La verdad culminante de nuestra fe en
Cristo, documentada por el Nuevo Testamento,
creída y vivida como verdad central por los
cristianos verdaderos, hoy profundizada,
estudiada y predicada como parte esencial
del misterio pascual, junto con la cruz. La
fe en la resurrección es, desde el comienzo,
una convicción basada en un hecho, en un
acontecimiento real, y no un mito o una
«concepción», una idea inventada por los
Apóstoles o producida por la comunidad
postpascual reunida en torno a los Apóstoles
en Jerusalén, para superar junto con ellos
el sentido de desilusión consiguiente a la
muerte de Cristo en cruz.
En la Catequesis
De S.S. el Papa Juan Pablo II
Sumario
25-01-89 La Resurrección como hecho
histórico que afirma la fe
01-02-89 El sepulcro vacío y el encuentro
con Cristo Resucitado
22-02-89 Las apariciones de Jesús resucitado
01-03-89 La resurrección hecho histórico y
metahistórico
08-03-89 La resurrección culmen de la
Revelación
15-03-89 El valor salvífico de la
resurrección
25-01-89 La Resurrección como hecho
histórico que afirma la fe
1. En esta catequesis afrontamos la verdad
culminante de nuestra fe en Cristo,
documentada por el Nuevo Testamento, creída
y vivida como verdad central por las
primeras comunidades cristianas, transmitida
como fundamental por la tradición, nunca
olvidada por los cristianos verdaderos y hoy
profundizada, estudiada y predicada como
parte esencial del misterio pascual, junto
con la cruz; es decir la resurrección de
Cristo. De El, en efecto, dice el Símbolo de
los Apóstoles que «al tercer día resucitó de
entre los muertos»; y el Símbolo
niceno-constantinopolitano precisa:
«Resucitó al tercer día, según las
Escrituras».
Es un dogma de la fe cristiana, que se
inserta en un hecho sucedido y constatado
históricamente. Trataremos de investigar
«con las rodillas de la mente inclinadas» el
misterio enunciado por el dogma y encerrado
en el acontecimiento, comenzando con el
examen de los textos bíblicos que lo
atestiguan.
2. El primero y más antiguo testimonio
escrito sobre la resurrección de Cristo se
encuentra en la primera Carta de San Pablo a
los Corintios. En ella el Apóstol recuerda a
los destinatarios de la Carta (hacia la
Pascua del año 57 d. De C.): «Porque os
transmití, en primer lugar, lo que a mi vez
recibí: que Cristo murió por nuestros
pecados, según las Escrituras; que fue
sepultado y que resucitó al tercer día,
según las Escrituras; que se apareció a
Cefas y luego a los Doce; después se
apareció a más de quinientos hermanos a la
vez, de los cuales todavía la mayor parte
viven y otros murieron. Luego se apareció a
Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y
en último lugar a mi, como a un abortivo» (1
Cor 15, 3-8).
Como se ve, el Apóstol haba aquí de la
tradición viva de la resurrección, de la que
él había tenido conocimiento tras su
conversión a las puertas de Damasco (Cfr.
Hech 9, 3)18). Durante su viaje a Jerusalén
se encontró con el Apóstol Pedro, y también
con Santiago, como lo precisa la Carta a los
Gálatas (1,18 ss.), que ahora ha citado como
los dos principales testigos de Cristo
resucitado.
3. Debe también notarse que, en el texto
citado, San Pablo no habla sólo de la
resurrección ocurrida el tercer día «según
las Escrituras» (referencia bíblica que toca
ya la dimensión teológica del hecho), sino
que al mismo tiempo recurre a los testigos a
los que Cristo se apareció personalmente. Es
un signo, entre otros, de que la fe de la
primera comunidad de creyentes, expresada
por Pablo en la Carta a los Corintios, se
basa en el testimonio de hombres concretos,
conocidos por los cristianos y que en gran
parte vivían todavía entre ellos. Estos
«testigos de la resurrección de Cristo» (Cfr.
Hech 1, 22), son ante todo los Doce
Apóstoles, pero no sólo ellos: Pablo habla
de la aparición de Jesús incluso a más de
quinientas personas a la vez, además de las
apariciones a Pedro, a Santiago y a los
Apóstoles.
4. Frente a este texto paulino pierden toda
admisibilidad las hipótesis con las que se
ha tratado, en manera diversa, de
interpretar la resurrección de Cristo
abstrayéndola del orden físico, de modo que
no se reconocía como un hecho histórico; por
ejemplo, la hipótesis, según la cual la
resurrección no sería otra cosa que una
especie de interpretación del estado en el
que Cristo se encuentra tras la muerte
(estado de vida, y no de muerte), o la otra
hipótesis que reduce la resurrección al
influjo que Cristo, tras su muerte, no dejó
de ejercer (y más aún reanudó con nuevo e
irresistible vigor) sobre sus discípulos.
Estas hipótesis parecen implicar un
prejuicio de rechazo a la realidad de la
resurrección, considerada solamente como «el
producto» del ambiente, o sea, de la
comunidad de Jerusalén. Ni la interpretación
ni el prejuicio hallan comprobación en los
hechos. San Pablo, por el contrario, en el
texto citado recurre a los testigos oculares
del «hecho»: su convicción sobre la
resurrección de Cristo, tiene por tanto una
base experimental. Está vinculada a ese
argumento «ex factis», que vemos escogido y
seguido por los Apóstoles precisamente en
aquella primera comunidad de Jerusalén.
Efectivamente, cuando se trata de la
elección de Matías, uno de los discípulos
más asiduos de Jesús, para completar el
número de los «Doce» que había quedado
incompleto por la traición y muerte de Judas
Iscariote, los Apóstoles requieren como
condición que el que sea elegido no sólo
haya sido «compañero» de ellos en el período
en que Jesús enseñaba y actuaba, sino que
sobre todo pueda ser «testigo de su
resurrección» gracias a la experiencia
realizada en los días anteriores al momento
en el que Cristo (como dicen ellos) «fue
ascendido al cielo entre nosotros» (Hech 1,
22).
