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[7] CENTRO DEL MISTERIO DEL TIEMPO (Joaquín Ferrer Arellano)

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LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, CENTRO DEL MISTERIO DEL TIEMPO.


LA RESURRECCIÓN DE CRISTO, CENTRO DEL MISTERIO DEL TIEMPO Y RECAPITULACIÓN DE LA HISTORIA SALVÍFICA HASTA LA PARUSÍA
.

Joaquín FERRER ARELLANO
doctor en Teología y Derecho
http://www.theologoumena.com/
 

(“El día en el que actuó el Señor”, Sal 117, 29).

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

            Este estudio ha sido sugerido por la carta apostólica Novo millenio ineunte de Juan Pablo II, en el contexto de su magisterio sobre la historia de la salvación como despliegue temporal de la irradiación salvífica de la Resurrección de Cristo de entre los muertos –parte esencial e inseparable junto a su Pasión y Muerte, del misterio pascual del Señor, que culmina en la Ascensión y Pentecostés– en tanto que acontecimiento misteriosamente trascendente a la historia, hasta su retorno en gloria.

           

He aquí dos textos de la carta que tenemos especialmente presentes en este escrito.

 

            La verdad de la resurrección de Cristo es el dato originario sobre el que se apoya la fe cristiana (cfr. 1 Co 15, 14), acontecimiento que es el centro del misterio del tiempo y que prefigura el último día, cuando Cristo vuelva glorioso. (...) Celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación “lo que constituye el eje central del la historia, con el cual se relacionan el misterio del principio y del destino final del mundo” (n. 35).

           

Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es el sentido y la meta última. En efecto, es por medio de Él, Verbo e imagen del Padre, que «todo se hizo» (Jn 1, 3; cfr. Col1, 15). Su Encarnación, culminada en el misterio pascual y en el don del Espíritu, es el eje del tiempo, la hora misteriosa en la cual el Reino de Dios se ha hecho cercano (cfr. Mc 1, 15), más aún, ha puesto sus raíces, como una semilla destinada a convertirse en un gran árbol (cfr. Mc 4, 30–32), en nuestra historia. (Ibid n. 5).

 

            La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento que es, a la vez, históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado después de comprobar que el sepulcro estaba vacío, y misteriosamente trascendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios como “el primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18). Es, en efecto, el principio de nuestra propia resurrección: ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (cf Rm 6, 4), más tarde  por la vivificación de nuestro cuerpo (Cf. Rm 8, 11). (CEC 656 y 658), en un proceso que culminará en la transfiguración escatológica del Universo, cuando “Dios sea todo en todos” (1Cor 15, 28). Nosotros lo percibimos en distensión temporal, pero visto desde Dios –en el instante inmóvil de la eternidad– aparece como un único acontecimiento salvífico: “el día en el que actuó el Señor” (Sal 117, 29).

Cualquier acción del Dios hombre tenía una plena eficacia salvífica[1], pero por libérrima disposición divina –no sin hondas razones de conveniencia–, la redención no se consuma hasta su muerte y exaltación gloriosa. Pasión y Resurrección constituyen una unidad inseparable: la Pascua del Señor. La “hora” de Jesús, la Cruz gloriosa (cfr. Jn 12, 32), es la causa meritoria de su Resurrección y del don del Espíritu, (“fruto de la cruz”[2]).

 

Si hasta épocas recientes se veía la Resurrección reductivamente como supremo motivo de credibilidad y como un apéndice de soterología (la exaltación de Cristo una vez cumplida la redención en el Calvario) ahora se insiste, con razón –volviendo a la mejor tradición teológica– en su eficacia salvífica. Con toda la razón, pero con tal que se haga sin menoscabo de la "hora de la glorificación del Hijo del hombre" (Jn 12, 32), que se cumple en su Pasión y muerte, incurriendo en un unilateralismo de signo opuesto. La resurrección de Cristo es, sun duda causa ejemplar y eficiente de nuestra resurrección de muerte a vida, pero en íntima unión con su pasión y muerte. “La vida cristiana se encamina a la resurrección, que es el fundamento de nuestra fe”. Pero, alerta el Beato Josemaría E. “no recorramos demasiado deprisa ese camino” (cfr. Es Cristo que pasa, 95). La Pascua es consecuencia del Jueves y Viernes Santo, y no al revés: sin Sacrificio no hay redención[3]. Y sin su presencialización sacramental, no se hace operativamente presente su eficacia salvífica de la Pascua del Señor en la historia que culmina en la escatología.

