Más colgado que una percha
Autor: Javier Láinez
Arvo.net, 07.07.2008
“Quedarse colgado” es una expresión al uso entre los adolescentes. Es distinto de “ser un colgado”, “estar colgado” o de “tener un cuelgue”. Ser un colgado es sinónimo de persona de cortos alcances, que se lo monta mal y no disfruta de la vida. Estar colgado es, más o menos, haber recibido un plantón o no tener un buen plan. Tener un cuelgue es estar enamorado de una chica –o un chico- imposible. En ninguno de los tres últimos casos sonarán todas las alarmas de un quinceañero. Pero el pánico a quedarse fuera de órbita, a quedarse colgado, sí que le llevará a comportamientos increíbles con tal de no caer en semejante anatema.
El complejo gregario.
Una de las barrabasadas actuales del lenguaje consiste en juguetear con el contenido semántico de las palabras. Quedarse colgado no significa, ahora mismo, la literalidad de pender de un hilo o de estar suspendido en el vacío. Los jóvenes que han crecido a la par que el furibundo desarrollo tecnológico, han multiplicado la metáfora hasta el extremo. La expresión “quedarse colgado” quiere describir la cara de tonto que a uno se le queda cuando al otro lado del teléfono el interlocutor cuelga el aparato y nos deja fuera de juego inesperadamente.
Para una chica -o un chico- en la edad del pavo, que sus amigas la dejen tirada o que no cuenten con ella para determinados planes, es una verdadera tragedia. La sola posibilidad de que su modo de pensar, de hacer las cosas o de asumir valores pueda desentonar del grupo al que pertenece o quiere pertenecer, le llevará a los más agobiantes dilemas. La simple amenaza de ser excluida del grupo, puede obligarla a hacer cosas que aborrece o que desprecia, pero que merecerán la aprobación de la tribu. Desde hace muchos años a este comportamiento despersonalizado se le llama complejo gregario (complejo de rebaño) y, aparte de las implicaciones sociológicas o psicológicas que pueda tener el problema, lo que interesa aquí es echar un vistazo somero a sus consecuencias morales.
El mundo de Sofía y Jennifer.
Estas dos chicas tienen 14 años, estudian 3º de la ESO y proceden de familias normales y con principios cristianos (no se sabe nada de los finales). Comenzaron su aprendizaje social merodeando las tiendas de chucherías y dejando pasar las tardes de los sábados entre el bla bla blá y las alfombras de cáscaras de pipas bajo los pies. Andando el tiempo, descubrieron los encantos de las hamburgueserías, las pizzerías y el alboroto de los cumpleaños celebrados fuera de casa. Un peldaño más en la escala social les llevó a frecuentar las zonas de copas de su ciudad. Este tipo de bares, pubs y discotecas disponen de un público casi infantil hasta las nueve o diez de la noche. Conforme avanza la hora, la edad de la clientela crece también. La sordidez e inmoralidad muchos de estos comerciantes es de tal calibre, que en algunos locales ofrecen en la misma barra, al adolescente que lo solicita, un poco de pasta de dientes para que se enjuaguen la boca en el lavabo y borren las huellas del alcohol de su aliento. Un modo barato de ahorrarse el sermón de papá al volver a casa.
Sofía y Jennifer acuden con su pandilla al jardín prohibido. Los chicos y las chicas sonríen nerviosos y se dan codazos ante las maravillosas ofrendas exóticas de los distintos establecimientos. Hay prisa por hacerse adulto. El ritual marca que hay que hacer bote para comprar unos litros de Calimocho (vino barato con Coca-cola) o de cerveza. Aquí empieza la tragedia de las dos muchachas. Nunca han bebido. Están en ayunas. Tienen dinero, pero se resisten a contribuir al fondo común de una bebida que les repugna. Se miran la una a la otra y no saben qué hacer. Pero el riesgo que afrontan si se atreven a negarse es demasiado grande. Nada en teoría les impide pedir un refresco sin alcohol, pero en ese momento se quedarían colgadas. En el argot deportivo diríamos descolgadas, es decir, lejos de las posiciones de cabeza. Pero ellas perciben el “clic” en su cerebro y el tut-tut-tut de la comunicación interrumpida con su pandilla: el próximo fin de semana probablemente no contarán con ellas.
Personalidad y tribalismo.