5. Por tanto no se puede presentar la
resurrección, como hace cierta crítica
neostestamentaria poco respetuosa de los
datos históricos, como un «producto» de la
primera comunidad cristiana, la de
Jerusalén. La verdad sobre la resurrección
no es un producto de la fe de los Apóstoles
o de los demás discípulos pre o post-pascuales.
De los textos resulta más bien que la fe «prepascual»
de los seguidores de Cristo fue sometida a
la prueba radical de la pasión y de la
muerte en cruz de su Maestro. El mismo había
anunciado esta prueba, especialmente con las
palabras dirigidas a Simón Pedro cuando ya
estaba a las puertas de los sucesos trágicos
de Jerusalén; «¡Simón, Simón! Mira que
Satanás ha solicitado el poder cribaros como
trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu
fe no desfallezca» (Lc 22, 31-32). La
sacudida provocada por la pasión y muerte de
Cristo fue tan grande que los discípulos (al
menos algunos de ellos) inicialmente no
creyeron en la noticia de la resurrección.
En todos los Evangelios encontramos la
prueba de esto. Lucas, en particular, nos
hace saber que cuando las mujeres,
«regresando del sepulcro, anunciaron todas
estas cosas (o sea, el sepulcro vacío) a los
Once y a todos los demás..., todas estas
palabras les parecieron como desatinos y no
les creían» (Lc 24, 9. 11).
6. Por lo demás, la hipótesis que quiere ver
en la resurrección un «producto» de la fe de
los Apóstoles, se confuta también por lo que
es referido cuando el Resucitado «en persona
se apareció en medio de ellos y les dijo:
¡Paz a vosotros!». Ellos, de hecho, «creían
ver un fantasma». En esa ocasión Jesús mismo
debió vencer sus dudas y temores y
convencerles de que «era El»: «Palpadme y
ved, que un espíritu no tiene carne y huesos
como veis que yo tengo». Y puesto que ellos
«no acababan de creerlo y estaban
asombrados» Jesús les dijo que le dieran
algo de comer y «lo comió delante de ellos»
(Cfr. Lc 24,36-43).
7. Además, es muy conocido el episodio de
Tomás, que no se encontraba con los demás
Apóstoles cuando Jesús vino a ellos por
primera vez, entrando en el Cenáculo a pesar
de que la puerta estaba cerrada (Cfr. Jn 20,
19). Cuando, a su vuelta, los demás
discípulos le dijeron: «Hemos visto al
Señor», Tomás manifestó maravilla e
incredulidad, y contestó: «Si no veo en sus
manos la señal de los clavos y no meto mi
dedo en el agujero de los clavos y no meto
mi mano en su costado no creeré. Ocho días
después, Jesús vino de nuevo al Cenáculo,
para satisfacer la petición de Tomás «el
incrédulo» y le dijo: «Acerca aquí tu dedo y
mira mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado, y no seas incrédulo sino creyente».
Y cuando Tomás profesó su fe con las
palabras «Señor mío y Dios mío», Jesús le
dijo: «Porque me has visto has creído.
Dichosos los que no han visto y han creído»
(Jn 20, 24-29).
La exhortación a creer, sin pretender ver lo
que se esconde por el misterio de Dios y de
Cristo, permanece siempre válida; pero la
dificultad del Apóstol Tomás para admitir la
resurrección sin haber experimentado
personalmente la presencia de Jesús vivo, y
luego su ceder ante las pruebas que le
suministró el mismo Jesús, confirman lo que
resulta de los Evangelios sobre la
resistencia de los Apóstoles y de los
discípulos a admitir la resurrección.
Por esto no tiene consistencia la hipótesis
de que la resurrección haya sido un
«producto» de la fe (o de la credulidad) de
los Apóstoles. Su fe en la resurrección
nació, por el contrario (bajo a acción de la
gracia divina), de la experiencia directa de
la realidad de Cristo resucitado.
8. Es el mismo Jesús el que, tras la
resurrección, se pone en contacto con los
discípulos con el fin de darles el sentido
de la realidad y disipar la opinión (o el
miedo) de que se tratara de un «fantasma» y
por tanto de que fueran víctimas de una
ilusión. Efectivamente, establece con ellos
relaciones directas, precisamente mediante
el tacto. Así es en el caso de Tomás, que
acabamos de recordar, pero también en el
encuentro descrito en el Evangelio de Lucas,
cuando Jesús dice a los discípulos
asustados: «Palpadme y ved que un espíritu
no tiene carne y huesos como veis que yo
tengo» (24, 39). Les invita a constatar que
el cuerpo resucitado, con el que se presenta
a ellos, es el mismo que fue martirizado y
crucificado. Ese cuerpo posee sin embargo al
mismo tiempo propiedades nuevas: se ha
«hecho espiritual» (y «glorificado» y por lo
tanto ya no está sometido a las limitaciones
habituales a los seres materiales y por ello
a un cuerpo humano. (En efecto, Jesús entra
en el Cenáculo a pesar de que las puertas
estuvieran cerradas, aparece y desaparece,
etc.) Pero al mismo tiempo ese cuerpo es
auténtico y real. En su identidad material
está la demostración de la resurrección de
Cristo.
9. El encuentro en el camino de Emaús,
referido en el Evangelio de Lucas, es un
hecho que hace visible de forma
particularmente evidente cómo se ha madurado
en la conciencia de los discípulos la
persuasión de la resurrección precisamente
mediante el contacto con Cristo resucitado (Cfr.
