Declaración cristológica
común entre la Iglesia
católica y la Iglesia asiria de Oriente
Texto de Juan Pablo II y Mar Dinkha IV
(11-X-1994).
Su Santidad Juan Pablo VI, Obispo de Roma y
Papa de la lglesia católica, y Su Santidad
Mar Dinkha IV, Patriarca catolicós de la
Iglesia asiria de Oriente, dan gracias a
Dios por haberlos impulsado a este nuevo
encuentro fraterno.
Ambos lo consideran un paso fundamental en
el camino hacia la comunión plena que ha de
restablecerse entre sus Iglesias. En
efecto, de ahora en adelante pueden
proclamar juntas su fe común en el misterio
de la Encarnación.
En calidad de herederos y guardianes de la
fe recibida de los Apóstoles, como la
formularon maestros padres comunes en el
concilio de Nicea, confesamos un solo Señor
Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del
Padre antes de todos los siglos, que, al
llegar la plenitud de los tiempos, bajó del
cielo y se hizo hombre por nuestra
salvación. El Verbo de Dios, la
segunda persona de la Santísima Trinidad, se
encarnó por obra del Espiritu Santo,
asumiendo de la Santisima Virgen Maria un
cuerpo animado por un alma racional, a la
que estuvo unido indisolublemente desde el
momento de su concepción.
Por eso, nuestro Señor Jesucristo es
verdadero Dios y verdadero hombre, perfecto
en su divinidad y perfecto en su humanidad,
consustancial con el Padre y consustancial
con nosotros en todo, menos en el pecado.
Su divinidad y su humanidad estan unidas en
una sola persona sin confusión ni cambio,
sin division ni separación. En él se
ha conservado la diferencia de las
naturalezas de la divinidad y la humanidad,
con todas sus propiedades, facultades y
operaciones. Pero, lejos de constituir
«una y otra»,
la divinidad y la humanidad están unidas
en la persona del mismo y único Hijo de Dios
y Señor Jesucristo, que es objeto de una
sola adoración.
Cristo, por tanto, no es un «hombre como los
demás», adoptado por Dios para morar en él e
inspirarle, como en el caso de los hombres
justos y los profetas; sino el mismo Verbo
de Dios, engendrado por el Padre antes de
todos los siglos, sin principio según su
divinidad, que en los últimos tiempos nació
de una madre sin un padre, según su
humanidad. La humanidad que la
Santísima Virgen Maria dio a luz fue siempre
la del mismo Hijo de Dios. Por esta razón,
la Iglesia asiria de Oriente eleva su
oración a la Virgen Maria como «la Madre de
Cristo nuestro Dios y Salvador». A la
luz
de esta misma fe, la tradición católica se
dirige a la Virgen Maria como «Madre de
Dios», y también como «Madre de Cristo».
Ambas Iglesias reconocemos la legitimidad y
la exactitud de estas expresiones de la
misma fe, respetando la preferencia que cada
Iglesia les da en su vida litúrgica y en su
piedad.
Ésta es la única fe que profesamos en el
misterio de Cristo. Las controversias
de¡ pasado llevaron a anatemas, que se
referían a personas y fórmulas. El
Espíritu de¡ Senor nos permite hoy
comprender mejor que las divisiones qtje así
se produjeron se debie ron, en gran parte, a
malentendidos.
Cualesquiera que hayan sido nuestras
divergencias cristológicas, hoy confesamos
unidos la misma fe en el Hijo de Dios que se
hizo hombre para que, mediante su gracia,
pudiéramos llegar a ser hijos de Dios.
De ahora en adelante queremos testimoniar
juntos esta fe en el único que es el camino,
la verdad y la vida, proclamándola del modo
más adecuado a los hombres de nues tro
tiempo, para que el mundo crea en el
evangelio de salvación.
El misterio de la Encarnación, que
profesamos juntos, no es una verdad
abstracta y aislada. Se refiere al
Hijo de Dios, envíado para salvarnos.
La eeconomía de la salvación, que tiene su
origen en el misterio de la comunion de la
santísima Trinidad -Padre, Hijo y Espiritu
Santo- llega a su cumplimiento a través de
la participación en esta coi-nunióri, por la
gracia, en la Iglesia una, santa, católica y
apostólica, pueblo de Dios, cuerpo de Cristo
y templo del Espíritu.
Los creyentes llegan a ser miembros de este
cuerpo a traves del sacramento del bautismo,
por el cual, gracias al agua y a la acción
del Espíritu Santo, renacen corno nuevas
criaturas. Son confirmados con el
sello del Espíritu Santo, que concede el sa
cramento de la unción. Si¡ comunión
con Dios y entre si se real¡ za plenamente
mediante la celebración de la única ofrenda
de Cristo en el sacramento de la Eucaristia.
Los miembros pecado res de la Iglesia
restablecen esa comunión cuando se
reconcilian con Dios y entre si a través del
sacramento del perdón. El sacra
i-nerito de la ordenación para el ministerio
sacerdotal en la stice sión apostólica
asegura la autenticidad] de la fe, de los
sacrarnen tos y de la comunión en cada
Iglesia particular.
Como consecuencia de la vivencia de esta fe
y estos sacra mentes las Iglesias católicas
particulares y las Iglesias asirlas
particulares pueden reconocerse
reciprocaiiiente como Iglesias hermanas.
Para que la comunión sea plena y completa,
se requiere que haya unanimidad por lo que
atane al contenido de la fe, los sacramentos
y la constitución de la Iglesia, Dado que
esta unanimidad que anhelamos no se ha
alcanzado aún no pode mes por desgracia,
celebrar juntos la Eucaristía, que es el
signo de la comunión eclesial plenamente
restablecida.
Sin embargo, la profunda comunión espiritual
en la fe y la con fianza mutua que ya
existen entre nuestras Iglesias nos autor¡
zan de ahora en adelante, a considerar la
posibilidad dé testinio mar juntos el
mensaje evangélico y colaborar en
situaciones pastorales particulares,
incluyendo especialmente las áreas de
catequesis y de formación de los futuros
sacerdotes.
Dando gracias a Dios porque nos ha ayudado a
redescubrir lo en(, ya nos une en la fe y en
los sacramentos, nos compromete mes a hacer
todo lo posible para superar los obstáculos
(¡el pa saco qtie impiden aún la plena
comunion entre nuestras lgle sias, para
poder responder mejor a la llamada del Señor
a la un¡ dad de sus discípulos, unidad que,
por supuesto, ha de manifestarse de modo
visible. A fin de superar esos
obstáculos, establecemos ahora tina comisión
mixta para el diálogo teológi co entre la
Iglesia católica y la Iglesia asiria de
Oriente.
Roma, 11 de noviembre de 1994
JOANNES PAULUS N. II
(Trad. L'O,R.)
Documentos Palabra-139 / 1994