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[1] JESUCRISTO, signo primordial de credibilidad (Jutta Burggraf)

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Jesucristo, signo primordial de credibilidad

Jesucristo,
signo primordial de credibilidad
(*)


Durante algún tiempo, las razones para creer han sido buscadas en argumentos externos a Jesucristo, pero se ha visto cada vez con más claridad que este modo de argumentar no es suficiente.

Por Jutta Burggraf
Arvo Net, 8.4.2007


Durante algún tiempo, las razones para creer han sido buscadas en argumentos externos a Jesucristo, por ejemplo en los milagros y profecías. Pero se ha visto cada vez con más claridad que este modo de argumentar no es suficiente. Si alguien nos dice, por ejemplo, que una persona pagana o atea, en algún país lejano, está realizando grandes milagros, ¿lo creemos? ¿O pensamos más bien que se trata de alucinaciones, ignorancia de los espectadores, trucos mágicos, fraude?

Estamos probablemente más inclinados a aceptar un milagro si la persona que actúa es cristiana, ya que Dios muestra su omnipotencia, a veces, a través de los hombres. Pero entonces aceptamos la noticia no por el milagro en sí, sino por nuestra fe en Dios y por la supuesta unión del protagonista con Dios. Por eso, afirma Lewis, el “gran milagro”, el milagro central afirmado por el cristianismo es la Encarnación. “La credibilidad de cada milagro en particular depende de su relación al Gran Milagro; toda discusión de los milagros separada de él es fútil.”[1]

Un cierto cambio en la argumentación se dio cuando algunos autores fijaron su atención en Jesús mismo para, a partir de Él, llegar a Cristo: “Per Iesum ad Christum”.[2] Esta nueva perspectiva supuso un progreso importante y hoy en día no se puede prescindir de ella. Sin embargo, debe ser integrada en otra más amplia: es Cristo, y Cristo entendido en la plenitud de su misterio, el verdadero signo de credibilidad, de forma que toda otra razón que prepare para la fe se debe reconducir a Él.

El cristianismo no es principalmente una suma de doctrinas, instituciones y estructuras, aunque éstas, ciertamente, tienen también importancia. Por encima de todo, el cristianismo es Jesucristo y la comunión con Él. “Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos.”[3]

¿Qué podemos saber realmente de Jesucristo?

1. La narración de la historia de Jesús

Jesús no es un mito, ni una idea atemporal; es un personaje histórico, en el sentido pleno del término: ha vivido realmente al comienzo del primer siglo de la era cristiana (7-4 a.C.-30 d.C.). Con Él toma el nombre y arranca la cuenta del tiempo. Todo hablar de Jesús debe, por tanto, confrontarse con su historia, de la que recibe aval y fundamento. Así, la predicación de San Pedro es como la narración de lo más importante de la historia de Jesús: “Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno...”[4] En Él la historia -sus palabras, sus gestos y acontecimientos- es salvación.

La fuente sin duda más importante para conocer la vida y la obra de Jesús son los escritos del Nuevo Testamento.[5] Juan Pablo II los llama “testimonios históricos”; dan noticia de un “gran acontecimiento”, que también los historiadores no cristianos mencionan.”[6]

Dentro del Nuevo Testamento, el acceso histórico a Jesús viene proporcionado, sobre todo, por los Evangelios. ¿Pero se puede narrar la historia de Jesús? ¿Estas fuentes son científicamente fiables y ofrecen, además, material suficiente para conocer la vida de Jesús?

