Por
Ignace de la Potterie S.J.
En diciembre de 1994, la revista Letture
publicó un artículo de Gianfranco Ravasi:
"Las mil vidas de Jesús", dicho autor volvió
a proponer el tema en las páginas del diario
italiano "Il sole 24Ore"; y ese mismo día,
en el diario de los obispos italianos
Avvenire, apareció otro artículo suyo:
"Jesús muy judío y poco cristiano".
El artículo de Letture, como siempre rico en
citas bibliográficas, estaba construido, sin
embargo, sobre un profundo equívoco, lo que
puede suscitar en el lector común
perplejidad. Después de examinar los muchos
intentos de escribir vidas de Jesús de los
últimos cien años (por ejemplo, las de
Ricciotti, Papini, Renan - meditada por
Gianfranco Ravasi en italiano -, Daniel Rops,
etc), parece negar, usando un tono irónico,
la posibilidad de lanzar también la realidad
histórica de Jesús.
Desde hace más de cien años el problema
principal en la lectura de los Evangelios es
el de la ruptura entre el Jesús de la
historia y el Cristo de la fe. Una ruptura
que se remonta a la escuela del racionalismo
alemán, según la cual el Jesús que presentan
los Evangelios casi ya no es una figura
histórica. Es, pues, necesario distinguir
entre el Jesús que vivió de verdad en
Palestina en torno a los primeros años de
nuestra era y el que aparece en las
narraciones de los evangelistas: estos
últimos no fueron, según esta escuela,
testigos, y los Evangelios nacieron de mitos
helenistas.
A más de un siglo de distancia podemos decir
hoy, como recordó el cardenal Ratzinger en
"La interpretación en conflicto", que "es
con este convencimiento de base como
Bultmann - y con él la mayoría de los
exégetas modernos- lee la Biblia".
La concepción del protestante Bultmann,
padre del racionalismo, sigue condicionando
a menudo la interpretación de los
Evangelios. Un día en Roma oí a un
prestigioso discípulo de Bultmann hacer esta
síntesis: "El Jesús de la historia es
científicamente inalcanzable y
teológicamente irrelevante".
Según el autor del artículo de Letture, los
evangelios se presentan como una vida de
Jesús. Pero este es "un género literario
imposible". Y explica que, desde Bultmann en
adelante, los "biblistas serios" no aceptan
hacer vidas de Jesús. "Los neo-testamentaristas
se niegan a escribir una biografía de Jesús
de Nazaret y se contentan de perfiles
teológicos o de status questionis".
Pero aquí existe una equivocación
fundamental. Es evidentemente imposible
escribir una vida de Jesús haciendo una
biografía en sentido moderno, con fechas
concretas y siguiendo los itinerarios
exactos que recorrió. Pero esto no quiere
decir que los Evangelios no narren la
historia de Jesús. Hoy nos hallamos frente a
una dicotomía muy peligrosa, y que hay que
delimitar bien para poder rebatir.
Cuando se habla sobre Jesús unos quieren
hacer sólo historia, aplicando las rigurosas
exigencias del método histórico-científico;
otros, en cambio, reducen todo a su mensaje,
al kerygma (anuncio). Las dos posiciones son
incorrectas.
Examinemos en primer lugar la equivocación
en que caen los primeros, los que sólo
quieren hacer una investigación científica
sobre el Jesús histórico. Veamos algunos
ejemplos, que aparecieron en las librerías
(en inglés). John Crossan es autor de El
Jesús histórico, La vida de un campesino
judío mediterráneo. Y John P. Meier ha
escrito Un judío marginal.
Redefiniendo al Jesús histórico. Se
trata de dos libros voluminosos, cada uno de
más de 400 páginas. Escribe Meier en la
introducción: "Imaginemos que tenemos cuatro
especialistas bien preparados a nivel
histórico: un católico, un protestante, un
judío y un agnóstico. Y que trabajen juntos
para decir quién es Jesús. El resultado,
concluye sería que "el Jesús histórico es un
judío marginal", sin gran importancia. Es
curioso que una prestigiosa revista
católica, la Reveu Biblique (1992), haya
escrito de ese libro: "Se recordará como el
acontecimiento más significativo del siglo
XX en la historia de los estudios bíblicos
católicos". El perfil que nos da de Jesús es
el de un pobre palestino que hizo hablar de
sí. Para la historia, obviamente, el
misterio ligado a su persona no existe.
El otro extremo en el que se cae es el de
reducir todo al Kerygma. En este caso se
elimina la historia, y la importancia de
Jesús está únicamente en el anuncio
teológico: el Evangelio es sólo un
"Theoloúgumenon". Es la tesis del libro de
Jacques Duquesne, Jesús, que ha suscitado
gran estupor en Francia y del que se han
vendido casi 300.000 ejemplares. Duquesne
divide su libro en las diversas fases que
marcan la vida de Jesús. Desde el principio
se comprende qué postura toma el autor. La
infancia de Jesús que narran los Evangelios,
evidentemente no es histórica: no es serio
tomar en serio el anuncio que un ángel hizo
a una pobre muchacha judía. Además, por lo
que se refiere a los milagros no existen
pruebas. Y nadie estuvo presente en la
resurrección, por lo que no se puede
documentar. La única importancia de Jesús,
explica Duquesne, es el mensaje (el
Theoloúgumenon) que nos dejó y al que quien
quiera puede dar su adhesión.
Estas dos posturas ejemplifican el debate en
el que se han enzarzado muchos exégetas
contemporáneos: o bien de Jesús se hace una
historia poco interesante (en el fondo no
era más que un judío marginal), o bien se
reduce su mensaje a pura literatura.
En suma a los exégetas les cuesta aceptar
que a través de los Evangelios nos podemos
remontar al Jesús histórico. Y sin embargo,
en el Concilio Vaticano II, el papa Pablo VI
hizo introducir, con su autoridad, una frase
en la Constitución Dei Verbum. Está
en el párrafo 19, donde se lee que la
Iglesia "afirma sin dudar la historicidad de
los Evangelios". Una frase que aparece
también y con relieve en el reciente
Catecismo de la Iglesia católica
(n.126).
Esta frase confirma que, si no se pueden
hacer vidas de Jesús, se puede, sin embargo,
llegar al Jesús de la historia, ya que en
los Evangelios se narran hechos reales, que
sucedieron verdaderamente (esto vale tanto
para la concepción virginal de Jesús, como
para sus milagros, y así mismo para su
resurrección física, contrariamente a lo que
afirman Duquesne, Meier y otros).
En el origen de la tradición evangélica no
hay mitos helenistas, sino testigos: " Lo
que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo
que contemplamos y palparon nuestras manos
os lo anunciamos ahora" (1 Jn 11,2).
Hechos reales que efectivamente
acontecieron, aunque a veces no estén
narrados con todo detalle. Hechos de los que
se escribe después de la resurrección de
Jesús, es decir, después de que el Señor
hizo comprender a sus hermanos el sentido de
todo lo que habían vivido durante aquellos
tres años de vida común. Es por ello por lo
que de estos hechos reales los Evangelios
nos comunican, por lo menos en bosquejo,
también el sentido. Como escribía san
Gregorio Magno, para comprender la Biblia
"hay que pasar de la historia al misterio".
Muy a menudo los exégetas modernos anulan lo
uno y lo otro.