 

            Esta reflexión teológica se propone estudiar las diversas dimensiones  de ese proceso histórico de irradiación salvífica de la Pascua del Señor. Ella es, en primer lugar, en cuanto recapitula toda la existencia histórica de Cristo redentor, el centro del misterio del tiempo (I). Es, además, culminación y acreditación suprema de la Revelación; y abarca, recapitulándola, la historia salvífica bajo Cristo como cabeza (II). Aparece, en perspectiva trinitaria, como vértice de la autocomunicación de Dios, mediante la  doble misión conjunta e inseparable (cfr. CEC 702) del Verbo y del Espíritu –las dos manos del Padre– que congregan en unidad a los hijos de Dios, de todas las etnias y tiempos, dispersos por el pecado, en la fraternidad eclesial del Cristo total que incluye a todos los hombres que aceptan con buena voluntad el don salvífico del Espíritu (III), hasta que se complete el número de los elegidos en la plenitud escatológica del Reino, en el universo transfigurado en la Pascua eterna (IV). Veámoslo.

           

 

I. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO CENTRO DEL MISTERIO DEL TIEMPO.

 

            Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida trinitaria. Frustrado el plan originario de comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí (cfr. CEC 71), comienza a realizarse el designio benevolente del Padre de reunir a los hijos de Dios dispersos por el pecado (Jn 11, 52). Como reacción al caos, que el pecado provocó, envía al Hijo y al Espíritu (las "dos manos del Padre”) para congregarlos en el pueblo de Dios Padre que es la Iglesia del Verbo encarnado unificada por el Espíritu. (Cfr. CEC, 761) Es un proceso que abarca la historia entera de la salvación que culmina en la recapitulación de todos las cosas en Cristo glorioso, triunfador de la muerte en el misterio pascual[4].

            La obra salvífica de Dios es histórica[5]. La historia profana y la historia salvífica son en realidad dos dimensiones –orden de la creación y orden de la gracia– de una historia única.  Se lleva a cabo a través de una sucesión de acontecimientos libres –que emergen del concurso de la Libertad eterna increada y, fundada en ella, de la libertad creada– situados en el tiempo, que aportan algo nuevo y producen algún cambio. Son los kairoi, los tiempos dispuestos y propicios, para un acontecimiento dado (cf. Mc 1, 15; Gál 4, 4; Ef 1, 10). La historia es –como dice acertadamente L. Polo– un discontinuo de comienzos libres[6].

 

HEGEL desfigura la historia bíblica en clave dialéctica inmanentista, inspirada en SPINOZA y en la gnosis dialéctica de J. BÖHME[7]. Tampoco cabe interpretarla como una evolución ascendente y universal desde el átomo hasta el Cristo cósmico, punto omega de un proceso inmanente expuesto a la amnera de TEILHARD– con un lenguaje poético cuya ambigüedad parece sugerir un inmanentismo radical sin trascendencia creadora y gratuidad en el designio salvífico sobrenatural que culmina en el misterio de la recapitulación de todo en Cristo.

 

            Las etapas históricas señaladas por los acontecimientos son verdaderos momentos cualitativamente distintos, en progresión creciente extensiva e intensiva de la autocomunicación de Dios; tanto en la preparación de la Encarnación, como en su realización en la existencia histórica de Jesucristo (se produjeron venidas sucesivas del Espíritu sobre Jesús hasta su consumación pascual)[8] y en el ulterior despliegue de su plenitud desbordante, por el ministerio de la Iglesia peregrina –como sacramento universal de salvación–, hasta la escatológica recapitulación (Ef 1, 10) de todo en el Cristo total de los hijos de Dios dispersos por el pecado, en un universo transfigurado al fin de la historia salvífica, en la Parusía del Señor entronizado a la derecha del Padre desde la gloriosa Ascensión a los cielos. Es por ello, centro del misterio del tiempo.

            En Cristo la cumbre del progreso histórico se da ya, virtualmente, en la consumación del misterio Pascual. Comienzan con El, los tiempos escatológicos (la plenitud de los tiempos). La historia de la salvación es mero despliegue de su plenitud desbordante –por anticipación o derivación de la Pacua del Señor–  hasta la formación del Cristo total, cuando se complete el número de los elegidos en un universo transfigurado: nuevos cielos y nueva tierra.

