Con
casión del Jubileo del Año 2000,
el cardenal Joseph Ratzinger,
hoy papa Benedicto XVI, en su
meditación Contemplar a
Cristo: El significado del
Jubileo del año 2000,
expuso, con su habitual
profundidad y agudeza, el
sentido del relato auténtico de
los Evangelios sobre la
tentaciones que sufrió Nuestro
Señor Jesucristo. Extraemos los
siguientes párrafos para esta
sección dedicada al conocimiento
de la Segunda Persona de la
Trinidad Beatísima, verdadero
Dios y verdadero hombre.
EL
RELATO DE LAS TENTACIONES DE JESÚS
COMO ESPEJO DE SU FIGURA
Por
Joseph Ratzinger
Prefecto de la Congregación para la
Doctrina de la fe
Esta
reflexión puede venir a ser sólo un
pequeño paso en esta gran empresa.
Quisiera mostrar en un texto bíblico
particular de qué manera descubrimos
a Cristo en Él, cómo dirigimos hacia
Él nuestra mirada y, por tanto, cómo
podemos encontrar la dirección del
camino recto, y así también de la
historia. La meditación debe ser, a
la vez, en el sentido antes
descrito, algo así como una apertura
de la memoria cristiana, que a
partir de la mirada sobre Cristo,
purifica nuestra mirada y nos ayuda
a ver correctamente. Para este fin
he elegido el texto que, desde la
antigüedad, está puesto al inicio de
la Cuaresma y nos impresiona siempre
de modo nuevo con su profundo
misterio: el relato de las
tentaciones de Jesús, que siguiendo
la antigua tradición litúrgica,
quisiera proponer a la meditación en
la versión de san Mateo (4, 1-11).
La narración de las tentaciones
viene tras el relato del bautismo de
Jesús, en el que se halla
prefigurado el misterio de la muerte
y de la resurrección, del pecado y
de la redención, del pecado y del
perdón: Jesús se sumerge en las
aguas del Jordán. Ser sumergido en
el río es un evento de muerte
representado simbólicamente. Una
vida antigua queda sepultada, para
que la nueva pueda resucitar. Dado
que Jesús no tenía pecado, Él no
tenía ninguna vida vieja que
sepultar, y por eso, su aceptación
del bautismo es una anticipación de
la cruz, es el ingreso en nuestro
destino, la aceptación de nuestros
pecados y de nuestra muerte. En el
momento en que Él vuelva a salir del
agua, el cielo se rasga y de él sale
una voz, con la que el Padre lo
reconoce como su Hijo. El cielo
abierto es un signo que indica que
ese descender a nuestras noches abre
el nuevo día y a través de esta
identificación del Hijo con nosotros
se derrumba el muro que existía
entre Dios y el hombre: Dios ya no
es inaccesible; en la profundidad de
la muerte y de nuestros pecados, Él
nos busca y nos vuelve a llevar a la
luz. En este sentido, el bautismo de
Jesús anticipa todo el drama de su
vida y de su muerte y, al mismo
tiempo, nos lo hace comprender.
De
forma análoga, el relato de las
tentaciones es una anticipación, un
espejo del misterio de Dios y del
hombre, del misterio de Jesucristo.
En ellas Jesús continúa el descenso
que inició en el momento de la
encarnación, que hizo visible
públicamente en el bautismo y que lo
llevará hasta la cruz y a la tumba,
al shéol, al mundo de los muertos.
Pero en ellas se produce también una
nueva subida, que abre y hace
posible la salida del hombre desde
su abismo y más allá de sí mismo.
Los cuarenta días de ayuno de Jesús
en el desierto recuerdan, ante todo,
los cuarenta días que Moisés pasó
ayunando en el monte Sinaí, antes de
recibir la Palabra de Dios, las
tablas sagradas de la alianza.
También pueden recordar el relato
rabínico según el cual Abraham, en
su camino hacia el monte Horeb, no
tomó alimento ni bebida durante
cuarenta días y cuarenta noches, y
se alimentaba con la mirada y con la
palabra del ángel que lo acompañaba.
