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[Artículo completo en Cómo el cristiano es Cristo]
UNA VIDA NUEVA
Los discípulos, a los pocos días de morir Jesús, comienzan a vivir una vida rigurosamente nueva en el mundo y en la historia: la vida de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre. Son conscientes de que Cristo vive de un modo superior al de su existencia histórica, porque su Divinidad ha llenado su naturaleza humana, la ha resucitado y la ha glorificado, de tal modo que en su humanidad brota una fuente inagotable de vida divina transmisible a sus hermanos los hombres redimidos. Vida divina capaz de vivificar a los muertos del cuerpo y a los muertos del espíritu. «De su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia» (Jn 1, 16).
Vivificados con la vida de Cristo resucitado, los Apóstoles, sin dejar de ser ellos mismos, son transformados, encendidos con un fuego de amor que viene del espíritu de Cristo. Pablo de Tarso es uno de los grandes testigos de esa nueva vida que vive en todo fiel cristiano: «vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). No se trata de un caso extraordinario; les dice a los fieles romanos: «así también daos cuenta de que vosotros mismos estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6, 11). «Cristo está en vosotros» (Rom 8, 10.11; Ef 2, 5). «Cristo es vuestra vida» (Col 3, 4) .
La vida de Cristo en la persona del cristiano
¿Cuál es el alcance de este «en» -vosotros en Cristo, Cristo en vosotros- que Pablo escribe 164 veces en sus Cartas? El alcance permanece entre los velos del misterio, porque ese estar y ser Cristo en mí y yo en él, no es una realidad sensible, ni siquiera «natural» sino de naturaleza superior, «sobrenatural», pero - preciso es subrayarlo- tan real, o más si cabe, que todo lo natural, como más realidad posee la Vida divina que cualquier vida creada
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Cristo mismo nos ofrece una alegoría que nos aproxima al misterio: «Yo soy la vid, vosotros sois los sarmientos» (cf Juan 16, 4 ss). Por los sarmientos corre la misma sabia de la vid, que los vivifica y les da capacidad de dar frutos riquísimos. Ellos no son la vid y, a la vez, de algún modo lo son. El fiel cristiano no es idéntico a Cristo, pero en cierta real manera se identifica con Él, porque lo mejor de su vida está «escondida con Cristo en Dios», es vida «en Cristo», Cristo es realmente «su vida»; es el origen de la vida sobrenatural que diviniza el espíritu del cristiano y aún su cuerpo. «Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa … La vida de Cristo es vida nuestra, según lo que prometiera a sus Apóstoles, el día de la Ultima Cena: ‘Cualquiera que me ama, observará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él’. El cristiano debe -por tanto- vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus, no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.»
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Más que el enamorado de una criatura, el bautizado en Gracia de Dios, puede decir a Cristo: «vida mía», porque Él no sólo es el amor supremo, origen de todo amor puro; no sólo es «otra vida», de la que estoy «en-amorado», sino que ha venido a estar «en mí», para cumplir el deseo nunca cabalmente realizado del amor entre criaturas, de tal modo que somos «dos en uno». Permanecen su identidad y la mía, somos dos, pero a la vez somos una sola vida, la Suya.
Se cumple el deseo del amor divino, que encuentra su maravillosa realización en la unidad de Dios Trino: el Padre y el Hijo son dos personas y una sola esencia o naturaleza, un solo Dios. «yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14, 20), dice el Señor. No es exactamente lo mismo, pero el punto de comparación que pone al hablar de cómo Él está «en el cristiano», es nada menos que su modo de estar «en» su Padre, es decir, la Unidad de la Trinidad.
Hay una inmanencia mutua, sin confusión, entre Cristo y los fieles. No sólo al modo en que lo conocido está en el cognoscente, ni como está la piedra en el fondo del lago. Es un modo misterioso por el que realmente el espíritu de Cristo se encuentra sin fronteras en el espíritu del cristiano
El Santo Padre decía durante la pasada Vigilia Pascual comentando Jn 13,36, «Me voy y vuelvo a vuestro lado», «justamente en su irse, él regresa. Su marcha inaugura un modo totalmente nuevo y más grande de su presencia. Con su muerte entra en el amor del Padre. Su muerte es un acto de amor. Ahora bien, el amor es inmortal. Por este motivo su partida se transforma en un retorno, en una forma de presencia que llega hasta lo más profundo y no acaba nunca. En su vida terrena Jesús, como todos nosotros, estaba sujeto a las condiciones externas de la existencia corpórea: a un determinado lugar y a un determinado tiempo. La corporeidad pone límites a nuestra existencia. No podemos estar a la vez en dos lugares diferentes. Nuestro tiempo está destinado a acabarse. Entre el yo y el tú está el muro de la alteridad. Ciertamente, amando podemos entrar, de algún modo, en la existencia del otro. Queda, sin embargo, la barrera infranqueable del ser diversos. Jesús, en cambio, que a través del amor ha sido transformado totalmente, está libre de tales barreras y límites. Es capaz de atravesar no sólo las puertas exteriores cerradas, como nos narran los Evangelios (cf. Jn 20, 19). Puede atravesar la puerta interior entre el yo y el tú, la puerta cerrada entre el ayer y el hoy, entre el pasado y el porvenir. … Su partida se convierte en un venir en el modo universal de la presencia del Resucitado, en el cual Él está presente ayer, hoy y siempre; en el cual abraza todos los tiempos y todos los lugares. Ahora puede superar también el muro de la alteridad que separa el yo del tú. Esto sucedió con Pablo, quien describe el proceso de su conversión y Bautismo con las palabras: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). Mediante la llegada del Resucitado, Pablo ha obtenido una identidad nueva. Su yo cerrado se ha abierto. Ahora vive en comunión con Jesucristo, en el gran yo de los creyentes que se han convertido – como él define – en “uno en Cristo” (Ga 3, 28).»
