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Por Ferran Blasi Birbe
En el núcleo de la catequesis, oral o escrita, que hacen los apóstoles, a partir de Pentecostés, suele encontrarse un resumen de la vida de Jesucristo, desde su bautismo por Juan: se alude a su predicación, avalada por milagros, a su dominio sobre los demonios, y de manera particular a la pasión, muerte y resurrección, y al final se formula una invitación a la penitencia y al bautismo: "haced penitencia, (metanoésate) y que cada uno de vosotros sea bautizado (baptistheto) en el nombre de Jesucristo para la remisión de los pecados (eis aphesin ton amartíon), y recibiréis el don del Espíritu Santo (ten doreán tou Hagíou Pneúmatos)» (Act 2,38).
Son ejemplos de esa catequesis, los dos discursos de Pedro en Jerusalén: Act 2, 14 36; 3,12 26; su alocución en Cesarea (Act 10, 34 43), y el de Pablo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia (Act 13, 16 44), o buena parte del contenido de 1Cor 15, y en concreto los vv. 1 11.
Siempre la resurrección es un tema fundamental en la enseñanza de los apóstoles y en la fe de los cristianos, desde el primer momento: se subraya la verdad del hecho de la resurrección de Cristo, en la que su alma que había descendido a los infiernos, o sea al Seno de Abraham (1Pe 3,19) volvió a informar su propio cuerpo. Alma y cuerpo su naturaleza humana , que son los mismos que tuvieron su inicio con el anuncio del Angel, cuando el Hijo de Dios Hecho Hombre, fue concebido por obra del Espíritu Santo, en las purísimas entrañas de la Virgen María (Lc 1,26 38), y «el Verbo se hizo Carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
El cuerpo vivo de Cristo Resucitado fue el mismo que nació en Belén (Lc 2,1 70, y que fue a Egipto (Mt 2,13 18), y después a Galilea (Mt 2,22), anduvo por los caminos de la Tierra de Israel, o de Fenicia Tiro y Sidón (Mt 15,21 28) y de la Decápolis (Mc 7,31 37) o de Cesarea de Filipo (6, 13 20), que sufrió su Pasión y Muerte en Jerusalén (Jn 18 y 19), que en la Cena se hizo presente bajo las Especies Eucarísticas (Mt 26,26 29), que vendrá al fin de los tiempos con poder y majestad (Mt 26,64; Act 1,11), y que vivirá por los siglos de los siglos (Ap 11,15).
Las marcas de las heridas de la Pasión, en sus manos y pies, y en su costado abierto (Jn 20,19 29), son como un trofeo glorioso, que recuerda los sufrimientos de Cristo, que nos rescataron, y constituyen como una confirmación de esa continuidad del mismo cuerpo de Jesucristo en las diversas fases de su vida. Así, los apóstoles y los que estaban con ellos dicen con convicción: «el Señor ha resucitado verdaderamente (ontos) y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,33 34). San Pablo puede decir, dentro de una argumentación compleja, y en un tono polémico, que «si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1Cor 15,16).
Recordemos el significativo episodio en el que Pedro toma la trascendental decisión de admitir en la Iglesia en la que ejerce su poder de las llaves a los convertidos de la gentilidad, y en el que no falta tampoco una catequesis sobre la redención realizada por Jesucristo, que se aplica a través del bautismo.
En dicho pasaje se resumen diversos puntos relacionados con la incorporación a la Iglesia, útiles para una adecuada interpretación del viejo aforismo «extra Ecclesiam nulla salus», tema que en nuestros días se ha elaborado con mayor detalle, al distinguirse una pertenencia a la Iglesia «in re» o « reapse», por el bautismo, y otra « in voto», por el deseo, explícito, como en el caso de los catecúmenos, o implícito, en quien está dispuesto a cumplir la voluntad de Dios, aunque no la conozca (cfr. Carta del S. Oficio al arzobispo de Boston, de 8 08 49, Denz Schön, 3866 a 3873).
Dios ha mostrado su agrado ante el deseo de Cornelio, de cumplir lo que se le diga de parte de Dios, y en la efusión del Espíritu Santo, antes de recibir el bautismo, se puede ver un antecedente de la eficacia del bautismo de deseo para la incorporación a la Iglesia. Pero también queda claro, en ese contexto, que ello es un primer paso que tiene que conducir a la recepción del bautismo de agua.