Además, nos recuerdan los cuarenta
años de desierto de Israel, que
fueron el tiempo de su tentación,
así como el tiempo de una cercanía
particular de Dios. Los Santos
Padres vieron también en el número
cuarenta un símbolo del tiempo de la
historia humana y, de esta forma,
consideraron los cuarenta días de
Jesús en el desierto como la imagen
de toda vida humana. Las tentaciones
de Jesús, por último, podían también
así entenderse como la reanudación y
la superación de la tentación
originaria de Adán. De hecho, la
carta a los hebreos subraya
fuertemente que Jesús es capaz de
compadecerse de nosotros, porque fue
probado. Él mismo en todo, como
nosotros, naturalmente excepto en el
pecado (cf. Hb 4, 15; 2, 18). Ser
tentado es parte esencial de su
condición de hombre, por haber
descendido, en comunión con
nosotros, al abismo de nuestra
miseria.
Es
preciso observar también que las
tentaciones representadas aquí en
grandiosas imágenes las encontramos
concretamente en cada una de las
etapas de la vida de Jesús. Después
de la multiplicación de los panes,
Jesús ve que las multitudes lo
quieren hacer rey y huye a la
montaña, Él solo (cf. Jn 6, 15). Del
mismo modo, rehuye las tentaciones
que lo quieren limitar a la
dimensión del milagro,
dificultándole el anuncio, que es su
misión típica (cf. Mc 1, 35-39). Y
cuando Pedro, después de la
confesión de la filiación divina de
Jesús, lo quiere alejar de la senda
de la pasión, el Señor le dice
aquellas palabras que oímos aquí en
el culmen y en la conclusión del
relato de las tentaciones: "Aléjate
de mí, Satanás" (Mc 8, 33). Así, el
relato de las tentaciones resume en
síntesis toda la lucha de Jesús:
está en juego la esencia de su
misión pero al mismo tiempo, más en
general, está en juego el orden
correcto de la vida humana, el
camino del ser humano, el camino de
la historia. Se trata, en último
término, de algo que tiene
importancia en la vida. Esta
realidad última, decisiva, es el
primado de Dios.
El núcleo de toda tentación consiste
en prescindir de Dios, que al lado
de todas las cosas urgentes de
nuestra vida parece una cuestión de
segunda orden. Considerar que
nosotros mismos, o las exigencias y
los deseos del momento, son más
importantes que Él es la tentación
que siempre nos acecha. En efecto,
de ese modo rechazamos a Dios en su
divinidad y nos hacemos nosotros
mismos Dios, o mejor, convertimos en
Dios los poderes que nos amenazan.
La
primera tentación: el pan y la
salvación
Pero
examinemos las tentaciones, una por
una. Después de cuarenta días de
ayuno, Jesús tiene hambre. La
necesidad corporal elemental de
alimentarse se convierte en el punto
de partida de la tentación. Pero
aquí se encierra algo más. Las dos
primeras tentaciones comienzan con
las palabras: "Si eres Hijo de
Dios…". Escucharemos estas palabras
también de labios de los que se
burlarán de Él en la cruz: "Si eres
Hijo de Dios, baja de la cruz" (Mt
27, 40). Se trata de un escarnio,
pero al mismo tiempo esas palabras
constituyen un desafío: Cristo debe
demostrar sus pretensiones para
resultar creíble. Esta demanda de
pruebas aparece durante toda la vida
de Jesús, pues continuamente se le
echa en cara que no demuestra
suficientemente su identidad, se le
pide que haga un gran milagro que
elimine toda duda y toda oposición,
y demuestre a cada uno de modo
irrebatible quién es Él o qué no es.
Y, en realidad, esta demanda
nosotros la hacemos durante toda la
historia a Dios, a Cristo y a su
Iglesia: si existes, Dios, entonces
debes también mostrarte. Debes
rasgar las nubes de tu misterio y
darnos la claridad, a la que tenemos
derecho. Si tú, Cristo, eres
realmente el Hijo de Dios y no uno
de muchos iluminados que han
aparecido continuamente en la
historia, debes mostrarlo más
claramente de lo que lo haces. Debes
dar a tu Iglesia, si ésta debe ser
tu Iglesia, un grado de
transparencia mayor que el que tiene
en la actualidad.