Lc 24, 15-21). Aquellos dos discípulos de
Jesús, que al inicio del camino estaban
«tristes y abatidos» con el recuerdo de todo
lo que había sucedido al Maestro el día de
la crucifixión y no escondían la desilusión
experimentada al ver derrumbarse la
esperanza puesta en El como Mesías liberador
(«Esperábamos que sería El el que iba a
librar a Israel») experimentan después una
transformación total, cuando se les hace
claro que el Desconocido, con el que han
hablado, es precisamente el mismo Cristo de
antes, y se dan cuenta de que El, por tanto,
ha resucitado. De toda la narración se
deduce que la certeza de la resurrección de
Jesús había hecho de ellos casi hombres
nuevos. No sólo habían readquirido la fe en
Cristo, sino que estaban preparados para dar
testimonio de la verdad sobre su
resurrección.
Todos estos elementos del texto evangélico,
convergentes entre sí, prueban el hecho de
la resurrección, que constituye el
fundamento de la fe de los Apóstoles y del
testimonio que, como veremos en las próximas
catequesis, está en el centro de su
predicación.
01-02-89 El sepulcro vacío y el encuentro
con Cristo Resucitado
1. La profesión de fe que hacemos en el
Credo cuando proclamamos que Jesucristo «al
tercer día resucitó de entre los muertos»,
se basa en los textos evangélicos que, a su
vez, nos transmiten y hacen conocer la
primera predicación de los Apóstoles. De
estas fuentes resulta que la fe en la
resurrección es, desde el comienzo, una
convicción basada en un hecho, en un
acontecimiento real, y no un mito o una
«concepción», una idea inventada por los
Apóstoles o producida por la comunidad
postpascual reunida en torno a los Apóstoles
en Jerusalén, para superar junto con ellos
el sentido de desilusión consiguiente a la
muerte de Cristo en cruz. De los textos
resulta todo lo contrario y por ello, como
he dicho, tal hipótesis es también crítica e
históricamente insostenible. Los Apóstoles y
los discípulos no inventaron la resurrección
(y es fácil comprender que eran totalmente
incapaces de una acción semejante). No hay
rastros de una exaltación personal suya o de
grupo, que les haya llevado a conjeturar un
acontecimiento deseado y esperado y a
proyectarlo en la opinión y en la creencia
común como real, casi por contraste y como
compensación de la desilusión padecida. No
hay huella de un proceso creativo de orden
psicológico-sociológico-literario ni
siquiera en la comunidad primitiva o en los
autores de los primeros siglos. Los
Apóstoles fueron los primeros que creyeron,
no sin fuertes resistencias, que Cristo
había resucitado simplemente porque vivieron
la resurrección como un acontecimiento real
del que pudieron convencerse personalmente
al encontrarse varias veces con Cristo
nuevamente vivo, a lo largo de cuarenta
días. Las sucesivas generaciones cristianas
aceptaron aquel testimonio, fiándose de los
Apóstoles y de los demás discípulos como
testigos creíbles. La fe cristiana en la
resurrección de Cristo está ligada, pues, a
un hecho, que tiene una dimensión histórica
precisa.
2. Y sin embargo, la resurrección es una
verdad que, en su dimensión más profunda,
pertenece a la Revelación divina: en efecto,
fue anunciada gradualmente de antemano por
Cristo a lo largo de su actividad mesiánica
durante el período prepascual. Muchas veces
predijo Jesús explícitamente que, tras haber
sufrido mucho y ser ejecutado, resucitaría.
Así, en el Evangelio de Marcos, se dice que
tras la proclamación de Pedro cerca de
Cesarea de Filipo, Jesús «comenzó a
enseñarles que el Hijo del hombre debía
sufrir mucho y ser reprobado por los
ancianos, los sumos sacerdotes y los
escribas, ser matado y resucitar a los tres
días. Hablaba de esto abiertamente» (Mc 8,
31-32). También según Marcos, después de la
transfiguración, «cuando bajaban del monte
les ordenó que a nadie contaran lo que
habían visto hasta que el Hijo del hombre
resucitara de entre los muertos» (Mc 9. 9).
Los discípulos quedaron perplejos sobre el
significado de aquella «resurrección» y
pasaron a la cuestión del retorno de Elías
(Mc 9, 11): pero Jesús reafirmó la idea de
que el Hijo del hombre debería «sufrir mucho
y ser despreciado» (Mc 9, 12). Después de la
curación del epiléptico endemoniado, en el
camino de Galilea recorrido casi
clandestinamente, Jesús toma de nuevo la
palabra para instruirlos: «El Hijo del
hombre será entregado en manos de los
hombres; le matarán y a los tres días de
haber muerto resucitará». «Pero ellos no
entendían lo que les decía y temían
preguntarle» (Mc 9, 31-32). Es el segundo
anuncio de la pasión y resurrección, al que
sigue el tercero, cuando ya se encuentran en
camino hacia Jerusalén: «Mirad que subimos a
Jerusalén, y el Hijo del hombre será
entregado a los sumos sacerdotes y los
escribas; le condenarán a muerte y le
entregarán a los gentiles, y se burlarán de
él, le escupirán, le azotarán y le matarán,
y a los tres días resucitará» (Mc 10,
33-34).
3. Estamos aquí ante una previsión profética
de los acontecimientos, en la que Jesús
ejercita su función de revelador, poniendo
en relación la muerte y la resurrección
unificadas en la finalidad redentora, y
refiriéndose al designio divino según el
cual todo lo que prevé y predice «debe»
suceder. Jesús, por tanto, hace conocer a
los discípulos estupefactos e incluso
asustados algo del misterio teológico que
subyace en los próximos acontecimientos,
como por lo demás en toda su vida. Otros
destellos de este misterio se encuentran en
la alusión al «signo de Jonás» (Cfr. Mt 12,
40) que Jesús hace suyo y aplica a los días
de su muerte y resurrección, y en el desafío
a los judíos sobre «la reconstrucción en
tres días del templo que será destruido»
(Cfr. Jn 2, 19). Juan anota que Jesús
«hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando
resucitó, pues, de entre los muertos, se
acordaron sus discípulos de que había dicho
eso, y creyeron en la Escritura y en las
palabras que había dicho Jesús» (Jn 2
20-21). Una vez más nos encontramos ante la
relación entre la resurrección de Cristo y
su Palabra, ante sus anuncios ligados «a las
Escrituras».
