REBELDES SIN
FRONTERAS
Javier
Láinez
En:
Escritos Arvo
Arvo.net,
05.08.2008
"Get over it" es
el título de una canción que los veteranos Eagles sacaron en
1994 para reírse de los niñatos que se pasan el día mendigando
compasión sin dar un palo al agua y sin haber usado sus manos
para otra cosa que para pedir dinero. "Get over it" viene a
significar algo así como “sobreponte”, es decir, supérate a ti
mismo y deja de lloriquear. Este grito convendría hacérselo oír
a muchos jovencitos amodorrados en la placidez de su estilo de
vida facilón y complaciente en la que se echa de menos un poco
de audacia.
El
ejemplo de los Beatles
Para los
que fueron parte de la generación de los chicos de Liverpool, la
“beatlemanía” supuso un verdadero calambrazo. Nunca en la historia
se había producido un fenómeno social de tales dimensiones provocado
por cuatro veinteañeros. Eran los fogosos años sesenta en los que
todas las miradas se volvían hacia la revolución de los jóvenes. "El
mayo francés", los paraísos de los hippies, la contestación al mundo
adulto enfrascado en guerras como la de Vietnam o en las amenazas
atómicas, la fascinación de la China de Mao, la conquista de la luna
y de los jardines prohibidos del sexo. Algo se movía y era capaz de
derribar gobiernos y de poner de los nervios a los poderosos. “La
imaginación al poder”, “Prohibido prohibir”, “Sed realistas, pedid
lo imposible”. Estas eran las consignas del desplante juvenil. Y
sobre las tiernas cabezas, la música electrizante y evocadora de
aquellos cuatro melenudos. El mundo entero, de Londres a Camberra,
de Madrid a Filadelfia, de Varsovia a Manila y de Valparaíso a
Nairobi, se movilizaban al son del Sargeant Peepers Lonely Hearts
Club Band.
Los
Beatles nos hicieron soñar también a los que llegamos un poco más
tarde. Pero la verdad es que aquello fue un gran chasco. Tuvieron,
como nadie ha tenido, a toda una generación rendida a sus pies y no
supieron o no quisieron apuntar hacia un ideal que valiera la pena.
Todo se ha vuelto consumo, a fin de cuentas. Paz, amor... palabras
que al poco no significaban nada, porque eran una mercancía más en
el mercado de las ilusiones. Sólo quedó la escoria de resignados
amores libertinos y el aroma de los porretes consumidos en los
sueños de Katmandú.
Rebeldes sin causa
Por aquellos años se
publicó un libro testimonio. Lo escribió una chica de dieciséis años
y lleva por título el muy sugerente de Rebeldes. Del acierto
de la obra dan fe las sucesivas ediciones en un montón de idiomas.
La autora, Susan Hinton supo reflejar como pocos la enorme carga de
frustración y emotividad de su propia generación. He probado a
darles a leer este pequeño volumen a muchos adolescentes y me he
encontrado con la sorpresa de que –salvo excepciones notorias de
lectores exclusivos del Marca- todos ellos conectaban de maravilla
con las luchas de los protagonistas de esa cruda descripción. ¿Y
cuál es la tesis del libro? No pienso destriparlo, pero queda claro
que por debajo de la capa de pelambreras, marcas de ropa y gustos
musicales hay un anhelo, un hambre verdadera, de cosas grandes que
no la satisface el consumo compulsivo ni las más sofisticadas
aportaciones de la técnica al servicio del ocio.
Los años primeros de
la libertad son decisivos a la hora de forjar un carácter. Pero uno
siente la tentación de hacer como el cínico Diógenes y buscar con un
candil un hombre, una mujer idealista que pida lo imposible. Lo más
desalentador de algunos jóvenes “modernos” es que su rebeldía es
estéril, alienante, empequeñecida, de horizontes estrechos. Se
enemistan con sus padres porque no les dan libertad, y cuando les
preguntas qué clase de liberación pretenden, te salen con que
quieren salir por la noche. Y si preguntas un poco más, averiguas
que en su reivindicación se añaden unos cuantos billetes de mil, un
taxi para volver a casa y nada de preguntas. Los más originales
añaden la moto al paquete y dependiendo de las zonas o las edades,
la cosa puede variar desde la tabla de surf hasta el tinte para
decolorarse el pelo. Si en el menú no se incluye el desayuno en la
cama es por un cierto resquicio de pudor. Y si algún padre
fascistoide pretende cerrar el trato a cambio de unas calificaciones
académicas decentes, ya está armada la bronca.