Cornelio, ha hecho una afirmación de fe implícita: «He aquí que todos nosotros en tu presencia estamos dispuestos a escuchar todas las cosas que se te han indicado de parte de Dios», le dice a Pedro (Act 10,33).
A continuación Pedro hace un resumen de catequesis sobre Jesucristo Redentor, y cuando está todavía hablando, viene el Espíritu Santo, de manera ostensible, sobre todos los que están escuchando (44 46). Esto hace concluir a Pedro: «¿Cómo se puede prohibir que sean bautizados con agua, quienes han recibido el Espíritu Santo, como nosotros?» (47). «Y les mandó bautizar en el nombre del Señor Jesucristo» (48).
He aquí la referencia que se hace a la resurrección, en la citada catequesis ante Cornelio y su familia: « A Éste (Jesús de Nazaret) Dios le resucitó al tercer día y le concedió manifestarse, no a todo el pueblo (ou pantí to laó), sino a testigos preestablecidos por Dios, a nosotros que comimos y bebimos con El después de que resucitó de entre los muertos» (Act 10,40 41).
Las apariciones de Jesucristo resucitado en el caso de las mujeres, precedidas por el anuncio de ángeles a los que deberán ser sus testigos, que se encuentran referidas en los libros del Nuevo Testamento son, por orden cronológico, las siguientes:
1. A María Magdalena (primero, de dos ángeles sentados, vestidos de blanco: Jn 20,11 13; y luego, de Jesús: Jn 14 18; cfr. Mc 16,9 11).
2. A las santas mujeres (primero de un ángel, de aspecto como el relámpago, y vestido como nieve: Mt 28,1 7; de un joven sentado con una túnica blanca: Mc 16,1 8; de dos varones con vestidura refulgente: Lc 24,1 11).
3. A Pedro (Lc 24,34; cfr. 1Cor 15,5).
4. A los discípulos de Emaús (Lc 24,15 31; cfr. Mc 16,12 13).
5. A los apóstoles (1) (Mc 16,14; Le 24,36 45; Jn 20,19 23; cfr. 1Cor 15,5).
6. A los apóstoles (lI) (Jn 20,26 29).
7. A siete discípulos (Simón Pedro; Tomás o Dídimo; Natanael; los dos hijos de Zebedeo Santiago y Juan ; y otros dos): (Jn 21, 1 14; y en 15 23: diálogo con Pedro y referencia a Juan).
8. A los once, en Galilea (Mt 28, 16,20; cfr. Mc 16,15 18; Lc 24,46 49).
9. A quinientas personas, en Galilea (1Cor 15,6).
10. A Santiago (1Cor 15,7).
11. A los Apóstoles, en los cuarenta días que precedieron a la Ascensión (1Cor 15,7) (cfr. Act 1,2 3; 4 11).
12. En la Ascensión (Le 24, 50 52; Act 1,9 12; Mc 16,19 20).
13. A Saulo, camino de Damasco (Act 1 16; 22,2 21; 26,9 20).
El Cuerpo de Cristo resucitado, si bien como espiritualizado, tiene las dotes de los cuerpos celestiales: glorificado, impasible, ágil y sutil (1Cor 15,44 49), de cuyas cualidades ya había tenido alguna anticipación: en el nacimiento, cuando, como desde el sepulcro, salió a la luz sin romper los maternos sellos virginales, y en el Monte Tabor, «se transfiguró (metemorphethe)» y < su rostro se hizo resplandeciente como el sol, y sus vestiduras, blancas como la nieve» (Mt 17,1 13). El mismo Cristo glorioso, aunque velado por las apariencias del pan y del vino, es el que se hace presente en el Sacrificio de la misa, y cuya segunda definitiva venida al final de los tiempos, se recuerda también juntamente con la primera cada vez que se celebra la Eucaristía: «todas las veces que comiéreis de este pan y bebiéreis de este cáliz anunciareis la muerte del Señor hasta que venga» (1Cor 15,26).
(*) Ferran Blasi Birbe es Colaborador de Arvo. Teólogo y escritor, autor entre otros libros, de «En Los nombres de Cristo», Eunsa, Pamplona 1993.
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