Durante algún
tiempo, las
razones para
creer han sido
buscadas en
argumentos
externos a
Jesucristo, por
ejemplo en los
milagros y
profecías. Pero
se ha visto cada
vez con más
claridad que
este modo de
argumentar no es
suficiente. Si
alguien nos
dice, por
ejemplo, que una
persona pagana o
atea, en algún
país lejano,
está realizando
grandes
milagros, ¿lo
creemos? ¿O
pensamos más
bien que se
trata de
alucinaciones,
ignorancia de
los
espectadores,
trucos mágicos,
fraude?
Estamos
probablemente más
inclinados a aceptar
un milagro si la
persona que actúa es
cristiana, ya que
Dios muestra su
omnipotencia, a
veces, a través de
los hombres. Pero
entonces aceptamos
la noticia no por el
milagro en sí, sino
por nuestra fe en
Dios y por la
supuesta unión del
protagonista con
Dios. Por eso,
afirma Lewis, el
“gran milagro”, el
milagro central
afirmado por el
cristianismo es la
Encarnación. “La
credibilidad de cada
milagro en
particular depende
de su relación al
Gran Milagro; toda
discusión de los
milagros separada de
él es fútil.”[1]
Un cierto cambio en
la argumentación se
dio cuando algunos
autores fijaron su
atención en Jesús
mismo para, a partir
de Él, llegar a
Cristo: “Per Iesum
ad Christum”.[2]
Esta nueva
perspectiva supuso
un progreso
importante y hoy en
día no se puede
prescindir de ella.
Sin embargo, debe
ser integrada en
otra más amplia: es
Cristo, y Cristo
entendido en la
plenitud de su
misterio, el
verdadero signo de
credibilidad, de
forma que toda otra
razón que prepare
para la fe se debe
reconducir a Él.
El cristianismo no
es principalmente
una suma de
doctrinas,
instituciones y
estructuras, aunque
éstas, ciertamente,
tienen también
importancia. Por
encima de todo, el
cristianismo es
Jesucristo y la
comunión con Él.
“Seguir a Cristo:
éste es el secreto.
Acompañarle tan de
cerca, que vivamos
con Él, como
aquellos primeros
doce; tan de cerca,
que con Él nos
identifiquemos.”[3]
¿Qué podemos saber
realmente de
Jesucristo?
1. La narración de
la historia de Jesús
Jesús no es un mito,
ni una idea
atemporal; es un
personaje histórico,
en el sentido pleno
del término: ha
vivido realmente al
comienzo del primer
siglo de la era
cristiana (7-4
a.C.-30 d.C.). Con
Él toma el nombre y
arranca la cuenta
del tiempo. Todo
hablar de Jesús
debe, por tanto,
confrontarse con su
historia, de la que
recibe aval y
fundamento. Así, la
predicación de San
Pedro es como la
narración de lo más
importante de la
historia de Jesús:
“Escuchadme,
israelitas: Os hablo
de Jesús
Nazareno...”[4] En
Él la historia -sus
palabras, sus gestos
y acontecimientos-
es salvación.
La fuente sin duda
más importante para
conocer la vida y la
obra de Jesús son
los escritos del
Nuevo Testamento.[5]
Juan Pablo II los
llama “testimonios
históricos”; dan
noticia de un “gran
acontecimiento”, que
también los
historiadores no
cristianos
mencionan.”[6]
Dentro del Nuevo
Testamento, el
acceso histórico a
Jesús viene
proporcionado, sobre
todo, por los
Evangelios. ¿Pero se
puede narrar la
historia de Jesús?
¿Estas fuentes son
científicamente
fiables y ofrecen,
además, material
suficiente para
conocer la vida de
Jesús?