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«Yo vivo, pero no soy yo, antes es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Sorprendente afirmación, absurda resultaría en otra fuente y en cualquier otra religión. No se trata de una sustitución que equivaldría a la muerte. Sucede que mi intimidad existe porque Dios la ha creado y continúa dándome el ser. Por eso no hay para Él un cercado de subjetividad impenetrable. Cristo, por ser Dios, puede entrar en el cercado íntimo de una subjetividad ajena y actuarla por dentro, operando por las facultades de ella, de tal modo que no sólo no menoscaba la personalidad, sino que la refuerza. Tras la resurrección, como Logos encarnado, puede también hacer esa obra de «ingeniería» creadora y redentora que alcanza lo más hondo e inescrutable del yo humano. De no ser así la redención no sería estrictamente perfecta, la justificación o santificación no podría ser plena, Dios no habría llegado a la altura de su poder. No ha querido dejar las cosas a medias, ni siquiera solo muy bien; llega hasta el extremo de amor, de justicia y de misericordia.
Pienso –desde mi ignorancia- en la situación del estomatólogo cuando ha de desvitalizar una pieza. Ha de alcanzar y limpiar por dentro hasta el último fondo de la raíz. Por otro lado, en nuestro asunto, se ha de infundir no una prótesis sino vida de la propia vida, rigurosamente sana e incontaminada y esta es la vida misma de Cristo que se hace «vida mía».
El Infinito posee de modo virtual y eminente las perfecciones de todas las personalidades reales y posibles, conoce las sendas de todos los corazones y puede actuar en ellos, robustecer toda potencia y toda originalidad sin alterar sus fibras. Tal excelencia, que a Dios sólo incumbe, la poseía Cristo como Dios antes de la Resurrección, pero la mantenía inoperante en su humanidad, en espera del día en que la muerte y la resurrección le darían el reinado efectivo sobre los corazones. [4b]
Ahora, con el Bautismo, por obra del Espíritu Santo, Cristo viene a vivir en mí, se hace «vida mía». Con ello no suplanta mi personalidad, antes bien la robustece, no sólo en energía vital, sino también en el sentido de mi originalidad irrepetible. «Así – escribe Carlos Cardó- yo, poseído por Cristo, soy más que yo solo. Yo vivo real y poderosamente, como que soy yo y muy de veras; pero en este yo, sin menoscabarlo y sin entorpecerlo, está viviendo Cristo. He aquí la nueva espiritualidad de Cristo resucitado; comporta una sutileza infinitamente más fina y más fuerte que la que permitía a Jesús pasar a través de las puertas cerradas. En efecto: ¿qué puerta hay más cerrada que la intimidad del corazón, que la vitalidad intransferible? Cristo resucitado la penetra hasta la identidad de la persona, para venir a renovar el yo, que es naturalmente irrenovable. Perdidos estaríamos si no fuera por este poder; sin él la redención habría sido inútil y nuestra regeneración fuera imposible. Esto había prometido Jesús: « Quien me ama guardará mi palabra; y el Padre le ama e iremos a El y en Él permaneceremos» (Io 14, 23). La corrupción no estaba limitada a nuestra conducta externa; aunque dejando a salvo la naturaleza, alcanzaba el yo interior, la punta extrema del espíritu de la que mana la orientación de la vida, la intención calificadora de los actos, por la que está sellada toda la vida moral. Hasta aquí baja el Resucitado, como portador de las otras dos Personas divinas; para elevar en cierto modo al hombre hasta el límite mismo del orden hipostático.» [4b]
Al resucitar, también la naturaleza humana de Cristo se ha transformado, sin dejar de ser humana, se ha espiritualizado. Puede atravesar todas las puertas e introducir su psicología en nuestra psicología, su perspectiva de Logos hecho carne; en cierta medida, su sabiduría de perfecto Dios y su sabiduría de hombre perfecto, su humildad, su generosidad, su magnanimidad, su fortaleza, en fin, su amor ilimitado hasta a los propios verdugos… Todo Él se transfunde al pequeño yo…, aunque como es lógico en la medida en que mis disposiciones lo permiten. Gran responsabilidad la mía. Si no me resisto ni pongo obstáculos, si me abandono a los impulsos del Amor, entonces, mi ser personal, irrepetible, en Cristo va creciendo, creciendo sin saber a dónde puede llegar. Todo esto es compatible con mis miserias, con las que he de combatir sin cesar, motivo de conversión continua y también de acción de gracias por la inmensa paciencia, misericordia, generosidad y entrega sin limite del Crucificado Resucitado, «Príncipe de la Vida» (Hch 3,15).