¿Qué vale más, la tribu o mi conciencia? Las acusaciones pueden ser desde que son tacañas hasta que son estrechas. Da igual. Han despreciado la unidad de la tribu. Los adolescentes raramente tienen labrado el carácter de modo que sean imperturbables ante los reproches del grupo. Si quieres vivir en paz –te dicen--, haz lo que hacen todos. Pero el precio es alto. Hay que pisotear la conciencia y dejar de ser uno mismo. Sofía y Jennifer han superado con éxito los primeros rounds del combate. Se niegan a beber y aceptan la marginación. Han sido tácitamente excluidas del grupo y han debido buscarse otros amigos. Lo malo es que la atmósfera del reproche se extiende también a la clase, y en el colegio parecen dos viuditas inconsolables con quienes nadie habla de nada interesante.
Bastantes quinceañeros entienden a su manera los términos abstractos como tolerancia y amistad. La disidencia –sea en nombre de lo que sea- está penalizada. Los criterios morales de unas chicas como Jennifer y Sofía caerán fácilmente al suelo si no tienen un firme apoyo familiar y una conciencia forjada contra la adversidad. El mecanismo de comportamiento gregario funciona también en otros niveles de enorme trascendencia moral: las noches en blanco vagando sin rumbo por las calles, el coqueteo con las drogas, la conducción temeraria, el hurto por diversión, el jugueteo sexual o la violencia física. El pánico a quedarse sola o a soportar el sambenito de “colgada” puede llevar a una chica –o a un chico- a ceder ante cosas tremendas. Si existe una conciencia bien formada y alguien con quien descargar las penas del alma, puede que encuentre alguna seguridad en los consejos o amonestaciones de un adulto. Si se calla o lo comparte sólo con una inexperta como ella, ¿qué pasará?
Valientes, como Mulan.
Por desgracia, debido a la enorme desorientación que hoy día reina en el ambiente, es frecuente que muchos jóvenes claudiquen. Es preferible la paz y la cálida seguridad del grupo a unos principios morales de dudosa utilidad, a fin de cuentas. No es de recibo hoy día ser un héroe de la conciencia personal.
En una reciente película de Walt Disney se narra la historia de una chica que, armada como un guerrero, se lanza a defender la memoria y el honor de su padre. Con la valentía de todas las Juana de Arco que han cruzado la historia, debe batallar contra los enemigos invasores y contra la presión de los amigos que no comprenden su actitud. Es en este segundo frente de batalla donde se descubren las más profundas cualidades del alma de la joven Mulan: su tenacidad, sus convicciones, su valoración de la amistad, etc. Estas virtudes de Mulan son las que podrían echar una mano a muchas chicas perdidas hoy en el laberinto del consenso ético y del pensamiento débil. Concretamente, descubrir el valor de los amigos, de la lealtad hacia ellos y del respeto a su manera de pensar, la autoestima necesaria para no dejarse zarandear por lo que Heidegger llamaba la tiranía del “se” (se hace, se dice, se piensa, etc.) y la generosidad para no imponer a nadie un determinado comportamiento. Y más, si es inmoral.
Con este panorama, de poco vale el lamento –“¡Cómo está el mundo, señor Macario!”-, sino que urge reponer tantos cimientos perdidos o despreciados en la formación de la gente joven. Como no se puede esperar de todos un comportamiento heroico, ni se puede echar la culpa al ambiente de los fallos propios –“Todos los cojos le echan la culpa al empedrado”-, sí que es bueno procurar un recorrido práctico que saque a flote las mejores cualidades de cada cual, en sintonía con los valores en alza de una sociedad sin valores. Uno de estos valores, que prenden con facilidad en el alma generosa de los jóvenes, es el valor de la solidaridad.
Echar un vistazo al sótano.
