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TRAGADERAS (Javier Láinez)

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TRAGADERAS
 Javier Láinez ,
ESCRITOS ARVO
 
          Tragar en el paralenguaje juvenil es sinónimo de transigir o aceptar con facilidad determinado tipo de propuestas. Si dos muchachos hablan de una chica y aseveran “que traga”, se refieren a que sin excesivos escrúpulos se dejará besar y toquetear la primera tarde de cita. Si se aplica a un profesor, significa que es fácil engañarle, copiar o hacer trampas en sus exámenes. Si se dice de unos padres, indica que no harán averiguaciones rigurosas sobre el lugar y las horas de salida de un sábado. Y eso que quienes colocan estas etiquetas también tragan, y de qué manera, con lo suyo.
 
 
TRES ADOLESCENTES Y UN ABRIGO
 
Coger el autobús en una gran ciudad provoca que, sin querer, se encuentre uno involucrado en la conversación de los vecinos de asiento. Me ocurrió esto cuando alborotada y repentinamente dos chicas y un chico se sentaron frente a mí. Me supe inmediatamente transparente ―como en célebre Mister Cellophane de la inolvidable Chicago: Porque puedes mirar a través de mí, caminar a mi lado y jamás saber que yo estaba allí― puesto que además de pisarme y apretujarme sin disculpas audibles, continuaron con el parloteo que seguramente traían desde la parada.
 
Por lo que pude oír, los tres estaban indignados por las matanzas de animales para hacer abrigos con sus pieles. Una de las chicas consiguió capturar varias miradas al afirmar rotundamente que ella antes iría desnuda que con pieles. El chaval ponderaba sesudamente que el sufrimiento de chinchillas, visones y demás animalitos era difícilmente superable. Por fin, la tercera relató su hazaña. Deseosa de pasar de las ideas a los hechos, volcó su militancia en un acto de “Kelo Borroka”, es decir, de terrorismo doméstico. Narró teatralmente cómo una tarde había rociado con anilina el abrigo de pieles de su madre. La gesta fue muy celebrada por los otros dos.
 
Cuando me aventuraba a salir del autobús tras haber sorteado su maraña de piernas, alcancé a escuchar que la pobre mujer lloró y clamó por el abrigo de astracán que había sido regalo de bodas. La otra chavala preguntaba qué clase de animal era el astracán. Supongo ―porque ya no pude escucharlo― que el sesudo les explicaría que se trata del Astracánidus con cuyas colas se hacía chaquetones la Cruella de Vil, víctima de la ira justiciera de su hija adolescente.
 
Ya en la calle, rememoré la conversación. ¿Qué pensar de estas tres criaturas? Sufren con el dolor de los animales (bien) y lo remedian provocando dolor en sus semejantes (mal). Buscan una acción ejemplarizante frente al sanguinario mundo (bien), pero castigan a los inocentes de su casa (mal). Su moral de 101 Dálmatas les lleva a estar contra las matanzas de animales (bien), pero ignoran que suele llamarse astracán a un determinado tejido de lana o de pelo de cabra (mal). Clasificar a estos tres ecuánimes salvapellejos como panolis bienintencionados sería bastante justo.
 
Cuando una causa noble como la defensa de los animales se nutre de ignorancia y carece de recursos morales, aparecen estos sinsentidos: confundir un abrigo de pelo con uno de pieles. Más grave es hacer distingos entre un embrión humano y un ser humano. Y se hace. No deja de ser triste comprobar que en ambientes escolares e incluso universitarios se aceptan sin discusión las más infundadas patrañas. Se tragan argumentos que provienen no de una autoridad intelectual, sino hasta de fugaces ídolos de la canción, del deporte o de algún infumable programa televisivo como si fueran el más admirable oráculo.
 
 
EL HIMNO PACIFISTA DE LENNON
 
Mi generación se acunó con la letra de Imagine de John Lennon. Una utopía pacifista en forma de nana-protesta que aún hoy sigue siendo una de las canciones más descargadas de Internet y continúa haciendo soñar a no pocos ingenuos con un mundo feliz. La imaginación vuela y nos persuadimos de que no hace falta esperar ni creer en ningún paraíso, sino conformarnos con un simple cielo azul sobre nuestras cabezas. Vemos a la gente viviendo al día, compartiendo la tierra en paz, sin fronteras, sin guerras, sin banderas ni países por los que morir, sin religiones ni rollos malos.
 
A la gente que se toma en serio esta colección de sofismas les invitaría a ver de nuevo el desternillante diálogo de John Lennon y Forrest Gump en la película del mismo nombre. Con un montaje prodigioso se entremezclan las frases de la letra de Imagine con las declaraciones del personaje encarnado por Tom Hanks que acaba de regresar de un campeonato de ping-pong en Pekín. Y Forrest describe candorosamente ese paraíso idealizado por el hippie de Liverpool con imágenes de la China de Mao: efectivamente, allí no había ―ni hay― religiones, ni iglesias, ni propiedades, ni tierra que no fuera del Partido. El paraíso de Lennon se parece sospechosamente al desierto igualitario de los totalitarismos.
 
 
UN MINITO LISTO
 
Cuando domina un pensamiento débil y acomodaticio, suele ocurrir que se intercambien arbitrariamente los filtros. En principio, todo se ha de pasar por el tamiz de la duda y la sospecha: la autoridad de los padres, la experiencia de los maestros, la cultura heredada, la enseñanza de la Iglesia, la prudencia medrosa de los mayores. Hay que cuestionar todo. Incluido el sentido común y los más íntimos resortes de la conciencia.
 