4. Pero además de las palabras de Jesús,
también la actividad mesiánica desarrollada
por El en el período prepascual muestra el
poder de que dispone sobre la vida y sobre
la muerte, y la conciencia de este poder,
como la resurrección de la hija de Jairo (Mc
5, 39-42), la resurrección del joven de Naín
(Lc 7, 12-15), y sobre todo la resurrección
de Lázaro (Jn 11, 42-44) que se presenta en
el cuarto Evangelio como un anuncio y una
prefiguración de la resurrección de Jesús.
En las palabras dirigidas a Marta durante
este último episodio se tiene la clara
manifestación de la autoconciencia de Jesús
respecto a su identidad de Señor de la vida
y de la muerte y de poseedor de las llaves
del misterio de la resurrección: «Yo soy la
resurrección. El que cree en mí, aunque
muera, vivirá; y todo el que vive y cree en
mí, no morirá jamás» (Jn 11, 25-26).
Todo son palabras y hechos que contienen de
formas diversas la revelación de la verdad
sobre la resurrección en el período
prepascual.
5. En el ámbito de los acontecimientos
pascuales, el primer elemento ante el que
nos encontramos es el «sepulcro vacío». Sin
duda no es por sí mismo una prueba directa.
La Ausencia del cuerpo de Cristo en el
sepulcro en el que había sido depositado
podría explicarse de otra forma, como de
hecho pensó por un momento María Magdalena
cuando, viendo el sepulcro vacío, supuso que
alguno habría sustraído el cuerpo de Jesús
(Cfr. Jn 20, 15). Más aún, el Sanedrín trató
de hacer correr la voz de que, mientras
dormían los soldados, el cuerpo había sido
robado por los discípulos. «Y se corrió esa
versión entre los judíos, (anota Mateo)
hasta el día de hoy» (Mt 28, 12-15).
A pesar de esto el «sepulcro vacío» ha
constituido para todos, amigos y enemigos,
un signo impresionante. Para las personas de
buena voluntad su descubrimiento fue el
primer paso hacia el reconocimiento del
«hecho» de la resurrección como una verdad
que no podía ser refutada.
6. Así fue ante todo para las mujeres, que
muy de mañana se habían acercado al sepulcro
para ungir el cuerpo de Cristo. Fueron las
primeras en acoger el anuncio: «Ha
resucitado, no está aquí... Pero id a decir
a sus discípulos y a Pedro...» (Mc 16, 6-7).
«Recordad cómo os habló cuando estaba
todavía en Galilea, diciendo: ¡Es necesario
que el Hijo del hombre sea entregado en
manos de los pecadores y sea crucificado, y
al tercer día resucite! Y ellas recordaron
sus palabras» (Lc 24, 6-8).
Ciertamente las mujeres estaban sorprendidas
y asustadas (Cfr. Mc 24, 5). Ni siquiera
ellas estaban dispuestas a rendirse
demasiado fácilmente a un hecho que, aun
predicho por Jesús, estaba efectivamente por
encima de toda posibilidad de imaginación y
de invención. Pero en su sensibilidad y
finura intuitiva ellas, y especialmente
María Magdalena, se aferraron a la realidad
y corrieron a donde estaban los Apóstoles
para darles la alegre noticia.
El Evangelio de Mateo (28, 8-10) nos informa
que a lo largo del camino Jesús mismo les
salió al encuentro les saludó y les renovó
el mandato de llevar el anuncio a los
hermanos (Mt 28, 10). De esta forma las
mujeres fueron las primeras mensajeras de la
resurrección de Cristo, y lo fueron para los
mismos Apóstoles (Lc 24, 10). ¡Hecho
elocuente sobre la importancia de la mujer
ya en los días del acontecimiento pascual!
7. Entre los que recibieron el anuncio de
María Magdalena estaban Pedro y Juan (Cfr.
Jn 20, 3-8). Ellos se acercaron al sepulcro
no sin titubeos, tanto más cuanto que María
les había hablado de una sustracción del
cuerpo de Jesús del sepulcro (Cfr. Jn 20,
2). Llegados al sepulcro, también lo
encontraron vacío. Terminaron creyendo, tras
haber dudado no poco, porque, como dice
Juan, «hasta entonces no habían comprendido
que según la Escritura Jesús debía resucitar
de entre los muertos» (Jn 20, 9).
Digamos la verdad: el hecho era asombroso
para aquellos hombres que se encontraban
ante cosas demasiado superiores a ellos. La
misma dificultad, que muestran las
tradiciones del acontecimiento, al dar una
relación de ello plenamente coherente,
confirma su carácter extraordinario y el
impacto desconcertante que tuvo en el ánimo
de los afortunados testigos. La referencia
«a la Escritura» es la prueba de la oscura
percepción que tuvieron al encontrarse ante
un misterio sobre el que sólo la Revelación
podía dar luz.
8. Sin embargo, he aquí otro dato que se
debe considerar bien: si el «sepulcro vacío»
dejaba estupefactos a primera vista y podía
incluso generar acierta sospecha, el gradual
conocimiento de este hecho inicial, como lo
anotan los Evangelios, terminó llevando al
descubrimiento de la verdad de la
resurrección.
En efecto, se nos dice que las mujeres, y
sucesivamente los Apóstoles, se encontraron
ante un «signo» particular: el signo de la
victoria sobre la muerte. Si el sepulcro
mismo cerrado por una pesada losa,
testimoniaba la muerte, el sepulcro vacío y
la piedra removida daban el primer anuncio
de que allí había sido derrotada la muerte.