En el siglo XVIII se
inició un debate
sobre la
credibilidad de las
fuentes cristianas
que varios autores
pusieron en duda.[7]
Este debate puede
considerarse
superado hoy en día,
al menos en gran
parte. Los
especialistas
contemporáneos
tienden en general a
considerar con gran
confianza el
fundamento histórico
de las narraciones
evangélicas. A la
vez explican que no
son biografías según
nuestra mentalidad
moderna. En efecto,
no son biografías
como las que estamos
acostumbrados a leer
actualmente, que nos
dan a conocer la
cronología y el
desarrollo del
carácter psicológico
del héroe. No
obstante, los
Evangelios
corresponden
exactamente a lo que
se entendía en el
mundo greco-romano
por una biografía.
La característica
más importante de
este género
literario era la
atención exclusiva
al sujeto: el
personaje
biografiado solía
ser el único
protagonista del
escrito.[8]
En grandes líneas,
podemos decir que
“se ha pasado de una
consideración
ingenua de los
Evangelios como
biografías de Jesús
a la negación de tal
calificación y, por
fin, a un retorno
críticamente
documentado de su
valor no sólo
histórico, sino
también ‘biográfico’
en el significado de
las biografías
helenísticas del
tiempo.”[9] Hoy en
día se puede dar por
concluido el giro
completo que ha
tomado la
interpretación
bíblica.
Los investigadores
han ido reconociendo
cada vez más que no
hay motivo alguno
para el escepticismo
en lo que respecta a
la capacidad del
conocimiento
histórico. Los
Evangelios pueden
ser considerados
como verdaderas y
propias “vidas” de
Jesús. Pueden
desarrollarse
criterios apropiados
para sacar a la luz
tanto sus palabras,
como sus obras.
Aunque no podamos
escribir una “vida
de Jesús” en el
sentido de una
biografía moderna,
ni trazar una imagen
exhaustiva de su
personalidad (que
informe, por
ejemplo, acerca de
su aspecto físico),
el Jesús de la
historia se nos
presenta en los
Evangelios tan vivo
e inconfundible que
hoy existe entre los
autores un amplio
consenso sobre los
rasgos fundamentales
de su predicación y
de su acción. Ha
quedado de nuevo
aclarado que los
Evangelios
transmiten el
mensaje y los hechos
de Jesús con
fidelidad.[10]
El objetivo del
Nuevo Testamento no
consiste en
presentar una
información
puramente histórica
de Jesús. Los
evangelistas
pretenden sobre todo
transmitir el
testimonio de la fe
eclesial sobre
Jesucristo.[11] Por
esto, no nos ofrecen
una fotografía de su
Señor, sino un
retrato, es decir,
su imagen
interpretada y
meditada.
El Concilio Vaticano
II recoge y confirma
los logros más
importantes de la
investigación sobre
Jesucristo: “La
Santa Madre Iglesia
ha defendido siempre
y en todas partes,
con firmeza y máxima
constancia, que los
cuatro Evangelios
mencionados, cuya
historicidad afirma
sin dudar, narran
fielmente lo que
Jesús, el Hijo de
Dios, viviendo entre
los hombres, hizo y
enseñó realmente
para la eterna
salvación de todos
hasta el día de la
Ascensión.”[12]
2. Testimonio del
amor misericordioso
Una vez aceptada la
validez histórica de
los Evangelios,
podemos
preguntarnos: ¿qué
razones llevaron a
los conciudadanos de
Jesús a creer en Él?
Jesús se presenta a
Sí mismo como
enviado por Dios
para cumplir las
promesas hechas por
Yahvé desde Abraham
en adelante. El
centro de su mensaje
es que el Reino de
Dios ha llegado: “Se
ha cumplido el
plazo, está cerca el
Reino de Dios:
convertíos y creed
en el
Evangelio.”[13] En
otras palabras,
Jesús afirma que la
esperanza
veterotestamentaria
en un reino ideal de
justicia y paz se ha
realizado.[14] Pero
este Reino no es de
carácter político,
social o cultural,
ni un programa de
reforma, ni tampoco
una utopía que nos
remita al futuro. No
es obra y fruto del
esfuerzo del hombre,
sino exclusivamente
don de Dios. En
última instancia, la
venida del Reino
significa la venida
del mismo Dios.