En el siglo XVIII se inició un debate sobre la credibilidad de las fuentes cristianas que varios autores pusieron en duda.[7] Este debate puede considerarse superado hoy en día, al menos en gran parte. Los especialistas contemporáneos tienden en general a considerar con gran confianza el fundamento histórico de las narraciones evangélicas. A la vez explican que no son biografías según nuestra mentalidad moderna. En efecto, no son biografías como las que estamos acostumbrados a leer actualmente, que nos dan a conocer la cronología y el desarrollo del carácter psicológico del héroe. No obstante, los Evangelios corresponden exactamente a lo que se entendía en el mundo greco-romano por una biografía. La característica más importante de este género literario era la atención exclusiva al sujeto: el personaje biografiado solía ser el único protagonista del escrito.[8]

En grandes líneas, podemos decir que “se ha pasado de una consideración ingenua de los Evangelios como biografías de Jesús a la negación de tal calificación y, por fin, a un retorno críticamente documentado de su valor no sólo histórico, sino también ‘biográfico’ en el significado de las biografías helenísticas del tiempo.”[9] Hoy en día se puede dar por concluido el giro completo que ha tomado la interpretación bíblica.

Los investigadores han ido reconociendo cada vez más que no hay motivo alguno para el escepticismo en lo que respecta a la capacidad del conocimiento histórico. Los Evangelios pueden ser considerados como verdaderas y propias “vidas” de Jesús. Pueden desarrollarse criterios apropiados para sacar a la luz tanto sus palabras, como sus obras. Aunque no podamos escribir una “vida de Jesús” en el sentido de una biografía moderna, ni trazar una imagen exhaustiva de su personalidad (que informe, por ejemplo, acerca de su aspecto físico), el Jesús de la historia se nos presenta en los Evangelios tan vivo e inconfundible que hoy existe entre los autores un amplio consenso sobre los rasgos fundamentales de su predicación y de su acción. Ha quedado de nuevo aclarado que los Evangelios transmiten el mensaje y los hechos de Jesús con fidelidad.[10]

El objetivo del Nuevo Testamento no consiste en presentar una información puramente histórica de Jesús. Los evangelistas pretenden sobre todo transmitir el testimonio de la fe eclesial sobre Jesucristo.[11] Por esto, no nos ofrecen una fotografía de su Señor, sino un retrato, es decir, su imagen interpretada y meditada.

El Concilio Vaticano II recoge y confirma los logros más importantes de la investigación sobre Jesucristo: “La Santa Madre Iglesia ha defendido siempre y en todas partes, con firmeza y máxima constancia, que los cuatro Evangelios mencionados, cuya historicidad afirma sin dudar, narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación de todos hasta el día de la Ascensión.”[12] 

2. Testimonio del amor misericordioso

Una vez aceptada la validez histórica de los Evangelios, podemos preguntarnos: ¿qué razones llevaron a los conciudadanos de Jesús a creer en Él?

Jesús se presenta a Sí mismo como enviado por Dios para cumplir las promesas hechas por Yahvé desde Abraham en adelante. El centro de su mensaje es que el Reino de Dios ha llegado: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.”[13] En otras palabras, Jesús afirma que la esperanza veterotestamentaria en un reino ideal de justicia y paz se ha realizado.[14] Pero este Reino no es de carácter político, social o cultural, ni un programa de reforma, ni tampoco una utopía que nos remita al futuro. No es obra y fruto del esfuerzo del hombre, sino exclusivamente don de Dios. En última instancia, la venida del Reino significa la venida del mismo Dios.

Las obras de Jesucristo estuvieron acompañadas desde el principio por la acción del Espíritu: en el bautismo que recibió de Juan,[15] en su predicación,[16] en su lucha contra los demonios,[17] en su ofrecimiento en la cruz[18] y en su resurrección. El nombre “Cristo” fue originalmente un título: Jesús es el ungido por el Espíritu, el Mesías. Pero Jesucristo no es el portador del Espíritu como los profetas. Posee el Espíritu divino con una plenitud sin medida. En su predicación en Nazaret, Jesús hace suya la esperanza del Antiguo Testamento: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.”[19] Jesús vincula su mensaje a su Persona. Así puede decir: “¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque yo os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron; y oír lo que oís y no lo oyeron.”[20] Mientras los profetas del Antiguo Testamento se remitían expresamente a Yahvé e indicaban, cada vez, que su mensaje era “palabra de Dios”, Jesús habla siempre en primera persona: “Yo os digo.” Testimonia así que actúa con el poder de Dios. Para muchos israelitas, en efecto, Jesús es más que un simple profeta.[21] Están esperando con ansia al Prometido por Dios y llegan a considerar a Jesús como el enviado, como Mesías. Se basan, sobre todo, en los muchos prodigios que obra en las situaciones más diversas y ante muchas personas. Después de ver sus milagros, exclaman: “Éste es sin duda el profeta que iba a venir al mundo;”[22] “y creían en Jesús.”[23]

