar luz a
otro tercero; aquí por un ayuntamiento se
encamina a otro, y el fruto de esta unidad
es afinarse en ser uno, y el abrazarse es
para más abrazarse; allí el contento es
aguado y el deleite breve y de bajo metal;
aquí lo uno y lo otro tan grande, que baña
el cuerpo y el alma; tan noble, que es
gloria; tan puro, que ni antes le precede ni
después se le sigue, ni con él jamás se
mezcla o se ayunta el dolor.
Del cual deleite (pues hemos dicho ya del
ayuntamiento, que es lo que propusimos
primero, lo que el Señor nos ha comunicado)
será bien que digamos ahora lo que se
pudiere decir, aunque no sé si es de las
cosas que no se han de decir: a lo menos,
cierto es que, cómo ello es y cómo pasa,
ninguno jamás lo supo ni pudo decir.
Y así, sea esta la primera prueba y el
argumento primero de su no medida grandeza,
que nunca cupo en lengua humana, y que el
que más lo prueba lo calla más, y que su
experiencia enmudece el habla, y que tiene
tanto de bien que sentir, que ocupa el alma
toda su fuerza en sentirlo, sin dejar
ninguna parte de ella libre para hacer otra
cosa; de donde la Sagrada Escritura, en una
parte adonde trata de este gozo y deleite,
le llama maná escondido; y en otro
nombre nuevo que no lo sabe leer sino
aquel solo que lo recibe; y, en otra,
introduciendo como en imagen una figura de
estos abrazos, venido a este punto de
declarar sus deleites de ellos, hace que se
desmaye y quede muda y sin sentido la esposa
que lo representa; porque así como en el
desmayo se recoge el vigor del alma a lo
secreto del cuerpo, y ni la lengua, ni los
ojos, ni los pies, ni las manos hacen su
oficio, así este gozo, al punto que se
derrama en el alma, con su grandeza
increíble la lleva toda a sí, por manera que
no le deja comunicar lo que siente a la
lengua.
Mas, ¿qué necesidad hay de rastrear por
indicios lo que abiertamente testifican las
sagradas Letras y lo que por clara y llana
razón se convence? David dice en su divina
Escritura: « ¡Cuán grande es, Señor, la
muchedumbre de tu dulzura, la que escondiste
para los que te temen!» Y en otra parte:
«Serán, Señor, vuestros siervos embriagados
con la abundancia de los bienes de vuestra
casa, y daréisles a beber del arroyo
impetuoso de vuestros deleites.» Y en otra
parte: «Gustad y ved cuán dulce es el
Señor.» Y en otra: «Un río de avenida baña
con deleite la ciudad de Dios.» Y: «Voz de
salud y alegría suena en las moradas de los
justos.» Y: «Bienaventurado es el pueblo que
sabe qué es jubilación.» Y finalmente,
Isaías: «Ni los ojos lo vieron, ni lo oyeron
los oídos, ni pudo caber en humano corazón
lo que Dios tiene aparejado para los que
esperan en Él.»
Y conviene que, como aquí se dice, así sea
por necesaria razón, y tan clara que se
tocará con las manos, si primero
entendiéremos qué es y cómo se hace esto que
llamamos deleite; porque deleite es un
sentimiento y movimiento dulce, que acompaña
y como remata todas aquellas obras en que
nuestras potencias y fuerzas, conforme a sus
naturalezas o a sus deseos, sin impedimento
ni estorbo se emplean, porque todas las
veces que obramos así, por el medio de estas
obras alcanzamos alguna cosa, que, o por
naturaleza, o por disposición y costumbre, o
por elección y juicio nuestro, nos es
conveniente y amable. Y como cuando no se
posee y se conoce algún bien, la ausencia de
él causa en el corazón una agonía y deseo,
así es necesario decir que, por el
contrario, cuando se posee y se tiene, la
presencia de él en nosotros y el estar
ayuntado y como abrazado con nuestro apetito
y sentidos, conociéndolos nosotros así, los
halaga y regala; por manera que el deleite
es un movimiento dulce del apetito.
Y la causa del deleite son, lo primero, la
presencia, y, como si dijésemos, el abrazo
del bien deseado; al cual abrazo se viene
por medio de alguna obra conveniente que
hacemos, y es, como si dijésemos, el tercero
de esta concordia, o, por mejor decir, el
que la saborea y sazona, el conocimiento y
el sentido de ella. Porque a quien no siente
ni conoce el bien que posee, ni si lo posee,
no le puede ser el bien ni deleitoso ni
apacible.
Pues esto presupuesto de esta manera, vamos
ahora mirando estas fuentes de donde mana el
deleite, y examinando a cada una de ellas
por sí, que adondequiera que las
descubriéremos más, y en todas aquellas
cosas adonde halláremos mayores y más
abundantes mineros de él, en aquellas cosas,
sin duda, el deleite de ellas será de
mayores quilates. Es, pues, necesario para
el deleite, y como fuente suya de donde nace
lo primero, el conocimiento y sentido; lo
segundo, la obra por medio de la cual se
alcanza el bien deseado; lo tercero, ese
mismo bien; lo cuarto y lo último, su
presencia y ayuntamiento de él con el alma.
Y digamos del conocimiento primero y después
diremos de lo demás por su orden.