Las obras de
Jesucristo
estuvieron
acompañadas desde el
principio por la
acción del Espíritu:
en el bautismo que
recibió de Juan,[15]
en su
predicación,[16] en
su lucha contra los
demonios,[17] en su
ofrecimiento en la
cruz[18] y en su
resurrección. El
nombre “Cristo” fue
originalmente un
título: Jesús es el
ungido por el
Espíritu, el Mesías.
Pero Jesucristo no
es el portador del
Espíritu como los
profetas. Posee el
Espíritu divino con
una plenitud sin
medida. En su
predicación en
Nazaret, Jesús hace
suya la esperanza
del Antiguo
Testamento: “El
Espíritu del Señor
está sobre mí,
porque Él me ha
ungido. Me ha
enviado para
anunciar el
Evangelio a los
pobres, para
anunciar a los
cautivos la
libertad, y a los
ciegos, la vista;
para dar libertad a
los oprimidos, para
anunciar el año de
gracia del
Señor.”[19] Jesús
vincula su mensaje a
su Persona. Así
puede decir:
“¡Dichosos los ojos
que ven lo que
vosotros veis!
Porque yo os digo
que muchos profetas
y reyes desearon ver
lo que veis vosotros
y no lo vieron; y
oír lo que oís y no
lo oyeron.”[20]
Mientras los
profetas del Antiguo
Testamento se
remitían
expresamente a Yahvé
e indicaban, cada
vez, que su mensaje
era “palabra de
Dios”, Jesús habla
siempre en primera
persona: “Yo os
digo.” Testimonia
así que actúa con el
poder de Dios. Para
muchos israelitas,
en efecto, Jesús es
más que un simple
profeta.[21] Están
esperando con ansia
al Prometido por
Dios y llegan a
considerar a Jesús
como el enviado,
como Mesías. Se
basan, sobre todo,
en los muchos
prodigios que obra
en las situaciones
más diversas y ante
muchas personas.
Después de ver sus
milagros, exclaman:
“Éste es sin duda el
profeta que iba a
venir al mundo;”[22]
“y creían en
Jesús.”[23]
La gente se
entusiasma, porque
Jesús les da pan,
salud y vida.[24]
Observan que este
mismo Jesús se
siente sencillamente
afectado por el
sufrimiento de una
mujer y no puede
dejar de consolarle.
En efecto, se acerca
a ella y le dice:
“¡No llores!”[25]
Así, descubren en
los milagros, cada
vez más claramente,
la manifestación del
amor de Dios hacia
los hombres,
particularmente
hacia los que se
encuentran en
situaciones
dolorosas o de
marginación. “Un
atento estudio de
los textos
evangélicos nos
revela que ningún
otro motivo, a no
ser el amor hacia el
hombre, el amor
misericordioso,
explica los
‘milagros y señales’
del Hijo del
hombre... Ningún
milagro ha sido
realizado por Jesús
para castigar a
nadie, ni siquiera a
los que eran
culpables.”[26]
Jesús no rechaza a
los pecadores, sino
que les muestra
también a ellos el
amor sin límite de
Dios. Les ofrece el
perdón y anuncia su
Buena Nueva contra
la estrechez de
corazón de aquellos
que no quieren ver
ni aceptar la
misericordia de
Dios. “Deberías
alegrarte porque tu
hermano estaba
muerto y ha vuelto a
la vida, se había
perdido y ha sido
hallado.”[27]
El amor a una
persona es la llave
que abre el corazón
del otro para
recibir sus palabras
y regalos, y para
creer lo que dice.
El amor engendra
confianza y es capaz
de provocar cambios
profundos. Se sigue
a un amigo, y a
nadie más. El amor
de Jesús a todas las
personas ha
influido,
ciertamente, de modo
poderoso sobre las
disposiciones
interiores de los
que se encontraron
con Él. Este amor
misericordioso es un
motivo importante
para creer, un
motivo que actúa de
manera particular,
pues no está
dirigido a la
inteligencia, sino
directamente al
corazón y a la
voluntad. Nos
encontramos ante una
razón que podríamos
llamar del corazón y
que se basa en la
libertad del amor.