La gente se entusiasma, porque Jesús les da pan, salud y vida.[24] Observan que este mismo Jesús se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de una mujer y no puede dejar de consolarle. En efecto, se acerca a ella y le dice: “¡No llores!”[25] Así, descubren en los milagros, cada vez más claramente, la manifestación del amor de Dios hacia los hombres, particularmente hacia los que se encuentran en situaciones dolorosas o de marginación. “Un atento estudio de los textos evangélicos nos revela que ningún otro motivo, a no ser el amor hacia el hombre, el amor misericordioso, explica los ‘milagros y señales’ del Hijo del hombre... Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para castigar a nadie, ni siquiera a los que eran culpables.”[26]

Jesús no rechaza a los pecadores, sino que les muestra también a ellos el amor sin límite de Dios. Les ofrece el perdón y anuncia su Buena Nueva contra la estrechez de corazón de aquellos que no quieren ver ni aceptar la misericordia de Dios. “Deberías alegrarte porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.”[27]

El amor a una persona es la llave que abre el corazón del otro para recibir sus palabras y regalos, y para creer lo que dice. El amor engendra confianza y es capaz de provocar cambios profundos. Se sigue a un amigo, y a nadie más. El amor de Jesús a todas las personas ha influido, ciertamente, de modo poderoso sobre las disposiciones interiores de los que se encontraron con Él. Este amor misericordioso es un motivo importante para creer, un motivo que actúa de manera particular, pues no está dirigido a la inteligencia, sino directamente al corazón y a la voluntad. Nos encontramos ante una razón que podríamos llamar del corazón y que se basa en la libertad del amor. “No es un motivo para creer que actúe al margen de la inteligencia, sino unido a ella; es un motivo que añade la intervención del corazón y de la voluntad, necesaria muchas veces para que el hombre llegue a alcanzar metas que sólo con la inteligencia no percibe, o percibe de modo confuso... El dinamismo del corazón y de la voluntad es tan humano como el dinamismo de la inteligencia; y en muchas ocasiones resulta más importante y decisivo.”[28] El amor de Jesús es quizá el motivo más decisivo para que una persona se abra a la fe. Constituye, en definitiva, una respuesta divina al deseo y a la necesidad de amor que cada hombre experimenta. 

3. El testimonio del Hijo

¿Dónde está “el secreto de la atracción” que ejerce Jesús de Nazaret?[29] Hay que señalar que Jesús nunca se llamó “Dios” a sí mismo.[30] Tampoco llamó “Dios” a Yahvé, cuando se dirigía a Él. En cambio se autodenominó con la expresión “el Hijo”; y a Dios le llamó “Padre”. Esto indica su conciencia de tener una relación singular y muy familiar con Dios.

Jesús, al revelar la paternidad de Dios, dio a conocer también su Filiación eterna. “El Hijo que vino al mundo para revelar al Padre tal como Él sólo lo conoce, se ha revelado simultáneamente a sí mismo, tal como es conocido sólo por el Padre.”[31] Se presentó como Hijo en sentido propio y verdadero: como igual a Dios.[32] Los israelitas entendían su mensaje que chocó fuertemente con la fe monoteísta, tal como era entendida por los jefes del pueblo, e incluso algunos lo juzgaron como una blasfemia. Los evangelistas destacan que condenaron a muerte a Jesús precisamente porque declaró que era el Hijo de Dios.[33]

El testimonio verbal de Jesucristo sobre su relación con el Padre está unido a su conducta filial. Durante toda su vida testimonió su Filiación divina con obras de obediencia y fidelidad; buscó seguir la voluntad del Padre en cada momento. Afirmó que estaba en el Padre y el Padre en Él;[34] así no era posible que en su comportamiento se separase mínimamente de su Padre, ni de lo que quería su Padre.

