Sábado - 26.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Art. A. Orozco Antonio Orozco
Andrés Ollero Tassara Andrés Ollero
A. R. Rubio Plo A. R. Rubio Plo
F. Acaso F. Acaso
Francisco de Borja Santamaría Francisco de Borja Santamaría
Javier Láinez Javier Láinez
José María Barrio Maestre José María Barrio Maestre
Juan José García Noblejas Juan José García Noblejas
Jesús Ortiz López Jesús Ortiz López
Juan Luis Lorda Juan Luis Lorda
J.R. García Morato J. R. García-Morato
Jutta Burggraf Jutta Burggraf
Luis Alonso Somarriba Luis Alonso Somarriba
Luis Olivera Luis Olivera
Lluís Pifarré Lluís Pifarré
Natalia L. Moratalla Natalia L. Moratalla
Ramiro Pellitero Ramiro Pellitero
RODRIGO GUERRA LÓPEZ Rodrigo Guerra López
Tomás Melendo Granados Tomás Melendo
Escritos Arvo Escritos Arvo
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.
Estás en: Autores > Javier Láinez

REBELDES SIN FRONTERAS (Javier Láinez)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
REBELDES SIN FRONTERAS

REBELDES SIN FRONTERAS


Javier Láinez
En: Escritos Arvo
Arvo.net,
05.08.2008

            "Get over it" es el título de una canción que los veteranos Eagles sacaron en 1994 para reírse de los niñatos que se pasan el día mendigando compasión sin dar un palo al agua y sin haber usado sus manos para otra cosa que para pedir dinero. "Get over it" viene a significar algo así como “sobreponte”, es decir, supérate a ti mismo y deja de lloriquear. Este grito convendría hacérselo oír a muchos jovencitos amodorrados en la placidez de su estilo de vida facilón y complaciente en la que se echa de menos un poco de audacia.

 

 El ejemplo de los Beatles

 

            Para los que fueron parte de la generación de los chicos de Liverpool, la “beatlemanía” supuso un verdadero calambrazo. Nunca en la historia se había producido un fenómeno social de tales dimensiones provocado por cuatro veinteañeros. Eran los fogosos años sesenta en los que todas las miradas se volvían hacia la revolución de los jóvenes. "El mayo francés", los paraísos de los hippies, la contestación al mundo adulto enfrascado en guerras como la de Vietnam o en las amenazas atómicas, la fascinación de la China de Mao, la conquista de la luna y de los jardines prohibidos del sexo. Algo se movía y era capaz de derribar gobiernos y de poner de los nervios a los poderosos. “La imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”, “Sed realistas, pedid lo imposible”. Estas eran las consignas del desplante juvenil. Y sobre las tiernas cabezas, la música electrizante y evocadora de aquellos cuatro melenudos. El mundo entero, de Londres a Camberra, de Madrid a Filadelfia, de Varsovia a Manila y de Valparaíso a Nairobi, se movilizaban al son del Sargeant Peepers Lonely Hearts Club Band.

 

            Los Beatles nos hicieron soñar también a los que llegamos un poco más tarde. Pero la verdad es que aquello fue un gran chasco. Tuvieron, como nadie ha tenido, a toda una generación rendida a sus pies y no supieron o no quisieron apuntar hacia un ideal que valiera la pena. Todo se ha vuelto consumo, a fin de cuentas. Paz, amor... palabras que al poco no significaban nada, porque eran una mercancía más en el mercado de las ilusiones. Sólo quedó la escoria de resignados amores libertinos y el aroma de los porretes consumidos en los sueños de Katmandú.

 

 

Rebeldes sin causa

 

Por aquellos años se publicó un libro testimonio. Lo escribió una chica de dieciséis años y lleva por título el muy sugerente de Rebeldes. Del acierto de la obra dan fe las sucesivas ediciones en un montón de idiomas. La autora, Susan Hinton supo reflejar como pocos la enorme carga de frustración y emotividad de su propia generación. He probado a darles a leer este pequeño volumen a muchos adolescentes y me he encontrado con la sorpresa de que –salvo excepciones notorias de lectores exclusivos del Marca- todos ellos conectaban de maravilla con las luchas de los protagonistas de esa cruda descripción. ¿Y cuál es la tesis del libro? No pienso destriparlo, pero queda claro que por debajo de la capa de pelambreras, marcas de ropa y gustos musicales hay un anhelo, un hambre verdadera, de cosas grandes que no la satisface el consumo compulsivo ni las más sofisticadas aportaciones de la técnica al servicio del ocio.

 

Los años primeros de la libertad son decisivos a la hora de forjar un carácter. Pero uno siente la tentación de hacer como el cínico Diógenes y buscar con un candil un hombre, una mujer idealista que pida lo imposible. Lo más desalentador de algunos jóvenes “modernos” es que su rebeldía es estéril, alienante, empequeñecida, de horizontes estrechos. Se enemistan con sus padres porque no les dan libertad, y cuando les preguntas qué clase de liberación pretenden, te salen con que quieren salir por la noche. Y si preguntas un poco más, averiguas que en su reivindicación se añaden unos cuantos billetes de mil, un taxi para volver a casa y nada de preguntas. Los más originales añaden la moto al paquete y dependiendo de las zonas o las edades, la cosa puede variar desde la tabla de surf hasta el tinte para decolorarse el pelo. Si en el menú no se incluye el desayuno en la cama es por un cierto resquicio de pudor. Y si algún padre fascistoide pretende cerrar el trato a cambio de unas calificaciones académicas decentes, ya está armada la bronca.