“No es un motivo
para creer que actúe
al margen de la
inteligencia, sino
unido a ella; es un
motivo que añade la
intervención del
corazón y de la
voluntad, necesaria
muchas veces para
que el hombre llegue
a alcanzar metas que
sólo con la
inteligencia no
percibe, o percibe
de modo confuso...
El dinamismo del
corazón y de la
voluntad es tan
humano como el
dinamismo de la
inteligencia; y en
muchas ocasiones
resulta más
importante y
decisivo.”[28] El
amor de Jesús es
quizá el motivo más
decisivo para que
una persona se abra
a la fe. Constituye,
en definitiva, una
respuesta divina al
deseo y a la
necesidad de amor
que cada hombre
experimenta.
3. El
testimonio del Hijo
¿Dónde está “el
secreto de la
atracción” que
ejerce Jesús de
Nazaret?[29] Hay que
señalar que Jesús
nunca se llamó
“Dios” a sí
mismo.[30] Tampoco
llamó “Dios” a
Yahvé, cuando se
dirigía a Él. En
cambio se
autodenominó con la
expresión “el Hijo”;
y a Dios le llamó
“Padre”. Esto indica
su conciencia de
tener una relación
singular y muy
familiar con Dios.
Jesús, al revelar la
paternidad de Dios,
dio a conocer
también su Filiación
eterna. “El Hijo que
vino al mundo para
revelar al Padre tal
como Él sólo lo
conoce, se ha
revelado
simultáneamente a sí
mismo, tal como es
conocido sólo por el
Padre.”[31] Se
presentó como Hijo
en sentido propio y
verdadero: como
igual a Dios.[32]
Los israelitas
entendían su mensaje
que chocó
fuertemente con la
fe monoteísta, tal
como era entendida
por los jefes del
pueblo, e incluso
algunos lo juzgaron
como una blasfemia.
Los evangelistas
destacan que
condenaron a muerte
a Jesús precisamente
porque declaró que
era el Hijo de
Dios.[33]
El testimonio verbal
de Jesucristo sobre
su relación con el
Padre está unido a
su conducta filial.
Durante toda su vida
testimonió su
Filiación divina con
obras de obediencia
y fidelidad; buscó
seguir la voluntad
del Padre en cada
momento. Afirmó que
estaba en el Padre y
el Padre en Él;[34]
así no era posible
que en su
comportamiento se
separase mínimamente
de su Padre, ni de
lo que quería su
Padre.
San Juan pone
especialmente de
relieve la
importancia de la
obediencia filial en
la vida de
Jesucristo.[35] El
Hijo fue obediente
hasta la muerte de
cruz.[36] El
sufrimiento que
experimentó al
cumplir la voluntad
del Padre, concedió
a su fidelidad un
valor singular.
“Precisamente esta
obediencia al Padre,
libremente aceptada,
esta sumisión al
Padre, en antítesis
a la ‘desobediencia’
del primer Adán,
continúa siendo la
expresión de la más
profunda unión entre
el Padre y el Hijo,
reflejo de la unidad
trinitaria.”[37]
La muerte en la cruz
constituye el
testimonio
definitivo que dio
Jesús de su
Filiación eterna -el
más alto posible
mientras estaba en
esta vida
terrena:[38]
“Cristo, revelador
del Padre y
revelador de sí
mismo como Hijo del
Padre, murió porque
hasta el final dio
testimonio veraz de
su Filiación
divina.”[39] Al
mismo tiempo, la
cruz es una prueba
grandiosa de la
veracidad del
testimonio de quien,
por fidelidad a su
palabra, sacrificó
su vida. Es una
prueba que,
ciertamente, no se
puede comprender
sino a la luz de la
Resurrección.
4. La
Resurrección, piedra
angular del misterio
de Cristo
La cruz no es la
última palabra en el
cristianismo. La
Resurrección de
Jesús ha constituido
desde el comienzo el
fundamento de la fe
y el contenido
esencial de la
predicación
cristiana.[40] En el
Nuevo Testamento
existen fórmulas que
proclaman, con
sencillez y
entusiasmo, la
muerte y la
Resurrección del
Señor.[41]
El apóstol Pablo
consideraba la
Resurrección como la
piedra angular del
misterio de Cristo.
