Por
Javier Láinez
Algunas
veces puede resultar
chocante manifestar la fe
cristiana en medio de gente
que parece no creer ni en la
luz eléctrica. Pero si en
ese contraste uno se dedica
a ir de camaleón o, peor
aún, a asumir maneras de
vivir que contrarían la
propia conciencia, se puede
decir de él que tiene un
morro que se lo pisa.
LAS AVENTURAS DE JEREMÍAS
JOHNSON.
Fue una película
que me impactó en la
adolescencia. ¡Qué cantidad
de cosas —malas casi todas—
le pasan al pobre Robert
Redford en esa vieja
cinta! Tiene que
desenvolverse en un lugar
hostil, con un invierno
espantoso, sufriendo ataques
de osos, de lobos, de
indios, de bandidos...Y para
colmo, le matan a la bella
nativa con la que se había
casado.
Las tribulaciones
del protagonista tienen
siempre como telón de fondo
la lucha contra la
adversidad y el deseo de
triunfar en su determinación
de vivir y cazar allí a
pesar de los esfuerzos de
todos por echarle. En fin,
con razón se llama
Jeremías. El nombre lo
toma de un profeta de Israel
famoso por sus
Lamentaciones sobre la
ruina de Jerusalén y la
infidelidad del pueblo
elegido. Jeremías permanece
firme en la Ciudad Santa
asolada por los babilonios
cuando los demás
supervivientes no hacen otra
cosa que buscar el modo de
huir.
Si uno se queja
con frecuencia de lo mal que
van las cosas y tiende a
cargar las tintas sobre los
tumbos erráticos que da el
mundo, se le suele decir que
es un Jeremías. Sin embargo,
se me antoja que lo anterior
no es un simple lloriquear
mientras se ven los toros
desde la barrera. Mis
dos “jeremías” —el de la
Bíblia y el otro— permanecen
en su sitio y están
dispuestos a morir con las
botas puestas.
TU CREDO, GUÁRDATELO.
Viene esto a
cuento, porque dicen que los
jóvenes de hoy en día son
los primeros en muchos
siglos que han sido educados
al margen de la religión o,
como prefieren decir los
textos de los sociólogos en
su argot rebuscado, “la
primera generación no
socializada religiosamente”.
Abuelos y padres reconocen
desconcertados que no han
sido capaces de transmitir a
sus hijos lo que ellos
habían recibido pacífica y
regularmente. También la
Iglesia admite que no ha
sabido poner el empeño
suficiente en su catequesis,
pues el balance que arroja
el calado del mensaje
evangélico en buena parte de
la juventud es desalentador.
Y la sociedad en la que
vivimos tampoco parece echar
de menos la presencia en su
seno a quienes debieran
darle sabor y luz.
Es más, al desaparecer el
testimonio cristiano de la
vida social, va cobrando
fuerza una ética laicista
que impone en uno de sus
primeros dogmas que la
religión ha de practicarse
en privado sin que se puedan
tolerar otras
manifestaciones públicas que
las meramente folklóricas.
Podríamos jeremizar
el problema, alargar la
lista de calamidades y
acabar pensando que los
cristianos somos cuatro
gatos obligados a pactar con
el mundo para que nos
permitan vivir en él.
DERROTADO A LOS DOCE AÑOS.
Hay quienes se
rinden ante esta presión, y
prefieren ser una especie de
“cristianos de incógnito”.
Es decir, unos tipos con una
fe vergonzante que disimulan
su condición de creyentes
por miedo a la mirada
burlona de los demás.
Practican su fe, pero a
escondidas.
Hace tiempo, cuando vivía en
Italia, conocí a un pequeño
jeremías de 12 años. No
se llamaba Jeremías sino
Fabrizio, pero ya era
uno de esos que no parecen
admitir otro remedio que
resignarse a que ser
cristiano en estos tiempos
pinte tanto como Pilatos en
el Credo. Habíamos ido a
pasar un fin de semana en un
pueblecito de los Abruzos
con un nutrido grupo de
chavales. Después de
instalarnos en la casa, pedí
a Fabrizio que me acompañara
a buscar la iglesia para
enterarnos de las horas en
las que habría misa, pues el
día siguiente era domingo.
Como en una primera ronda
por las calles no logramos
descubrirla, le dije a mi
acompañante que iba a
preguntar a algún lugareño.
Pregúntale a una vieja.