 

“El día en que Cristo resucitó de entre los muertos (que se hace presente en el domingo, la Pascua semanal) es también el día que revela sentido del tiempo. (...) Atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta  que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo, la Parusía, anticipada ya de alguna manera en el acontecimiento de la Resurrección. En efecto, todo lo que ha de suceder hasta el fin del mundo no será sino una expansión y explicitación de lo que sucedió en el día en que el Cuerpo martirizado del Crucificado resucitó por la fuerza del Espíritu y se convirtió a su vez en la fuente del mismo Espíritu para la humanidad. Por esto, el cristiano sabe que no debe esperar otro tiempo de salvación, ya que le mundo, cualquiera que sea su duración cronológica, vive ya en el último tiempo”[9].

 

            Las audiencias generales del Santo Padre de los últimos meses de 1997, tuvieron como tema el misterio del tiempo, a la luz de Cristo. Publicadas bajo el epígrafe “Cristo en la historia”. Comenzaba así la primera sección de la escatología cristiana (“creo en la vida eterna”), en la que culminaban sus admirables catequesis sobre el Credo. En ellas explica el porqué y en qué sentido la resurrección de Cristo es el centro del misterio del tiempo en cuanto culminación de la Encarnación que inicia el ingreso de la eternidad en el tiempo histórico del hombre para salvarle. He aquí un resumen de su argumentación, que glosamos a continuación.

 

            Dios es el señor del tiempo no sólo como creador del mundo, sino también como autor de la nueva creación en Cristo. Él ha intervenido para curar y renovar la condición humana, profundamente herida por el pecado. Al crear el universo, Dios creó el tiempo. De él viene el inicio del tiempo, así como todo su desarrollo sucesivo en la historia.

            La entrada en la eternidad en el tiempo a través del misterio de la Encarnación hace que toda la vida de Cristo sea un período excepcional. El arco de esta vida constituye un tiempo único, tiempo de la plenitud de la Revelación, en la que Dios eterno nos habla en su Verbo encarnado a través del velo de su existencia humana. Aplicándose a sí mismo la expresión «Yo soy», Jesús hace suyo el nombre de Dios, revelado a Moisés en el Éxodo. En el evangelio de San Juan esta expresión aparece varias veces en sus labios (cfr 8, 24, 28, 58; 13, 19). Con ella Jesús muestra eficazmente que la eternidad, en su persona, no sólo precede al tiempo, sino también entra en el tiempo.

            Por este misterio, la historia humana ya no está destinada a la caducidad, sino que tiene un sentido y una dirección: ha sido como fecundada por la eternidad. Se trata del tiempo que permanecerá para siempre como punto de referencia normativo: el tiempo del Evangelio. “El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad. Es una transformación que afecta al destino de toda la humanidad, ya que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium et spes,  22). Vino a ofrecer a todos la participación en su vida divina. El don de esta vida conlleva una participación en su eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a propósito de la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Jn 6, 54)[10].

»

            La Pascua del Señor es el misterio recapitulador de todos los “acta et passa Christi”. Todos los instantes de su existencia histórica tenían un valor infinitamente satisfactorio y meritorio. Pero aunque infinitamente salvíficos en sí mismos, por disposición divina no eran redentivos sino en cuanto intencionalmente referidos al Sacrificio del Calvario, que mereció la resurrección de entre los muertos, su ascensión a la derecha del Padre y el envío del Espíritu – fruto de la Pascua del Señor–, que nos hace partícipes de la novedad de vida de Cristo glorioso. “El Verbo hecho hombre no es disposición próxima para nuestra resurrección, sino el Verbo hecho hombre y resucitado (resurgens) de entre los muertos”. (Tomás de Aquino, III, Sent, dist. 21, q2 a1 ad1). Nuestra nueva vida en Cristo es, pues, obra del Cristo resucitado en cuanto resucitado (Sum. Th. III q56 ad3)[11]. Es el misterio recapitulador en el que convergen todos los misterios –acciones y pasiones– de la vida de Cristo; cada uno en si mismo de valor infinito. Son, pues, “causa salutis aeternae”; pero lo son en tanto que recapitulados en la “consumación” pascual (cfr. Heb 5, 9) de la existencia redentora de Cristo.