A los fieles de
Corintio, que
albergaban dudas
sobre la realidad de
la Resurrección, les
escribe con gran
energía: “Si Cristo
no ha resucitado,
nuestra predicación
carece de sentido y
vuestra fe lo mismo.
Además, como
testigos de Dios,
resultamos unos
embusteros, porque
en nuestro
testimonio le
atribuimos
falsamente haber
resucitado a Cristo,
cosa que no ha hecho
si es verdad que los
muertos no
resucitan.”[42] Para
justificar la verdad
de este documento,
San Pablo se remite
al “evangelio”
recibido en el
tiempo de su
conversión y
transmitido por él a
los Corintios. Les
dice: “Porque lo
primero que yo os
transmití, tal como
lo había recibido,
fue esto: que Cristo
murió por nuestros
pecados, según las
Escrituras, que fue
sepultado y que
resucitó al tercer
día, según las
Escrituras.”[43] Son
de suma importancia
aquí las referencias
a las alusiones
veterotestamentarias.[44]
Para la mentalidad
hebrea, el recurso a
la Escritura tenía
más valor
testimonial que la
misma experiencia
personal de los
discípulos.
Para reforzar la
realidad de la
Resurrección, San
Pablo habla de las
apariciones de Jesús
resucitado,
utilizando el verbo
ophte (“fue visto”,
“apareció”), que se
refiere a
percepciones reales
y externas al
sujeto, y no a
sueños o
ilusiones.[45] Hace
un amplio elenco de
los testimonios del
Resucitado que se
apareció a
Pedro,[46] a los
doce apóstoles[47] y
a muchos otros. El
apóstol no menciona
explícitamente las
apariciones a las
mujeres,
probablemente porque
su testimonio no
tenía valor jurídico
en la cultura hebrea
del tiempo. Conviene
tener en cuenta que
los que testifican
haber visto a Cristo
Resucitado, son los
mismos Apóstoles que
se ocultaron
decepcionados
después de la
crucifixión de su
Señor. No esperaban
la Resurrección,
como tampoco habían
esperado la muerte,
pues no comprendían
las Escrituras.[48]
“Los Apóstoles y los
discípulos no
inventaron la
Resurrección (y es
fácil comprender que
eran totalmente
incapaces de una
acción semejante),”
destaca el Papa Juan
Pablo II resumiendo
las investigaciones
modernas al
respecto; y sigue:
“No hay huella de un
proceso creativo de
orden
psicológico-sociológico-literario
ni siquiera en la
comunidad primitiva
o en los autores de
los primeros siglos.
Los Apóstoles fueron
los primeros que
creyeron, no sin
fuertes
resistencias, porque
vieron la
Resurrección como un
acontecimiento real
del que pudieron
convencerse
personalmente al
encontrarse varias
veces con Cristo
nuevamente
vivo.”[49] La fe en
la Resurrección es,
desde el principio,
una convicción
basada en un hecho,
en un acontecimiento
real; no es un mito,
ni una alucinación o
una idea inventada
por los primeros
cristianos.
No hay otro camino
para una comprensión
real de Jesús que el
camino que siguió la
Iglesia primitiva:
volver la mirada de
la Resurrección al
Jesús histórico y
contemplar su vida y
su obra terrena
desde la perspectiva
y la luz de la
Pascua. Sólo
entonces se puede
entrar en el
misterio del Hijo de
Dios y vislumbrar su
unión perfecta con
el Padre en el
Espíritu Santo.