No puede dejar de impresionar la
consideración del estado de ánimo de las
tres mujeres, que dirigiéndose al sepulcro
al alba se decían entre si: «¿Quién nos
retirará la piedra de la puerta del
sepulcro?» (Mc 16, 3), y que después, cuando
llegaron al sepulcro, con gran maravilla
constataron que «la piedra estaba corrida
aunque era muy grande» (Mc 16, 4). Según el
Evangelio de Marcos encontraron en el
sepulcro a alguno que les dio el anuncio de
la resurrección (Cfr. Mc 16, 5); pero ellas
tuvieron miedo y, a pesar de las
afirmaciones del joven vestido de blanco,
«salieron huyendo del sepulcro, pues un gran
temblor y espanto se había apoderado de
ellas» (Mc 16, 8). ¿Cómo no comprenderlas? Y
sin embargo la comparación con los textos
paralelos de los demás Evangelistas permite
afirmar que, aunque temerosas, las mujeres
llevaron el anuncio de la resurrección, de
la que el «sepulcro vacío» con la piedra
corrida fue el primer signo.
9. Para las mujeres y para los Apóstoles el
camino abierto por «el signo» se concluye
mediante el encuentro con el Resucitado:
entonces la percepción aun tímida e incierta
se convierte en convicción y, más aún, en fe
en Aquél que «ha resucitado verdaderamente».
Así sucedió a las mujeres que al ver a Jesús
en su camino y escuchar su saludo, se
arrojaron a sus pies y lo adoraron (Cfr. Mt
28, 9). Así le pasó especialmente a María
Magdalena, que al escuchar que Jesús le
llamaba por su nombre, le dirigió antes que
nada el apelativo habitual: Rabbuni,
¡Maestro! (Jn 20, 16) y cuando El la iluminó
sobre el misterio pascual corrió radiante a
llevar el anuncio a los discípulos: «¡He
visto al Señor!» (Jn 20, 18). Lo mismo
ocurrió a los discípulos reunidos en el
Cenáculo que la tarde de aquel «primer día
después del sábado», cuando vieron
finalmente entre ellos a Jesús, se sintieron
felices por la nueva certeza que había
entrado en su corazón: «Se alegraron al ver
al Señor» (Cfr. Jn 20,19-20).
¡El contacto directo con Cristo desencadena
la chispa que hace saltar la fe!
22-02-89 Las apariciones de Jesús resucitado
1. Conocemos el pasaje de la Primera Carta a
los Corintios, donde Pablo, el primero
cronológicamente, anota la verdad sobre la
resurrección de Cristo: «Porque os
transmití... lo que a mis vez recibí: que
Cristo murió por nuestros pecados, según las
Escrituras: que fue sepultado y que resucitó
al tercer día, según las Escrituras; que se
apareció a Cefas y luego a los Doce... « (1
Cor 15,3-5). Se trata, como se ve, de una
verdad transmitida, recibida, y nuevamente
transmitida. Una verdad que pertenece al
«depósito de la Revelación» que el mismo
Jesús, mediante sus Apóstoles y
Evangelistas, ha dejado a su Iglesia.
2. Jesús reveló gradualmente esta verdad en
su enseñanza prepascual. Posteriormente
ésta, encontró su realización concreta en
los acontecimientos de la pascua
jerosolimitana de Cristo, certificados
históricamente, pero llenos de misterio.
Los anuncios y los hechos tuvieron su
confirmación sobre todo en los encuentros de
Cristo resucitado, que los Evangelios y
Pablo relatan. Es necesario decir que el
texto paulino presenta estos encuentros (en
los que se revela Cristo resucitado) de
manera global y sintética (añadiendo al
final el propio encuentro con el Resucitado
a las puertas de Damasco: Cfr. Hech 9, 3-6).
En los Evangelios se encuentran, al
respecto, anotaciones más bien
fragmentarias.
No es difícil tomar y comparar algunas
líneas características de cada una de estas
apariciones y de su conjunto para acercarnos
todavía más al descubrimiento del
significado de esta verdad revelada.
3. Podemos observar ante todo que, después
de la resurrección, Jesús se presenta a las
mujeres y a los discípulos con su cuerpo
transformado, hecho espiritual y partícipe
de la gloria del alma: pero sin ninguna
característica triunfalista. Jesús se
manifiesta con una gran sencillez. Habla de
amigo a amigo, con los que se encuentra en
las circunstancias ordinarias de la vida
terrena. No ha querido enfrentarse a sus
adversarios, asumiendo la actitud de
vencedor, ni se ha preocupado por mostrarles
su «superioridad», y todavía menos ha
querido fulminarlos. Ni siquiera consta que
se haya presentado a alguno de ellos. Todo
lo que nos dice el Evangelio nos lleva a
excluir que se haya aparecido, por ejemplo,
a Pilato, que lo había entregado a los sumos
sacerdotes para que fuese crucificado (Cfr.
Jn 19, 16), o a Caifás, que se había rasgado
las vestiduras por la afirmación de su
divinidad (Cfr. Mt 26, 63-66).
A los privilegiados de sus apariciones,
Jesús se deja conocer en su identidad
física: aquel rostro, aquellas manos,
aquellos rasgos que conocían muy bien, aquel
costado que habían traspasado; aquella voz,
que habían escuchado tantas veces. Sólo en
el encuentro con Pablo en las cercanías de
Damasco, la luz que rodea al Resucitado casi
deja ciego al ardiente perseguidor de los
cristianos y lo tira al suelo (Cfr. Hech 9,
3-8); pero es una manifestación del poder de
Aquél que, ya subido al cielo, impresiona a
un hombre al que quiere hacer un
«instrumento de elección» (Hech 9, 15), un
misionero del Evangelio.