 

            Valga como ilustración por analogía la comparación con el misterio de la transubstanción eucarística. Todas las palabras de la consagración sacramental son eficaces. Pero sólo cuando concluye la recitación de las mismas que significan y realizan la singular y admirable conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo –al pronunciar el último fonema que se requiere para expresar el sentido teológico que “anuncia la muerte del Señor hasta que venga”– acontece la presencia salvífica de Cristo ofreciendo el divino Sacrificio del Calvario: de la “hora de la glorificación del Hijo del hombre”, para realizar la obra de salvación  con la cooperación de su esposa, la Iglesia (que aporta –como don de la Esposa– lo que falta de la Pasión de Cristo su Esposo).

 

            La “Hora” de Jesús, es el momento supremo establecido por el Padre para la salvación del mundo; la Hora de la glorificación del Hijo del hombre, cuando atrae todo hacia sí en el trono triunfal de la Cruz (cfr Jn 12, 23 ss.). Jesús muriendo a impulsos del Espíritu eterno  (Heb 9, 14), que poseía como hombre en plenitud de gracia y de verdad, “transmitió el Espíritu” (Jn 19, 30); expresión que históricamente significa devolver al Padre, mediante la muerte, aquel soplo vital que de El había recibido, pero que teológicamente indica también el don del Espíritu a los creyentes. Aquel Espíritu que Él mismo ha recibido del Padre, se derrama ahora como fruto de la Cruz, en el mismo el momento en que, después de la resurrección, dirigiéndose a los Once, alentó sobre ellos y les dijo: “recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

 

            El estado de kenosis, de Siervo, culmina en al cruz y en el descenso a los infiernos; con la resurrección comienza otro glorioso, el del “sentarse a la derecha de Dios”. En el primer estadio Cristo recibió en Espíritu; fue santificado y guiado por él. En el segundo estadio, está “sentado a la derecha de Dios”, es hecho semejante a Dios y, de esta manera, puede como hombre incluso, dar el Espíritu. “La elevación mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su cumbre en la resurrección, en la cual se revela también como Hijo de Dios, "lleno de poder"  (Juan Pablo II, Dev 24). La resurrección–glorificación es el momento decisivo para que Jesús adquiera de una manera nueva la cualidad de Hijo en virtud de la acción de Dios por medio del Espíritu. “Nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios  con poder, según el Espíritu santificador, a partir de su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rom 1, 3–4)[12]. La efusión del Espíritu en Pentecostés –fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y la manifestación del poder adquirido por el Hijo ya sentado a la derecha del Padre– formó la Iglesia[13].

 

            La Pascua del Señor –su Muerte y Resurrección– alcanza “praesentialiter” todos los lugares y tiempos, no sólo por la virtus divina –que en virtud de la unión hipostática es propia de todos instantes de la vida de Cristo–, sino también por la virtus de su realidad humana plenamente deificada en el alma y en el cuerpo, que ha penetrado, en la integridad de su ser, y de su obrar salvífico  –recapitulado en su consumación pascual en la doble dimensión de su muerte in fieri y de su resurrección in fieri,– en la eternidad participada de la gloria para atraerlo  hacia la nueva vida por obra del Espíritu (cfr. Jn 12, 32) que todo lo renueva. Lo hace  todo a  través del ministerio de la Iglesia que culmina en la liturgia (SC 9), cuya raíz y centro es el misterio eucarístico “la fuente de la que todo mana y la meta a la que todo conduce” [14].

 

El Catecismo de la I. C. (n. 1085) lo expresa así: “En la liturgia de la Iglesia, Cristo significa y realiza principalmente su misterio pascual. Durante su vida terrestre Jesús anunciaba con su enseñanza y anticipaba con sus actos el misterio pascual. Cuando llegó su hora (cf Jn 13, 1; 17, 1), vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre “una vez por todas” (Rm 6, 10; Hb 7, 27; 9, 12). Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado. El misterio pascual de Cristo, por el contrario, no puede permanecer solamente en el pasado, pues por su muerte destruyó a la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos y en ellos se mantiene permanentemente presente. El acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección permanece y atrae todo hacia la Vida”.

 

            Comenzemos con la presencia metahistórica del acontecimiento de la muerte de Jesúsin fieri” en la Cruz, en el momento de entregar su espíritu al Padre –consumación y recapitulación de todos los misterios de la vida redentora de Cristo–, que hace posible su presencialización sacramental en el sacrificio eucarístico, de cuyo valor propiciatorio deriva toda la vida sobrenatural que el Espíritu Santo –como fruto redentivo de la Cruz de Cristo– derrama sobre el mundo para reconciliarlo con Dios (con la cooperación de la Iglesia, su Esposa).

            En el momento mismo de su muerte en la Cruz salvadora comenzó la plena glorificación de la humanidad de Cristo en su alma –en el instante mismo de la separación del cuerpo–, ya antes de la Resurrección. No porque el alma de Jesús no gozara antes de la visión inmediata de la divinidad[15], como afirman algunos autores, sino porque al separarse del cuerpo pasible –en el momento de la muerte "in fieri"–, cuando "inclinato capite tradidit spiritum", entró su humanidad íntegramente en la gloria de su plena semejanza divina. Estaba como “retenida” en el ápice de su espíritu, aquella plenitud de gracia consumada en visión que irá progresivamente penetrándola hasta invadir de modo plenario la integridad de su Humanidad, en la hora de la glorificación del Hijo del hombre (Jn 12,23), en la que atrae todo hacia si por obra del Espíritu. “Nondum erat Spiritus datus quoniam nondum erat glorificatus” (Jn 7, 39. Cfr. Heb 5, 9).

 

No fue la violencia padecida la que causó la separación del alma y del cuerpo de Jesús (Jesús murió antes de lo que esperaban sus verdugos). "Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo; nadie me la quita sino que yo la doy libremente... este es el mandato que he recibido de mi Padre" (Io. 10,17). Fue el amor, en su supremo grado, el que le hizo morir en un acto de supremo sacrificio por el que se somete voluntariamente al mandato de su Padre en un acto de perfecta obediencia libérrima[16]. El Verbo divino actuando por la instrumentalidad de su libre voluntad humana quiso el sacrificio supremo: que fuesen separados el cuerpo y el alma con la consiguiente privación de la vida humana, por la más total y terrible ruptura que pueda sufrir nuestra naturaleza. Y este holocausto, el mayor que cabe, lo quiso por amor a su Padre y a los hombres. En este momento la caridad de Cristo que era todavía "viator" franqueó el abismo que separaba lo finito de lo infinito, en un grado de perfección suprema e insuperable, que corresponde a la caridad que poseía como "comprehensor", en el paraíso de su alma; más allá de la serie infinita de grados de perfección creciente ("crecía en edad, sabiduría y gracia")[17].

 

Cuando, inclinando la cabeza, entregó su espíritu, (Jn 19,30), entró por sus padecimientos, en su gloria (Cf. Lc 26,27) de manera plena: consumado, quedó constituído, como nuevo Adán, Cabeza de la nueva humanidad de "hijos de Dios dispersos por el pecado” (Jn 11,52), y como causa salutis aeternae (Cf Heb 5,9), para cuantos la invocan con fe, atraídos (Jn 12,32) por la gracia del Espíritu que conquista para nosotros desde la Cruz salvadora. Aquel acto de caridad infinita por el que entregó su espíritu a su Padre –provocándole el estado de muerte, por separación del cuerpo (el cadáver fue sepultado) del alma glorificada que descendió a los infiernos– aquel acto, repito, entró a participar de la eternidad participada propia de la gloria y alcanza –en su virtud– “praesentialiter” toda la historia de la salvación. La sombra salvífica de la Cruz gloriosa abarca así a todos los hombres de todos los tiempos.

 

            En cuanto a la presencia metahistórica del hecho mismo de la Resurrección in fieri, no puede entenderse, obviamente, como una permanencia in aeternum del tránsito de muerte a vida, porque el estado de muerte –a diferencia de su muerte in fieri, como acto de amor obediente, en el sentido explicado–, respecto al cuerpo del Señor, es sólo pasado y no ha penetrado, en sí mismo, en la eternidad. En cambio, sí es permanente –eterno por participación– el surgir de la nueva vida inmortal de Cristo (merecido por su amor obediente hasta la la muerte de cruz, Fil 2, 8–9).

 

Esto, quizá, explica –según F. Ocáriz– por qué Santo Tomás afirma que la causa eficiente de nuestra futura resurrección será Cristo resucitado, y otras veces que será Cristo resucitando. Misteriosamente, los dos conceptos de algún modo coinciden[18].

 

            He aquí porqué el resurgir de Cristo a una novedad  de vida, es –en unión indisoluble con su muerte “in fieri”, libremente aceptada con la que forma un único misterio pascual–, el “día en el que actuó el Señor”; pues en él convergen y se recapitulan todos los instantes de la existencia redentora de Cristo, que lo anunciaban y anticipaban; y domina todos los tiempos con una permanente presencia: que atraviesa, como un eje, la historia humana para librarla del poder de las tinieblas. La irradiación salvífica del misterio pascual atraviesa la historia desde alfa hasta el omega. Es, verdaderamente, el centro del misterio del tiempo, que prefigura el última día cuando Cristo vuelva glorioso a entregar su Reino al Padre. (Cfr. Tertio Milenio ineunte, 35).

 

 

II. CRISTO VENIDO EN LA CARNE, MUERTO Y RESUCITADO, DOGMA FUNDAMENTAL DE LA REVELACIÓN DIVINA EN EL QUE CONVERGEN TODOS LOS MISTERIOS DEL CRISTIANISMO, Y RECAPITULA LA HISTORIA ENTERA DE LA SALVACIÓN[19].

 

Veamos a continuación cómo –en su acontecer histórico y en su presencialidad metahistórica– el misterio pascual es la culminación y acreditación suprema de la Revelación. Y cómo  abarca, recapitulándola, toda la historia humana, en virtud de la eternidad participada, que le hace salvíficamente presente a lo largo del tiempo y del espacio hasta la Parusía; construyendo en la historia el Reino de Dios hasta su consumación en la Parusía. Antes de Cristo venido, por anticipación del misterio Pascual. Después, por derivación, en y a través de la actividad salvífica de la Iglesia

La sombra de la Cruz gloriosa del Mesías triunfador de la muerte –la schekinah, manifestada a veces en la gloria de la nube luminosa en la teofanías del Antiguo Testamento (cfr. CEC 697)– es la irradiación de la Pascua del Señor, que se proyecta salvíficamente desde las puertas del paraíso perdido, en virtud de la espera confiada –más o menos explícita– en la salvación mesiánica. Sólo después de Cristo venido desplegará su pleno “poder según el Espíritu de santificación por la resurrección de entre los muertos” (Rom 1, 4), desde Pentecostés, por el ministerio de la Iglesia, cuya fuente y culminación es su vida litúrgica que tiene su centro y raíz en el Sacrificio eucarístico.

Su ascensión y entronización a la derecha del Padre “le constituye en los cielos Dios y Señor en plenitud de poder, enviando desde allí los dones divinos del Espíritu a los hombres” (cfr. S. Th. III, 57, 6), en orden al establecimiento de su reino mesiánico, que implanta progresivamente su señorío universal, en y a través del misterio de la Iglesia –que vive de la Eucaristía, raíz y centro de su actividad–, como instrumento de la progresiva dilatación del Reino de Dios hasta su plenitud escatológica en la Parusía.

 

 

            1/ La resurrección, plenitud de la revelación y su acreditación suprema.

 

            «La resurrección de Cristo está estrechamente unida con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su cumplimiento, según el eterno designio de Dios. Más aún, es la coronación suprema de todo lo que Jesús manifestó y realizó en toda su vida, desde el nacimiento a la pasión y muerte, con sus obras, prodigios, magisterio, ejemplo de una vida perfecta, y sobre todo con su transfiguración. El nunca reveló de un modo directo la gloria que había recibido del Padre antes que el mundo fuese (Jn 17, 5), sino que ocultaba esta gloria con su humanidad, hasta que se despojó definitivamente (cfr. Flp 2, 7–8) con la muerte en la cruz.

            En la resurrección se reveló el hecho de que en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección completa la manifestación del contenido de la Encarnación. Por eso, podemos decir que es también la plenitud de la Revelación. Por lo tanto, ella está en el centro de la fe cristiana y de la predicación de la Iglesia». (JUAN PABLO II, “Audiencia general”, 8–III–1989, 9).

       Es como "la clave de bóveda de todo el edificio de la revelación (...). Toda la predicación de la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, o a través de los siglos y de todas las generaciones , hasta hoy, se refiere a la resurrección, y saca de ella fuerza impulsora y persuasiva, así como todo su vigor" (JUAN P

Enviado por Arvo Net - 04/09/2006 ir arriba
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