Volveremos a tratar este punto en la
segunda tentación, de la que
constituye el auténtico núcleo. La
prueba de la existencia de Dios, que
el tentador propone en la primera
tentación, estriba en convertir en
pan las piedras del desierto. Al
inicio se trata del hambre de Jesús
mismo. San Lucas nos la presenta
así: "Dí a esta piedra que se
convierta en pan" (Lc 4, 3). Pero
san Mateo entiende la tentación de
un modo más amplio, como se
presentará luego en el tiempo de la
vida terrena de Jesús y a lo largo
de toda la historia. ¿Hay algo más
trágico, algo que contradiga más la
fe en un Dios bueno y la Fe en un
redentor de los hombres, que el
hambre de la humanidad? ¿No debería
ser precisamente el hecho de dar pan
al hombre y acabar con el hambre de
todos el primer signo de
reconocimiento del redentor ante el
mundo y para el mundo? En el tiempo
del camino del pueblo de Israel por
el desierto, Dios lo había
alimentado con el pan del cielo, con
el maná. Se creía que se podía
reconocer en eso una gran
prefiguración del tiempo mesiánico.
Entonces, ¿no debía y no debe el
redentor del mundo demostrar su
identidad precisamente dando de
comer a todos? ¿No es, tal vez, el
problema del hambre en el mundo, y
más en general, el problema social,
el criterio primero y verdadero con
el que se debe medir la redención?
¿Puede alguien llamarse
razonablemente redentor si no es
sumamente comprensible el núcleo de
su promesa de salvación?: se
preocupará de que toda hambre cese y
de que "el desierto se convierta en
pan".
"Si
eres Hijo de Dios…": ¡qué desafío! Y
¿no se debe decir lo mismo a la
Iglesia: si quieres ser la Iglesia
de Dios, entonces preocúpate ante
todo del pan para el mundo, pues lo
demás vendrá en segundo término? Es
difícil responder a este desafío,
precisamente porque el grito de los
hambrientos nos penetra y debe
penetrarnos así profundamente en los
oídos y en el alma. La respuesta de
Jesús no se puede comprender sólo a
parir del relato de las tentaciones.
El tema del pan aparece a lo largo
de todo el evangelio y se debe
considerar en toda su extensión. Hay
también otros dos grandes relatos
sobre el pan en la vida de Jesús.
Está la multiplicación de los panes
para varios miles de personas que
estaban siguiendo al Señor en el
desierto. ¿Por qué en ese momento
hace Jesús lo que antes había
rechazado como tentación? La gente
había acudido para oír la palabra de
Dios, y por eso había olvidado todo
lo demás.
Así,
como personas que abrieron su
corazón a Dios y unos a otros,
pueden recibir el pan de modo justo.
En este milagro de los panes
destacan también otros tres
elementos: primero, se supone la
búsqueda de Dios, de su palabra, de
la manera correcta de enfocar toda
su vida. Segundo, es a Dios a quien
se pide el pan. Y tercero, la
disponibilidad recíproca a compartir
es un elemento esencial del milagro.
La escucha de Dios se convierte en
vida con Dios, y lleva de la fe al
amor, al descubrimiento del otro.
Jesús no es indiferente ante el
hambre de los hombres, ante sus
necesidades materiales, pero las
sitúa en el contexto correcto y les
da el orden correcto.
Este segundo
relato de los panes prefigura el
tercero y constituye su preparación:
la Última Cena, que se transforma en
la eucaristía de la Iglesia y el
milagro permanente de Jesús en el
pan. Jesús mismo se convierte en
grano de trigo que cae en tierra y
da mucho fruto (cf. Jn 12, 24). El
mismo se hace pan para nosotros y
esta multiplicación de los panes
dura ininterrumpidamente hasta el
final de los tiempos. Así ahora
comprendemos las palabras de Jesús,
que toma del Antiguo Testamento (Dt
8, 3): "No sólo de pan vive el
hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios".
A ese
respecto se refiere la siguiente
frase del jesuita alemán, Alfred
Delp, ajusticiado por los nazis: "El
pan es importante; la libertad es
más importante; pero lo más
importante de todo es la adoración".
Donde no se respeta esta jerarquía
de valores, sino que se altera, ya
no existe la justicia, ya no se sale
al encuentro del hombre que sufre,
sino que precisamente también el
ámbito de los bienes materiales
queda alterado y destruido. Donde
Dios es considerado como grandeza
secundaria, que se puede dejar de
lado temporalmente o en absoluto por
otras cosas más importantes,
significa que fallan esas cosas
presuntamente más importantes. No
sólo lo demuestra el fracaso del
experimento marxista. La ayuda al
desarrollo por parte de Occidente
basada en principios puramente
técnicos y materiales, que no sólo
ha dejado de lado a Dios, sino que
ha alejado a los hombres de Dios con
el orgullo de su presunción, es lo
que ha hecho que el tercer mundo sea
precisamente el tercer Mundo en el
sentido actual. Ha quitado las
estructuras religiosas, morales y
sociales que existían y ha
introducido su mentalidad tecnicista
en el vacío. Creía que podía
transformar las piedras en pan, pero
ha dado piedras en vez de pan.