 

 

Vacaciones en Ibiza

 

No tengo nada contra los que pelean con bravura por conseguir un objetivo bueno, y aun malo, porque lo consideren tan valioso que vale la pena apechugar con las consecuencias. Recuerdo el caso de Josué y Cristina cuando quisieron pasar unas vacaciones juntos en Ibiza. Para ellos era la ocasión de su vida y les dejaba perplejos que sus respectivas familias se pusieran en plan carca y se tirasen escandalizados de los pelos. Me hubiera parecido correcto que estos amantísmos dieciochoañeros luchasen por conseguir lo que deseaban con tanto ardor si con eso se arriesgaban a perderlo todo por esta causa. Pero no. Lo escamante de esta batallita fue que los dos tórtolos no jugaron limpio. Cristina y Josué se fueron a la playa, dejando armada en casa la pelotera del siglo, porque tenían seguro el regreso al cálido cobijo familiar donde, a lo más, tendrían que aguantar caras y algún reproche. Y a esperar la siguiente parcela de libertad que conquistar. Y papá y mamá a tragar, que para eso les pagan.

 

Lo que hizo inmortal el drama de Romeo y Julieta –aparte de Shakespeare- es que ambos llegaron hasta el final en el desafío de su amor. Y eso que el final es trágico de narices. El suyo era sólo un viaje de ida, lo sabían y cargaron con ello. Es lo mismo que hizo grandes a los conquistadores de América  que se cortaban la retirada quemando las naves o trazando rayas en la arena de la playa. El mismo motivo que nos lleva a rendir homenaje a los deportistas que se dejan la piel por ser los primeros. El mismo por el que admiramos a los santos y a los héroes.

 

 

El destino te lo montas tú

 

Los que se hacían cristianos en los tres primeros siglos de nuestra era sabían que se la jugaban, y de qué manera. Recibir el bautismo suponía arriesgarse a perderlo todo incluida la vida. Me sobrecoge el ejemplo de un numeroso ejército de muchachas como Águeda, Inés, Lucía, Eulalia o Cecilia que murieron en plena adolescencia precisamente por ser rebeldes. La Iglesia les ha otorgado a cada una el hermoso título de virgen y mártir. Hay que entender bien en qué consistía el juego. En la sociedad en la que ellas vivían ninguna mujer era dueña de su destino. Sus padres y parientes arreglaban su matrimonio y de la chica sólo se esperaba sumisión. Tantas veces fueron moneda de canje o prenda de un arreglo político entre clanes. Y una vez casadas pasaban a formar parte del gineceo marital pendientes del capricho de sus esposos.

 

Pues bien, estas mocitas entendieron que con su fe cristiana se había acabado la milonga de que “otros decidan por mí” y que valía la pena vivir la liberación obrada por Cristo con la consigna de que “el destino te lo montas tú”. Plantaron cara a sus familias y se pusieron el mundo por montera con la ilusa pretensión de que ellas ya habían elegido un amor (Cristo) y que no necesitaban otro. ¡La que se armó! Llantos, súplicas, amenazas, presiones de todo tipo y, por fin, la denuncia de su fe y la muerte como pago a su osadía. Eso es, en mi opinión, llevar una decisión hasta el final. Algo muy distinto de  ese tibiorro nadar y guardar la ropa de los que reclaman una libertad aburguesada y blandengue para darse la gran vida mientras otros protegen sus espaldas.

 

 

La cultura de los semanales

 

            Las tendencias reflejadas en las entrevistas a los ídolos juveniles por los suplementos dominicales de la mayoría de los periódicos, presentan un montón de caritas guapas –actores, actrices, presentadores de TV, maniquíes, promesas del deporte, etc.- que nunca se arrepienten de nada. Salvo raras excepciones, suelen mostrarse satisfechísimas de haber ingresado con éxito en un mundo diseñado por los adultos. Por si fuera poco, aseguran que nadie les ha regalado nada y sueñan con llegar alto en la procelosa selva de la fama. Todo lo que han conseguido les parece de perlas y el mundo que les rodea suele ser juzgado con la benevolencia de lo políticamente correcto: condenan lo que todo el mundo condena y alaban lo que está de moda alabar. Y punto. Ni una reflexión profunda, ni una idea original, ni nada que valga la pena.

 

Cuando se trata de artículos que retratan a los jóvenes o intentan revelar los tics de las últimas generaciones, suelen presentar a unos precoces adultillos o tardíos adolescentes cien por cien dependientes de sus padres y que parecen admitir sin rebozo la cínica máxima “vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos”. Hace poco leía en una de estas revistas las declaraciones de un chaval, que para más inri adornaba su pechera con una imagen del Ché Guevara, en las que había tal tufillo a rancio que me parecía estar leyendo a mi abuelo.