Son las únicas que todavía
van a misa, me dijo sin
mover un músculo aquél
chiquillo que apenas medía
más de un metro. Sólo le
faltó añadir: y algunos
bichos raros como nosotros.
Pero a mí lo que me había
roto el saque había sido el
adverbio todavía
encajado en aquella cruda
observación fenomenológica.
Me mosqueé. Y para probar lo
contrario, pregunté a unos
macarrillas que encontramos
en una placita. Nos
indicaron la iglesia y, para
mi regocijo, al día
siguiente asistimos a una
tumultuosa y simpática Misa
para niños a las 10 de la
mañana. Reconozco que fue
una pequeña venganza.
Piccola vendetta —me
dijo él.
Entre Jeremías y jeremías,
me ha dado por pensar en los
que se acomplejan de ser
cristianos o, peor aún, en
los que queriendo contentar
a todos, juegan a nadar y
guardar la ropa. En el
sentido de lo que llevamos
dicho, he encontrado a
algunos dispuestos a admitir
que deben vivir su fe en un
mundo paganizado, pero no
saben o no pueden dejar de
ser mundanos. ¿Un ejemplo?
Tengo varios.
TANGANA A LAS TRES DE LA
MADRUGADA.
No es difícil imaginar un
coche atestado de
universitarios que vuelve a
casa a altas horas tras una
noche de marcheta. Con el
cuerpo lleno de vibraciones
y los oídos saturados de
ruido, la conversación
deriva por mil joviales
sinsentidos y alguna que
otra palabra vana. Ninguno
va borracho, pero han bebido
como parece ser lógico en
este tipo de eventos. La
magia de la noche, unida a
la juventud de los
protagonistas, llena el
momento de alegre desenfado.
Conduce Gregorio, a
su lado va su novia y detrás
se apretujan dos chicos y
dos chicas más. Una de ellas
es Mariola, la que me
contó alucinada esta
historieta que parece sacada
de una película surrealista.
El caso es que, en medio de
semejante algarabía, la
novia de Gregorio se
descuelga con la siguiente
proposición: “Podríamos
rezar el rosario, ¿no?”
Mariola no dudó en saltar:
¡¡¡¿A las tres de la
mañana?!!! Y se armó el
follón. Gregorio —hermano de
Mariola— defendía
ardientemente a su novia, la
oportunidad del momento y la
lucidez de la sugerencia. En
la trasera del coche hubo
división de opiniones.
Aquello sirvió para dar un
repaso general al dogma y a
la moral católicas,
discutiéndolo todo a voz en
grito. Sólo la caridad salió
escaldada de ese
conciliábulo ambulante. Y
desembocó más tarde en
agrios reproches entre
Mariola y su hermano,
llegando a involucrar a la
familia entera en la batalla
teológica.
La familia de Mariola es una
familia con larga y profunda
formación cristiana. A pesar
de las apreturas de la vida
—no son ricos y todos
arriman el hombro en casa—,
viven con naturalidad una fe
desenvuelta y recia. La
novia de Gregorio, en
cambio, provenía de un
ambiente muy distinto y su
religiosidad era
prácticamente cero. Pero el
trato con ellos le fue
acercando de nuevo a la fe,
y con el entusiasmo de los
conversos, piensa que el
momento más extravagante se
santifica al conseguir
empotrar en él una piadosa
devoción.
La verdad es que Mariola no
le facilita a su futura
cuñada el acertar con la
tecla oportuna. El otro día
me contaba el plan de su
pandilla para el día que
finalicen los exámenes
cuatrimestrales: “Estar
toda la noche en danza hasta
las ocho de la mañana, ir a
tomar un chocolate con
churros y después, a Misa de
nueve”. En fin, una
mezcla entre marcheta y
pietismo que haría las
delicias de algún barman
especializado en cócteles de
diseño. Yo le preguntaba,
sin retintín, con qué
devoción se puede asistir a
Misa cuando el cuerpo es
poco más que un vegetal
cargado de sueño. Sí,
admito que todo el
planteamiento es una chapuza
mayúscula —reconoció
ella con nobleza.
SER DEL MUNDO SIN SER
MUNDANOS.
Al igual que otros muchos
cristianos a lo largo de la
historia, hoy día hemos de
aprender a vivir con
naturalidad nuestra fe y
nuestra moral sin miedo a
chocar con el ambiente y,
por supuesto, sin
concesiones a la vulgaridad
de hacer lo que hacen todos
o pensar lo que piensan
todos.
Con una frase magistral lo
escribió en uno de los
últimos puntos de Camino
el recientemente canonizado
Josemaría Escrivá:
Sed hombres y mujeres del
mundo, pero no seáis hombres
y mujeres mundanos. Esto
quiere decir que el mundo es
tan nuestro como de
cualquiera, que por
cristianos nos pertenecen la
alegría de vivir y todas las
cosas buenas que hay en la
tierra y que divertirse es
uno de los modos de
agradecer a Dios los dones
de la creación. Pero no que
juguemos a mezclar churras
con merinas.
Me disgusta ese chascarrillo
estudiantil del alumno que
reza fervoroso "Virgen
santa, Virgen pura, haced
que apruebe esta asignatura",
cuando él por su parte no ha
pegado ni chapa ni se ha
preocupado del examen hasta
el día anterior. Tampoco me
gusta que una buena amiga
como Jessica acuda a
una echadora de cartas
cuando comprueba que sus
rezos a San Antonio para
conseguir novio no dan
resultado. Ni me agrada que
algunos se quiten la fe de
encima al entrar en
determinados ambientes, como
se sacuden el agua los
perros después de bañarse.
Son incoherencias nacidas
del miedo, de la gandulería
o de la doblez.
Cuando a Dani
se le cayó un día en clase
uno de esos pequeños
rosarios de dedo, trató de
excusarse ante los ojos
llenos de risa de sus
compañeros, advirtiendo que
si lo tenía era por ser
regalo de una amiga. Julio,
con quien había estado
haciendo una romería durante
el recreo, no pudo menos que
espetarle: Tío, tienes
más morro que un orangután
silbando "el puente sobre el
río Kwai"...
QUIQUE EN LA DISCOTECA.
Como contrapunto a lo
anterior, me viene a la
cabeza una historia
divertida que le sucedió al
joven Quique
cuando era un chaval (ahora
es todo un universitario a
punto de acabar Teleco y con
novia formal). Sus amigos
habían logrado arrastrarle a
una discoteca muy de moda
entonces con ocasión de
celebrar su cumpleaños.
La verdad es que estaba
fascinado por la psicodelia
de tan legendario lugar y no
advirtió las maniobras de la
pandilla para encasquetarle
a una supermaquillada
vampiresa de su misma edad (Vamos
maquilladas / que si no, no
somos nada, reza la
canción). El caso es que de
pronto se encontró con la
chavala empotrada en su
costado haciéndole preguntas
¿Cómo te llamas? y
observaciones Eres
muy guapo, ¿sabes?
que le estaban haciendo
sudar tinta. Sintió un gran
alivio cuando la chica le
sacó a la pista de baile. Al
menos, podría respirar. Pero
su liberación duró poco,
pues al son de la música la
muchacha se le echaba encima
y se agarraba a él como un
pulpo.
Con toda la inocencia de sus
quince recién cumplidos y
desconocedor en absoluto de
la mecánica de ese mundo
nuevo, Quique se paró en
medio de la pista ante la
mirada atónita de ella y le
soltó: Oye, ¿tú crees en
Dios? La joven
seductora, que en el fondo
no era mala chica, acertó a
balbucear, mientras se
preguntaba a qué narices
venía aquello: Bueno...,
sí. Claro... Quique, ya
dueño de la situación, la
separó de sí y haciendo
oscilar suavemente su mano
entre los dos, le dijo:
Pues déjale sitio, ¿vale?
Termino con unas palabras
que Juan Pablo II
dirigía a los jóvenes del
mundo en Denver (Colorado).
Me parece que resumen bien
lo ya dicho: No tengáis
miedo de salir a las calles
y a los lugares públicos,
como los primeros apóstoles
que predicaban a Cristo y la
buena noticia de la
salvación en las plazas de
las ciudades, de los
pueblos, de las aldeas. No
es tiempo de avergonzarse
del Evangelio (...) No
tengáis miedo de romper con
los estilos de vida
confortables y rutinarios,
para aceptar el reto de dar
a conocer a Cristo en la
metrópoli moderna. (...) El
Evangelio no fue pensado
para tenerlo escondido. Hay
que ponerlo en el candelero,
para que la gente pueda ver
su luz y alabe a nuestro
Padre celestial.
© Javier Láinez
© ESCRIOS ARVO