Debemos reconocer nuevamente el
primado de Dios y de su palabra:
ésta es la preparación esencial para
el año 2000. Naturalmente, nos
podemos preguntar por qué Dios no
creó un mundo en el que su presencia
fuera más manifiesta, por qué Cristo
no dejó otro esplendor de su
presencia que conquistara a todos de
modo irresistible. Se trata del
misterio de Dios y del hombre, que
no podemos penetrar. Vivimos en este
mundo, en el que precisamente Dios
no tiene la evidencia. En este mundo
debemos oponernos a los engaños de
las falsas filosofías y reconocer
que no vivimos sólo de pan, sino
ante todo de la obediencia a la
palabra de Dios. Y solamente donde
se vive esta obediencia se
desarrollan los principios morales
que pueden proporcionar también pan
para todos.
La
segunda tentación: ¿poner a prueba a
Dios?
Pasemos
a la segunda tentación de Jesús,
cuyo significado ejemplar bajo
muchos aspectos es el más difícil de
comprender. La tentación se ha de
entender como una especie de visión,
en la que nuevamente se sintetiza
una realidad, un peligro particular
del hombre y de la misión de Jesús.
Ante todo, aquí hay algo singular:
el diablo cita la Sagrada escritura
para intentar que Jesús caiga en su
trampa. Cita el Salmo 90, versículos
11 y 12, que hablan de la protección
que Dios garantiza al hombre fiel:
"A sus ángeles ha dado órdenes para
que te guarden en tus caminos; te
llevarán en sus palmas, para que tu
pie no tropiece en la piedra". Estas
palabras cobran aún mayor peso por
el hecho de que son pronunciadas en
la ciudad santa, en un lugar
sagrado. De hecho, el Salmo citado
está relacionado con el templo; el
que hace oración espera la
protección en el templo, porque la
morada de Dios no puede por menos de
constituir un lugar especial de
protección divina. El hombre que
cree en Dios, ¿dónde podría sentirse
más seguro que en el recinto sagrado
del templo? El diablo muestra que
conoce muy bien las Escrituras, sabe
citar el Salmo con exactitud. Todo
el diálogo de la segunda tentación
se presenta formalmente como un
debate de dos expertos en Sagrada
Escritura. El diablo aparece como
teólogo, observa al respecto Joachim
Gnilka. Soloviev recogió este motivo
en su "Breve relato del Anticristo":
el Anticristo recibe de la
universidad de Tubinga el doctorado
honoris causa en teología. Este
libro del gran teósofo ruso es tan
interesante precisamente por el
hecho de que no sólo actúa como
comentario a la narración de las
tentaciones de Jesús, sino que
también ilumina los rasgos de
nuestro presente, que nos asombra y
nos debe señalar las fronteras que
delimitan la Fe y la apostasía, la
Fe y la herejía. Si la teología se
convierte en puro saber sobre textos
bíblicos y sobre la historia de la
Fe cristiana, pero queda subordinada
a decisiones fundamentales diversas,
ya no está al servicio de la Fe,
sino que la destruye.
La
discusión teológica entre Cristo y
el diablo es un debate sobre la
correcta interpretación de la
Escritura, cuyo criterio no reside
en la pura dimensión histórica. La
verdadera cuestión es con qué imagen
de Dios se lee la Escritura. La
discusión sobre la interpretación es
una discusión sobre lo que es Dios.
Una frase del relato del Anticristo
muestra qué es lo que últimamente
está en juego: "Él (el Anticristo)
creía en Dios, pero (…) en lo más
íntimo de su corazón se prefería a
sí mismo". Ahora bien, en la
narración de las tentaciones la
discusión sobre la Escritura ante
todo es también una discusión sobre
la cuestión de si el Antiguo
Testamento pertenece verdaderamente
a Cristo, si Él es de verdad la
respuesta a sus promesas. Él, el
pobre, el débil, el fracasado, el
que no es protegido por Dios en la
cruz. Él, que no trajo el bienestar
general que proporciona el
Anticristo, ¿es verdaderamente el
que ha de venir? Como hemos dicho,
la disputa sobre la Escritura es una
discusión sobre la imagen de Dios,
pero esta disputa se decide a partir
de la imagen de Jesucristo. Él, que
se quedó sin poder mundano, ¿es
verdaderamente el Hijo de Dios vivo?