 

 

El caso de Noemí

 

            Ni que decir tiene que no comparto la idea de juventud que presentan los semanales al uso. No la comparto, sobre todo porque me paso el día en contacto con chavales y chavalas que piensan por cuenta propia y no pocos lo hacen afortunadamente de distinta manera. Me basta como ejemplo el de mi amiga Noemí, una guapísima veinteañera a quien su familia le había impuesto todo: desde la carrera hasta la convicción de que nunca haría gran cosa en la vida por su mediocre inteligencia. Le bastaba ser una chica bien, aficionada a los deportes de élite y a las vacaciones caras sin preocuparse por tomar decisiones propias para las que no estaba en absoluto dotada. Pero Noemí sí que tenía alguna idea revolucionaria en su linda cabecita. Una idea en la que andaba Dios por medio (¡Eso, para colmo!). Total, que un buen día se largó a vivir por su cuenta una vida, tal vez muy espiritual y poco práctica, pero al menos propia.

 

            Su familia intentó al principio rendirla por hambre, como las antiguas fortalezas. Pero el corte de suministros no cambió su determinación. Después vino el ostracismo, la postergación familiar e, incluso, algunos intentos de desheredarla. No es que a Noemí le diera igual. Sufría, y cómo, con esta situación. Buscó, encontró y perdió trabajos, siguió luchando y poco a poco va abriéndose paso en la vida. Una vida corriente, si se quiere, pero auténtica y aventurera en medio de la pasividad borrega de los que como mucho se aventuran a hacer el indio los fines de semana teniendo protegida la retaguardia por el nido calentito de papá y mamá.

 

 

Rebeldías en Compact-Disc

 

            Aunque parezca difícil encontrar gente joven que escape de la lógica del aborregamiento generalizado, no cabe duda que haberlos, haylos. Son bastantes los que se dan cuenta de que el mundo que se ha diseñado para ellos es muy imperfecto y que lejos de los lamentos estériles y de la pasividad holgazana, conviene apretar los puños y empeñarse en dejar un mundo mejor para sus propios hijos. A veces da pena ver cómo se gastan cartuchos nobilísimos en empresas de poca monta o, peor aún, como proyectos audazmente capitaneados por los jóvenes rebeldes terminan siendo fagocitados por las hambrientas multinacionales del mercado.

 

            Es el caso de los ídolos musicales alternativos que tanto atraen a los chavales. Vibran con sus canciones rebeldes sin caer en la cuenta de que ellos mismos están siendo a fin de cuentas otro ladrillo en el muro, como dirían los chicos de Pink Floyd. Vender rebeldías en formato CD o mostrarlas en pantalla como pretenden hacer las series juveniles de TV, es una buena manera de hacer dinero a costa de las hambres rebeldes de los chicos. ¿No se advierte la trampa?

 

 

La búsqueda de lo auténtico

 

            Cuando en una sociedad se necesitan héroes, intelectuales y santos, no se puede educar a los jóvenes para que hagan carreras con muchas salidas para que no tengan problemas para colocarse. En un mundo sin niños, como el que se avecina, no se puede hiperproteger a los hijos bajo el mito de la eterna adolescencia. En un planeta que va dando tumbos seducido por la idolatría del dinero, no se puede enseñar a distinguir las cosas por su precio, en lugar de por su valor.

 

Hay ideales eternos por los que merece la pena luchar. El amor es uno de los más grandes. Me viene a la cabeza el recuerdo de doña Conchita, una mamá superprotectora que quitaba las cortezas del pan de molde del bocadillo de su Juanín para que los delicados dientecillos de la criatura no tropezaran con obstáculos desagradables antes de llegar a la mortadela de aceitunas. Tal vez se piense que Juanín tenía tres años. No. ¡Tenía quince!

 

En la educación de los chicos y de las chicas, ese ideal auténtico –el amor verdadero- es algo por lo que vale la pena jugársela. Y no hay que esconder que en el camino del amor hay cortezas, como en el pan de molde. Lo fácil es hacerlo todo blandito, sin estridencias. ¿Cuántos entienden que el amor empieza por la castidad y culmina con la satisfacción de haber creado una familia? Huir de las asperezas del camino es garantía de que no terminaremos de llegar nunca. De ahí que no haya mejor rebeldía que la del que se niega a ser una bestia o un pelele. Los chicos de Mecano cantaban en honor de Dalí aquello de que “andamos cortos de genios”. Me apropio de su frase y redondeo: andamos escasos de rebeldes, pero de rebeldes con causa, de los que dan soluciones, de los que nos hacen mejorar a todos.□

                    



RELACIONADOS

 

Otros artículos de Javier Láinez

EL VALOR DE LA LIBERTAD

 

 


©Arvo.net, 04/08/2008
Edita Asociación
Arvo, Salamanca; Coordina: Antonio Orozco Delclós
Todos los derechos reservados.
Se permite la difusión en Internet con enlace a esta página

 
Enviado por Arvo.net - 04/08/2008 ir arriba

v01.99:0.34
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós