Joaquín FERRER ARELLANO
doctor en Teología y Derecho
http://www.theologoumena.com/
(“El día en el que actuó el Señor”,
Sal 117, 29).
INTRODUCCIÓN
Este estudio ha sido sugerido por la carta
apostólica Novo millenio ineunte de
Juan Pablo II, en el contexto de su
magisterio sobre la historia de la salvación
como despliegue temporal de la irradiación
salvífica de la Resurrección de Cristo de
entre los muertos –parte esencial e
inseparable junto a su Pasión y Muerte, del
misterio pascual del Señor, que culmina en
la Ascensión y Pentecostés– en tanto que
acontecimiento misteriosamente trascendente
a la historia, hasta su retorno en gloria.
He aquí dos textos de la carta que tenemos
especialmente presentes en este escrito.
La verdad de la resurrección de Cristo es el
dato originario sobre el que se apoya la fe
cristiana (cfr. 1 Co
15, 14), acontecimiento que es el centro
del misterio del tiempo y que prefigura
el último día, cuando Cristo vuelva
glorioso. (...) Celebrando su Pascua, no
sólo una vez al año sino cada domingo, la
Iglesia seguirá indicando a cada generación
“lo que constituye el eje central del la
historia, con el cual se relacionan el
misterio del principio y del destino final
del mundo” (n. 35).
Cristo es el fundamento y el centro de la
historia, de la cual es el sentido y la meta
última. En efecto, es por medio de Él, Verbo
e imagen del Padre, que «todo se hizo» (Jn
1, 3; cfr. Col1, 15). Su
Encarnación, culminada en el misterio
pascual y en el don del Espíritu, es el eje
del tiempo, la hora misteriosa en la cual el
Reino de Dios se ha hecho cercano (cfr.
Mc 1, 15), más aún, ha puesto sus
raíces, como una semilla destinada a
convertirse en un gran árbol (cfr. Mc
4, 30–32), en nuestra historia. (Ibid
n. 5).
La fe en la Resurrección tiene por objeto un
acontecimiento que es, a la vez,
históricamente atestiguado por los
discípulos que se encontraron realmente con
el Resucitado después de comprobar que el
sepulcro estaba vacío, y misteriosamente
trascendente en cuanto entrada de la
humanidad de Cristo en la gloria de Dios
como “el primogénito de entre los muertos”
(Col 1, 18). Es, en efecto, el principio
de nuestra propia resurrección: ya desde
ahora por la justificación de nuestra alma
(cf Rm 6, 4), más tarde por
la vivificación de nuestro cuerpo (Cf. Rm 8,
11). (CEC 656 y 658), en un proceso que
culminará en la transfiguración escatológica
del Universo, cuando “Dios sea todo en
todos” (1Cor 15, 28). Nosotros lo percibimos
en distensión temporal, pero visto desde
Dios –en el instante inmóvil de la
eternidad– aparece como un único
acontecimiento salvífico: “el día en el
que actuó el Señor” (Sal 117, 29).
Cualquier acción del
Dios hombre tenía una plena eficacia
salvífica[1],
pero por libérrima disposición divina –no
sin hondas razones de conveniencia–, la
redención no se consuma hasta su muerte y
exaltación gloriosa. Pasión y
Resurrección constituyen una unidad
inseparable: la Pascua del Señor. La
“hora” de Jesús, la Cruz gloriosa (cfr. Jn
12, 32), es la causa meritoria de su
Resurrección y del don del Espíritu, (“fruto
de la cruz”[2]).
Si hasta épocas
recientes se veía la Resurrección
reductivamente como supremo motivo de
credibilidad y como un apéndice de
soterología (la exaltación de Cristo una vez
cumplida la redención en el Calvario) ahora
se insiste, con razón –volviendo a la mejor
tradición teológica– en su eficacia
salvífica. Con toda la razón, pero con tal
que se haga sin menoscabo de la "hora de la
glorificación del Hijo del hombre" (Jn 12,
32), que se cumple en su Pasión y muerte,
incurriendo en un unilateralismo de signo
opuesto. La resurrección de Cristo es, sun
duda causa ejemplar y eficiente de nuestra
resurrección de muerte a vida, pero en
íntima unión con su pasión y muerte. “La
vida cristiana se encamina a la
resurrección, que es el fundamento de
nuestra fe”. Pero, alerta el Beato Josemaría
E. “no recorramos demasiado deprisa ese
camino” (cfr. Es Cristo que pasa,
95). La Pascua es consecuencia del Jueves y
Viernes Santo, y no al revés: sin Sacrificio
no hay redención[3].
Y sin su presencialización sacramental, no
se hace operativamente presente su eficacia
salvífica de la Pascua del Señor en la
historia que culmina en la escatología.
Esta reflexión teológica se propone estudiar
las diversas dimensiones de ese
proceso histórico de irradiación salvífica
de la Pascua del Señor. Ella es, en primer
lugar, en cuanto recapitula toda la
existencia histórica de Cristo redentor, el
centro del misterio del tiempo (I). Es,
además, culminación y acreditación suprema
de la Revelación; y abarca, recapitulándola,
la historia salvífica bajo Cristo como
cabeza (II). Aparece, en perspectiva
trinitaria, como vértice de la
autocomunicación de Dios, mediante la
doble misión conjunta e inseparable (cfr.
CEC 702) del Verbo y del Espíritu –las dos
manos del Padre– que congregan en unidad a
los hijos de Dios, de todas las etnias y
tiempos, dispersos por el pecado, en la
fraternidad eclesial del Cristo total que
incluye a todos los hombres que aceptan con
buena voluntad el don salvífico del Espíritu
(III), hasta que se complete el número de
los elegidos en la plenitud escatológica del
Reino, en el universo transfigurado en la
Pascua eterna (IV). Veámoslo.
I. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO CENTRO DEL
MISTERIO DEL TIEMPO.
Dios creó el mundo en orden a la comunión en
su vida trinitaria. Frustrado el plan originario de
comunión de los hombres con Dios y de los
hombres entre sí (cfr. CEC 71), comienza a
realizarse el designio benevolente del Padre
de reunir a los hijos de Dios dispersos por
el pecado (Jn 11, 52). Como reacción al
caos, que el pecado provocó, envía al Hijo y
al Espíritu (las "dos manos del Padre”) para
congregarlos en el pueblo de Dios Padre que
es la Iglesia del Verbo encarnado
unificada por el Espíritu. (Cfr. CEC, 761)
Es un proceso que abarca la historia entera
de la salvación que culmina en la
recapitulación de todos las cosas en
Cristo glorioso, triunfador de la muerte en
el misterio pascual[4].
La obra salvífica de Dios es histórica[5].
La historia profana y la historia
salvífica son en realidad dos dimensiones
–orden de la creación y orden de la gracia–
de una historia única. Se lleva a
cabo a través de una sucesión de
acontecimientos libres –que emergen del
concurso de la Libertad eterna increada y,
fundada en ella, de la libertad creada–
situados en el tiempo, que aportan algo
nuevo y producen algún cambio. Son los
kairoi, los tiempos dispuestos y
propicios, para un acontecimiento dado (cf.
Mc 1, 15; Gál 4, 4; Ef 1, 10). La historia
es –como dice acertadamente L. Polo– un
discontinuo de comienzos libres[6].
HEGEL desfigura
la historia bíblica en clave dialéctica
inmanentista, inspirada en SPINOZA y en la
gnosis dialéctica de J. BÖHME[7].
Tampoco cabe interpretarla como una
evolución ascendente y universal desde el
átomo hasta el Cristo cósmico, punto omega
de un proceso inmanente expuesto a la amnera
de TEILHARD– con un lenguaje poético cuya
ambigüedad parece sugerir un inmanentismo
radical sin trascendencia creadora y
gratuidad en el designio salvífico
sobrenatural que culmina en el misterio de
la recapitulación de todo en Cristo.
Las etapas históricas señaladas por los
acontecimientos son verdaderos momentos
cualitativamente distintos, en progresión
creciente extensiva e intensiva de la
autocomunicación de Dios; tanto en la
preparación de la Encarnación,
como en su realización en la
existencia histórica de Jesucristo (se
produjeron venidas sucesivas del Espíritu
sobre Jesús hasta su consumación pascual)[8]
y en el ulterior despliegue de su
plenitud desbordante, por el ministerio
de la Iglesia peregrina –como sacramento
universal de salvación–, hasta la
escatológica recapitulación (Ef 1, 10)
de todo en el Cristo total de los
hijos de Dios dispersos por el pecado, en un
universo transfigurado al fin de la historia
salvífica, en la Parusía del Señor
entronizado a la derecha del Padre desde la
gloriosa Ascensión a los cielos. Es por
ello, centro del misterio del tiempo.
En
Cristo la cumbre del progreso histórico se
da ya, virtualmente, en la consumación
del misterio Pascual. Comienzan con El,
los tiempos escatológicos (la plenitud de
los tiempos). La historia de la
salvación es mero despliegue de su
plenitud desbordante –por anticipación o
derivación de la Pacua del Señor–
hasta la formación del Cristo total,
cuando se complete el número de los elegidos
en un universo transfigurado: nuevos cielos
y nueva tierra.
“El día en que Cristo
resucitó de entre los muertos (que se hace
presente en el domingo, la Pascua semanal)
es también el día que revela sentido del
tiempo. (...) Atraviesa los tiempos del
hombre, los meses, los años, los siglos como
una flecha recta que los penetra
orientándolos hacia la segunda venida de
Cristo, la Parusía, anticipada ya de
alguna manera en el acontecimiento de la
Resurrección. En efecto, todo lo que ha
de suceder hasta el fin del mundo no será
sino una expansión y explicitación de lo que
sucedió en el día en que el Cuerpo
martirizado del Crucificado resucitó por la
fuerza del Espíritu y se convirtió a su
vez en la fuente del mismo Espíritu para la
humanidad. Por esto, el cristiano sabe que
no debe esperar otro tiempo de salvación, ya
que le mundo, cualquiera que sea su duración
cronológica, vive ya en el último tiempo”[9].
Las audiencias generales del Santo Padre de
los últimos meses de 1997, tuvieron como
tema el misterio del tiempo, a la luz de
Cristo. Publicadas bajo el epígrafe
“Cristo en la historia”. Comenzaba así la
primera sección de la escatología cristiana
(“creo en la vida eterna”), en la que
culminaban sus admirables catequesis sobre
el Credo. En ellas explica el porqué y en
qué sentido la resurrección de Cristo es el
centro del misterio del tiempo en cuanto
culminación de la Encarnación que inicia el
ingreso de la eternidad en el tiempo
histórico del hombre para salvarle. He aquí
un resumen de su argumentación, que glosamos
a continuación.
Dios es el señor del tiempo no sólo como
creador del mundo, sino también como
autor de la nueva creación
en Cristo. Él ha intervenido para curar y
renovar la condición humana, profundamente
herida por el pecado. Al crear el universo,
Dios creó el tiempo. De él viene el
inicio del tiempo, así como todo su
desarrollo sucesivo en la historia.
La entrada en la eternidad en el tiempo a
través del misterio de la Encarnación hace
que toda la vida de Cristo sea un período
excepcional. El arco de esta vida
constituye un tiempo único, tiempo de la
plenitud de la Revelación, en la que Dios
eterno nos habla en su Verbo encarnado a
través del velo de su existencia humana.
Aplicándose a sí mismo la expresión «Yo
soy», Jesús hace suyo el nombre de Dios,
revelado a Moisés en el Éxodo. En el
evangelio de San Juan esta expresión aparece
varias veces en sus labios (cfr 8, 24, 28,
58; 13, 19). Con ella Jesús muestra
eficazmente que la eternidad, en su
persona, no sólo precede al tiempo, sino
también entra en el tiempo.
Por este misterio, la historia humana ya
no está destinada a la caducidad, sino que
tiene un sentido y una dirección: ha sido
como fecundada por la eternidad.