Vacaciones en Ibiza
No tengo nada contra
los que pelean con bravura por conseguir un objetivo bueno, y aun
malo, porque lo consideren tan valioso que vale la pena apechugar
con las consecuencias. Recuerdo el caso de Josué y Cristina cuando
quisieron pasar unas vacaciones juntos en Ibiza. Para ellos era la
ocasión de su vida y les dejaba perplejos que sus respectivas
familias se pusieran en plan carca y se tirasen escandalizados de
los pelos. Me hubiera parecido correcto que estos amantísmos
dieciochoañeros luchasen por conseguir lo que deseaban con tanto
ardor si con eso se arriesgaban a perderlo todo por esta causa. Pero
no. Lo escamante de esta batallita fue que los dos tórtolos no
jugaron limpio. Cristina y Josué se fueron a la playa, dejando
armada en casa la pelotera del siglo, porque tenían seguro el
regreso al cálido cobijo familiar donde, a lo más, tendrían que
aguantar caras y algún reproche. Y a esperar la siguiente parcela de
libertad que conquistar. Y papá y mamá a tragar, que para eso les
pagan.
Lo que hizo inmortal
el drama de Romeo y Julieta –aparte de Shakespeare- es que ambos
llegaron hasta el final en el desafío de su amor. Y eso que el final
es trágico de narices. El suyo era sólo un viaje de ida, lo sabían y
cargaron con ello. Es lo mismo que hizo grandes a los conquistadores
de América que se cortaban la retirada quemando las naves o
trazando rayas en la arena de la playa. El mismo motivo que nos
lleva a rendir homenaje a los deportistas que se dejan la piel por
ser los primeros. El mismo por el que admiramos a los santos y a los
héroes.
El destino te lo montas tú
Los que se hacían
cristianos en los tres primeros siglos de nuestra era sabían que se
la jugaban, y de qué manera. Recibir el bautismo suponía arriesgarse
a perderlo todo incluida la vida. Me sobrecoge el ejemplo de un
numeroso ejército de muchachas como Águeda, Inés, Lucía, Eulalia o
Cecilia que murieron en plena adolescencia precisamente por ser
rebeldes. La Iglesia les ha otorgado a cada una el hermoso título de
virgen y mártir. Hay que entender bien en qué consistía el juego. En
la sociedad en la que ellas vivían ninguna mujer era dueña de su
destino. Sus padres y parientes arreglaban su matrimonio y de la
chica sólo se esperaba sumisión. Tantas veces fueron moneda de canje
o prenda de un arreglo político entre clanes. Y una vez casadas
pasaban a formar parte del gineceo marital pendientes del capricho
de sus esposos.
Pues bien, estas
mocitas entendieron que con su fe cristiana se había acabado la
milonga de que “otros decidan por mí” y que valía la pena vivir la
liberación obrada por Cristo con la consigna de que “el destino te
lo montas tú”. Plantaron cara a sus familias y se pusieron el mundo
por montera con la ilusa pretensión de que ellas ya habían elegido
un amor (Cristo) y que no necesitaban otro. ¡La que se armó!
Llantos, súplicas, amenazas, presiones de todo tipo y, por fin, la
denuncia de su fe y la muerte como pago a su osadía. Eso es, en mi
opinión, llevar una decisión hasta el final. Algo muy distinto de
ese tibiorro nadar y guardar la ropa de los que reclaman una
libertad aburguesada y blandengue para darse la gran vida mientras
otros protegen sus espaldas.
La cultura de los semanales
Las
tendencias reflejadas en las entrevistas a los ídolos juveniles por
los suplementos dominicales de la mayoría de los periódicos,
presentan un montón de caritas guapas –actores, actrices,
presentadores de TV, maniquíes, promesas del deporte, etc.- que
nunca se arrepienten de nada. Salvo raras excepciones, suelen
mostrarse satisfechísimas de haber ingresado con éxito en un mundo
diseñado por los adultos. Por si fuera poco, aseguran que nadie les
ha regalado nada y sueñan con llegar alto en la procelosa selva de
la fama. Todo lo que han conseguido les parece de perlas y el mundo
que les rodea suele ser juzgado con la benevolencia de lo
políticamente correcto: condenan lo que todo el mundo condena y
alaban lo que está de moda alabar. Y punto. Ni una reflexión
profunda, ni una idea original, ni nada que valga la pena.
Cuando se trata de
artículos que retratan a los jóvenes o intentan revelar los tics de
las últimas generaciones, suelen presentar a unos precoces
adultillos o tardíos adolescentes cien por cien dependientes de sus
padres y que parecen admitir sin rebozo la cínica máxima “vive de
tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos”. Hace poco leía en
una de estas revistas las declaraciones de un chaval, que para más
inri adornaba su pechera con una imagen del Ché Guevara, en las que
había tal tufillo a rancio que me parecía estar leyendo a mi abuelo.
El caso de Noemí
Ni que
decir tiene que no comparto la idea de juventud que presentan los
semanales al uso. No la comparto, sobre todo porque me paso el día
en contacto con chavales y chavalas que piensan por cuenta propia y
no pocos lo hacen afortunadamente de distinta manera. Me basta como
ejemplo el de mi amiga Noemí, una guapísima veinteañera a quien su
familia le había impuesto todo: desde la carrera hasta la convicción
de que nunca haría gran cosa en la vida por su mediocre
inteligencia. Le bastaba ser una chica bien, aficionada a los
deportes de élite y a las vacaciones caras sin preocuparse por tomar
decisiones propias para las que no estaba en absoluto dotada. Pero
Noemí sí que tenía alguna idea revolucionaria en su linda cabecita.
Una idea en la que andaba Dios por medio (¡Eso, para colmo!). Total,
que un buen día se largó a vivir por su cuenta una vida, tal vez muy
espiritual y poco práctica, pero al menos propia.
Su familia
intentó al principio rendirla por hambre, como las antiguas
fortalezas. Pero el corte de suministros no cambió su determinación.
Después vino el ostracismo, la postergación familiar e, incluso,
algunos intentos de desheredarla. No es que a Noemí le diera igual.
Sufría, y cómo, con esta situación. Buscó, encontró y perdió
trabajos, siguió luchando y poco a poco va abriéndose paso en la
vida. Una vida corriente, si se quiere, pero auténtica y aventurera
en medio de la pasividad borrega de los que como mucho se aventuran
a hacer el indio los fines de semana teniendo protegida la
retaguardia por el nido calentito de papá y mamá.
Rebeldías en Compact-Disc
Aunque
parezca difícil encontrar gente joven que escape de la lógica del
aborregamiento generalizado, no cabe duda que haberlos, haylos.
Son bastantes los que se dan cuenta de que el mundo que se ha
diseñado para ellos es muy imperfecto y que lejos de los lamentos
estériles y de la pasividad holgazana, conviene apretar los puños y
empeñarse en dejar un mundo mejor para sus propios hijos. A veces da
pena ver cómo se gastan cartuchos nobilísimos en empresas de poca
monta o, peor aún, como proyectos audazmente capitaneados por los
jóvenes rebeldes terminan siendo fagocitados por las hambrientas
multinacionales del mercado.
Es el caso
de los ídolos musicales alternativos que tanto atraen a los
chavales. Vibran con sus canciones rebeldes sin caer en la cuenta de
que ellos mismos están siendo a fin de cuentas otro ladrillo en el
muro, como dirían los chicos de Pink Floyd. Vender rebeldías en
formato CD o mostrarlas en pantalla como pretenden hacer las series
juveniles de TV, es una buena manera de hacer dinero a costa de las
hambres rebeldes de los chicos. ¿No se advierte la trampa?
La búsqueda de lo auténtico
Cuando en
una sociedad se necesitan héroes, intelectuales y santos, no se
puede educar a los jóvenes para que hagan carreras con muchas
salidas para que no tengan problemas para colocarse. En un mundo sin
niños, como el que se avecina, no se puede hiperproteger a los hijos
bajo el mito de la eterna adolescencia. En un planeta que va dando
tumbos seducido por la idolatría del dinero, no se puede enseñar a
distinguir las cosas por su precio, en lugar de por su valor.
Hay ideales eternos
por los que merece la pena luchar. El amor es uno de los más
grandes. Me viene a la cabeza el recuerdo de doña Conchita, una mamá
superprotectora que quitaba las cortezas del pan de molde del
bocadillo de su Juanín para que los delicados dientecillos de la
criatura no tropezaran con obstáculos desagradables antes de llegar
a la mortadela de aceitunas. Tal vez se piense que Juanín tenía tres
años. No. ¡Tenía quince!
En la educación de los
chicos y de las chicas, ese ideal auténtico –el amor verdadero- es
algo por lo que vale la pena jugársela. Y no hay que esconder que en
el camino del amor hay cortezas, como en el pan de molde. Lo fácil
es hacerlo todo blandito, sin estridencias. ¿Cuántos entienden que
el amor empieza por la castidad y culmina con la satisfacción de
haber creado una familia? Huir de las asperezas del camino es
garantía de que no terminaremos de llegar nunca. De ahí que no haya
mejor rebeldía que la del que se niega a ser una bestia o un pelele.
Los chicos de Mecano cantaban en honor de Dalí aquello de que
“andamos cortos de genios”. Me apropio de su frase y redondeo:
andamos escasos de rebeldes, pero de rebeldes con causa, de los que
dan soluciones, de los que nos hacen mejorar a todos.□
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