La Resurrección es a
la vez un gran
misterio y un hecho
histórico. Es un
acontecimiento
trascendente, una
obra de Dios que
nadie ha “visto”
directamente. Pero
tiene una cara
dirigida a la
historia: se produce
en un momento
preciso de nuestro
tiempo y en un lugar
concreto. Es un
acontecimiento que
se inicia en la
historia y termina
fuera de la
historia. “Jesús
‘toca’ la historia y
este ‘contacto’
puede ser, por
tanto,
documentado.”[50]
Como la Resurrección
se inicia en la
historia, está
atestiguada en las
fuentes. Pero no se
trata de una
historicidad
directa, sino
indirecta. Los
Evangelios no
relatan la
Resurrección en su
puntual
acontecimiento en el
momento,[51] sino
que recogen
inmediatamente la fe
de los discípulos en
el Cristo
resucitado, en base
a dos hechos
concretos, el
sepulcro vacío y el
ciclo de
apariciones.
El sepulcro vacío es
importante porque
nos muestra que los
Apóstoles hablaron
de un modo sumamente
concreto sobre la
Resurrección. Pero
no es una
demostración de que
Jesús verdaderamente
haya resucitado. “Es
sólo un elemento que
asegura su anclaje
en la historia y
dispone la mente a
su
conocimiento.”[52]
No es una prueba,
sino un signo de
credibilidad.
La Resurrección nos
hace conocer más a
Dios y su
omnipotencia
amorosa. Pero no
sólo tiene un gran
significado
cristológico y
trinitario; tiene
también un profundo
sentido
soteriológico: es
para nosotros. “Si
tus labios profesan
que Jesús es el
Señor y tu corazón
cree que Dios lo
resucitó, te
salvarás.”[53] La
Resurrección de
Jesús significa la
completa
recomposición de la
amistad entre Dios y
nosotros y hace
posible nuestra
futura resurrección.
Es, por tanto, el
coronamiento de la
historia y la
confirmación de que
la salvación del
hombre no es una
utopía, sino una
realidad.
_____________________________________________
[1] C. S. LEWIS: Los
milagros, Madrid
1991, p.177s.
[2] Es decir, cuando
una persona
considera la vida
terrena del Hijo de
Dios (Jesús), puede
llegar a creer en su
divinidad (Cristo).
Cf. K. ADAM:
Jesucristo,
Barcelona 1970,
p.50s. La primera
edición alemana de
esta obra apareció
en 1933.[3] J.
Escrivá de Balaguer:
Amigos de Dios,
Madrid 1977,
n.299.[4] Hch 2,22.
[5] Las noticias
extrabíblicas sobre
Jesús son escasas y
posteriores, de
finales del siglo I
y principios del
siglo II (fuentes
romanas: Tácito,
Plinio el Joven,
Suetonio; fuentes
judías: Flavio
Josefo, el Talmud).
A pesar de todo,
ningún investigador
serio discute hoy
que Jesús vivió
realmente en
Palestina y que
murió crucificado en
Jerusalén, siendo
gobernador Poncio
Pilato.[6] JUAN
PABLO II: Tertio
millennio adveniente.
Carta apostólica
para la preparación
del Jubileo del Año
2000, 1994.[7] Para
este párrafo cf.
COMITÉ PARA EL
JUBILEO DEL AÑO
2000: Jesucristo,
Salvador del mundo,
4. ed. Madrid 1996,
p.71-81.[8] Este
descubrimiento lo
realizó, en primer
lugar, el
investigador Clyde
Weber Votaw, en
1915, comparando los
Evangelios con la
literatura
biográfica del mundo
greco-romano, en
concreto con las
vidas del filósofo
Sócrates (469-399
a.C.), biografiado
por sus discípulos
Platón (Diálogos) y
Jenofonte
(Memorables); del
taumaturgo Apolonio
de Tiana (10-97
d.C.), contemporáneo
de Jesús,
biografiado por
Filóstrato; del
filósofo Epicteto
(50-130 d.C.),
biografiado por su
discípulo Arriano de
Tiana.[9] Cf. COMITÉ
PARA EL JUBILEO DEL
AÑO 2000:
Jesucristo, Salvador
del mundo, cit.,
p.74.[10] Cf. DV 19.
[11] Cf. COMISIÓN
TEOLÓGICA
INTERNACIONAL:Quaestiones
selectae de
Christologia (1979),
en Documenta-Documenti
(1969-1985), Ciudad
del Vaticano 1988,
p.259.[12] DV 19.