Se trata del tiempo que permanecerá para
siempre como punto de referencia normativo:
el tiempo del Evangelio. “El
hecho de que el Verbo de Dios se hiciera
hombre produjo un cambio fundamental en la
condición misma del tiempo. Podemos decir
que, en Cristo, el tiempo humano se colmó
de eternidad. Es una transformación que
afecta al destino de toda la humanidad, ya
que «el Hijo de Dios, con su encarnación, se
ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (Gaudium
et spes, 22). Vino a ofrecer a todos la
participación en su vida divina. El don de
esta vida conlleva una participación en su
eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a
propósito de la Eucaristía: «El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna» (Jn
6, 54)[10].
»
La Pascua del Señor es el misterio
recapitulador de todos los “acta et
passa Christi”. Todos los instantes de
su existencia histórica tenían un valor
infinitamente satisfactorio y meritorio.
Pero aunque infinitamente salvíficos en sí
mismos, por disposición divina no eran
redentivos sino en cuanto intencionalmente
referidos al Sacrificio del Calvario, que
mereció la resurrección de entre los
muertos, su ascensión a la derecha del Padre
y el envío del Espíritu – fruto de la Pascua
del Señor–, que nos hace partícipes de la
novedad de vida de Cristo glorioso. “El
Verbo hecho hombre no es disposición próxima
para nuestra resurrección, sino el Verbo
hecho hombre y resucitado (resurgens)
de entre los muertos”.
(Tomás de Aquino, III, Sent, dist.
21, q2 a1 ad1).
Nuestra nueva vida en Cristo es, pues, obra
del Cristo resucitado en cuanto resucitado
(Sum. Th. III q56 ad3)[11].
Es el misterio recapitulador en el que
convergen todos los misterios –acciones y
pasiones– de la vida de Cristo; cada uno en
si mismo de valor infinito. Son, pues, “causa
salutis aeternae”; pero lo son en tanto
que recapitulados en la “consumación”
pascual (cfr. Heb 5, 9) de la existencia
redentora de Cristo.
Valga como ilustración por analogía la comparación con el
misterio de la transubstanción eucarística.
Todas las palabras de la consagración
sacramental son eficaces. Pero sólo cuando
concluye la recitación de las mismas que
significan y realizan la singular y
admirable conversión del pan y del vino en
el cuerpo y la sangre de Cristo –al
pronunciar el último fonema que se requiere
para expresar el sentido teológico que
“anuncia la muerte del Señor hasta que
venga”– acontece la presencia salvífica de
Cristo ofreciendo el divino Sacrificio del
Calvario: de la “hora de la glorificación
del Hijo del hombre”, para realizar la obra
de salvación con la cooperación de su
esposa, la Iglesia (que aporta –como don de
la Esposa– lo que falta de la Pasión de
Cristo su Esposo).
La “Hora” de Jesús, es el momento
supremo establecido por el Padre para la
salvación del mundo; la Hora de la
glorificación del Hijo del hombre, cuando
atrae todo hacia sí en el trono triunfal de
la Cruz (cfr Jn 12, 23 ss.). Jesús muriendo
a impulsos del Espíritu eterno (Heb 9,
14), que poseía como hombre en plenitud de
gracia y de verdad, “transmitió el Espíritu”
(Jn 19, 30); expresión que históricamente
significa devolver al Padre, mediante la
muerte, aquel soplo vital que de El había
recibido, pero que teológicamente indica
también el don del Espíritu a los creyentes.
Aquel Espíritu que Él mismo ha recibido
del Padre, se derrama ahora como fruto de la
Cruz, en el mismo el momento en que,
después de la resurrección, dirigiéndose a
los Once, alentó sobre ellos y les dijo:
“recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).
El
estado de kenosis, de Siervo, culmina
en al cruz y en el descenso a los infiernos;
con la resurrección comienza otro glorioso,
el del “sentarse a la derecha de Dios”. En
el primer estadio Cristo recibió en
Espíritu; fue santificado y guiado por él.