En cambio, se aceptan dogmas en terrenos empíricos. Basta calificar algo como científico para que muchos dejen de comprobar hasta dónde soporta la prueba experimental. La ciencia, que en rigor habría de estar siempre interpelada por la realidad, se presenta llena de axiomas indiscutibles, en absoluto probados: que descendemos del mono, que somos polvo de estrellas sin vestigio alguno de espiritualidad, que el alma no es otra cosa que complejas conexiones químicas en el cerebro y que la conciencia y demás resortes de la moral son puros convencionalismos sociales.
 
Con su lógica contundente y apasionada decía Chesterton que lo único que se sabe del eslabón perdido (la pieza que demostraría la conexión entre el mono y el hombre) es que sigue perdido. Sin embargo en algunos yacimientos arqueológicos y en ciertas revistas se divulga una antropología basada en conjeturas y fantasías que pretenden colmar millones de años en el registro fósil. Sin el menor rubor se añaden a determinados hallazgos una serie de conclusiones sacadas de la chistera del mago y nos venden la moto de que no somos otra cosa que un pobre chimpancé encorbatado.
 
 
CRITICAR CON CRITERIO
 
Desde el punto de vista pastoral es un grave problema al que no siempre se le presta la debida atención. Lo describía el Cardenal Biffi hace años en el prólogo de un libro que desenmascaraba las leyendas negras de la Iglesia: Cuando un muchacho, educado cristianamente por la familia y la comunidad parroquial, a raíz de los asertos apodícticos de algún profesor o de algún texto, empieza a sentir vergüenza por la historia de su Iglesia, se encuentra objetivamente en grave peligro de perder la fe. Es una observación lamentable, pero indiscutible.
 
Siempre ha habido sabios chiflados y científicos pretenciosos que han tratado de convencer a la gente de sus teorías. Pero de ahí a lograr que todo el mundo llegue a razonar fuera del recipiente, como dirían Les Luthiers, hay un abismo. De la confusión mental sólo sale confusión. Lo malo es cuando se ciegan las alarmas que indican la presencia de intrusos en el sistema de la razón.
 
C. S. Lewis en su genial Cartas del diablo a su sobrino, pone en boca de Escrutopo esta lección para describir la mente del cliente del inexperto Orugario: Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles.
 
 
CIENCIA Y EMOCIONES
 
Por lo general la comunidad científica hace gala de su fama y sabe exigirse rigurosamente, de manera que la frivolidad no se cuele entre sus filas. Sin embargo, el tirón de la tecnología y poderosos prejuicios ideológicos han cegado para el gran público lo más noble del debate intelectual. Y lo grave es que se admite semejante statu quo sin rebelión visible. De ahí que numerosas patrañas adquieran patente de corso por su impacto emocional o por monomanías de curso legal.
 
El tsunami editorial que han provocado libros de ficción con pretensiones históricas o científicas es abrumador. Con infinito desparpajo se fabrican cócteles literarios con ingredientes que van desde el Censor Catón a los constructores de catedrales pasando por Leonardo da Vinci, los Templarios, la Biblia, los extraterrestres y algunas oscuras leyendas anticatólicas. De este cocido sale un estado de opinión recibido sin el menor atisbo de crítica que se va extendiendo como moneda falsa por la ausencia de piedras de toque.
 
Paradójicamente vivimos en tiempos de una extendida paranoia alimenticia: todo se mide y se filtra para que no haga daño al organismo. Quizá convendría promover algún tipo de profiláctico cerebral que haga barrera a la inoculación de errores graves para el sano desarrollo de la racionalidad y preserve de los gérmenes de la ingenuidad mental. Quizás habría que reforzar la farmacopea con algún jarabe que estimule la curiosidad y el hambre de saber. Buena parte de esa pseudoliteratura ―y de sus epígonos cinematográficos― triunfa no sólo porque la gente no sabe nada, sino porque casi nadie va a dedicar ni un minuto de su tiempo a comprobar la veracidad de ninguno de los datos o supuestas pruebas aducidas por los espabilados autores de ese tipo de best sellers.
 
En el desolador mundo del futuro que describe el mexicano Alfonso Cuarón en su película Hijos de los hombres, la mayor parte de la gente ha desterrado el hábito de pensar. De hecho, se funciona a golpe de sentimiento. El poder político manipula tiránicamente la opinión pública con la omnipresente televisión y todos se olvidan del terrorismo, de la represión o de la militarización de la vida urbana y en cambio se sienten fatal ante la noticia de muerte del ser humano más joven del planeta.
 

Algo parecido cantaba nuestra Luz Casal: Cuando se acabe el tiempo / y no queden más verdades / que las del sentimiento / aún puedes luchar por tus recuerdos. Con solo sentimientos no es fácil pensar. Si recordásemos que tenemos la razón para conocer verdades y que será la verdad la que nos hace libres, todavía podríamos librarnos del yugo del pensamiento único. Y sonreír con Chesterton que advertía: donde todo el mundo piensa igual, en realidad se piensa poco.  ♦    


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KEYWORDS: Juventud, adolescentes, lenguaje, sentimientos, ciencia y emociones,

24/07/2009 ir arriba

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