Cf. Hch 1,1-2.
[13] Mc 1,14-15.
[14] Cf. Dn 2,44;
7,27.
[15] Cf. Mc 1,10.
[16] Cf. Lc 4,18.
[17] Cf. Mt 4,1;
12,28.
[18] Cf. Rm 1,4;
8,11.
[19] Lc 4,18-19.
[20] Lc 10,23-24.
[21] Cf. Mt
16,13-14; Mc 6,2-3.
14-15; Jn 7,40-52.
[22] Jn 6,14.
[23] Jn 12,9-11.
[24] Para lo que
sigue, cf. F. OCÁRIZ
y A. BLANCO:
Revelación, fe y
credibilidad, cit.,
pp.445-450.[25] Lc
7,13.
[26] JUAN PABLO II:
Discurso, 9-XII-1987,
en Creo en
Jesucristo.
Catequesis del Credo
II, Madrid 1996,
pp.195-198.
[27] Lc 15,32. Cf.
el Catecismo
Católico para
Adultos. La fe de la
Iglesia, publicado
por la CONFERENCIA
EPISCOPAL ALEMANA,
cit., p.160.[28] F.
OCÁRIZ y A. BLANCO:
Revelación, fe y
credibilidad, cit.,
p.448.[29] JUAN
PABLO II: Discurso
30-X-1985, en Creo
en Dios Padre,
Madrid 1996, p.154.
[30] Para este
epígrafe cf. F.
OCÁRIZ y A. BLANCO:
Revelación, fe y
credibilidad, cit.,
pp.457-466.[31] JUAN
PABLO II: Discurso
30-X-1985, en Creo
en Dios Padre, cit.,
p.155.
[32] Cf. Jn 8,12-59.
[33] Cf. Mt
26,63-66; Mc
14,61-64; Lc
22,70-71.
[34] Cf. Jn
14,10-11.
[35] Cf. Jn 4,34;
5,30; 8,28.
[36] Cf. lo dicho en
el capítulo 4, II.3.
de este libro.[37]
JUAN PABLO II:
Discurso 24-VI-1987,
en Creo en
Jesucristo, cit.,
p.96.
[38] Cf. JUAN PABLO
II: Discurso 8-VII-1987,
en Creo en
Jesucristo, cit.,
p.100-104.
[39] JUAN PABLO II:
Discurso 30-X-1985,
en Creo en Dios
Padre, cit., p.156.
[40] Para este
párrafo, cf. COMITÉ
PARA EL JUBILEO DEL
AÑO 2000:
Jesucristo, Salvador
del mundo, cit.,
pp.113-129.[41] Cf.
1 Tes 4,14; Rm
4,24s.; Ga 1,4;
2,30; Ef 5,2-25.
[42] 1 Co 15,14-16.
[43] 1 Co 15,3-4.
[44] Cf. Dt 32,39; 1
Sam 2,6; Is 38,16;
Os 6,2; Jon 2,7; Sal
16,10; 30,3-4.
[45] Cf. Hch 16,9.
[46] Cf. Lc 24,34.
[47] Cf. Lc 24,
36-43; Jn 20, 19-23.
[48] Cf. Lc 24,25.
[49] JUAN PABLO II:
Discurso, 1-II-1989,
en Creo en
Jesucristo, cit.,
pp.405-406.
[50] COMITÉ PARA EL
JUBILEO DEL AÑO
2000: Jesucristo,
Salvador del mundo,
cit., p.123.[51]
Sólo el evangelio
apócrifo de Pedro
intenta hablar del
momento exacto de la
Resurrección,
describiendo un
enorme fantasma que
se alza hasta el
cielo.[52] F. OCÁRIZ
y A. BLANCO:
Revelación, fe y
credibilidad, cit.,
p.477.[53] Rm 10,9.
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*
En el libro:
Teología
fundamental. Manual
de Iniciación. Ediciones Rialp,
Madrid 2001.
Cortesía para
Arvo.net.