En una sociedad como la nuestra, en la que se bombardea a las generaciones más jóvenes con centenares de ráfagas centelleantes de mil asuntos insípidos (es la dichosa estética del video-clip), de cuando en cuando conviene invitar a una chica o a un chico con hipertrofia de lo superfluo a que entre en contacto con gente verdaderamente “colgada”. Mucho más cerca de lo que ellos puedan imaginar, vive gente dolorida con las mil llagas que la sociedad ha encerrado en ghettos vergonzantes: pobreza, marginación, enfermedades, soledad, desamparo... Lo interesante en esto no es sólo que vean el espectáculo; eso lo pueden ver por la tele en los reality shows o en los anuncios navideños de las ONGs. Pero seguirán siendo espectadores. Lo que puede hacer cambiar a un corazón adormecido es tocar el inmenso caudal de afecto que pueden llegar a sentir por un niño con síndrome de Down. Palparán una dimensión nueva de la amistad, por parte de alguien que nunca les dejará a ellos “colgados”. Lo que enseña a querer es pasar la tarde ayudando a dar la merienda a unos viejecitos abandonados, que tal vez no tengan palabras para agradecer ese servicio. Uno de esos chicos obsesionados por la ropa de marca, me comentaba asombrado al salir de la destartalada vivienda en la que subsistía de milagro una familia numerosa que acabábamos de visitar: “la ropa que llevo encima vale más dinero que lo que esta familia ingresa en dos meses”. Hacía tan sólo unas horas, este muchacho habría despreciado a un amiguete que se presentara en el lugar habitual de reunión vistiendo unos calcetines blancos en el conjunto de su ropa vaquera. Ver –y compartir- con aquella familia le hizo tocar otro mundo al comprobar que muchos de los niños aquellos sencillamente no tenían calcetines.
Cuando se mira de cerca la desgracia y se comprueba que entre los menos favorecidos es frecuente compartir con una sonrisa, que la amistad se puede enlazar por otros cauces distintos de lo meramente accidental, muchos adolescentes descubren un mediterráneo que les ayuda a mirar de modo diverso el valor intrínseco de la amistad.
Amigos para siempre.
Es tremendo escuchar una y otra vez que chicos y chicas de edad temprana son pesimistas a la hora de valorar a sus amigos. Las amistades se hacen y se deshacen a ritmo vertiginoso; se cambia de tribu con la misma facilidad que de indumentaria; la lealtad se cuartea fácilmente cuando no se apoya en otro valor que el mero pasarlo bien juntos. Si les preguntas por amigos del alma, por gente en la que confíen ciegamente, te miran con escepticismo y se remiten a la infancia o a un futuro impredecible.
Si una jovencita se queda embarazada, es fácil que encuentre apoyo –y presión- para que se deshaga del crío. Puede que incluso provoque una solidaria colecta para pagar la clínica. Lo que no es tan frecuente es que sus amistades o su noviazgo permanezcan intactos si decide seguir adelante con el embarazo. Olga es una chica guapísima, inteligente y madura aunque todavía esté en sus primeros cursos de universidad. Su novio, Arturo, acaba de quedarse parapléjico tras un terrible accidente. El chico, noblemente, en cuanto pudo hablar, desligó a Olga de todos sus compromisos con un argumento incontestable: “Todos se reirán de ti si atas tu vida a la de un tullido”. La familia, las amigas, los conocidos..., todos se compadecían de Arturo, pero animaban a Olga a aceptar. Pero ella no quiso escucharles. Habló con Arturo, hicieron planes para el futuro y, por primera vez en tres años de relaciones, en aquella fría sala del hospital, pensaron detalles de la boda.
Entre las cualidades que adornan la verdadera amistad –sinceridad, entrega, lealtad, generosidad, etc.- señalaba Cicerón la de la audacia. Sí, es necesario ser valiente para no dejar de ser uno mismo y aportar al tesoro común de la amistad los rasgos propios del carácter y, a la vez, hay que ser también intrépido para decidirse a superar los defectos –propios y ajenos- que puedan poner la amistad en entredicho. De manera menos académica, la cantante italiana Laura Pausini lo ha querido reflejar también en su canción Un amico è così cuando dice: “No preguntará el cómo ni el porqué/ te escuchará y se batirá por ti (...)/ Si tienes un amigo junto a ti/ no te perderás por las calles extraviadas/ recorridas por quien no ha tenido en su vida/ un amigo así”.
Todos necesitamos amigos. Y los buscamos. Y a veces le damos tal título a quien no lo es en realidad. Porque lo que hoy se desdibuja en bastantes chavales es el concepto mismo de la amistad. Notan que les falta algo, como una especie de seguridad de que, digan lo que digan, hagan lo que hagan, sean como sean, no van a escuchar un “clic” al otro lado del teléfono.
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