La lucha en torno a la Biblia, esta
lucha en torno al Dios que se
manifestó en Jesucristo, se debe
renovar siempre.
Así, la
pregunta estructural sobre el
singular diálogo escriturístico
entre Cristo y el tentador lleva
directamente a la cuestión del
contenido. En efecto, ¿qué es lo que
está en juego? Se ha relacionado
esta tentación con el tema de "panem
et circenses". Después del pan debía
ofrecerse alguna experiencia
sensacional. Dado que es evidente
que la simple satisfacción corporal
no basta al hombre, quien no quiere
permitir que Dios entre en el mundo
de los hombres debe ofrecer la
excitación de espectáculos
emocionantes, cuyo estremecimiento
sustituya y aleje del sentimiento
religioso. Pero ciertamente eso no
puede entenderse en este caso, dado
que en la tentación aparentemente no
se supone ningún espectador. El
aspecto esencial se manifiesta en la
respuesta de Jesús, que una vez más
está tomada del libro del
Deuteronomio (6, 16): "No tentarás
al Señor tu Dios". Se trata de una
alusión al episodio del Deuteronomio
en que Israel corrió el peligro de
morir de sed en el desierto. Hubo
una rebelión contra Moisés, que se
transformó en una rebelión contra
Dios. Dios debe mostrar que Él es
Dios. Esta rebelión contra Dios es
descrita así en la Biblia: "Tentaron
al Señor, diciendo: '¿Está el Señor
entre nosotros o no?'" (Ex 17, 7).
Por consiguiente, se trata de algo
que ya había acontecido: Dios se
debe someter a una prueba. Es
"probado", como se prueba una
mercancía. Debe someterse a las
condiciones que nosotros
consideramos necesarias para nuestra
certeza. Si Él ahora no garantiza la
protección prometida por el Salmo
90, entonces Él no es Dios. En ese
caso, fallaría su propia palabra, y
por tanto Él mismo. Nos encontramos
aquí, ante todo, el gran problema de
cómo se puede conocer y cómo no se
puede conocer a Dios, de cómo el
hombre puede estar en relación con
Dios y de cómo él lo puede perder.
La presunción, que quiere reducir a
Dios a objeto e imponerle nuestras
condiciones de laboratorio, no puede
encontrar a Dios. En efecto, supone
ya que
negamos
a Dios como Dios, porque nos ponemos
por encima de Él, porque dejamos de
lado toda la dimensión del amor, de
la escucha interior, y reconocemos
como real sólo lo que es
experimental, lo que nos es dado
palpar.
Quien piensa así, se hace a sí mismo
Dios y degrada no sólo a Dios, sino
también al mundo y a sí mismo. Sin
embargo, a partir de esta escena
sobre el pináculo del templo se abre
también la mirada sobre la cruz.
Cristo no se arrojó del pináculo del
templo. No se lanzó al abismo. No
puso a prueba a Dios, pero bajó al
abismo de la muerte, en la noche del
abandono, en la soledad de los
indefensos. Se atrevió a dar ese
salto como un acto de amor de Dios a
los hombres. Y por eso sabía que en
ese salto al final sólo podía caer
en las amorosas manos el padre. Así
se manifiesta el verdadero sentido
del Salmo 90, el derecho a esa
última e ilimitada confianza, de la
que se habla:
quien
sigue la voluntad de Dios sabe que
en medio de todos los horrores que
puede afrontar no perderá una última
protección. Sabe que el fundamento
del mundo es amor, y que por tanto
también donde ningún hombre podrá o
querrá ayudarle puede triunfar
confiando en Aquel que lo ama.
Sin
embargo, esa confianza, a la que la
Escritura nos autoriza y a la que el
Señor, el Resucitado, nos invita, es
algo totalmente diferente de la
peligrosa provocación de Dios, que
quisiera poner a Dios a nuestro
servicio.