San Juan pone especialmente de relieve la importancia de la obediencia filial en la vida de Jesucristo.[35] El Hijo fue obediente hasta la muerte de cruz.[36] El sufrimiento que experimentó al cumplir la voluntad del Padre, concedió a su fidelidad un valor singular. “Precisamente esta obediencia al Padre, libremente aceptada, esta sumisión al Padre, en antítesis a la ‘desobediencia’ del primer Adán, continúa siendo la expresión de la más profunda unión entre el Padre y el Hijo, reflejo de la unidad trinitaria.”[37]

La muerte en la cruz constituye el testimonio definitivo que dio Jesús de su Filiación eterna -el más alto posible mientras estaba en esta vida terrena:[38] “Cristo, revelador del Padre y revelador de sí mismo como Hijo del Padre, murió porque hasta el final dio testimonio veraz de su Filiación divina.”[39] Al mismo tiempo, la cruz es una prueba grandiosa de la veracidad del testimonio de quien, por fidelidad a su palabra, sacrificó su vida. Es una prueba que, ciertamente, no se puede comprender sino a la luz de la Resurrección. 

4. La Resurrección, piedra angular del misterio de Cristo

La cruz no es la última palabra en el cristianismo. La Resurrección de Jesús ha constituido desde el comienzo el fundamento de la fe y el contenido esencial de la predicación cristiana.[40] En el Nuevo Testamento existen fórmulas que proclaman, con sencillez y entusiasmo, la muerte y la Resurrección del Señor.[41]

El apóstol Pablo consideraba la Resurrección como la piedra angular del misterio de Cristo. A los fieles de Corintio, que albergaban dudas sobre la realidad de la Resurrección, les escribe con gran energía: “Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros, porque en nuestro testimonio le atribuimos falsamente haber resucitado a Cristo, cosa que no ha hecho si es verdad que los muertos no resucitan.”[42] Para justificar la verdad de este documento, San Pablo se remite al “evangelio” recibido en el tiempo de su conversión y transmitido por él a los Corintios. Les dice: “Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras.”[43] Son de suma importancia aquí las referencias a las alusiones veterotestamentarias.[44] Para la mentalidad hebrea, el recurso a la Escritura tenía más valor testimonial que la misma experiencia personal de los discípulos.

Para reforzar la realidad de la Resurrección, San Pablo habla de las apariciones de Jesús resucitado, utilizando el verbo ophte (“fue visto”, “apareció”), que se refiere a percepciones reales y externas al sujeto, y no a sueños o ilusiones.[45] Hace un amplio elenco de los testimonios del Resucitado que se apareció a Pedro,[46] a los doce apóstoles[47] y a muchos otros. El apóstol no menciona explícitamente las apariciones a las mujeres, probablemente porque su testimonio no tenía valor jurídico en la cultura hebrea del tiempo. Conviene tener en cuenta que los que testifican haber visto a Cristo Resucitado, son los mismos Apóstoles que se ocultaron decepcionados después de la crucifixión de su Señor. No esperaban la Resurrección, como tampoco habían esperado la muerte, pues no comprendían las Escrituras.[48] “Los Apóstoles y los discípulos no inventaron la Resurrección (y es fácil comprender que eran totalmente incapaces de una acción semejante),” destaca el Papa Juan Pablo II resumiendo las investigaciones modernas al respecto; y sigue: “No hay huella de un proceso creativo de orden psicológico-sociológico-literario ni siquiera en la comunidad primitiva o en los autores de los primeros siglos. Los Apóstoles fueron los primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias, porque vieron la Resurrección como un acontecimiento real del que pudieron convencerse personalmente al encontrarse varias veces con Cristo nuevamente vivo.”[49] La fe en la Resurrección es, desde el principio, una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real; no es un mito, ni una alucinación o una idea inventada por los primeros cristianos.

No hay otro camino para una comprensión real de Jesús que el camino que siguió la Iglesia primitiva: volver la mirada de la Resurrección al Jesús histórico y contemplar su vida y su obra terrena desde la perspectiva y la luz de la Pascua. Sólo entonces se puede entrar en el misterio del Hijo de Dios y vislumbrar su unión perfecta con el Padre en el Espíritu Santo.

La Resurrección es a la vez un gran misterio y un hecho histórico. Es un acontecimiento trascendente, una obra de Dios que nadie ha “visto” directamente. Pero tiene una cara dirigida a la historia: se produce en un momento preciso de nuestro tiempo y en un lugar concreto. Es un acontecimiento que se inicia en la historia y termina fuera de la historia. “Jesús ‘toca’ la historia y este ‘contacto’ puede ser, por tanto, documentado.”[50] Como la Resurrección se inicia en la historia, está atestiguada en las fuentes. Pero no se trata de una historicidad directa, sino indirecta. Los Evangelios no relatan la Resurrección en su puntual acontecimiento en el momento,[51] sino que recogen inmediatamente la fe de los discípulos en el Cristo resucitado, en base a dos hechos concretos, el sepulcro vacío y el ciclo de apariciones.

El sepulcro vacío es importante porque nos muestra que los Apóstoles hablaron de un modo sumamente concreto sobre la Resurrección. Pero no es una demostración de que Jesús verdaderamente haya resucitado. “Es sólo un elemento que asegura su anclaje en la historia y dispone la mente a su conocimiento.”[52] No es una prueba, sino un signo de credibilidad.