Benedicto XVI insiste año tras año a los recién bautizados: «ésta es la realidad del Bautismo: Él, el Resucitado, viene, viene a vosotros y une su vida a la vuestra, introduciéndoos en el fuego vivo de su amor. Formáis una unidad, sí, una sola cosa con Él, y de este modo una sola cosa entre vosotros. En un primer momento esto puede parecer muy teórico y poco realista. Pero cuanto más viváis la vida de bautizados, tanto más podréis experimentar la verdad de esta palabra. Las personas bautizadas y creyentes no son nunca realmente ajenas las unas para las otras. Pueden separarnos continentes, culturas, estructuras sociales o también acontecimientos históricos. Pero cuando nos encontramos nos conocemos en el mismo Señor, en la misma fe, en la misma esperanza, en el mismo amor, que nos conforman. Entonces experimentamos que el fundamento de nuestras vidas es el mismo. Experimentamos que en lo más profundo de nosotros mismos estamos enraizados en la misma identidad, a partir de la cual todas las diversidades exteriores, por más grandes que sean, resultan secundarias. Los creyentes no son nunca totalmente extraños el uno para el otro. Estamos en comunión a causa de nuestra identidad más profunda: Cristo en nosotros. Así la fe es una fuerza de paz y reconciliación en el mundo: la lejanía ha sido superada, estamos unidos en el Señor (cf. Ef 2, 13).»
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Fe viva en el vivir de Cristo en mí
Se comprende que quedaran muy grabadas en la mente de Pablo las palabras de Jesús, camino de Damasco: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 24). Hay una identidad tal entre Cristo y el cristiano que todo lo que se hace a un cristiano se hace a Cristo, porque Cristo vive realmente en él: «En verdad os digo que cuantas veces hicisteis esto a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Una de las maravillas del vivir en Cristo es que cuanto mayor es la unión con Él, más vigorosas, íntegras y distintas aparecen las personalidades de los santos. En Cristo se alcanza tanto la más auténtica y real liberación como la personalidad más plena.
La incorporación a Cristo, lejos de ser pérdida es ganancia. Al extremo de que, como dice Tomás Aquino, «el Bautismo nos incorpora a la Pasión y Muerte de Cristo, de tal manera que la Pasión de Cristo, en la que cada persona bautizada tiene una parte, es para todos un remedio tan efectivo como si cada uno hubiese sufrido y muerto él mismo» (S. Th. III, 69, 2). Por eso Pablo puede decir que por el Bautismo hemos muerto-con Cristo, y hemos sido con-sepultados, con-resucitados con Cristo y co-sentados con El a la diestra del Padre (cf Rom 6, 3-14). El Apóstol ya se ve sentado con Cristo junto al Padre: «aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos dio vida juntamente en Cristo... y nos resucitó con El, y nos hizo sentar sobre los cielos en la Persona de Jesucristo» (Ef 2, 56).
[6] Esta realidad gloriosa está «escondida», no se ve, lo hemos dicho, no es sensible, solo lo sabemos por la palabra de Dios: «Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.» (Col 3, 3-4). ¿Cuándo sucederá? «Dice el que da testimonio de todo esto: ‘Sí, vengo pronto’» (Apc 22, 20). Vale la pena esperar un poco, poniendo la vida cotidiana en sintonía con el vivir de Cristo.
Como es fácil de comprender, la incorporación del cristiano a Cristo es y sólo puede ser libre, por lo mismo que Dios jamás anula la libertad ni nos da bien alguno que no queramos. Hay que querer creer amorosamente, para que mediante la fe viva, Cristo viva libremente en nosotros. Se trata de un cierta fusión de libertades llamada amor. Él, subrayando la libertad nuestra, se diría que suplica: «Permaneced en mí y yo en vosotros» (Jn 15, 4). Si la permanencia no fuera libre, vano sería forzar a ello.
Así, pues, Cristo vive no sólo en la Gloria y en la Eucaristía, sino también en el cristiano que libremente decide pasar por la Puerta que es Cristo mismo: «Yo soy la puerta» (Jn 10, 7.9). En la puerta de entrada a la Iglesia se encontrará con Cristo presente en el sacramento del Bautismo y, después, en los demás sacramentos, remedio para cada necesidad; de modo eminente en el sacramento de la Eucaristía; también en la oración litúrgica, y en el sacrificio cotidiano que implica el crecimiento en las virtudes necesarias para el cumplimiento acabado de la sapientísima y amorosa voluntad del Padre celestial.
Todo es posible viviendo en Cristo, también la auténtica santidad de vida, a la que Él por cierto a todos llama. No debiéramos tenerlo por exceso, puesto que Él ha depositado en nuestro espíritu su espíritu, capaz de dar vista a los ciegos, movimiento a miembros paralíticos y resucitar muertos.
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