La
tercera tentación
Pasemos
a la tercera y última tentación,
culmen de toda la narración. El
diablo lleva al Señor, en visión, a
un monte muy alto. Allí le muestra
todos los reinos de la tierra y su
gloria, y le ofrece el dominio del
mundo. ¿No es precisamente ésa la
misión del Mesías? ¿No debe ser Él
el rey del mundo, que reunirá a toda
la tierra en un gran reino de paz y
de bienestar? Como en el caso de la
tentación de los panes hay en la
historia de Jesús dos paralelos
singulares, la multiplicación de los
panes y la última cena, así también
sucede con respecto a este episodio.
El Señor resucitado reúne a los
suyos "en un monte" (Mt 28, 16) y
allí les dice en verdad: "Me ha sido
dado todo poder en el cielo y en la
tierra" (Mt 28, 18). Dos cosas
impresionan aquí por su diversidad:
el Señor tiene poder en el cielo y
en la tierra, y sólo quien tiene
todo este poder tiene el poder que
de verdad salva. Sin el cielo, el
poder terreno permanece siempre
ambiguo y frágil. Sólo el poder que
se pone bajo el criterio y bajo el
juicio del cielo, es decir, de Dios
puede convertirse en poder para el
bien. Y sólo el poder que está bajo
la bendición de Dios puede ser digno
de confianza. Además, está este
segundo aspecto: Jesús tiene este
poder como resucitado. Eso significa
que ese poder supone la cruz, supone
su muerte. Supone otro monte, el
Gólgota, donde Él, escarnecido por
los hombres y abandonado por los
suyos, está colgado en la cruz y
muere. El reino de Cristo es diverso
de los reinos de la tierra y de su
gloria, que Satanás muestra. Esta
gloria, como dice la palabra griega
doxa, es apariencia, es algo que se
disuelve. El reino de Cristo no
tiene esa gloria, sino que se
manifiesta, por la humildad de la
predicación, en aquellos que aceptan
ser sus discípulos, que son
bautizados en el nombre del Dios
trino y cumplen sus mandamientos
(cf. Mt 28, 19 ss.).
Pero
volvamos a la tentación. Su
verdadero contenido se hace visible
si miramos cómo, a través de la
historia, asume una configuración
siempre nueva. El imperio cristiano
intentó muy pronto hacer de la Fe un
factor político de su unidad. El
reino de Cristo debería asumir la
configuración de un reino político y
de su gloria. La debilidad de la Fe,
la fragilidad terrena de Jesucristo
debía sostenerse con un poder
político y militar. En todos los
siglos esta tentación de asegurar la
Fe con el poder ha vuelto a
presentarse de múltiples formas, y
siempre la fe ha corrido el riesgo
de quedar ahogada precisamente por
los abrazos del poder. La lucha por
la libertad de la Iglesia, la lucha
para lograr que el reino de Jesús no
se identificara con ninguna forma
política, debe librarse hasta el fin
de los siglos. En efecto, el precio
por la unión de Fe y poder político
se paga siempre al final con el
hecho de que la Fe queda al servicio
del poder y debe someterse a sus
criterios.
En el
relato de la pasión del Señor se
manifiesta de forma singular la
alternativa de la que hemos hablado.
En el culmen del proceso, Pilato
invita a elegir entre Barrabás y
Jesús. Uno de los os era un
"salteador" (Jn 18, 40). Pero la
palabra griega que se traduce con
salteador había sumido en la
situación política de la Palestina
de entonces un significado
específico. Significaba algo así
como "combatiente de la
resistencia". Barrabás había
participado en un motín y había sido
acusado, en ese contexto, de
asesinato (cf. Lc 23, 19.25). Si san
Mateo dice que Barrabás era un
"preso famoso", quiere decir que
había sido uno de los principales
luchadores de la resistencia, más
aún, precisamente el jefe de ese
motín (cf. Mt 27,7). Con otras
palabras, Barrabás era una figura
mesiánica. La elección entre Jesús y
Barrabás no es casual; se enfrentan
dos figuras mesiánicas, dos formas
de mesianismo. Eso resulta aún más
evidente si pensamos que "Bar-Abba"
significa Hijo del Padre. Es una
típica denominación mesiánica, el
nombre ritual de uno de los jefes
principales del movimiento
mesiánico. La última gran guerra
mesiánica de los judíos en el año
132 fue acaudillada por Bar-Kokheba,
"el Hijo de la estrella". Es la
misma formación nominal, y
manifiesta la misma intencionalidad.
Orígenes nos brinda también otro
detalle interesante: en muchos
manuscritos de los evangelios hasta
el siglo tercero, el hombre del que
se trata se llamaba "Jesús
Barrabás", "Jesús, Hijo del Padre".
Se presenta como una figura opuesta
a Jesús, que reivindica la misma
pretensión, pero de una manera muy
diferente. La elección es, por
consiguiente, entre un mesías jefe
de la resistencia, que promete
libertad y su reino, y este
misterioso Jesús que proclama que
para llegar a la vida es preciso
negarse a sí mismo. ¿Cabe
sorprenderse de que las multitudes
hayan preferido a Barrabás?
Si hoy
nosotros tuviéramos que elegir,
¿tendría alguna esperanza Jesús de
Nazaret, el Hijo de María, el Hijo
del Padre? Pero nosotros ¿conocemos
a Jesús? ¿Lo comprendemos? En la
preparación para el gran jubileo,
¿no debemos, quizá, esforzarnos de
modo totalmente renovado por
conocerlo? El tentador no es tan
tonto como para proponernos
directamente la adoración del
diablo. Nos propone simplemente que
decidamos lo que es razonable, que
prefiramos un mundo planificado y
totalmente organizado, en el que
Dios puede tener su lugar como un
asunto privado, pero que no puede
interferir en nuestras opciones
esenciales. Soloviev atribuye al
Anticristo un libro: "El camino para
la paz y el bienestar del mundo",
que se transformará en la nueva
Biblia y tiene como contenido real
la adoración del bienestar y de la
planificación racional.
Como ya
he insinuado, la misma tentación
vuelve en el Nuevo Testamento una
vez más después de la confesión de
Pedro sobre Jesús. Jesús acepta la
confesión mesiánica de Pedro, pero,
para que no haya malentendidos como
en el sentido de Barrabás, comienza
inmediatamente a explicar a los
discípulos que el Hijo del hombre
deberá sufrir mucho, ser condenado,
morir, y al final resucitar. Pedro,
que había hablado antes impulsado
por el Espíritu Santo, habla ahora
de nuevo pero totalmente por
iniciativa propia y reprocha a
Jesús: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De
ningún modo te sucederá eso!" (Mt
16, 22). Entonces Jesús le responde:
"¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Eres
escándalo para mí, porque tus
pensamientos no son los de Dios,
sino los de los hombres!" (Mt 16,
23).
La
voluntad de Dios se enfrenta con la
voluntad del hombre. En definitiva,
también en esta tentación se intenta
alejar al hombre de Dios. La
respuesta de Jesús al tentador: "Al
Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo
servirás", recuerda el Shemá Israel,
las verdaderas palabras centrales
del Antiguo Testamento, su confesión
de Fe esencial y su oración
fundamenta que así se sitúa también
en el centro del Nuevo Testamento y
de la existencia cristiana.
"Escucha, Israel: el Señor es
nuestro Dios, el Señor es uno solo.
Amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón, con toda tu alma y con
todas tus fuerzas" (Dt 6, 4-5). La
proclamación de esta frase fue y es
designada en el judaísmo como "tomar
sobre sí el yugo del reino de Dios".
Exactamente esto es lo que sucede
aquí: Jesús instituye el primado de
Dios y declara al mundo su reino,
reino de Dios. Y sólo donde Dios
reina, sólo donde Dios es reconocido
en el mundo, también es honrado el
hombre, y el mundo puede llegar a
ser justo. El primado de la
adoración es el requisito
fundamental para la liberación del
hombre.
El
poder de Dios en el mundo es
discreto, no busca ostentación. Lo
revela no solamente el relato de las
tentaciones, sino también la vida
entera de Jesús. Pero es el poder
verdadero y duradero. La casa de
Dios parece continuamente
"encontrarse como en agonía". Pero
siempre se demuestra nuevamente como
la que realmente resiste y salva.
Los reinos del mundo, que entonces
Satanás podía mostrar al Señor, se
han ido derrumbando todos. Su
gloria, su doxa, ha resultado ser
mera apariencia. Pero la gloria de
Cristo, la gloria de su amor,
humilde y dispuesta a sufrir, no ha
sufrido ocaso. En la lucha contra
Satanás, Cristo salió vencedor: unos
ángeles se acercaron y le servían,
dice el evangelista (cf. Mt 4, 11).
El Año santo nos invita a descubrir
esta victoria de Cristo, su gloria
duradera, y a dejarnos guiar por
ella en las decisiones de nuestra
vida diaria.