El conocimiento, cuanto fuere más vivo,
tanto cuanto es de su parte será causa de
más vivo y más acendrado deleite, porque,
por la razón que no pueden gozar de él todas
aquellas cosas que no tienen sentido, por
esa misma se convence que las que le tienen,
cuanto más de él tuvieren, tanto sentirán la
dulzura más, conforme a como la experiencia
lo demuestra en los animales. Que en la
manera que a cada uno de ellos, conforme a
su naturaleza y especie, o más o menos se
les comunica en el sentido, así o más o
menos les es deleitable y gustoso el bien
que poseen; y cuanto en cada un orden de
ellos está la fuerza del sentido más bota,
tanto cuanto se deleitan es menor su
deleite. Y no solamente se ve esto entre las
cosas que son diferentes, comparándolas
entre sí mismas, mas en un linaje mismo de
cosas y en los particulares que en sí
contiene se ve.
Porque los hombres, los que son de más buen
sentido, gustan más del deleite; y en un
hombre sólo, si, o por acaso o por
enfermedad, tiene amortecido el sentido del
tacto en la mano, aunque la tenga fría y la
allegue a la lumbre, no le hará gusto el
calor, y como se fuere en ella, por medio de
la medicina o por otra alguna manera,
despertando el sentir, así por los mismos
pasos y por la medida misma crecerá en ella
el poder gozar del deleite. Por donde, si
esto es así, ¿quién no sabe ya cuán más
subido y agudo sentido es aquel con que se
comprenden y sienten los gozos de la virtud
que no aquel de quien nacen los deleites del
cuerpo? Porque el uno es conocimiento de
razón, y el otro sentido de carne; el uno
penetra hasta lo último de las cosas que
conoce, el otro para en la sobrehaz de lo
que siente; el uno es sentir bruto y de
aldea, el otro es entender espiritual y de
alma. Y conforme a esta diferencia y
ventaja, así son diferentes y se aventajan
entre sí los deleites que hacen.
Porque el deleite que nace del conocer del
sentido es deleite ligero o como sombra de
deleite, y que tiene de él como una
vislumbre o sobrehaz solamente, y es tosco y
aldeano deleite; mas el que nos viene del
entendimiento y razón es vivo gozo y macizo
gozo, y gozo de sustancia y verdad. Y así
como se prueba la grande sustancia de estos
deleites del alma por la viveza del
entendimiento que lo siente y conoce, así
también se ve su nobleza por el metal de la
obra que nos ayunta al bien de do nacen.
Porque las obras por cuya mano metemos a
Dios en nuestra casa, que, puesto en ella,
la hinche de gozo, son el contemplarle y el
amarle, y el ocupar en Él nuestro
pensamiento y deseo, con todo lo demás que
es santidad y virtud. Las cuales obras,
ellas en sí mismas, son, por una parte, tan
propias de aquello que en nosotros
verdaderamente es ser hombre, y por otras
tan nobles en sí, que ellas mismas por sí,
dejado aparte el bien que nos traen, que es
Dios, deleitan al alma, que con sola su
posesión de ellas se perfecciona y se goza.
Como, al revés, todas las obras que el
cuerpo hace, por donde consigue aquello con
que se deleita el sentido, sean obras o no
propias del hombre, o así toscas y viles que
nadie las estimaría ni se alegraría con
ellas por sí solas, si, o la necesidad pura
o la costumbre dañada, no le forzase.
Así que, en lo bueno, antes que ello
deleite, hay deleite; y eso mismo que va en
busca del bien y que lo halla y le echa las
manos, es ello en sí bien que deleita, y por
un gozo se camina a otro gozo, por el
contrario de lo que acontece en el deleite
del cuerpo adonde los principios son
intolerable trabajo, los fines, enfado y
hastío, los frutos, dolor y arrepentimiento.
Mas cuando acerca de esto faltase todo lo
que hasta ahora se ha dicho, para conocer
que es verdad basta la ventaja sola que hace
el bien de donde nacen estos espirituales
deleites a los demás bienes que son cebo de
los sentidos. Porque si la pintura hermosa
presente a la vista deleita los ojos, y si
los oídos se alegran con la suave armonía, y
si el bien que hay en lo dulce o en lo
sabroso o en lo blanco causa contentamiento
en el tacto, y si otras cosas menores y
menos dignas de ser nombradas pueden dar
gusto al sentido, injuria será que se hace a
Dios poner en cuestión si deleita, o qué
tanto deleita al alma que se abraza con Él.
Bien lo sentía esto aquel que decía: «¿Qué
hay para mí en el cielo? Y fuera de Vos,
Señor, ¿qué puedo desear en la tierra?»
Porque si miramos lo que, Señor, sois en
Vos, sois un océano infinito de bien, y el
mayor de los que por acá se conocen y
entienden, es una pequeña gota comparado con
Vos, y es como una sombra vuestra oscura y
ligera. Y si miramos lo que para nosotros
sois y en nuestro respeto, sois el deseo del
alma, el único paradero de nuestra vida, el
propio y solo bien nuestro, para cuya
posesión somos criados y en quien sólo
hallamos descanso, y a quien, aun sin
conoceros, buscamos en todo cuanto hacemos.