4. Es de destacar también un hecho
significativo: Jesucristo se aparece en
primer lugar a las mujeres, sus fieles
seguidoras, y no a los discípulos, y ni
siquiera a los mismos Apóstoles, a pesar de
que los había elegido como portadores de su
Evangelio al mundo. Es a las mujeres a
quienes por primera vez confía el misterio
de su resurrección, haciéndolas las primeras
testigos de esta verdad. Quizá quiera
premiar su delicadeza, su sensibilidad a su
mensaje, su fortaleza, que las había
impulsado hasta el Calvario. Quizá quiere
manifestar un delicado rasgo de su
humanidad, que consiste en la amabilidad y
en la gentileza con que se acerca y
beneficia a las personas que menos cuentan
en el gran mundo de su tiempo. Es lo que
parece que se puede concluir de un texto de
Mateo: «En esto, Jesús les salió al
encuentro (a las mujeres que corrían para
comunicar el mensaje a los discípulos) y les
dijo: ¡¡Dios os guarde! Y ellas,
acercándose, se asieron de sus pies y le
adoraron. Entonces les dice Jesús: ¡No
temáis. Id y avisad a mis hermanos que vayan
a Galilea; allí me verán!» (28, 9-10).
También el episodio de la aparición a María
de Magdala (Jn 20, 11-18) es de
extraordinaria finura ya sea por parte de la
mujer, que manifiesta toda su apasionada y
comedida entrega al seguimiento de Jesús, ya
sea por parte del Maestro, que la trata con
exquisita delicadeza y benevolencia.
En esta prioridad de las mujeres en los
acontecimientos pascuales tendrán que
inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los
siglos ha podido contar enormemente con
ellas para su vida de fe, de oración y de
apostolado.
5. Algunas características de estos
encuentros postpascuales los hacen, en
cierto modo, paradigmáticos debido a las
situaciones espirituales, que tan a menudo
se crean en la relación del hombre con
Cristo, cuando uno se siente llamado o
«visitado» por El.
Ante todo hay una dificultad inicial en
reconocer a Cristo por parte de aquellos a
los que El sale al encuentro, como se puede
apreciar en el caso de la misma Magdalena
(Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús
(Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento
de temor ante El. Se le ama, se le busca,
pero, en el momento en que se le encuentra,
se experimenta alguna vacilación...
Pero Jesús les lleva gradualmente al
reconocimiento y a la fe, tanto a María
Magdalena (Jn 20,16), como a los discípulos
de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a
otros discípulos (Cfr. Lc 24, 25)48). Signo
de la pedagogía paciente de Cristo al
revelarse al hombre, al atraerlo, al
convertirlo, al llevarlo al conocimiento de
las riquezas de su corazón y a la salvación.
6. Es interesante analizar el proceso
psicológico que los diversos encuentros
dejan entrever: los discípulos experimentan
una cierta dificultad en reconocer no sólo
la verdad de la resurrección, sino también
la identidad de Aquél que está ante ellos, y
aparece como el mismo pero al mismo tiempo
como otro: un Cristo «transformado». No es
nada fácil para ellos hacer la inmediata
identificación. Intuyen, sí, que es Jesús,
pero al mismo tiempo sienten que El ya no se
encuentra en la condición anterior, y ante
El están llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda,
de que no se trata de otro, sino de El mismo
transformado, aparece repentinamente en
ellos una nueva capacidad de descubrimiento,
de inteligencia, de caridad y de fe. Es como
un despertar de fe: «¿No estaba ardiendo
nuestro corazón dentro de nosotros cuando
nos hablaba en el camino y nos explicaba las
Escrituras?» (Lc 24, 32). «Señor mío y Dios
mío» (Jn 20, 28). «He visto al Señor» (Jn
20, 18). Entonces una luz absolutamente
nueva ilumina en sus ojos incluso el
acontecimiento de la cruz; y da el verdadero
y pleno sentido del misterio del dolor y de
la muerte, que se concluye en la gloria de
la nueva vida! Este será uno de los
elementos principales del mensaje de
salvación que los Apóstoles han llevado
desde el principio al pueblo hebreo y, poco
a poco, a todas las gentes.
7. Hay que subrayar una última
característica de las apariciones de Cristo
resucitado: en ellas, especialmente en las
últimas, Jesús realiza la definitiva entrega
a los Apóstoles (y a la Iglesia) de la
misión de evangelizar el mundo para llevarle
el mensaje de su Palabra y el don de su
gracia.
Recuérdese la aparición a los discípulos en
el Cenáculo la tarde de Pascua: «Como el
Padre me envió, también yo os envío...» (Jn
20, 21); ¡y les da el poder de perdonar los
pecados!
Y en la aparición en el mar de Tiberíades,
seguida de la pesca milagrosa, que simboliza
y anuncia la fructuosidad de la misión, es
evidente que Jesús quiere orientar sus
espíritus hacia la obra que les espera (Cfr.
Jn 21,1-23). Lo confirma la definitiva
asignación de la misión particular a Pedro
(Jn 21, 15)18): «¿Me amas?... Tú sabes que
te quiero... Apacienta mis
corderos...Apacienta mis ovejas...».
Juan indica que «ésta fue ya la tercera vez
que Jesús se manifestó a los discípulos
después de resucitar de entre los muertos»
(Jn 21,14). Esta vez, ellos, no sólo se
habían dado cuenta de su identidad: «Es el
Señor» (Jn 21, 7), sino que habían
comprendido que, todo cuanto había sucedido
y sucedía en aquellos días pascuales, les
comprometía a cada uno de ellos (y de modo
muy particular a Pedro) en la construcción
de la nueva era de la historia, que había
tenido su principio en aquella mañana de
pascua.