La Resurrección nos hace conocer más a Dios y su omnipotencia amorosa. Pero no sólo tiene un gran significado cristológico y trinitario; tiene también un profundo sentido soteriológico: es para nosotros. “Si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás.”[53] La Resurrección de Jesús significa la completa recomposición de la amistad entre Dios y nosotros y hace posible nuestra futura resurrección. Es, por tanto, el coronamiento de la historia y la confirmación de que la salvación del hombre no es una utopía, sino una realidad.
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[1] C. S. LEWIS: Los milagros, Madrid 1991, p.177s.
[2] Es decir, cuando una persona considera la vida terrena del Hijo de Dios (Jesús), puede llegar a creer en su divinidad (Cristo). Cf. K. ADAM: Jesucristo, Barcelona 1970, p.50s. La primera edición alemana de esta obra apareció en 1933.[3] J. Escrivá de Balaguer: Amigos de Dios, Madrid 1977, n.299.[4] Hch 2,22.
[5] Las noticias extrabíblicas sobre Jesús son escasas y posteriores, de finales del siglo I y principios del siglo II (fuentes romanas: Tácito, Plinio el Joven, Suetonio; fuentes judías: Flavio Josefo, el Talmud). A pesar de todo, ningún investigador serio discute hoy que Jesús vivió realmente en Palestina y que murió crucificado en Jerusalén, siendo gobernador Poncio Pilato.[6] JUAN PABLO II: Tertio millennio adveniente. Carta apostólica para la preparación del Jubileo del Año 2000, 1994.[7] Para este párrafo cf. COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000: Jesucristo, Salvador del mundo, 4. ed. Madrid 1996, p.71-81.[8] Este descubrimiento lo realizó, en primer lugar, el investigador Clyde Weber Votaw, en 1915, comparando los Evangelios con la literatura biográfica del mundo greco-romano, en concreto con las vidas del filósofo Sócrates (469-399 a.C.), biografiado por sus discípulos Platón (Diálogos) y Jenofonte (Memorables); del taumaturgo Apolonio de Tiana (10-97 d.C.), contemporáneo de Jesús, biografiado por Filóstrato; del filósofo Epicteto (50-130 d.C.), biografiado por su discípulo Arriano de Tiana.[9] Cf. COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000: Jesucristo, Salvador del mundo, cit., p.74.[10] Cf. DV 19.
[11] Cf. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL:Quaestiones selectae de Christologia (1979), en Documenta-Documenti (1969-1985), Ciudad del Vaticano 1988, p.259.[12] DV 19. Cf. Hch 1,1-2.
[13] Mc 1,14-15.
[14] Cf. Dn 2,44; 7,27.
[15] Cf. Mc 1,10.
[16] Cf. Lc 4,18.
[17] Cf. Mt 4,1; 12,28.
[18] Cf. Rm 1,4; 8,11.
[19] Lc 4,18-19.
[20] Lc 10,23-24.
[21] Cf. Mt 16,13-14; Mc 6,2-3. 14-15; Jn 7,40-52.
[22] Jn 6,14.
[23] Jn 12,9-11.
[24] Para lo que sigue, cf. F. OCÁRIZ y A. BLANCO: Revelación, fe y credibilidad, cit., pp.445-450.[25] Lc 7,13.
[26] JUAN PABLO II: Discurso, 9-XII-1987, en Creo en Jesucristo. Catequesis del Credo II, Madrid 1996, pp.195-198.
[27] Lc 15,32. Cf. el Catecismo Católico para Adultos. La fe de la Iglesia, publicado por la CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, cit., p.160.[28] F. OCÁRIZ y A. BLANCO: Revelación, fe y credibilidad, cit., p.448.[29] JUAN PABLO II: Discurso 30-X-1985, en Creo en Dios Padre, Madrid 1996, p.154.
[30] Para este epígrafe cf. F. OCÁRIZ y A. BLANCO: Revelación, fe y credibilidad, cit., pp.457-466.[31] JUAN PABLO II: Discurso 30-X-1985, en Creo en Dios Padre, cit., p.155.
[32] Cf. Jn 8,12-59.
[33] Cf. Mt 26,63-66; Mc 14,61-64; Lc 22,70-71.
[34] Cf. Jn 14,10-11.
[35] Cf. Jn 4,34; 5,30; 8,28.
[36] Cf. lo dicho en el capítulo 4, II.3. de este libro.[37] JUAN PABLO II: Discurso 24-VI-1987, en Creo en Jesucristo, cit., p.96.
[38] Cf. JUAN PABLO II: Discurso 8-VII-1987, en Creo en Jesucristo, cit., p.100-104.
[39] JUAN PABLO II: Discurso 30-X-1985, en Creo en Dios Padre, cit., p.156.
[40] Para este párrafo, cf. COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000: Jesucristo, Salvador del mundo, cit., pp.113-129.[41] Cf. 1 Tes 4,14; Rm 4,24s.; Ga 1,4; 2,30; Ef 5,2-25.
[42] 1 Co 15,14-16.
[43] 1 Co 15,3-4.
[44] Cf. Dt 32,39; 1 Sam 2,6; Is 38,16; Os 6,2; Jon 2,7; Sal 16,10; 30,3-4.
[45] Cf. Hch 16,9.
[46] Cf. Lc 24,34.
[47] Cf. Lc 24, 36-43; Jn 20, 19-23.
[48] Cf. Lc 24,25.
[49] JUAN PABLO II: Discurso, 1-II-1989, en Creo en Jesucristo, cit., pp.405-406.
[50] COMITÉ PARA EL JUBILEO DEL AÑO 2000: Jesucristo, Salvador del mundo, cit., p.123.[51] Sólo el evangelio apócrifo de Pedro intenta hablar del momento exacto de la Resurrección, describiendo un enorme fantasma que se alza hasta el cielo.[52] F. OCÁRIZ y A. BLANCO: Revelación, fe y credibilidad, cit., p.477.[53] Rm 10,9.

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* En el libro: Teología fundamental. Manual de Iniciación. Ediciones Rialp, Madrid 2001. Cortesía para Arvo.net.
 

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