En el segundo estadio, está “sentado a la
derecha de Dios”, es hecho semejante a Dios
y, de esta manera, puede como hombre
incluso, dar el Espíritu. “La elevación
mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo
alcanza su cumbre en la resurrección, en la
cual se revela también como Hijo de Dios,
"lleno de poder" (Juan Pablo II, Dev
24). La resurrección–glorificación es el
momento decisivo para que Jesús adquiera de
una manera nueva la cualidad de Hijo en
virtud de la acción de Dios por medio del
Espíritu. “Nacido del linaje de David según
la carne, constituido Hijo de Dios con
poder, según el Espíritu santificador, a
partir de su resurrección de entre los
muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rom 1,
3–4)[12].
La efusión del Espíritu en Pentecostés
–fruto del ofrecimiento redentor de Cristo y
la manifestación del poder adquirido por el
Hijo ya sentado a la derecha del Padre–
formó la Iglesia[13].
La Pascua del Señor –su Muerte y
Resurrección– alcanza “praesentialiter”
todos los lugares y tiempos, no sólo por
la virtus divina –que en virtud de la
unión hipostática es propia de todos
instantes de la vida de Cristo–, sino
también por la
virtus de su realidad humana
plenamente deificada en el alma y en el
cuerpo, que ha penetrado, en la integridad
de su ser, y de su obrar
salvífico –recapitulado en su
consumación pascual en la doble dimensión de
su muerte
in fieri y de su resurrección in
fieri,– en la eternidad participada de
la gloria para atraerlo hacia la nueva
vida por obra del Espíritu (cfr. Jn 12, 32)
que todo lo renueva. Lo hace todo a
través del ministerio de la Iglesia que
culmina en la
liturgia (SC 9), cuya raíz y centro
es el misterio eucarístico “la fuente de la
que todo mana y la meta a la que todo
conduce”
[14].
El Catecismo de la I. C. (n. 1085) lo
expresa así: “En la liturgia de la
Iglesia, Cristo significa y realiza
principalmente su misterio pascual.
Durante su vida terrestre Jesús anunciaba
con su enseñanza y anticipaba con sus actos
el misterio pascual. Cuando llegó su hora
(cf Jn 13, 1; 17, 1), vivió el único
acontecimiento de la historia que no pasa:
Jesús muere, es sepultado, resucita de entre
los muertos y se sienta a la derecha del
Padre “una vez por todas” (Rm 6, 10; Hb 7,
27; 9, 12). Es un acontecimiento real,
sucedido en nuestra historia, pero
absolutamente singular: todos los demás
acontecimientos suceden una vez, y luego
pasan y son absorbidos por el pasado. El
misterio pascual de Cristo, por el
contrario, no puede permanecer solamente en
el pasado, pues por su muerte destruyó a
la muerte, y todo lo que Cristo es y todo lo
que hizo y padeció por los hombres
participa de la eternidad divina y domina
así todos los tiempos y en ellos se mantiene
permanentemente presente. El
acontecimiento de la Cruz y de la
Resurrección permanece y atrae todo
hacia la Vida”.
Comenzemos con la presencia metahistórica
del acontecimiento de la muerte de Jesús
“in fieri” en la Cruz, en el momento
de entregar su espíritu al Padre
–consumación y recapitulación de todos los
misterios de la vida redentora de Cristo–,
que hace posible su presencialización
sacramental en el sacrificio eucarístico,
de cuyo valor propiciatorio deriva toda la
vida sobrenatural que el Espíritu Santo
–como fruto redentivo de la Cruz de Cristo–
derrama sobre el mundo para reconciliarlo
con Dios (con la cooperación de la Iglesia,
su Esposa).
En el momento mismo de su muerte en la Cruz
salvadora comenzó la plena glorificación de
la humanidad de Cristo en su alma –en el
instante mismo de la separación del cuerpo–,
ya antes de la Resurrección. No porque el
alma de Jesús no gozara antes de la visión
inmediata de la divinidad[15],
como afirman algunos autores, sino porque al
separarse del cuerpo pasible –en el momento
de la muerte "in fieri"–, cuando "inclinato
capite tradidit spiritum",
entró su
humanidad íntegramente en la gloria
de su plena semejanza divina. Estaba
como “retenida” en el ápice de su espíritu,
aquella plenitud de gracia consumada en
visión que irá progresivamente penetrándola
hasta invadir de modo plenario la integridad
de su Humanidad, en la hora de la
glorificación del Hijo del hombre (Jn
12,23), en la que atrae todo hacia si por
obra del Espíritu.