01-03-89 La resurrección hecho histórico y
metahistórico
1. La resurrección de Cristo tiene el
carácter de un evento, cuya esencia es el
paso de la muerte a la vida. Evento único,
como Paso (Pascua), fue inscrito en el
contexto de las fiestas pascuales, durante
las cuales los hijos y las hijas de Israel
recordaban cada año el éxodo de Egipto,
dando gracias por la liberación de la
esclavitud y, por lo tanto, exaltando el
poder de Dios Señor que se había manifestado
claramente en aquel «Paso» antiguo.
La resurrección de Cristo es el nuevo Paso,
la nueva Pascua, que hay que interpretar a
partir de la Pascua Antigua, pues ésta era
figura y anuncio de la misma. De hecho, así
fue considerada en la comunidad cristiana,
siguiendo la clave de lectura que ofrecieron
los Apóstoles y los Evangelistas a los
creyentes sobre la base de la palabra del
mismo Jesús.
2. Siguiendo la línea de todo lo que se nos
ha transmitido desde aquellas antiguas
fuentes, podemos ver en la resurrección
sobre todo un evento histórico, pues ésta
sucedió en una circunstancia precisa de
lugar y tiempo: «El tercer día» después de
la crucifixión, en Jerusalén, en el sepulcro
que José de Arimatea puso a disposición
(Cfr. Mc 15, 46), y en el que había sido
colocado el cuerpo de Cristo, después de
quitarlo de la cruz. Precisamente se
encontró vacío este sepulcro al alba del
tercer día (después del sábado pascual).
Pero Jesús había anunciado su resurrección
al tercer día (Cfr. Mt 16,21; 17, 23; 20,
19). Las mujeres que acudieron al sepulcro
ese día, encontraron a un «ángel» que les
dijo: Vosotras... «buscáis a Jesús, el
Crucificado. No está aquí, ha resucitado
como lo había dicho» (Mt 28, 5-6).
En la narración evangélica la circunstancia
del «tercer día» se pone en relación con la
celebración judía del sábado, que excluía
realizar trabajos y desplazarse más allá de
cierta distancia desde la tarde de la
víspera. Por eso, el embalsamamiento del
cadáver, de acuerdo con la costumbre judía,
se había pospuesto al primer día después del
sábado.
3. Pero la resurrección, aun siendo un
evento determinable en el espacio y en el
tiempo, transciende y supera la historia.
Nadie vio el hecho en si. Nadie pudo ser
testigo ocular del suceso. Fueron muchos los
que vieron la agonía y la muerte de Cristo
en la Gólgota, algunos participaron en la
colocación de su cadáver en el sepulcro, los
guardias lo cerraron bien y lo vigilaron, lo
cual se habían preocupado de conseguirlo de
Pilato «los sumos sacerdotes y los
fariseos», acordándose de que Jesús había
dicho: A los tres días resucitaré. «Manda,
pues, que quede asegurado el sepulcro hasta
el tercer día, no sea que vengan los
discípulos, lo roben y digan luego al
pueblo: ¡Resucitó de entre los muertos!» (Mt
27, 63-64). Pero los discípulos no habían
pensado en esa estratagema. Fueron las
mujeres quienes, al ir al sepulcro la mañana
del tercer día con los aromas, descubrieron
que estaba vacío, la piedra retirada, y
vieron a un joven vestido de blanco que les
habló de la resurrección de Jesús (Cfr. Mc
16, 6). Ciertamente, el cuerpo de Cristo ya
no estaba allí. A continuación fueron muchos
los que vieron a Jesús resucitado. Pero
ninguno fue testigo ocular de la
resurrección. Ninguno pudo decir cómo había
sucedido en su carácter físico. Y menos aún
fue perceptible a los sentidos su más íntima
esencia de paso a otra vida.
Este es el valor metahistórico de la
resurrección, que hay que considerar de modo
especial si queremos percibir de algún modo
el misterio de ese suceso histórico, pero
también transhistórico, como veremos a
continuación.
4. En efecto, la resurrección de Cristo no
fue una vuelta a la vida terrena, como había
sucedido en el caso de las resurrecciones
que El había realizado en el periodo
prepascual: la hija de Jairo, el joven de
Naín, Lázaro. Estos hechos eran sucesos
milagrosos (y, por lo tanto,
extraordinarios), pero las personas
afectadas volvían a adquirir, por el poder
de Jesús, la vida terrena «ordinaria». Al
llegar un cierto momento, murieron
nuevamente, como con frecuencia hace
observar San Agustín.
En el caso de la resurrección de Cristo, la
cosa es esencialmente distinta. En su cuerpo
resucitado El pasa del estado de muerte a
«otra» vida, ultratemporal y ultraterrestre.
El cuerpo de Jesús es colmado del poder del
Espíritu Santo en la resurrección, es hecho
participe de la vida divina en el estado de
gloria, de modo que podemos decir de Cristo,
con San Pablo, que es el «homo caelestis»
(Cfr. 1 Cor 15, 47 ss.).
En este sentido, la resurrección de Cristo
se encuentra más allá de la pura dimensión
histórica, es un suceso que pertenece a la
esfera metahistórica, y por eso escapa a los
criterios de la mera observación empírica
del hombre. Es verdad que Jesús, después de
la resurrección, se aparece a sus
discípulos, habla, conversa y hasta come con
ellos, invita a Tomás a tocarlo para que se
cerciore de su identidad: pero esta
dimensión real de su humanidad total encubre
la otra vida, que ya le pertenece y que le
aparta de lo «normal» de la vida terrena
ordinaria y lo sumerge en el «misterio».
5. Otro elemento misterioso de la
resurrección de Cristo lo constituye el
hecho de que el paso de la muerte a la vida
nueva sucedió por la intervención del poder
del Padre que «resucitó» (Cfr. Hech 2, 32) a
Cristo, su Hijo, y así introdujo de modo
perfecto su humanidad (también su cuerpo) en
el consorcio trinitario, de modo que Jesús
se manifestó como definitivamente
«constituido Hijo de Dios con poder, según
el Espíritu... por su resurrección de entre
los muertos» (Rom 1, 3-4). San Pablo insiste
en presentar la resurrección de Cristo como
manifestación del poder de Dios (Cfr. Rom 6,
4; 2 Cor 13, 4; Flp 3, 10; Col 2, 12; Ef
1,19 ss.; cfr. también Hb 7,16) por obra del
Espíritu que, al devolver la vida a Jesús,
lo ha colocado en el estado glorioso de
Señor (Kyrios), en el cual merece
definitivamente, también como hombre, ese
nombre de Hijo de Dios que le pertenece
eternamente (Cfr. Rom 8, 11; 9, 5; 14, 9;
Flp 2, 9-11; cfr. también Hb 1, 1-5; 5, 5,
etcétera).
6. Es significativo que muchos textos del
Nuevo Testamento muestren la resurrección de
Cristo como «resurrección de los muertos»,
llevada a cabo con el poder del Espíritu
Santo. Pero al mismo tiempo hablan de ella
como de un «resurgir en virtud de su propio
poder» (en griego: anéste), tal como lo
indica, por lo demás, en muchas lenguas la
palabra «resurrección». Este sentido activo
de la palabra (sustantivo verbal) se
encuentra también en los discursos
prepascuales de Jesús, por ejemplo, en los
anuncios de la pasión, cuando dice que el
Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho,
morir, y luego resucitar (Cfr. Mc 8, 31; 9,
9. 31;10, 34). En el Evangelio de Juan,
Jesús afirma explícitamente: «Yo doy mi
vida, para recobrarla de nuevo... Tengo
poder para darla y poder para recobrarla de
nuevo» (Jn 10, 17-18). También Pablo, en la
Primera Carta a los Tesalonicenses, escribe:
«Nosotros creemos que Jesús murió y
resucitó» (1 Tes 4, 14).
En los Hechos de los Apóstoles se proclama
muchas veces que «Dios ha resucitado a
Jesús...» (2, 24. 32; 3,15. 26, etcétera),
pero se habla también en sentido activo de
la resurrección de Jesús (Cfr. 10, 41), y en
esta perspectiva se resume la predicación de
Pablo en la sinagoga de Tesalónica, donde
«basándose en las Escrituras» demuestra que
«Cristo tenia que padecer y resucitar de
entre los muertos...» (Hech 17, 3).
De este conjunto de textos emerge el
carácter trinitario de la resurrección de
Cristo, que es «obra común» del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y, por lo tanto,
incluye en sí el misterio mismo de Dios.
7. La expresión «según las Escrituras», que
se encuentra en la Primera Carta a los
Corintios (15, 34) y en el Símbolo
niceno-constantinopolitano, pone de relieve
el carácter escatológico del suceso de la
resurrección de Cristo, en el cual se
cumplen los anuncios del Antiguo Testamento.
El mismo Jesús, según Lucas, hablando de su
pasión y de su gloria con los dos discípulos
de Emaús, los recrimina por ser tardos de
corazón «para creer todo lo que dijeron los
profetas», y después, «empezando por Moisés
y continuando por todos los profetas, les
explicó lo que había sobre él en todas las
Escrituras» (Lc 24, 26-27). Lo mismo sucedió
durante el último encuentro con los
Apóstoles, a quienes dijo: «Estas son
aquellas palabras mías que os hablé cuando
todavía estaba con vosotros: ¡Es necesario
que se cumpla todo lo que está escrito en la
Ley de Moisés, en los Profetas y en los
Salmos acerca de mi!. Y, entonces, abrió su
inteligencia para que comprendieran las
Escrituras, y les dijo: Así está escrito que
el Cristo padeciera y resucitara de entre
los muertos al tercer día, y se predicara en
su nombre la conversión para el perdón de
los pecados a todas las naciones, empezando
desde Jerusalén» (Lc 24, 44-48).
Era la interpretación mesiánica, que dio el
mismo Jesús al conjunto del Antiguo
Testamento y, de modo especial a los textos
que se referían más directamente al misterio
pascual, como los de Isaías sobre la
humillación y sobre la «exaltación» del
Siervo del Señor (Is 52, 13-53; 12), y los
del Salmo 109/110. A partir de esta
interpretación escatológica de Jesús, que
vinculaba el misterio pascual con el Antiguo
Testamento y proyectaba su luz sobre el
futuro (la predicación a todas las gentes),
los Apóstoles y los Evangelistas también
hablaron de la resurrección «según las
Escrituras», y se fijó a continuación la
fórmula del Credo. Era otra dimensión del
Acontecimiento como misterio.
8. De todo lo que hemos dicho se deduce
claramente que la resurrección de Cristo es
el mayor evento en la historia de la
salvación y, más aún, podemos decir que en
la historia de la humanidad, puesto que da
sentido definitivo al mundo. Todo el
mundo gira en torno a la cruz, pero la cruz
sólo alcanza en la resurrección su pleno
significado en evento salvífico. Cruz y
resurrección forman el único misterio
pascual, en el que tiene su evento cargado
de todos los anuncios del Antiguo
Testamento, comenzando por el
«Protoevangelio» de la redención y de todas
las esperanzas y las expectativas
escatológicas que se proyectan hacia la
«plenitud del tiempo» que se llevó a cabo
cuando el reino de Dios entró
definitivamente en la historia del hombre y
en el orden universal de la salvación.
08-03-89 La resurrección culmen de la
Revelación
1. En la Carta de San Pablo a los Corintios,
recordada ya varias veces a lo largo de
estas catequesis sobre la resurrección de
Cristo, leemos estas palabras del Apóstol:
«Si no resucitó Cristo, vacía es nuestra
predicación, vacía es también vuestra fe» (1
Cor 15, 14). Evi