Reflexiones conclusivas: escoge la
vida
La
liturgia de la Iglesia nos propone
de forma sintética, al inicio de la
Cuaresma, en las lecturas del jueves
que sigue al Miércoles de Ceniza, la
decisión fundamental de la
existencia cristiana: la elección
que nos pone ante el relato de las
tentaciones y de la que ningún
hombre puede eximirse. En la lectura
tomada del Deuteronomio se dice:
"Mira, yo pongo hoy ante ti vida y
felicidad, muerte y desgracia. (…)
Te pongo delante vida o muerte,
bendición o maldición. Escoge la
vida" (Dt 30, 15,19). ¡Escoge la
vida! ¿Qué significa? ¿Cómo se hace?
¿Qué es la vida? ¿Tener lo más
posible? ¿Poder tenerlo todo,
permitírselo todo, no conocer más
límites que los del propio deseo?
¿Poder tenerlo todo y poder hacerlo
todo, gozar la vida sin límite
alguno? ¿No es esto la vida? ¿No
parece ésta así, como en todos los
tiempos, la única respuesta posible?
Pero, si contemplamos nuestro mundo,
vemos que este estilo de vida acaba
en un círculo diabólico de alcohol,
sexo y droga; que esta aparente
elección de la vida debe considerar
al prójimo como un rival; siente lo
que se posee siempre como demasiado
poco y lleva precisamente a la
anticultura de la muerte, al
aburrimiento de la vida, a la falta
de amor a sí mismo, que hoy
observamos por doquier. La gloria de
esta elección es una imagen engañosa
del diablo. En efecto, se pone
contra la verdad, porque presenta al
hombre como un dios, pero como un
falso dios, que no conoce el amor,
sino sólo a sí mismo, y lo refiere
todo a sí mismo. El criterio de
referencia para el hombre es el
ídolo, no Dios, en este intento de
ser un dios. Esta forma de elegir la
vida es mentira, porque deja a Dios
de lado y así lo deforma todo.
"¡Escoge la vida!". Una vez más,
¿qué significa? El Deuteronomio nos
da una respuesta muy sencilla:
Escoge la vida, es decir, escoge a
Dios, pues Él es la vida. "Si
escuchas los mandamientos del Señor,
tu Dios, que yo te prescribo hoy, si
amas al Señor, tu Dios, si sigues
tus caminos y guardas sus preceptos
y normas, vivirás" (Dt 30, 16).
¡Escoge la vida!, ¡escoge a Dios!
Escoger
a Dios significa, según el
Deuteronomio, amarlo, entrar en
comunión de pensamiento y de
voluntad con Él, fiarse de Él,
encomendarse a Él, seguir sus
caminos. La liturgia del jueves que
sigue al Miércoles de Ceniza
presenta, después del texto del
Deuteronomio, el pasaje del
evangelio de san Lucas (9, 22-25) en
que Jesús anuncia su pasión,
corrigiendo el falso concepto que
Pedro tenía del Mesías, y rechazando
así la tentación de la falsa
elección, la tentación por
excelencia. El Señor nos aplica
luego a nosotros este anuncio
relativo a su camino y nos muestra
cómo podemos escoger la vida.
"Quien
quiera salvar su vida, la perderá;
pero quien pierda su vida por mí,
ése la salvará. Pues, ¿de qué le
sirve al hombre haber ganado el
mundo entero, si él mismo se pierde
o se arruina? (Lc 9, 24-25). La cruz
no tiene nada que ver con la
negación de la vida, con la negación
de la alegría y de la plenitud del
ser humano. Al contrario, nos
muestra exactamente la verdadera
forma de encontrar la vida. Quien
quiere salvar su vida, apoderándose
de ella, la pierde. Sólo quien se
pierde a sí mismo, se encuentra a sí
mismo y encuentra la vida. Cuanto
más osadamente los hombres se han
atrevido a perderse, a entregarse,
cuanto más han aprendido a
olvidarse, tanto más grande y más
rica ha llegado a ser su vida. Basta
pensar en Francisco de Asís, en
Teresa de Avila, en Vicente de Paúl,
en el cura de Ars, en Maximiliano
Kolbe: todos son modelos de
verdaderos discípulos, que nos
muestran el camino de vida, porque
nos muestran a Cristo. De ellos
podemos aprender a escoger a Dios, a
escoger a Cristo y a escoger así la
vida.
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