“Nondum erat Spiritus datus quoniam nondum
erat glorificatus” (Jn 7, 39. Cfr. Heb 5,
9).
No fue la violencia
padecida la que causó la separación del alma
y del cuerpo de Jesús (Jesús murió antes de
lo que esperaban sus verdugos). "Por eso me
ama el Padre, porque doy mi vida para
tomarla de nuevo; nadie me la quita sino que
yo la doy libremente... este es el mandato
que he recibido de mi Padre" (Io. 10,17).
Fue el amor, en su supremo grado, el que le
hizo morir en un acto de supremo sacrificio
por el que se somete voluntariamente al
mandato de su Padre en un acto de perfecta
obediencia libérrima[16].
El Verbo divino actuando por la
instrumentalidad de su libre voluntad humana
quiso el sacrificio supremo: que fuesen
separados el cuerpo y el alma con la
consiguiente privación de la vida humana,
por la más total y terrible ruptura que
pueda sufrir nuestra naturaleza. Y este
holocausto, el mayor que cabe, lo quiso por
amor a su Padre y a los hombres. En este
momento la caridad de Cristo que era todavía
"viator" franqueó el abismo que separaba lo
finito de lo infinito, en un grado de
perfección suprema e insuperable, que
corresponde a la caridad que poseía como
"comprehensor", en el paraíso de su alma;
más allá de la serie infinita de grados de
perfección creciente ("crecía en edad,
sabiduría y gracia")[17].
Cuando, inclinando la cabeza, entregó su
espíritu, (Jn 19,30), entró por sus
padecimientos, en su gloria (Cf. Lc
26,27) de manera plena: consumado, quedó
constituído, como nuevo Adán, Cabeza de la
nueva humanidad de "hijos de Dios dispersos
por el pecado” (Jn 11,52), y como causa
salutis aeternae (Cf Heb 5,9),
para cuantos la invocan con fe, atraídos (Jn
12,32) por la gracia del Espíritu que
conquista para nosotros desde la Cruz
salvadora. Aquel acto de caridad infinita
por el que entregó su espíritu a su Padre
–provocándole el estado de muerte, por
separación del cuerpo (el cadáver fue
sepultado) del alma glorificada que
descendió a los infiernos– aquel acto,
repito, entró a participar de la
eternidad participada propia de la gloria y
alcanza –en su virtud– “praesentialiter”
toda la historia de la salvación. La sombra
salvífica de la Cruz gloriosa abarca así a
todos los hombres de todos los tiempos.
En cuanto a la presencia
metahistórica del hecho mismo de la
Resurrección in fieri, no puede
entenderse, obviamente, como una permanencia
in aeternum del tránsito de muerte a
vida, porque el estado de muerte –a
diferencia de su muerte in fieri,
como acto de amor obediente, en el sentido
explicado–, respecto al cuerpo del Señor, es
sólo pasado y no ha penetrado, en sí mismo,
en la eternidad. En cambio, sí es permanente
–eterno por participación– el surgir de la
nueva vida inmortal de Cristo (merecido por
su amor obediente hasta la la muerte de
cruz, Fil 2, 8–9).
Esto, quizá, explica
–según F. Ocáriz– por qué Santo Tomás afirma
que la causa eficiente de nuestra futura
resurrección será Cristo resucitado, y otras
veces que será Cristo resucitando.
Misteriosamente, los dos conceptos de algún
modo coinciden[18].
He aquí porqué el resurgir de Cristo a una
novedad de vida, es –en unión
indisoluble con su muerte “in fieri”,
libremente aceptada con la que forma un
único misterio pascual–, el “día en el que
actuó el Señor”; pues en él convergen y se
recapitulan todos los instantes de la
existencia redentora de Cristo, que lo
anunciaban y anticipaban; y domina todos los
tiempos con una permanente presencia: que
atraviesa, como un eje, la historia humana
para librarla del poder de las tinieblas. La
irradiación salvífica del misterio pascual
atraviesa la historia desde alfa hasta el
omega. Es, verdaderamente, el centro del
misterio del tiempo, que prefigura el última
día cuando Cristo vuelva glorioso a entregar
su Reino al Padre. (Cfr. Tertio Milenio
ineunte, 35).
II.
CRISTO VENIDO EN LA
CARNE, MUERTO Y RESUCITADO, DOGMA
FUNDAMENTAL DE LA REVELACIÓN DIVINA EN EL
QUE CONVERGEN TODOS LOS MISTERIOS DEL
CRISTIANISMO, Y RECAPITULA LA HISTORIA
ENTERA DE LA SALVACIÓN[19].
Veamos a continuación cómo –en su acontecer
histórico y en su presencialidad
metahistórica– el misterio pascual es la
culminación y acreditación suprema de la
Revelación.
Y cómo abarca, recapitulándola, toda la historia humana,
en virtud de la eternidad participada, que
le hace salvíficamente presente a lo
largo del tiempo y del espacio hasta la
Parusía; construyendo en la historia el
Reino de Dios
hasta su consumación en la Parusía. Antes de
Cristo venido, por anticipación del misterio
Pascual. Después, por derivación, en y a
través de la actividad salvífica de la
Iglesia
La sombra de la Cruz gloriosa del Mesías
triunfador de la muerte –la schekinah,
manifestada a veces en la gloria de la nube
luminosa en la teofanías del Antiguo
Testamento (cfr. CEC 697)– es la irradiación
de la Pascua del Señor, que se proyecta
salvíficamente desde las puertas del paraíso
perdido, en virtud de la espera confiada
–más o menos explícita– en la salvación
mesiánica. Sólo después de Cristo venido
desplegará su pleno “poder según el Espíritu
de santificación por la resurrección de
entre los muertos” (Rom 1, 4), desde
Pentecostés, por el ministerio de la
Iglesia, cuya fuente y culminación es su
vida litúrgica que tiene su centro y raíz en
el Sacrificio eucarístico.
Su ascensión y entronización a la derecha
del Padre “le constituye en los cielos Dios
y Señor en plenitud de poder, enviando desde
allí los dones divinos del Espíritu a los
hombres” (cfr. S. Th. III, 57, 6), en orden
al establecimiento de su reino mesiánico,
que implanta progresivamente su señorío
universal, en y a través del misterio de la
Iglesia –que vive de la Eucaristía, raíz y
centro de su actividad–, como instrumento de
la progresiva dilatación del Reino de Dios
hasta su plenitud escatológica en la
Parusía.
1/ La resurrección, plenitud de la
revelación y su acreditación suprema.
«La resurrección de Cristo está
estrechamente unida con el misterio de la
Encarnación del Hijo de Dios: es su
cumplimiento, según el eterno designio de
Dios. Más aún, es la coronación suprema de
todo lo que Jesús manifestó y realizó en
toda su vida, desde el nacimiento a la
pasión y muerte, con sus obras, prodigios,
magisterio, ejemplo de una vida perfecta, y
sobre todo con su transfiguración. El nunca
reveló de un modo directo la gloria que
había recibido del Padre antes que el
mundo fuese (Jn 17, 5), sino que
ocultaba esta gloria con su humanidad,
hasta que se despojó definitivamente (cfr.
Flp 2, 7–8) con la muerte en la cruz.
En la resurrección se reveló el hecho de que
en Cristo reside toda la plenitud de la
Divinidad corporalmente (Col 2, 9; cfr. 1,
19). Así, la resurrección completa la
manifestación del contenido de la
Encarnación. Por eso, podemos decir que es
también la plenitud de la Revelación. Por lo
tanto, ella está en el centro de la fe
cristiana y de la predicación de la Iglesia».
(JUAN PABLO II, “Audiencia general”,
8–III–1989, 9).
Es como
"la clave de bóveda de todo el edificio de
la revelación (...). Toda la predicación de
la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, o
a través de los siglos y de todas las
generaciones , hasta hoy, se refiere a la
resurrección, y saca de ella fuerza
impulsora y persuasiva, así como todo su
vigor" (JUAN P